Esta Noche Te Cuento. Concurso de relatos cortos

ESCRIBIMOS EN BLANCO Y NEGRO 2018

Un relato con menos de 200 palabras inspirado en esta foto de Cristina García Rodero.

ENoTiCias

Bienvenid@s a ENTC. Tenemos en marcha nuestro concurso de relatos en blanco y negro y... a punto de comenzar El Monstruoscopio... Inscríbete
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Esta convocatoria finalizará el próximo
26 de agosto

Relatos

25. MAMÁ

Ahora que Carlitos ha regresado, se esmera en cuidarlo como si fuera una flor de invernadero. Le obliga a comer todo lo que pone en el plato, aunque no tenga apetito y a ponerse los jerséis que tejió recordándole, si refresca. Por las noches acude presurosa a su cuarto en el primer “mamá” que escucha y se sienta a su lado para calmarle, aunque él siga gritando al despertar y encontrarla y rechace su abrazo. Le regaña flojito, guardándose la cólera, cuando encuentra las sábanas mojadas que ella tiene que lavar cada día con un poco de añil para que no amarilleen, porque se le ve ya mayor para no controlar eso. O por esas lágrimas frecuentes que ruedan por su cara que se ha vuelto pecosa. Ahora que Carlitos está de nuevo con ella, todas las precauciones son pocas. Como tener que esconderse y aprovechar una distracción de esa mujer que lo llevaba al parque y se quedó luego llamándole angustiada con un nombre distinto. Como vigilarle a todas horas para que no escape de ese lugar aislado donde son tan felices. Para que no pueda, por su culpa, volver a ahogarse en el río.

24. SUEÑOS DE INFANCIA (Isidro Moreno)

Representaciones teatrales, sombras chinescas tras las sábanas tendidas al sol del atardecer, grabaciones de planos de películas sin película y sin cámara… Eran nuestros juegos favoritos. De mayores seríamos famosos actores de Hollywood.

Años después, yo gritaba su nombre desde detrás de la valla. Glamurosa, sobre la alfombra roja de unos importantes premios cinematográficos, sin ni siquiera mirarme, recogía mi humilde ramo de dos gardenias con un mensaje escrito que no leyó: «siempre te querré». Luego, regaló el ramo y dos besos a un importante director de cine que salía del photocall. Observé la perpleja expresión del director al leer mi nota de amor. Mi cara también debió ser un poema sin rima.

Meses después, la prensa del corazón anunciaba el enlace entre mi amiga y el engreído director de cine.

Ayer la vi. Grité su nombre, corrí, la empujé, cayó al suelo, pero conseguí que aquella moto sólo me atropellara a mí.

Hoy por fin ha venido al hospital. Siento que la he defraudado, no he llegado a ser Clark Gable, ni Cyrano, ni Superman. Quiero hablarle pero sólo puedo mover un dedo de una mano y ella no lo ve. Yo a ella tampoco y tengo mucho sueño.

IsidroMoreno

23. De cuerdos y cuerdas (Alvaro Abad)

La verdad, tu verdad, otra vez, ha quedado colgada de la cuerda con dos pinzas de blanquecina madera, astilladas, sin apenas fuerza. Un poco de viento,  y adiós. Caerá de nuevo al barro, ese barro persistente y maloliente que saca la humedad de no se sabe dónde y que se empeña en no secarse, como si estuviera siempre esperando a que caiga la maltratada verdad de su cuerda y volverla sucia, oscura, viscosa. Irrecuperable.

Volverás a tender tus impolutas verdades de esa raída y floja cuerda, clavada con dos herrumbrosos clavos en dos estacas que bailan con el viento, que mantienen el equilibrio con dificultad como el borracho mohíno y triste que quiere hacer creer a todos que hoy no ha bebido. Bendito mentiroso, tómate la última y busca tu cuerda. La cuerda te espera, nadie más te espera.

Pisaré el barro, sujetaré el tendedero cuando arrecie el viento y lo defenderé de la tormenta, aunque el frío y violento granizo arranque mis escasos cabellos a golpes, aunque el rayo me parta en dos. A veces lo deseo, a veces te deseo. A veces…

Escucharé tu verdad, aunque no la crea. Una vez más. Y otra…

22. LA FISONOMISTA (Salvador Esteve)

Las desapariciones de niños conmocionaron a la región.  No fueron encontrados, tampoco sus cuerpos, y la esperanza acampó aguardando un milagro.  Un día, sin saber por qué, el monstruo dejó de actuar.

Pasaron años y, aunque los padres seguían llorando su ausencia, la gente empezó a olvidar.

 

La llamaban la viuda loca, mas comprendían que su cordura fue extirpada el día que su hijo desapareció.  Hablaba con sombras, regañaba al vacío.

Todos los días llenaba el barreño de comida y entraba en la cuadra, los animales se revolvían inquietos.  Al fondo, en un habitáculo en penumbra con barrotes estériles de compasión, se oían susurros ininteligibles.  Cuando encendía la luz, el grupo de adolescentes se arremolinaba temeroso, pero habían aprendido qué hacer si querían comer y sobrevivir. Lavaban su rostro en la jofaina, y, uno a uno, se acercaba a la mujer.  Ella los miraba con amor, los ojos de uno, la nariz de otro, los rizos rubios, el hoyuelo en la barbilla…   Al salir del cobertizo siempre sorteaba el árbol, ese bajo el que yacía un cuerpo ahogado.  Se parecía a su pequeño,  pero no era él, pues cada día Dios bendecía sus ojos comprobando que su hijo seguía vivo.

21. El niño muerto (Jerónimo Hernández de Castro)

Empiezo a estar harto del crío. Ya está aquí otra vez. Su madre volverá a decirle que no debe venir, que tiene que descansar tranquilo, que no quiere repetírselo… La reprimenda cotidiana de nuevo en saco roto.

Hoy el niño señala la colada tendida. Quiere contarle algo aprendido en el colegio y habla de muertos que regresan envueltos en sábanas blancas para asustar a los vivos. La mujer le interrumpe: ¡No son sábanas tontorrón! Entonces el pequeño descubre un rastro imperceptible de sonrisa oculto en los reproches y con ese botín al que jamás renuncia, se despide. Sabe muy bien que el contacto es inútil y apoya ruidosamente sus labios en la mano para lanzar un beso, que vuelve a herir a su madre de llanto y desconsuelo.

Y me acerco. Entre los dos recogemos de la cuerda el enorme pañuelo que siempre le presto y que ella tiende junto al suyo, sin eliminar ese sabor salado que apesta a sus lágrimas.

20. Fantasma de verano (María José Escudero)

Jacintín se aparece siempre en verano. Mamá piensa —debido a su intransigente complejo de culpa por no haber estado cerca el día que lo atropelló la moto— que ella es la única que puede verlo, pero se equivoca, todos lo vemos. Incluso el perro menea el muñón que tiene por rabo a un ritmo que, a menudo, provoca desazón, y el abuelo, que aparenta dormitar en la humareda de su cachimba, se acaricia la barba con clara intranquilidad.  Hoy, para mayor desconcierto, ha murmurado muy resentido que, en la familia de mi madre, los que mueren en accidente tienen la desconsiderada costumbre de manifestarse durante el estío. Ahora comprendo el trajín de sábanas que soporta el tosco tendal del patio.

Mamá, con gesto irritado, suele gritarle a Jacintín que ni se le ocurra mancharse, que no está dispuesta a lavar una y otra vez su traje de fantasma. Le cuesta aceptar que no es culpa del chiquillo sino del fatal destino el haberse convertido en una aparición estival.

Mucho me temo que, si se enteran en el pueblo de que esto nuestro es hereditario, a mis hermanas y a mí no nos sale novio ni en la romería del Faro.

18. EL GRAN DIRECTOR (Edita)

 

Desde que mis padres nos llevaron a la plaza del pueblo a ver el teatrillo ambulante, supe para qué había venido a este mundo. Estoy convencido de que en Calanda nací dos veces: cuando mi madre me parió y ese día que descubrí el cineasta que llevo dentro.

Aunque vivimos lejos, regresamos cada verano a nuestra querida tierra turolense, el lugar perfecto para desarrollar mi talento. Con precariedad de medios, imaginación a granel y mis seis hermanos menores como elenco de actores voluntarios, sobornados si es preciso, monto teatros de sombras aprovechando las sábanas del tendal a contraluz. Ellos van pasando por detrás y actúan a mis órdenes.

Esta tarde, mis gritos exagerados hacen asomar la cabeza de nuestra madre por la ventana, y acude rauda a proteger su ropa blanca impoluta. Todos escapamos a tiempo menos Alfonso, que aguanta petrificado el chaparrón. Cuando ya me creo a salvo en el mejor escondite, aparece mi padre (no sé cómo) y me lleva de una oreja ante la dramática escena:

─No le riñas al pequeño que la culpa es toda de este artista.

─¿Otra vez con tus fantasías, Luis? Recuerda que te apellidas García y no Buñuel ─sentencia ella, rotunda.

 

17. MIRACOLO (Susana Revuelta)

Ni por asomo se le habría ocurrido a nadie llamar «lamparones, cagarruta y pis» a las manchas del sudario… hasta que vino la signora Albertina desde Palermo a visitar a su sobrino el obispo.

Nada más llegar se puso a curiosear por el patio, y al ver las sábanas y toallas agitándose al viento en el tendal se quedó maravillada. Eran de un blanco tan inmaculado que cegaban. Ya preguntaría a las monjas qué le echaban al agua para conseguir ese albor. Pero luego, cuando entró en la iglesia, se cabreó muchísimo al descubrir aquella tela toda sucia dentro de una vitrina. Obsesiva con la limpieza, porfiada y medio sorda, no oyó lo de la santidad de la sábana y urdió un plan para esa misma madrugada.

En cuanto se aseguró de que no había luz en ninguna de las habitaciones, bajó a la capilla con un trozo de esparto y una garrafa de sosa cáustica. Pero el aleteo de un ser translúcido, surgido como por ensalmo del retablo, y al que Albertina confundió con un tábano descomunal, hizo que olvidase su misión y saliera persiguiéndolo por el claustro, por los jardines, dando bastonazos al aire, intentando espachurrarlo.

16. MALDITAS MINAS (Jesus Alfonso Redondo Lavín)

Junto a la fuente del Cerizo, bajo la Iglesia de Santiago, en el barrio de la Quintana de Orejo, hay un lavadero. Ya nadie lava allí, pero se mantiene visible y limpio de maleza por el cariño nostálgico de los vecinos del concejo. Es más, no es extraño encontrarse a paisanos con garrafas de plástico surtiéndose de la fuente para llevarse el agua de aviar cocidos montañeses y bebida, supuestamente milagrosa, para sus enfermos.

Muchos días de los veranos de mi infancia los pasé en los alrededores de aquel lavadero, mientras mis primas y tías cepillaban las boñigas de los pantalones de los hombres y tendían sábanas añiladas y pañales sobre la hierba o al viento en el tendal.

Todo queda en el recuerdo. Dejé de ser niño, pero siguieron lavando.

Fue su segundo verano en tierras de Cantabria. Le recibieron de nuevo, como el año anterior, sus papás españoles y le seguirían acogiendo hasta que cumpliese la edad en la que ya no le fuera permitido salir del poblado de jaimas saharauis.

─ Akil, obedece, te ha dicho el médico que tienes que llevar la prótesis de la pierna durante todo el día. Cariño, tienes que fortalecer el muñón.

15. Infancia de un genio (Ginette Gilart)

Otra reprimenda se ha llevado Pablito, ha manchado la sábana tendida al sol con sus manos llenas de barro dibujando no sé sabe qué.
No lo puede evitar cuando ve un lienzo blanco a su alcance algo le empuja a rellenarlo.
—En lugar de tantas regañinas no será mejor apuntarle a un taller de pintura —aconseja la abuela.

14. DULCE COMPAÑÍA (Elena Bethencourt)

Otra mañana de sábanas húmedas y una nueva regañina de su madre. Otra noche de pájaros enormes en la oscuridad de su dormitorio. Aves que baten sus alas gigantescas alrededor del niño, lo rozan con sus plumas mientras él se muere de miedo.

A veces se arma de valor y a ciegas les da golpes con la almohada. Los oye alejarse volando. Con su alivio llega también su desamparo. Luego… el día.

Pasa las horas sufriendo porque esta noche se va a repetir la misma historia. Vendrá su madre a arroparlo y, antes de apagar la luz, rezarán juntos esa pequeña oración, la culpable de todos sus males: «Cuatro esquinitas tiene mi cama…»