Esta Noche Te Cuento. Concurso de relatos cortos

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ENTCerrado 0: Especial A Curuxa

Con motivo de dar la bienvenida a Esta Noche Te Cuento al nuevo patrocinador del concurso, el alojamiento A Curuxa , la sección ENTCerrados convoca una propuesta especial de este establecimiento con las siguientes condiciones.

  • El PLAZO del concurso será el mes de diciembre completo
  • Sólo se podrá participar con UN ÚNICO RELATO por autor/a
  • Habrá un PRIMER PREMIO que consistirá en 2 noches de alojamiento en el hotel A Curuxa y la inclusión del relato en el recopilatorio de 2018 y un SEGUNDO PREMIO que consisitirá en la inclusión del relato en el recopilatorio de 2018.
  • El JURADO estará compuesto por representantes de Esta Noche Te Cuento y del alojamiento A Curuxa.
  • EL RELATO debe publicarse por los participantes como comentario a esta convocatoria, y no puede exceder de las 100 PALABRAS, sin incluir el título ni las frases propuestas.

El relato debe comenzar y terminar con las siguientes frases

INICIO:

Cuando era pequeña, mi abuelo Luis me contaba

FINAL:

desde el borde del camino los ojos negros de una lechuza fueron testigos.

 

 

26 Respuestas

  1. María José Viz Blanco

    1 JUEGO DE NIÑOS

    Cuando era pequeña, mi abuelo Luis me contaba los dedos de la mano derecha y nunca salía la cuenta. Se divertía mucho con esta broma, mientras yo me limitaba a exhibir una sonrisa condescendiente. Sin embargo, el abuelo se ponía muy serio cuando describía, con todo lujo de detalles, el asesinato de la señora Gil. Apenas había datos demostrados, pero eso al anciano no le impedía soltar su perorata plagada de detalles inventados, cada cual más truculento y absurdo, sin detenerse a pensar en lo inadecuado que resultaba para mis oídos inocentes. Mi tormento terminaba al escuchar la última frase de la historia, tantas veces repetida: «desde el borde del camino los ojos negros de una lechuza fueron testigos».

  2. 2 RELATO DE LAREIRA

    Cuando era pequeña, mi abuelo Luis me contaba, que los búhos en noche cerrada y cerca de las casas, anunciaban la muerte de algún vecino.

    Me hizo aprender el refrán “Curuxa noiteira, malladores á eira”, mientras que con sus manos nervudas, me agarraba la cara y me despeinaba, emitiendo una especie de graznido.

    Con el vello erizado, salía como alma perseguida por la Santa Compaña y me refugiaba en mi cuarto.

    He vuelto a Arzúa este puente de los Santos y al coger la aldaba de la casa de mi abuelo, un siseo me produjo un estremecimiento. Sonaron las campanas, me eché a llorar y al girarme, desde el borde del camino, los ojos negros de una lechuza fueron testigos.

  3. 3 DE FERIA EN FERIA

    Cuando era pequeña, mi abuelo Luís me contaba hasta cien, a la fresca de las noches de verano, para que me escondiera. Aún deben seguir buscándome. Desde el borde del camino los ojos negros de una lechuza fueron testigos.

  4. Paloma Hidalgo

    4 ARRAIGO

    Cuando era pequeña, mi abuelo Luis me contaba cómo hacerme amiga del eco, del murmullo del arroyo y de la luz del atardecer. De su mano aprendí a leer cortezas de árbol en otoño, a peinar espigas en primavera, a domar luciérnagas y renacuajos en verano. Él sabía hablar con los copos de nieve para que, en invierno, no arruinasen las dalias de la abuela; y con las golondrinas, que siempre hacían sus nidos en el alero de mi ventana. Hoy he traído al pueblo a mi hijo por primera vez, otro Luis, que también tiene sus ojos azules. Y aquí seguía, escondido en la brisa, acariciándonos. Desde el borde del camino los ojos negros de una lechuza fueron testigos.

  5. Paloma Casado Marco

    5 DESPEDIDAS
    Cuando era pequeña mi abuelo Luis contaba una historia que me hacía sentir el delicioso espanto de lo sobrenatural. Luego la fui olvidando al tiempo que mis vestidos se volvían chicos y mis pechos grandes.
    “Una tarde en mi juventud –decía– cuando regresaba a casa, me encontré por el camino con mi prima Dalia. Me extrañó verla porque conocía su grave enfermedad. Ella se paró a decirme adiós y continuó andando en dirección contraria. Cuando llegué, mi madre estaba llorando. Dalia acababa de morir.”
    Años después, recordé sus palabras al verle erguido y sin su andador caminar hacia mí. Comprendí que mi abuelo venía a despedirse.
    Desde el borde del camino los ojos negros de una lechuza fueron testigo.

  6. Esperanza Tirado Jiménez

    6 AL OTRO LADO DE LA LUNA

    Cuando era pequeña, mi abuelo Luis me contaba que cuando no podía dormir subía al desván de su casa en el pueblo. Allí se encontraba con un ser mágico, de luz y palabras, que le acunaba hasta que las estrellas se iban de nuevo al otro lado de la Luna.

    El tiempo voló, yo crecí y mi abuelo se fue, uniéndose a las estrellas.
    Sus relatos me acompañaron siempre. Miraba al Cielo punteado de blanco y ahí estaba él, guiándome con su luz.
    En mis momentos malos siempre acudía allí. Y mi abuelo me confortaba.

    Mis hijos me miran raro.
    Pero yo siempre les repito que es cierto; desde el borde del camino los ojos negros de una lechuza fueron testigos.

  7. Modes Lobato Marcos

    7 … Y LA INJUSTICIA OLÍA A MENDRUGO DE PAN

    Cuando era pequeña, mi abuelo Luis me contaba que la pobreza era su único traje, que el hambre era un perro rabioso y que se puede pedir, más nunca robar.
    Y él pidió infinitas veces.
    Pero una mañana, la mujer del alcalde le entregó un trozo de pan y quiso algo a cambio. Él se negó, y ella, sintiéndose rechazada, le arrojó por encima todo tipo de embustes y acusaciones.
    El “boca a boca” hizo el resto del trabajo.
    Y mi abuelo, para salvar su vida, huyó a lo más profundo del bosque.
    Y llorando se preguntó por qué le llamaban “el hombre del saco”.
    Desde el borde del camino los ojos negros de una lechuza fueron testigos.

  8. Blanca Oteiza

    8 Testigo de los sueños

    Cuando era pequeña, mi abuelo Luis me contaba que en el pueblo había un árbol especial. Colocaban cintas en sus ramas desnudas mientras pedían un deseo en las noches de invierno, bajo la luna y las estrellas de testigo. Se contaba que si aguantaba anudada cuando las hojas renacían, el deseo se cumplía.
    Tras décadas sin pisar mis raíces, la casa familiar resulta extraña en la soledad de saber que mi abuelo reposa ya junto al resto de la familia.
    La silueta esquelética me recibe, busco una rama fuerte donde anudar mi deseo: volver en primavera con el niño en brazos, que ahora patalea en mi vientre.
    Desde el borde del camino los ojos negros de una lechuza fueron testigos.

  9. Salvador Esteve

    9 SILENCIOS
    Cuando era pequeña, mi abuelo Luis me contaba que el bosque que circundaba el pueblo estaba maldito, que jamás me adentrara en él. Tiempo atrás, varias niñas desaparecieron sin dejar rastro; nunca encontraron sus cuerpos.
    Ahora, la enfermedad ha enmudecido su garganta, su mirada yace sin brillo. Solo al enseñarle el pequeño cofre que he encontrado en su habitación, con varias pulseras, medallitas y cintas de pelo, sus ojos vuelven momentáneamente a la vida.
    Me adentro en el bosque sin miedo; conozco al monstruo. Con la mente embotada de sentimientos, entierro el joyero junto a mi conciencia. Escucho el ulular de la noche y pienso que, tal vez, desde el borde del camino los ojos negros de una lechuza fueron testigos.

  10. Mei Morán

    10. En los campos
    Cuando era pequeña, mi abuelo Luis me contaba en alemán las estrellas que caían en la cesta de mimbre. Una noche las tomó en la palma de la mano con delicadeza, como si las conociera. Trenzó con ellas arcoíris y me los puso en el pelo. Combinaba todos los colores, pero con el roce del amarillo se le erizó el vello de los brazos y un gesto agridulce ocupó su rostro hasta que un nombre aciago, indigesto se escapó de sus labios. Auschwitz. Lloramos abrazados por Sara. Desde el borde del camino los ojos negros de una lechuza fueron testigos.

  11. Ángel Saiz Mora

    11. SERENO Y ANIMADO
    Cuando era pequeña, mi abuelo Luis me contaba que una vez acompañó a su mejor amigo a visitar a una pitonisa.
    Pese a recibir una mala predicción, ese joven sensible y creativo no se entristeció. Al contrario, saber que su existencia no sería larga hizo que aprovechase el tiempo con entusiasmo. Terminó el Romancero gitano; los teatros se llenaron de mujeres como las de La casa de Bernarda Alba.
    Escribió las obras que quiso, sin sufrir la decadencia de la vejez. Los soldados sintieron que era imposible silenciar en una cuneta a alguien así. Sus disparos terminarían de hacerle inmortal. Desde el borde del camino los ojos negros de una lechuza fueron testigos.

  12. María José Escudero

    12 Victoria
    Cuando era pequeña, mi abuelo Luis me contaba que, tal vez por curiosidad, nací un mes antes de lo previsto y que me negué a llorar con la misma tozudez que, años después, me empeñé en ir a la escuela.
    Aquella noche de agosto, dejaron la puerta de la cabaña abierta para que mi madre, desde el catre y en pleno parto, pudiera ver la lluvia de estrellas que iluminaba el valle. Y, mientras se escuchaban sus quejidos y disparos en el monte, oculto en los maizales, mi padre celebraba su única victoria y, escribía, ya herido de muerte, mi nombre sobre la tierra. Desde el borde del camino los ojos negros de una lechuza fueron testigos.

  13. Pilar Garrido Aláez

    13 HISTORIAS DE MI ABUELO
    Cuando era pequeña, mi abuelo Luis me contaba que había adoptado a una vaca como mascota.
    Le compró un precioso collar, a juego con una camiseta que él tenía y cada día iban juntos a pasear y mirar escaparates.
    La vuelta a casa era muy graciosa porque Vaquita se hacía de rogar igual que los niños cuándo no quieren volver del parque.
    Subían en el ascensor y al llegar, como no hay nada más reconfortante que una bebida caliente, se preparaban una infusión con sacarina para guardar la línea.
    Y así,los dos sentados en el sofá con sus mantitas, se contaban anécdotas y reían sin parar. Mientras, desde el borde del camino los ojos negros de una lechuza fueron testigos.

  14. 14 El minero de las palabras.
    Cuando era pequeña, mi abuelo Luis me contaba con su voz de humo las aventuras que le ocurrían en el bosque mientras hacía carbón. Recuerdo la del unicornio, pero mi favorita es la del gnomo académico que buscaba nuevas vocales para su mina de palabras. Le dijo que se dirigía al Cantábrico a ver si una caracola le proporcionaba la que le faltaba. A media tarde, el enanito volvió dando saltos por la vereda pues había encontrado la «u». Gritaba que con ella podría extraer nuevas palabras: luz, cruz, guau, miau y ¡ulular!, ¡el sonido de mi ave favorita! Para disipar mi incredulidad mi abuelo afirmaba que desde el borde del camino los ojos negros de una lechuza fueron testigos.

  15. Yolanda Nava Miguélez

    15. DUELO
    Cuando era pequeña, mi abuelo Luis me contaba curiosidades sobre los animales. Así supe que el corazón de un canario late casi mil veces por minuto y que las hormigas no duermen. También que se asegura que el canto de una lechuza durante muchas noches seguidas presagia una muerte. Pero el abuelo me contó que era una creencia equivocada. De hecho la calurosa noche que él falleció ni siquiera se escucharon grillos ni chicharras, todos los animales se congregaron alrededor de la casa en reverente silencio. Desde el borde del camino los ojos negros de una lechuza fueron testigos.

  16. Nuria Rozas

    Sapos e bruxas

    Cuando era pequeña, mi abuelo Luis me contaba que se escapó del caldero de unas brujas que, enojadas, le lanzaron un hechizo que no logró escuchar. Mi abuela lo encontró asustado, en un rinconcito del jardín, y, enternecida, lo llevó con ella. Un día le dio un beso de amor, se hizo hombre y tuvieron una vida feliz. Yo escuchaba su historia embelesada.
    Pasados los años, en un paseo por el campo, mi pequeño se lanzó sin pensarlo en una charca y pasó lo inevitable. Aún vive con nosotros en un gran terrario, hasta que cumpla los dieciocho, claro. Pocos lo creerán pero desde el borde del camino los ojos negros de una lechuza fueron testigos.

  17. Pablo Núñez

    17. HECHIZO

    Cuando era pequeña, mi abuelo Luis me contaba, con el semblante perdido entre las luces del recuerdo, que jamás había sido infiel a la abuela, mas no podía evitar que su mirada se posara en el infinito y soñara despierto con otra. El día que enviudó, Silvia le dio el pésame al tiempo que se encabritaban sus almas y miles de mariposas salían de las yemas de sus dedos. En el recodo del bosque, dieron rienda suelta al revoloteo del deseo y, aunque siempre creyó que nadie se había percatado de aquel encuentro, el cuerpo reencarnado de mi abuela, mientras me da lecciones de brujería, asegura que desde el borde del camino los ojos negros de una lechuza fueron testigos.

  18. 18. LA VENGANZA
    Cuando era pequeña, mi abuelo Luis me contaba que a todo cerdo le llega su san Martín y que «cría cuervos y te sacarán los ojos». Lo de los chones estaba bien, porque después de la matanza la abuela hacía unos chorizos riquísimos.
    En cuanto a las aves, no me daban ningún miedo hasta que un día mi hermano Fito cogió prestada la escopeta de perdigones de mi padre y nos adentramos en el bosque. Mientras yo camelaba a unos pájaros alimentándolos con un panecillo él disparó y mató a dos de un tiro. Desde entonces no se van de mis pesadillas mochuelos, cárabos y búhos, pues desde el borde del camino los ojos negros de una lechuza fueron testigos.

  19. 19. HASTA MAÑANA
    Cuando era pequeña, mi abuelo Luis me contaba la verdad. Era el único que lo hacía. Todos decían que era muy niña y cuchicheaban entre ellos cosas de mayores. Yo pillaba al viento palabras sueltas, interpretaba los gestos y tejía historias.
    Cada tarde salíamos a pasear y le contaba mis investigaciones, grandes dramas o tíos millonarios allende los mares. Reíamos juntos y hablábamos de todo, menos de su enfermedad.
    Todo fue verdad. Siempre. Hasta ese último “mañana seguimos” que no pudo ser. Desde el borde del camino los ojos negros de una lechuza fueron testigos.

  20. Elena Bethencourt

    20. BAJO SUS ALAS PROTECTORAS

    Cuando era pequeña, mi abuelo Luis me contaba historias de A Curuxa, una mujer temida y solitaria que andaba por los bosques y que, según las malas lenguas, volaba desde el anochecer.
    Cuando se perdió el niño huérfano, los aldeanos sospecharon enseguida de ella y salieron a buscarla. Después de varios días sin rastro de A Curuxa, fueron tras una bandada de aves nocturnas y por fin, en lo más profundo del bosque, hallaron al crío: sin un rasguño, bien alimentado y ululando feliz. Pero tuvieron que volver a casa, resignados, sin el niño, porque nada más verles echó a volar. Le siguieron todas las aves, menos una. Desde el borde del camino los ojos negros de una lechuza fueron testigos.

  21. 21. FRONTERA

    Cuando era pequeña, mi abuelo Luis me contaba cosas increíbles como que el bosque que veíamos desde la cocina no existía. Yo sospechaba que me mentía, así que una noche me escapé para comprobarlo. Caminé a la luz de una linterna, crucé riachuelos y llegué hasta la primera línea de chopos. Me sorbí los mocos antes de adentrarme en la arboleda, con el valor impostado de los actos que casi nadie recuerda. Amanecía cuando regresé a casa; fui a su dormitorio y allí los ojos vacíos del abuelo me preguntaron: «¿Tú quién eres, niña?» Ya no existía para él. Desaparecí en el bosque, como mis padres tiempo atrás. Desde el borde del camino los ojos negros de una lechuza fueron testigos.

  22. Ton Pedraz

    22. SOLINA VIVE EN LAS AFUERAS

    Cuando era pequeña, mi abuelo Luis me contaba cómo conoció este lugar. Aseguraba que aquí, junto al camino, viviría a salvo. De noche, me decía, son muchos los que transitan la ruta.
    Esta madrugada, con el mejor vestido y una sonrisa, me acerqué hospitalaria. Prefiero a los extranjeros, se confían cuando les ofrezco una ducha caliente y cena en mi compañía.
    El de hoy receló hasta que serví los licores en la terraza. Tras la segunda copa, por fin, se inclinó para besarme. Las meigas nos vigilaban. A partir de ahí todo fue sencillo, y el sabor de su sangre macerada en el norte sació mi deseo. Desde el borde del camino los ojos negros de una lechuza fueron testigos.

  23. 23. ALTRUISMO

    Cuando era pequeña, mi abuelo Luis me contaba cosas sobre mi madre. De lo mucho que me amaba. De su coraje. Apenas tenía seis meses cuando me metió en el capazo y me dejó en su casa. De su generosidad con todos, para que nadie penara con su inevitable ocaso. Excepto él, nadie la entendía y yo tuve que crecer para hacerlo también; entender que quisiera desaparecer, dejarse ir.
    Pero el abuelo no fue el único que la vio marchar, sola, con un pañuelo cargadito de pena en una mano mientras con la otra se estiraba bien el de la cabeza, también, desde el borde del camino los ojos negros de una lechuza fueron testigos.

  24. 24. LA AVENTURA DEL ABUELO

    Cuando era pequeña, mi abuelo Luis me contaba su mejor aventura, junto a la chimenea. Se sentaba en su butaca, dejaba su taza en la mesita de mimbre, dejaba la mirada perdida en el fuego, achicaba los ojos para no olvidar, y comenzaba. Sus palabras decoraban mis tímpanos con una fronda de pinos y senderos, avivaban el viento, apagaban la luz del horizonte, encendían la luna. De su voz grave salía el niño perdido, el aullido del lobo, los truenos lejanos, el susurro de la lluvia. El niño siempre regresaba a su hogar. Pero un día no volvió: después de sonreír, se alejó por un punto de fuga. Desde el borde del camino los ojos negros de una lechuza fueron testigos.

  25. PEDRO FEAL VEIRA

    25. EN EL CAMINO DE SANTIAGO

    Cuando era pequeña, mi abuelo Luis me contaba historias del Camino de Santiago. Me dijo que él mismo anduvo una jornada con un hombre que se había echado al Camino después de discutir con su mujer, y que poco después de atravesar Arzúa, en un recodo en medio del bosque les sorprendió una estela de piedra que recordaba a un joven sacerdote que había muerto allí. Cuando vio su nombre, al peregrino se le humedecieron los ojos: era el mismo que le había casado.Después de meditar un rato, sintió que debía llamar a su mujer para contárselo y quedar con ella tras llegar a Santiago.Desde el borde del camino los ojos negros de una lechuza fueron testigos.

  26. Eduardo Solana

    26. PECADOS MORTALES

    Cuando era pequeña, mi abuelo Luis me contaba que los animales tienen una misión secreta: dar testimonio a Dios de nuestras acciones el día del Juicio Final, como pequeños espías. Eso explica por qué él siempre esperaba a la noche, cuando todos estaban ya dormidos, para salir por la portela de atrás y buscar, furtivo, la sombra negra de los primeros árboles. Me atreví a seguirle una vez, entre curiosa y asustada, y al oír los gemidos y los besos me santigüé pensando que quizá la oscuridad les salvaría a los dos de condenarse.
    Pero Dios es un rival demasiado listo. Estoy segura de que, desde el borde del camino, los ojos negros de una lechuza fueron testigos.

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