Esta Noche Te Cuento. Concurso de relatos cortos

ESCRIBIMOS EN BLANCO Y NEGRO 2018

Un relato con menos de 200 palabras inspirado en esta foto de Tom Waterhouse

ENoTiCias

Bienvenid@s a ENTC. Y recordad que el proximo dia 5 de marzo se acaba esta convocatoria.
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Esta convocatoria finalizará el próximo
05 de Marzo

Relatos

639. LOS SONIDOS DE LA NOCHE, de Grillo

Salimos a dar un paseo después de cenar. Hacía una noche fabulosa. Una suave brisa acariciaba la cara, la luna enorme brillaba majestuosa y un fantástico cielo estrellado nos indicaba que aquella noche no la olvidaríamos jamás. Caminamos en silencio, escuchando los sonidos del bosque. Grillos, lechuzas e insectos nos saludaban  a nuestro paso. Era un espectáculo apoteósico, ¿para qué estropearlo pronunciando absurdas palabras? Nos miramos a los ojos. Le sonreí, le acaricié el pelo con una ternura inusual en mí y lentamente la besé en los labios como jamás lo había hecho. Me miró sorprendida y prefirió no hacer preguntas. Disfrutó el instante. Creo sinceramente que estaba siendo el encuentro más excitante en veinte años de matrimonio. Pero había llegado el momento. Saqué de mi bolsillo interior el cuchillo cuidadosamente escondido y se lo clavé en el abdomen mientras le tapaba la boca. Dos, tres, cuatro veces. Sus ojos trataban de encontrar una
 explicación en los míos, pero yo los rehuí. Ya tendida en el suelo le hundí el cuchillo en la espalda varias veces más hasta que dejó de respirar. Entonces fue cuando llegué al orgasmo. Por fin. Tuve que matarla para conseguirlo

638. LA DESAPARICIÓN DE JACK O´NEILL, de Junco 2

Sgraaaa araa
Straa Araaaa
Hundraaaaaaaa
Esos sonidos, casi murmullos imperceptibles, llegaron a los oídos de Jackie O’Neill. Él transitaba por el camino del pueblo, alejándose de las casas circundantes hasta el brumoso bosque de “Old Tree”. Aquellos susurros provenían de la espesura. Jackie sabía que no debía hacerlo, porque según decían los pueblerinos, el bosque estaba maldito por una bruja y cuando se entraba  ya no se podía salir. A pesar de ello, el joven se arriesgó a adentrarse.
Cuando atravesó los primeros árboles, su oído se enfrento por segunda vez a las tenues melodías que había escuchado. Entonces el tiempo se paró. El muchacho miró a su alrededor y no vio luz por ningún lado. Se había perdido. Palideció, e instantes después oyó una risa perversa y maléfica que resonaba por todo su ser hasta decir basta. Jackie corrió y corrió pero cuanto más lo hacía más oscuridad se cernía ante sus ojos…
Lo último que se supo de Jackie O’Neill es que fue a dar una vuelta por las afueras del pueblo y que desapareció. Si alguien sabía más, ese alguien calló para siempre…

637. LOS SECRETOS DEL BOSQUE, de Insecto Palo

Como tantas veces intuimos, cualquier realidad supera la ficción. Por Septiembre de 2011, nos sorprendió aquella fascinante historia de Ray. Aparecido en Berlín tras sobrevivir cinco años por los bosques centroeuropeos. Extraviado y lejos de la civilización. Sobre el tintero queda la supuesta muerte accidental de Ryan. El padre cayó despeñado, intentando coger leña para combatir ese enloquecedor frío intenso en el parque nacional de Bavaria. El muchacho lo quemó, enterrándolo bajo unas piedras. Habían subsistido comiendo pequeños mamíferos, roedores, setas y lo que la naturaleza les brindaba ante condiciones extremas. La policía internacional sigue investigando el extraño caso del muchacho británico que hablaba con dificultad el idioma local. Ray, ayudado de una brújula, completamente solo, decidió caminar hacia el norte como le indicó su padre antes del fatal desenlace. Desde íntimo duelo de amnesias y silencios, relata también la supuesta muerte de su madre, Doreen, en un accidente de tráfico como causa original de incitarlos perderse por esos emblemáticos parajes. Después de empaparme tantas noticias, esa noche soñé que un caníbal de pelo pajizo, me devoraba las entrañas.

636. LAS MARZAS, de El Madroño

A primeros de marzo tuve la suerte de asistir a la recuperación de una fiesta tradicional: “Las marzas”.
Nos reunimos en la iglesia al anochecer.
A la hora indicada se apagaron  las luces y escuchamos ruidos que procedían del bosque cercano: campanos de las vacas, silbidos, griterío de gente que se acercaba.
Las voces cada vez se oían más cerca, hasta que un grupo de campesinos, hombres y mujeres, ataviados con albarcas, medias, boinas, palos y trajes tradicionales, entró en la iglesia aún a oscuras. Portaban cestas con chorizos, quesos, empanadas, vino, pan…
Se colocaron en semicírculo y comenzaron a cantar. Se acompañaban con panderetas, castañuelas, palos e instrumentos caseros.
Cuando alguien se acercaba a engrosar sus viandas, cantaban otra canción con más ahinco.
El alboroto fue tal que el grupo era de veinte y parecían sesenta.
Estuvieron deleitándonos, por espacio de una hora, con canciones montañesas, de ronda, picadillo y escenas teatrales.
Al finalizar actores y espectadores nos reunimos en la plaza y dimos buena cuenta de las provisiones de las cestas y de otras muchas aportadas por los asistentes.
Una velada inolvidable, recordando las tradicionales  “marzas”, cantadas antaño en las aldeas de Cantabria.

635. VISITAS, de Muérdago

El bosque se fue de excursión. Desde siempre había querido conocer  el sitio de donde venían aquellas personas que llegaban haciendo ruido a bordo de automóviles o motocicletas, cargados con maletas o mochilas  y llenando su espacio de ruidos y olores a gasolinas y humos.
El bosque entero se puso en marcha y empezó la aventura con un  cosquilleo en los troncos y en las ramas, en las flores y en la hojarasca de los senderos.
Llegó al amanecer, a tiempo de ver como tras las chimeneas, los rascacielos y los tendidos eléctricos, el sol se desperezaba sonrosado y joven.
El bosque entero se maravilló de las farolas aun encendidas, de los quioscos con las noticias frescas de tinta. Se esparció silencioso por la ciudad, camuflándose en plazas y jardines, emparejándose con otros árboles, otras hojas  y otros senderos urbanos.
Nadie lo extrañó. Los pájaros se posaron en las ramas, la gente dejo sus huellas al caminar y el viento levantó las hojas en remolinos verdes y dorados.
Al anochecer, el bosque emprendió el regreso, con la sensación de que posiblemente la mayor diferencia entre la ciudad y él era el respeto hacia el otro.

634. SEÑAL, de Golondrina

Jamás se atrevió a contar a persona alguna, lo que le sucedía.
Su corta edad, su inexperiencia, la ausencia de su madre, la obligó a no confesar lo que iba a buscar cada día, en medio del bosque.
Ella siempre se sintió parte de él. En sus momentos difíciles o cuando alguna esporádica alegría la invadía, se escondía en el bosque, sola y buscando la protección que no encontraba en su hogar.
Se sentía acompañada por cada árbol, pájaro o animalito que se le cruzaba en el camino.
El día que su padre, feroz, la golpeó una vez más, huyo a su refugio y una voz la recibió, amparándola.
No veía a nadie, pero la voz que escuchaba le llegaba nítida, como una caricia suave, para su alma lastimada.
Busco a su alrededor la presencia de alguien, pero solo un búho dormido y algunas mariposas, le hacían compañía.
Pensó que no podía ser real, que alucinaba, cuando la voz le aseguró que la custodiaría siempre y la conduciría hasta la felicidad total, junto a su madre.
La púrpura del cielo se ocultó en el horizonte y los párpados de la niña se entrecerraron, llamando a las sombras.

633. RAYO DE LUNA SOBRE FONDO VERDE, de Madreselva 2

Desde el claro, un farallón de abetos lo detiene, tantas son las leyendas que corren sobre el Bosque Prohibido, tantas almas perdidas en el laberinto azul de sus recuerdos.
Pero para ser caballero debe atravesarlo, llegar a la laguna, escuchar el silbido de las ninfas, resistirse a su olor de loto y madreselva, abatir el dragón que le corroe.
La noche lo sorprende. Envuelto en las tinieblas, el brazo preparado a vencer contratiempos, el caballero avanza. Las luciérnagas, inmóviles, lo conducen a un manantial oculto entre la hiedra. Allí, a la luz de la luna, blanca y traslúcida, una doncella espera. Sentada en una roca, en la margen desnuda de hojarasca, le indica el camino a lo profundo. Su mirada verdosa lo hipnotiza, lo llama con voz irresistible. «Ven conmigo».
Es grande su hermosura. Es excesiva. Es casi dolorosa.
El caballero se despoja de armadura y broquel, de capa y escarcelas; se entrega al frío de su mano, a la verde mirada que lo roza en un beso inmortal. «Ven conmigo».
Navega el caballero en la mañana, los brazos extendidos hacia un cielo de árboles, mudas su voz, su espada y su rodela.

632. LOS OJOS DE LA NOCHE, de Madreselva 2

«Niño, si te pierdes, quédate siempre quieto». Pero el bosque lo asusta a cada paso, con su agitar de hojas, su hilván de telarañas, su silbido animal, fantasmagórico.
Sentado en el regato, el niño extiende su cena recién recolectada: fresillas y duraznos con que engañar el hambre y el agua del arroyo, juguetona. «Ya vendrán», se convence.
Si permanece quieto, si sigue los consejos de su madre, lo tendrán que encontrar, abrazado a las piernas, con frío y somnoliento pero vivo. Tan vivo como esos lobos que aúllan a la luna, como el reptar de víboras y el lúgubre volar de las lechuzas; vivo como el tembloroso rocío que se posa en los helechos, como el cuento de ogros que le baila en las sienes cuando intenta dormir tan solo un poco. «Ya vendrán», pronuncia entre dos sueños, atento a esos ojos que, hace un rato, entre arbustos de boj y de tomillo, se clavan en su triste soledad, en su niñez por siempre inacabada, que se acercan con el silencio propio que preludia la muerte.

631. MI BOSQUE, MI CASA, de Madreselva 2

La sierpe del camino asciende entre el hayedo.  Con dócil pesadumbre, los corimbos de algún serbal en flor se desvanecen. El olor del lentisco, el murmullo acerado del arroyo y un aleteo azul de mariposas le niegan el avance. La niñez la persigue, tan breve y tan remota.
Entonces conocía el modo de volver, la fuerza de los robles taciturnos, la amargura del tejo, la madriguera abrupta de los zorros, el silencio necesario a las luciérnagas.
Manuela cruza el puente de madera. El agua entre las piedras aúlla sin descanso. Una rama desciende y se desliza sin prisa por llegar a mar abierto, por perder en las olas su cordura, su sensación feliz de ser un árbol.
Se asoma a la corriente. Calla y duda.
También ella es la rama desatada, desgajada y marchita; también ella navega sin sosiego, la empuja el agua brava de una vida nerviosa a flor de piel. «Lo intenté», se convence. Mas, por mucho que Manuela regrese a la ciudad, ella es salvaje, sus deseos se bifurcan y entretienen cual tronco caprichoso de avellano. Y el corazón le late apresurado a la luz del sendero que pronuncia su nombre.

630. EL BOSQUE SOBRE LAS OLAS, de Ardilla Voladora

Una vez, el rey de Suecia mandó construir una armada para dominar el Báltico. Cien escuadrones partieron a talar los bosques cercanos a Estocolmo. Las hachas asolaron la región. Como guerreros exangües caían los árboles, uno tras otro, profiriendo alaridos milenarios.
– ¡Nos vengaremos!– gritaban al desplomarse.
Allí mismo los serruchos desgajaban los troncos. Inmensos tablones viajaban hasta los astilleros en carretas de bueyes.
Al retirarse los hielos, zarparon a la guerra. A la semana el vigía observó unas yemas que despuntaban del mástil, unos brotes en la proa. Poco después empezó a menguar el ritmo, los navíos no avanzaban. En vano exhortaba el contramaestre a sus remeros que bogasen más rápido. Estaban en alta mar, encallados sin remedio.
Días después las naves se llenaron de ramas. Al poco los barcos se elevaron y quedaron suspendidos en el aire, cada vez más alto. La madera crujía bajo los pies. Las quillas estallaron en pedazos. Perforando lo que se interpusiera en su camino, se abrían paso los troncos. Finalmente, libres de sus carcasas, los renacidos árboles se agitaron, arrojando a los soldados al vacío. Por último despegaron sus raíces y partieron de vuelta a casa, dando grandes zancadas sobre las olas.

629. CON CADA HOJA, de Brizna

Penetran en mí los aromas a romero y a tomillo mientras un tibio sol, que me recuerda al otoño, calienta mis articulaciones haciéndoles rejuvenecer por un momento.
Ese roble, sobre el que grabamos un corazón y nuestros nombres, es solícito conmigo y mientras descanso a sus pies, desplaza sus ramas para que penetre ese sol… y los recuerdos. Nuestro primer beso, nuestro primer juramento de amor eterno. Y tu adiós, cuando me descubriste tu enfermedad y alojaste en mi alma el sufrimiento. Con cada hoja… un recuerdo. Con cada día… un consuelo, pues más cerca te tengo.
Apoyo mis escasas fuerzas sobre un bastón que se lleva mi juventud poco a poco, y con paso lento desando el camino en el bosque, no sin antes volver la vista a ese roble celoso, cómplice  testigo de nuestros recuerdos.

628. VENERABLE DAMA VERDE, de Junco 2

No parecía posible, pero aún estaba allí. Mark pudo comprobar otra vez el rasposo tacto de aquel roble añejo, de aquella “venerable dama verde”, como decía él. Sus raíces habían engordado, de sus hojas ya solo se podía encontrar el color oxidado que las teñía, pues parecía que el letal filo de la guadaña estaba haciendo su trabajo más rápido de lo esperado. Mark se apenó por ello. Al alcance de sus fastuosas raíces y a la boca de ese tupido bosque, conoció a Sara por primera vez y, desde ese momento, aquel árbol fue su punto de encuentro. Hasta que ella murió. “No”, reconoció Mark. Había venido una última vez,  pero no era a causa del amor y la pasión, sino del dolor y el calvario que estaba aguantando. Recordaba haberse puesto a llorar como un niño apoyándose en su corteza, aunque ella se quedó impasible ante su escena plañidera.
Entonces su hija le llamó desde la lejanía con una voz casi inaudible. Mark se marchó lentamente echándole una última mirada de reojo a aquel roble, aquella dama que le había visto en la cúspide del sufrimiento y del amor.