Esta Noche Te Cuento. Concurso de relatos cortos

ESCRIBIMOS EN BLANCO Y NEGRO 2018

Un relato con menos de 200 palabras inspirado en esta foto de Annie Leibovitz

ENoTiCias

Bienvenid@s a ENTC. Damos la bienvenida a Leibovitz...
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Esta convocatoria finalizará el próximo
27 de Mayo

Relatos

ABR.54. ME LO TRAJO LA LLUVIA, de Teresa Oteo

Hace días que no para de llover. Estamos en abril, lo sé, pero necesito algún trozo de cielo añil, algún rayo de esperanza al que aferrarme.
Sobre la mesa, un folio en blanco; sentado ante él, un hombre desesperado en busca de las palabras adecuadas.
Miro por la ventana. Tras los cristales solo oscuridad, la misma oscuridad que me envuelve y no me deja ver más allá. Apenas pasa nadie por la calle, los que salen deambulan rápido bajo sus paraguas sin detenerse, siguen su curso, como los ríos, como la vida. El sonido de la lluvia al caer me martillea la cabeza, no lo soporto más…; necesito parar, necesito que mi cauce llegue al mar, necesito descansar…
Continúa lloviendo, de pronto un deslumbrante arcoiris surcó el cielo. El sol se abría paso a dentelladas a través de la espesa cortina de agua.
En ese momento, el timbre del teléfono me sacó de mi ensimismamiento, era del hospital: “su hijo ha salido del coma”, me dijeron.
Mis lágrimas empaparon aquel papel en blanco que estaba destinado a ser una triste nota de despedida, y acabó siendo la dedicatoria de mi primera novela: Para Hugo, que me lo trajo la lluvia…

  http://puntosuspensivos-teriri.blogspot.com

ABR.53. ENSUEÑOS, de Teresita Bovio

El día es agobiante, el sol calcina y no hay brisa.
Todo el año soñé con estas  vacaciones y no estoy dispuesto a perder ni un minuto, nada ni nadie me impedirá disfrutar de la playa.
La gente se fríe en la playa  bajo la escuálida sombra de las frágiles sombrillas.
Voy hacia una enormes rocas alejadas del gentío buscando tranquilidad, chillonas gaviotas revolotean, miro el mar y en el lejano horizonte asoman unas nubes voluptuosas y níveas, una deliciosa modorra me invade, cierro los ojos y… en mi ensoñación las imagino  bellas y angelicales, graciosas y tímidas nimbadas  por un reflejo dorado, las blancas gasas de sus vestiduras toman formas caprichosas, su perfume llega a mi embriagando mi alma de dulzura,  su aliento humedece  mi cuerpo ardoroso, (¡subió la marea!  El agua me llega a la cintura).
Gritos y corridas,  la gente apresurada se aleja de la playa.
Despierto aturdido por mi bello sueño, el viento castiga furioso agitando su látigo de rayos y arrasa con mis ilusiones con una copiosa lluvia.
Tiritando de frío me doy cuenta que se arruinó mi dulce sueño y perdí el día de playa.

ABR.52. CRÓNICAS DE ESCOCIA: LA PIEDRA, EL COCHE Y EL CABALLERO, de Marta Trutxuelo

Apenas fueron un par de millas pero su conversión en kilómetros se nos antojó una distancia infinita. Circulábamos por un sendero asfaltado por la naturaleza. Sorteábamos, triunfantes, ramas y piedras que nos retaban. Pero, al girar… Quizás los reflejos del conductor estuvieran en la izquierda mientras pilotaba por la derecha, quizás aquella piedra, quizás aquel coche de frente… quizás que martilleaban nuestra mente mientras sacábamos el coche de la cuneta. Aquel brinco aún latía en mi interior. Con nuestro valor lesionado por el miedo, observamos que las heridas del corcel escocés no parecían mortales y reemprendimos la ruta, con recelo. Al poco el coche protestó en forma de traqueteo sentenciador: el diagnóstico pasó de impacto leve a pinchazo agudo.
Un viento gélido trajo una fina pero pertinaz lluvia que nos azotaba sin piedad. Mis ojos se precipitaron en un imparable llanto en aquel paraje inhóspito y desapacible. El día amenazaba con abandonarnos cuando unos focos iluminaron nuestra lúgubre escena. Aquel escocés irradiaba calidez, decisión, tranquilidad: era la primera vez que cambiaba una rueda y la primera que lo hacía en un balbuceante y divertido castellano. Nos deseó suerte y al arrancar su cabalgadura agitó su mano aún manchada de solidaridad.

ABR.51. EL CAPRICHO, de Mar Horno

A los de la aldea no nos gusta lo que trae la lluvia. Cuando abril empieza a reptar por las últimas tardes de marzo, se nos pone un nudo en el estómago, el pueblo se vuelve silencioso y los vecinos miran con recelo por encima del hombro. Desde aquel año en que la lluvia trajo un diminuto unicornio de agua. Lo oímos una mañana en el bosque, su relincho parecía una risa feliz, como de cascabel. No podíamos creernos nuestra buena fortuna. Las cosechas fueron abundantes, los arroyos no se secaron en verano, las colmenas rezumaban miel, los nacimientos se multiplicaron, los niños no enfermaban. A Paula le encantaba. Todas las mañanas me hacía que la llevara a la orilla del lago y se pasaba las horas ofreciéndole azúcar y palabras dulces para que se acercara. Pero luego volvía a casa arisca, huraña, irascible. Un día el unicornio desapareció igual que vino y ya la lluvia no trajo más que desgracias. Sólo Paula pareció inmune a la desventura. Cuando empezaban a caer las primeras gotas, sacaba su casa de muñecas y sonreía feliz. Antes de abrir con cuidado la pequeña puerta, sacaba del bolsillo los terrones de azúcar.

 http://marhorno.blogspot.com.es/

ABR.50. LLUVIA DE ABRIL, de Clivia Alejandra Noemi Ricle

Cielos topacios reinaban sobre mi, cielos topacios se volvieron oscuros.
Nubarrones cubrieron el cielo de Noviembre, rayos y centellas lanzaron contra mí.
Gélidos rayos atravesaron mi corazón.
Gélidos rayos congelaron hasta mi medula.
Los Nubarrones ocultaban las estrellas, ocultaban la luz.
Truenos no me dejaban oír tu canción.
Días pasaron, tormentas fueron y vinieron, y no deje de darle pelea a aquellos rayos que insistían en sumergirme en las tinieblas.
Pero fue en Abril, cuando la peor de las tormentas hizo llover cristales de topacio.
Fue en Abril que la lluvia trajo ese dulce sabor a amor.
Fue la lluvia de Abril quien volvió a traerme tu canción, quien desalojo aquellos rayos que se empecinaban en hundirme en tinieblas,
Fue la lluvia quien  trajo paz a este corazón tempestuoso.

 http://ardnajelaricle.blogspot.com.ar/

ABR.49. BOSQUE ADENTRO, de Lorena Garcia

La lluvia trajo el deseo inmediato de fundirnos en un solo cuerpo, su mano acaricio mi rostro y susurrándome al oído me dijo: No tengas miedo. Me acercó a su cuerpo y me apretó fuerte contra él. En ese momento entrelazamos nuestras manos fuertemente y comenzamos a correr bosque adentro, llegamos a un lugar donde la vegetación no permitía el paso de la lluvia y apenas nos mojábamos, si se mojaban las ganas de unir nuestros cuerpos. Sus manos fuertes desabrochaban mi blusa y yo inexperta temblaba solo al roce de la yema de sus dedos, sus manos se deslizaban recorriendo todo mi cuerpo y allí desnudos acariciándonos pensé morir de amor. Sus ojos azules no se apartaban de mis ojos y su mirada profunda me decía que me amaba, sus manos amarradas a las mías predecían que no nos íbamos a separar jamás y el susurro de una pequeña cascada de agua marcaba el ritmo de nuestra entrega. Y allí en aquel bosque solos tu y yo, amándonos desnudos bajo el sentir del agua nos entregamos el alma para siempre.

ABR.48. AGUADA, de Mei G. Morán

Al principio cayeron unas pintitas. Sin dilación, empezaron a caer unos goterones que golpeaban con ahínco las plantas, ya de por sí debilitadas por la falta de humedad. Sacamos a la puerta cubos,  ollas, aguamaniles, cualquier cacharro para recoger lo que cayera y ahuyentar la sequía. Se llenaron rápidamente. Tantas semanas áridas nos habían agriado el carácter. Pero aquella noche nos fuimos a dormir con la tranquilidad del complacido.
La mañana siguiente me pareció gris, a juzgar por la luz meliflua detrás de los visillos de la ventana del cuarto. Aún con las legañas en los ojos me acerqué al cristal. No me resultó extraño ver a las vacas retozando panza arriba en una laguna, que lo había anegado todo, los niños subidos en unas piraguas improvisadas, chapoteando con los rastrillos a modo de remo y zarandeando el badajo de la campana de la iglesia, que había quedado a ras de la superficie de las aguas, y a los labradores subidos a caballo a los tejados de las casas, arreglando las cestas de mimbre y las labriegas sentadas en los agujeros de las chimeneas enristrando los ajos. Como si nunca hubieran hecho otra cosa. Encharcados en una insólita felicidad.

 meimoran.blogspot.com

ABR.47. AMIGO DEL ALMA, de Susana Revuelta

Me despierto tras la explosión en este páramo cubierto de cenizas y el silencio me sacude como un escalofrío. Cuando el suelo deja de temblar, me incorporo y ayudo a mi amigo a salir de entre los escombros. De un cielo metálico comienzan a caer gotas de azufre: es una lluvia que envenena la tierra que empapa, que abrasa la piel, que ciega la vista. Sin luna ni sol, el tiempo se escurre como el agua que acalla nuestros pasos.
     Caminamos hacia delante, desorientados. La última alma humana no se rinde en su búsqueda y  yo me mantengo fiel a su lado. Le intento guiar hacia el dichoso túnel que busca, pero ya hemos atravesado unos cuantos y todos estaban a oscuras. Me pregunto si se admitirá en el más allá la presencia de un amigo invisible. En caso contrario, ¿sería capaz de abandonarme?
     En el horizonte diviso un destello de una luz blanquísima. Mi amigo avanza a tientas, pero yo tiro de la correa en otra dirección: no quiero quedarme aquí solo.

 estelasdetinta.blogspot.com

ABR.46. DESEOS DE LIBERTAD, de Lydia Leite

  Lo trajo la lluvia. No la mansa, sino esa otra lluvia torrencial, un poco desasosegante, pero tan liberadora. El deseo de ser otra empezó de manera paulatina. Primero quise convertirme en la gota gruesa que se sienta, con la distinción de una estricta dama de época, sobre las ramas de los árboles, para después deslizarse con infantil despreocupación hasta el suelo. Deseché la idea. Mejor ser aire, pensé entonces. Soplar, bufar, subir, bajar. Envolver el espacio, cubrir los huecos, rodear a las personas mientras caminan, zarandearlas, enroscar la falda en las piernas de las mujeres o azotar los bajos de los pantalones masculinos hasta oírlos batir como tambores. Tampoco esto me sedujo, demasiada energía inútil. Fue mientras observaba el agua golpear inmisericorde la arbolada superficie del mar, cuando lo decidí. Sería un rayo. Una finísima culebra de fuego. Iluminaría los barcos en las noches sin luna, los cuartos mudos de las residencias de ancianos, mientras  ellos desgranan una a una las horas de la tarde, los portales donde duermen los sin techo, o incluso alguna de esas escuelas rurales silenciosas en la que ya apenas quedan niños. Eso sería yo. Una luz colmada de esperanza.

ABR.45. LLUVIA QUE LIMPIA, de Adrian Rodriguez

Para algunos los remordimientos se presentan como dolor de estómago, a otros les despoja del sueño, desde siempre para mi, la lluvia ha sido mi moral. Ya de niño arremetía contra la ventana de mi cuarto cada domingo, cuando  intentaba escaquearme de misa escondido entre las sábanas.  A medida que  confesaba mis pecados, las nubes se volatilizaban como por arte de magia. Con los años he aprendido a controlarlo. Todos sabemos cuando hemos hecho algo malo, cuando debemos limpiar nuestra consciencia y cuando asumir la culpa. Unas simples palabras pueden competir con el peor de los actos. No se cuál han sido las que abrieron la brecha entre tu y yo, probablemente sean las que no se atrevieron a salir de mi boca, por miedo tal vez, o por vergüenza. La tormenta ha durado ya diez años, hoy vengo a decirte lo siento.

ABR.44. NAVES ARDIENDO, de Rafa Heredero

El hombre camina por la noche sin fijarse ya en el ambiente opresivo de la ciudad oscura y triste; ve humo, o quizá sea vapor de agua, escapando entre las sombras desde lo alto de los edificios, fundiéndose con la fría luz de cientos de anuncios de neón que difuminan ráfagas de pesada y persistente lluvia. Un eco inaudible le llama la atención y al levantar la mirada hacia lo alto de los rascacielos que lo cercan cree ver, a través de la bruma y una cortina de agua, dos figuras de aspecto humano peleando como titanes en un combate desigual, mientras la lluvia le empapa y las gotas que llegan a sus labios resbalando por el rostro le dejan un extraño sabor salado.
Fue entonces —luego lo supo— cuando le invadió esa sensación de amarga tristeza, de fracaso, de derrota definitiva que siempre le iba a acompañar, cuando empezó a sospechar que todo afán era inútil y le asfixió la nostalgia de lo que inevitablemente dejaría atrás, y ni siquiera la bellísima imagen de naves de ataque ardiendo más allá de Orión, que le asaltaba de vez en cuando sin saber por qué, pudo poner fin a su melancolía.

ABR.43. MI PRIMA Y YO, de María Elejoste

Por estas fechas siempre me da por llorar… de siempre, no puedo evitarlo, mira que lo intento. A veces lo consigo y lloro unos pocos días, dejando que mis lágrimas fluyan suavemente, pero otros, me da el ataque y brotan sin cesar durante semanas. Todo es culpa de mi prima que siempre lo llena todo de flores, y yo, debo ser alérgica al polen, a las gramíneas o a todo junto. Sensible que soy…  Ya le digo a ella, que traiga sus preciosas flores poco a poco para que me vaya acostumbrando, pero no oye, ¡qué mujer! Ella siempre ha sido un poco… ¿exagerada? ¡Y hala! Haciéndose la interesante despliega todo su esplendor… pues mira este año se va a enterar… Yo también quiero un poco de protagonismo. Por cierto, no nos hemos presentado… mi prima se llama Vera, y yo soy Lluvia.