Esta Noche Te Cuento. Concurso de relatos cortos

ESCRIBIMOS EN BLANCO Y NEGRO 2018

Un relato con menos de 200 palabras inspirado en esta foto de Tom Waterhouse

ENoTiCias

Bienvenid@s a ENTC. Y recordad que el proximo dia 5 de marzo se acaba esta convocatoria.
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Esta convocatoria finalizará el próximo
05 de Marzo

Relatos

74. LOS ÚLTIMOS

Desde que los niños desaparecieron, la ciudad se ha llenado de un silencio denso y casi masticable. Todos hacemos como que es normal. Pero no lo es. Como tampoco es normal ese olor a adulto que lo impregna todo. Ya no huele a caramelos de cereza ni a goma de borrar de nata. Huele a desinfectante y a coche nuevo. A laca de uñas y a consulta de dentista. Aun así, a veces, puede sentirse su presencia. A mí me ha pasado. Cuando eso sucede, me giro, incrédulo, para tropezar con su sombra tatuada en una pared. No son más que eso. Sombras. Nos esforzamos por seguir con nuestras vidas, aparentando normalidad. Por eso del qué dirán. Y nos levantamos, nos vestimos, salimos a las calles, ignoramos su ausencia, comemos, bebemos, bailamos, reímos e incluso hacemos el amor. Eso sí, a desgana, porque sabemos que nuestro semen se derrama ahora sobre vientres estériles. En unos años, los habremos olvidado. Nos habremos acostumbrado a esas sombras, a esos olores y a ese silencio que sustituyó a sus gritos de socorro, y que ignoramos con cobardía. Ese silencio que se desparramará sobre nuestras tumbas. Esas sobre las que nadie llorará.

 

 

73. Calle de las sombras (Siigonis)

Siempre le había fascinado la fotografía. La capacidad de atrapar un instante en una imagen. Para él era lo más parecido a vencer a la muerte. Se encontraban a final de trimestre, por lo tanto en plena temporada de exámenes. La prueba final de la asignatura Imagen y Sonido era, por supuesto, una fotografía. Preferiblemente de temática urbana, en blanco y negro. Él y su compañero, algo menos interesado en la materia, estuvieron varios días pensando dónde conseguir la imagen perfecta. No muy lejos de su barrio había una calle en la que tiempo atrás hubo un tiroteo. Los veteranos que residían cerca aseguraban que la calle estaba maldita, que por ella deambulaban almas perdidas, que había fantasmas en las paredes. Cuentos de viejas.

Una tarde lluviosa de invierno, los jóvenes se acercaron al lugar cámara en mano. Estaba completamente desierto. Su compañero quiso hacer la primera fotografía, y le pidió que echara a andar calle arriba. El silencio era sepulcral. Tal vez por eso durante unos segundos le pareció oír cómo a su amigo se le cortaba la respiración. Se giró, con un terrible presentimiento. El chico miraba horrorizado la pantalla de la cámara.

72. Apego (Yashira)

Las tardes de invierno me gusta salir a pasear sin importar las inclemencias del tiempo, y tras regresar a casa, disfrutar, junto a mi mujer, de un chocolate bien caliente mientras planificamos nuestro próximo viaje, que nunca es tan próximo, no antes del verano.

¿Te ha sucedido alguna vez, al callejear, que por el rabillo del ojo entrevés algo o alguien que corre? Vuelves sobre tus pasos, pero claro, la situación es irrepetible. Mentalmente la proyectas una y otra vez hasta que empieza a tomar forma: “Tenía pies, sí, y cabeza; por su tamaño sería un niño de no más de 10 años, pero no, lo que revoloteaba alrededor era una falda, era niña ¿Una niña que se esconde? O ¿Qué?”

No conocíamos Asturias y un folleto turístico que, por azar, cayó en mis manos, nos sedujo:
“Adentrándonos en la famosa ruta del Beyu Pen encontraremos un puñado de aldeas con duende”.

El pasado agosto viajamos a Amieva.

Lo que no ponía el folleto, ni podíamos sospechar, es que el duende existía y me seguiría por siempre. Según he escuchado, España está llena de pueblos con duende, aconsejo precaución.

71. Amigos para siempre (Anna López Artiaga / Relatos de arena)

Decían de mí que era un niño raro. Desenterraba los huesos que escondía el perro en el jardín y se los regalaba a mi amigo, el único que tuve. Él  se los guardaba en los bolsillos y, por un momento, el pozo sin fondo de sus ojos parecía menos oscuro. Éramos inseparables. Se sentaba en el pupitre vacío que había junto al mío y en el recreo esperaba, apoyado en la pared, a que le ofreciese la mitad de mi bocadillo.

Mis padres me llevaron al psicólogo. No era grave —dictaminó—, porque a mi edad muchos niños tienen amigos imaginarios. Los problemas llegaron más tarde, en la universidad, cuando empezó a acompañarme a clase de anatomía forense y sustrajo el cadáver de una muchacha. Era un regalo, dijo.

Me expulsaron. Volví a terapia.

Años de diván no han servido para nada. Él sigue dejando pájaros muertos en mi buzón y yo finjo que no lo veo cuando cruzo frente a la escuela. Pero ahí está, con la bata de rayas azules, el dobladillo descosido. Igual que el día que lo empujé al salir de clase y quedó retorcido, de aquel modo imposible, al pie de la escalera.

70. Burbuja nominal

Mis padres eran tan pobres que no pudieron darme nombre propio. En casa me decían “nene”, y en la calle “niño” o “chico”, cuando no “tú” donde quiera que estuviese. Así que en cuanto pude, ya de mayor, me compré uno. Mi idea era algo barato: Gil, Pío…, Blas como mucho, pero cuando sacaron Celestino me cegué, más cuando supe que podía pagarlo a letras. Celestino. ¡¡Dios!! Nadie podría entender lo que sentía cada vez que alguien me nombraba.

Pero ocurrió que al poco perdí el trabajo y no pude seguir pagando.

Al principio fue la necesidad. Decidí apañarme con el “Tino” y vender el “Celes”. Pero luego, al ver las posibilidades que daba ese plural, me pudo la codicia. En poco tiempo apalabré bajo señal cientos de ellos por los barrios más necesitados. Lo malo vino después, cuando fui al banco con él y, al cambio, me dieron solamente dos. Montones de “sin nombre” me reclamaron entonces su dinero, y si finalmente no caí preso fue —triste ironía— porque ninguno pudo firmar la denuncia.

Hace años de aquello, aunque todavía, si por ciertas calles gritas ¡Cele!, muchos se giran; todos con ese gesto inconfundible, inefable, de la ilusión perdida.

69. HORROR

– “Sombra fugaz.
Cabeza esbelta, vuelta del revés.
Andar resuelto, a punto de traspiés.”
¿Te gusta?

– Es un horror.

– Pues es bien bonita.

– Esa historia tuya de la sombra de la niña que se te aparece y te inspira versos no se la cree nadie.

– Hoy la he vuelto a ver, como todos los días. Y es cierto que me fluyen buenas estrofas.

– No es poesía, es una boñiga.

– Así te va a gustar más:
“Sombra esbelta.
Fugaz y resuelta.
Cabeza vuelta.
Puesta del revés.
No así los pies.”

– Horror!

68. Hogar

A aquel lugar lo llamaban el hogar de los Invisibles. Aquellos que ya no están. Se decía que era un edificio oscuro, con poca luz y dónde la vida deseaba escaparse por las diferentes grietas de las paredes que lo envolvían.

Los invisibles entraban en aquel lugar, siendo arrancados de sus familias o de otros hogares. Estaban un tiempo y, si tenían suerte, regresaban a la vida. Unos acababan engullidos por el mundo de pesadillas, odios y falta de sueños por alcanzar que los envolvían en aquel cobijo. Otros preferían escapar de allí y perderse, definitivamente, en la lluvia y la tristeza que envuelve a la cara oculta de la vida.

Él reconoce la marca. La señal que indica el hogar de los Invisibles. Él durmió allí hace tiempo. Ahora pasea, casi huyendo de nuevo, de aquel lugar. De la sombra en la pared, cerca de la puerta rasgada en la piedra. El paraguas no impide que los recuerdos le empapen al estar ahí. Y, como cuando llegó siendo niño, mira atrás, esperando que nadie le insulte, ni lo descubra. Esperando no recibir ningún golpe más y soñando con escapar de allí como habían hecho, anteriormente, sus antecesores.

67. Plata sobre las nubes

En algunas casas, como la de Laurita, nunca amanece. Por eso el día que se rompió la persiana los rayos del sol pasaron tan de golpe que la niña se convirtió en vapor de agua, emigró hasta las nubes, y se quedó ahí, dando tumbos, en esa especie de limbo improvisado donde, si alguien suspira, puedes mecerte entre las cigüeñas, pero que, si estallan estornudos, las vueltas del tornado llegan a alejarte hasta de tu propio nombre.

Ahora algunos gobiernos han descubierto que pulverizando yoduro de plata sobre las nubes se puede conseguir lluvia (o incluso nieve) artificial. El objetivo inicial es limpiar el ambiente, atraer al turismo, luchar contra la sequía… Pero sin querer están consiguiendo que chicas como Laurita tengan una segunda oportunidad. De hecho, si miras bien, en días lluviosos puedes observar extrañas coreografías bajo las aceras, riachuelos de vida deslizándose hasta formar siluetas grotescas. Son esas almas llovidas, que, pese a todo, se ríen de su propia sombra.

66. Agria espera (Calamanda Nevado)

La tarde de noviembre caminó hacia la tormenta y perdió el encanto  de las nubes rosas; sobre  las seis y poco  pasaron por mi  puerta unas viejas andando despacito y con cuidado; parecían tener el mismo miedo. -Que te caes dijo una-, después niñ@s con su breve correr  riendo sudorosos; cargados de libros y molinillos amarillos de papel. Qué guapos estaban  girándolos. Enseguida   llovió blandamente. Una  armó jaleo cuando su padre le explicó  con exigencia paternal que estaba  pálida y con fiebre y se marchaban a casa. Quería jugar con sus amig@s  en  la plazuela. Se enredan desbaratándoles el vuelo a las palomas con palmadas. Hoy el frío  casi lo evita;  se fueron al rato, aunque de  repente   la chiquilla salió disparada hacia una pared con un cisco en la mano gritando  ¡Esperarrrr, Esperarrrr!,   y  se pintó  con la imaginación de un pintor moderno. El dibujo parece de una loca. La cabeza tira para la torre y el cuerpo y las piernas  van a otra parte. Su padre insistía en llamarla; no se amedrentó, clavaba sus ojazos en  la acera húmeda y hacia que cojeaba.

Parece mentira, parece mentira, dejarla salir siendo médico. Cualquier día me la llevo para mí.

65. La víspera

La noche antes de la transformación, el desventurado joven, un viajante comercial, no conseguía dormir por la preocupación. Lo que podía haber sido un día normal, como tantos otros, dejó de serlo cuando encontró la nota: “Hoy me cruzaré en tu camino y mañana no serás igual”.
Intrigado por la premonitoria advertencia, intentaba recordar todos sus pasos durante aquel típico día de otoño, lluvioso y frío, de esos que vuelven las calles solitarias. Estaba seguro de no haber visto a nadie en el trayecto de su casa al trabajo, ni al revés, salvo una silueta de cabeza pequeña, torso triangular y largas extremidades, que le pareció ver al girar la esquina. Era como una sombra deslizándose por la pared de forma tan extraña, que no supo si realmente era algo que iba o venía.
Nada más.
Convencido de que el límite de todas esas conjeturas residía en su propia imaginación, prefirió entonces restar importancia tanto a la absurda nota, como a la extraña aparición. No creyó que hubiera relación alguna entre ellas. Ya era tarde y mañana debería tomar el tren de las 5, por eso Gregorio Samsa decidió que lo mejor que podía hacer era relajarse y dormir…

64. Distintas dimensiones

He conseguido comunicarme con los lamparones. Así los llamaba Alba. Les puso ese nombre porque siempre volvía del cole con la bata llena de salpicaduras y rayajos y se reía con los enfados teatrales de Rosa. La cría respondía: “Mamá, son manchas muy bonitas”. A ellos les gusta el nombre, porque la querían mucho.
Los lamparones viven en dos dimensiones, un mundo plano, contenido en el nuestro. Pueden romperse en trozos y volverse a juntar. Pueden crear manchas microscópicas o inmensas, negrísimas, coloreadas o transparentes, regulares o infinitamente curvadas. Pueden cubrir superficies lisas y onduladas. Vengo pidiéndoles que se ordenen para formar una figura, pero les cuesta comprender mis instrucciones. Es que les hablo desde una dimensión inexistente para ellos. Sin poder verse, les cuesta acomodarse como pido.
Pero falta poco. Hoy un lamparón ha formado una imagen de Alba casi perfecta, aunque aún descompuesta, con la cabeza mirando al contrario que los pies. Pero lo enmendaremos mañana. Entonces, todos los lamparones, en las paredes y los tejados, reproducirán esa figura. Pasearé con Rosa y, durante ese rato, gracias a sus amigos planchados, recordaremos a nuestra niña, que vive en una dimensión que no comprendemos.

63. Pro domo sua (Javier Ximens)

En ocasiones, los sueños que anhelamos para con nuestros hijos se retuercen en escorzos del tiempo y te pasas el resto de tu vida mirando hacia atrás, pensando en esa sombra que arrastraremos siempre, preguntándote qué hicimos mal. Todo comenzó por culpa de nuestra melomanía, cuando llevamos a nuestra hija de diez años a clases de música. La profesora de violín nos dijo que todo virtuosismo no desarrollado antes de los quince años no se alcanzaría nunca, y que en Moscú estaban los mejores profesores. Ocho años de sacrificio, alternando vacaciones, unas veces su madre y otras yo, para estar más tiempo allí con ella. Nos hemos perdido su crecimiento, su día a día, todo por ella. Hemos sacrificado la vida y los ahorros para labrarle el futuro de Euterpe que quisimos para ella. Y ahora, nos vemos abandonados en una platea vacía, escuchando una composición sin armonía. Cuando nos visita, nuestros silencios de redonda se suceden en el pentagrama de nuestras vidas. Ella, sin embargo, dice que es feliz, no se acuerda del violín, nos habla de sus animales, de la vida en la reserva sudafricana de Madikwe, y de que cuando termine Biológicas se irá allí a vivir.