Esta Noche Te Cuento. Concurso de relatos cortos

ESCRIBIMOS EN BLANCO Y NEGRO 2018

Un relato con menos de 200 palabras inspirado en esta foto de Tom Waterhouse

ENoTiCias

Bienvenid@s a ENTC. ¿Quedamos el próximo domingo 18 de febrero en el CHAT para hablar de nuestro 7º ENTCuentro?
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05 de Marzo

Relatos

506. HIJO DEL BOSQUE, de Légamo

El desconsolado llanto de un recién nacido en un bosque llegó a oídos de un viejo ovejero en la canícula del verano. El pastor adoptó al neonato encontrado en medio de la maleza como a su propio hijo que creció con las adornadas historias que le narraba sobre su nacimiento en el bosque.
Un día en la escuela el niño dijo que él era el hijo del bosque. Todos los niños se desternillaron de risa. Le decían que eso era imposible, que esa patraña se la había inventado ese lunático senil del pastor, y al unísono todos comenzaron a berrear llamándole “estiércol de campo”. Además, su pelo negruzco y su tez renegrida incitaba más a ello.
El niño salió corriendo con los ojos vidriosos hacia el bosque y en medio de la hojarasca rompió a llorar maldiciendo al viejo pastor.
Una suave brisa aquietó el viento de mistral tocando las húmedas mejillas del chico simulando el roce de las caricias. En la superficie de su epidermis sintió un tacto tan perfecto que el niño comprendió que ese viejo loco tenía razón. Presintió que el alma del bosque se compungía por él. Sintió que era hijo del bosque.

505. CONSEJOS, de Seta Venenosa

—Cuidado con el Hombre —musitó Gran Pino.
—Cuidado con sus chispas —agregó Fresno Blanco.
Pequeña Acacia desperezaba sus frágiles ramas en la brisa del amanecer, escuchaba y trataba de memorizar los consejos de los que ya daban largas sombras. Más allá, el Joven Abedul reía por las cosquillas que le hacía una ardilla de cola esponjosa y parda.
—Sobre todo, si con el viento —aclaró Gran Pino.
Pequeña Acacia empujó sus raíces hacia el fondo. Pensó en el Hombre —que jamás había visto— y en sus chispas: lo supuso, a él, alto y fuerte como un algarrobo y, a ellas, filosas como los rayos azules que precedían a los truenos. Pero la imagen le resultaba imposible de asir y se le desvanecía aún más cuando intentaba trenzarle el silbido del viento.
—¿Y qué debo hacer si llegan hasta aquí? —preguntó con su vocecilla verde como el musgo.
Gran Pino y Fresno Blanco se miraron entre sí: no tenían la respuesta. Si el hombre con sus chispas llegaba a la par del viento, en el interior de cada árbol se evaporarían los misterios, y serían cenizas todos los pinochos que por las noches poblaban sus sueños, sin que pudieran evitarlo.

504. EL ERMITAÑO, de Hacha y Tajo

La pregunta le trepanaba los sesos. En tiempos de soledad, sin tentaciones, todo había resultado más fácil, con ayunos y rezos le  alcanzaba; aunque muy a su pesar era un hombre aún joven, y brioso. Las complicaciones comenzaron con la visita de esa pobre señora, y del jovencito ciego: los ojos inútiles de éste ya repletos de luz y de vida, el vientre yermo de aquella no cesaba de parir. El bosque se había plagado de lisiados y decrépitos; también de mujeres. “Volveré por la noche”, había dicho sugestiva la condesa K., joven de escote abultado y hombros tersos. No pudo concentrase en las oraciones. Devoró con avidez la magra comida. Observó la llama de los cirios, los íconos. Estaba perdido. Se sabía indefenso frente los encantos de aquel ángel malévolo. Cuando el hermano lego vino a retirar la bandeja con el plato, le pidió que no cortara leña, él mismo lo haría; sólo que le acercara el hacha, y el tajo. Su confesor había dicho que la hermandad no veía con buenos ojos el uso del flagelo, sin embargo, jamás se había referido al eventual caso de una mutilación. ¿Se atrevería?

503. TE ENCONTRÉ AL FINAL, de El Hada Polvorilla

Estoy adentrándome en tu bosque, del que tantas veces me hablaste, se que no te encontraré aquí, pero conocerlo me ayuda a conocerte más a ti. Recuerdo que me hablaste de un pequeño pantano escondido entre los árboles, no se hacia dónde dirigirme, todo me resulta similar. Me llega un olor extraño, aquí son muchos los olores, pero éste es diferente, huele a menta fresca, como tu aliento cuando me besabas. Oigo que me llamas, se que es imposible, pero tu voz me llega nítida, aunque lejana.
Mis pasos dirijo hacia el olor y hacia tu voz, seguro son imaginaciones, pero por alguna señal me tengo que guiar. Mientras camino voy recordando tus brazos, tus besos, tus ojos enamorados, no me fijo por donde piso, ensimismada en mis recuerdos.
¿Qué sucede? Metí los pies en algo blando, no los puedo sacar, busco dónde agarrarme, de dónde tirar, me hundo, me asusto… Grito pidiendo auxilio ¿pero quién me va a escuchar? agotada me dejo llevar… Me rindo a este barro frío, que me va a tragar. Siento tus labios en los míos, dándome aliento para respirar, el calor sube por mi cuerpo y envuelta en tu abrazo permanezco sin más…

502. EL BOSQUE DE LOS DUENDES, de Llanura

Tras una extensa llanura, que parecía interminable, llegué al río. No sin dificultad, logré cruzar al otro lado. De pronto el valle se convirtió en un frondoso bosque, con árboles tal altos que no dejaban ver el cielo. Las ramas se entrelazaban formando tal espesura que apenas dejaban pasar la luz del sol. Llegó un momento en que la vegetación era tan densa que dudé si seguir adelante. Quedé paralizada. Estaba nerviosa y asustada, como no había estado jamás.
De pronto apareció un duende. Tomó mi mano y me guio a través de los misterios del bosque. Había árboles cuyos troncos estaban huecos, y daban paso a pasadizos secretos que eran atajos para moverse por el subsuelo. Algunos árboles eran puertas secretas que comunicaban con el mundo de los humanos. ¡No era de extrañar que los duendes fueran capaces de esconderse tan bien a la vista de los hombres! Otros tenían escaleras de caracol escondidas en su tronco, que subían a la copa, donde las hojas se convertían en blando algodón sobre el que saltar tan alto que era posible llegar a tocar las estrellas. Y desde donde deslizarse velozmente hasta el suelo por lianas cual si fueran toboganes gigantes.

501. LA CIMA DEL BOSQUE CAUTIVADOR, de Musgaño

Me até los cordones de las botas de monte de manera que los dos cabos encerados quedaran exactamente a la misma altura; sacudí enérgicamente los pies para que se desprendiera de las suelas la tierra reseca  y me dispuse a intentar llegar a la cima más alta del bosque.
El camino comenzó con una pendiente suave de hojarasca crujiente. Disfruté acariciando con mis pies aquel manto sin dueño. Levanté la mirada y  el paisaje me conmovió con su belleza desnuda.
Pronto alcancé uno de mis lugares predilectos de aquel recorrido, una cueva que nadie había profanado antes que yo. Acaricié el musgo suave que cubría los alrededores, jugué metiendo mis dedos entre la humedad y, bajo la tierra, encontré un codiciado tesoro.
Reanudé la marcha y el bosque formó una planicie de ensueño en la que me tumbé a descansar. Posé mi cara en el césped aterciopelado y allí disfruté de su olor y suavidad.
Sentí que la cima no quedaba lejos,  así que aceleré el paso con firmeza y movimientos acompasados. Finalmente alcancé la maravillosa cascada torrencial que, de forma generosa y con un placer de todo punto indescriptible, colmó mis ojos, mi vida y todos mis sentidos.

500. EL VIAJE DE LOS RELATOS, de Manantial Brumoso

Atravesé el Atlántico en mi aeroplano de tela, y como iba al ras del océano parecía que era arrastrado por musas acuáticas que en la península ibérica tenían nombre. Soplaban Nuberos  y Ventolines. Había leído en mi libro digital, formado a mano con hojas del árbol de luz, sobre la mitología cántabra. Llegué al bosque por mar; creí ver al hombre pez. Pretendiendo conocer las tierras de donde provenían los relatos, descendí al sur subiendo la montaña. Mientras caminaba entre los tejos alguien tiró una pedrada, lo adjudiqué al malvado Ojáncano o a travesuras de Trasgus. Al cruzar el río confundí libélulas con Caballucos del diablo. Encontré tendida en la hierba la corona de flores de la Anjana. Escuché la flauta del Musgoso. Supuse Ijanas robando miel de la colmena; un Trenti disfrazado de corteza. En la cocina de la estancia que me dio posada encontré las pequeñas huellas de harina del Trastolillo. Imaginé pero no vi criatura alguna. Cansado me eché a dormir y desperté con otros ojos, en otra Cantabria. De noche hubo fiesta, los susurros y las voces del bosque se dejaron escuchar. Las historias eran ciertas, pasearé en forma de fuego y lechuza con las brujas.

499. UN NUEVO HOGAR, de Espíritu de Lobo Blanco

Un lobo blanco y solitario caminaba por el bosque, cansado vagaba sin rumbo. Su hogar había sido talado por humanos, con su manada huyo para encontrar un nuevo bosque. Pero la suerte no estuvo de su lado, cruzaron pantanos, pero muchos no tuvieron la fuerza. Después llegaron a una planicie, pero el único alimento venia del ganado, los humanos cazaron a más de la mitad. Pero nada fue tan despiadado como el desierto, prácticamente sin alimento se fue tragando uno a uno al resto de su manada.
Perseverante él se reusó a caer y por fin encontró un bosque lleno de vida. Lo único que deseaba era tener a sus compañeros ahí. Después de mucho caminar encontró un pequeño lago con un árbol en el centro se agacho para tomar agua, pero se desplomo antes de probar una gota.
La vida se le escapaba y la tristeza lo inundaba, tanto esfuerzo únicamente para morir solo. Pero el espíritu del bosque conmovido le dijo unas últimas palabras, “Tu esfuerzo no ha sido en vano, ya que no has llegado solo, has traído los espíritus de tu manda y podrás correr con ellos por este bosque hasta el final de los tiempos”.

498. UNA JAULA PERFECTA, de Espíritu de Lobo Blanco

En un bosque tan viejo como el tiempo vivían muchos animales, aves, lobos, conejos e incluso vivía una zorra muy aventurera. Un día decidió salir del bosque, así que se dirigió a la orilla llena de curiosidad por el mundo exterior que nunca había visto.
Verán este no era solo un antiguo bosque, era un bosque mágico, el cual cuidaban los espíritus de los árboles. Con sus grandes raíces impedían el paso. Al llegar a la gran pared de raíces la zorra comenzó a buscar su camino, pero antes de entrar en tal laberinto los árboles le preguntaron:
-¿Adonde planeas ir? Debemos advertirte que el mundo de allá es cruel y si sales de aquí ya no podrás regresar – Advirtieron los árboles
-No me importa, necesito saber que hay más allá- Dijo la aventurera zorra.
-Esa curiosidad será tu perdición- Dijeron
Con esas palabras las raíces se hicieron a un lado y la zorra salió disparada. De pronto vio grandes praderas, sin pensarlo corrió pero no dio más de tres pasos cuando un disparo la atravesó.
-Te lo advertimos- Dijeron los árboles.
Con su último aliento la zorra les contesto- Valió la pena, muero pero muero en libertad.

497. LA HUIDA, de El Hongo

Sabía que tú me estarías esperando afuera, así que, en cuanto me dejaron solo, me encaramé hasta la ventana, rompí el cristal con la mano —apenas sangré, creo que el mismo miedo retuvo la sangre en el interior de mi cuerpo— y salí al exterior. Atravesé el jardín y me interné en los árboles. Tú estabas allí en alguna parte, pero no podía gritar tu nombre por miedo a que nos descubrieran.

Avancé en círculos susurrando tu nombre, silbando nuestra señal. Pasaron varios minutos y no te encontré. Lo admito, pensé lo peor, maldije tu nombre entre dientes.
De pronto sonó una sirena. Habían dado la alarma. Me habías fallado.
Corrí hasta desplomarme. Pero no avancé mucho. No lo suficiente. No tardarían en alcanzarme. Ahora sí que no tendrían piedad. Y todo era por tu culpa. Escuché unos pasos a mi espalda. Traté de levantarme, pero estaba exhausto —llevaba mucha hambre a cuestas, muchos golpes—. Cerré los ojos. Deseé tan solo que me mataran allí mismo.
Fue entonces cuando escuché tu voz. «Vamos», dijiste. Me tomaste de la mano y sin pronunciar una palabra más fuimos a escondernos en lo más profundo del bosque.

496. DIARIO DE HORTENSIA, de Río Frío

Nadie decide quien crece en este frío bosque, en este río que por llevar, no lleva ya ni agua. Esos a los que llamamos humanos nos han dejado sin vergüenza, sin pétalos, sin pensamientos ni hojas, nos pisan como si fueran superiores, como si ellos pudieran vestir, además de botas gruesas, chulería y aplastarnos con ambas cosas. Nos adaptamos. Sigue siendo nuestro mundo, nuestro bosque. Seguimos teniendo flores que se creen bonitas y tienen más espinas que la rosa que pude oler un día. Si los humanos alguna vez han creído a su Dios, nosotros creemos en ese humano que nos acoja, nos sonría y se atreva a regalarnos cuatro miradas, cuatro palabras que nos hagan estar a su altura sin tener que regarnos. Esperaremos a nuestro amigo Dióxido, de apellido De Carbono, y nos quedaremos aferrados en nuestra tierra, deseando que pasen muchos más años, y muchos menos humanos. Recuerdo de mi infancia un pequeño encuentro con un mal juicio, con una ortiga juzgada por piratería y terrorismo, recuerdo un par de miradas, dos abejas taxistas transportando polen entre ese atasco de niebla, una frase, una realidad: “prefiero morir enraizada, que vivir trasplantada”.         

494. UNA PATOCHADA: EL PATO CUA CUA, de El Bosque Embrujado

Oyendo por allá y escuchando por aquí… me dijeron, que en el lago, vivía un pato llamado “Cuá-Cuá”…y, me llegué  hasta allí,  para conocerlo
            Chapoteaban en grupos patos de todas las especies: Blancos, Canelos, Colorados, de Cuello Verde, de Cola Larga, Arlequines…, Todos muy  charlatanes…  ¿pero cuál de ellos era el Pato Cuá-Cuá?.
            Cuando me acercaba a preguntarles , me decían: “Cuá-Cuá”…, todos  lo mismo… Sí, pero…
– ¿“Quien de vosotros, es Cuá-Cuá”? …
¡Me sentía ridículo…,  estaba “haciendo el pato”!…
Entre tantos patos, me aleje haciendo el “Patojo”, -ya andaba, meneando el cuerpo de un lado a otro como ellos-, pues no sé marcharme saltando desde el agua como algunos de ellos…, ni correr por encima de ella batiendo las alas que no tengo…, ni empezar a “volar a remo” como otros…
Y de repente, -con lo “patudo” y “patoso” que soy-, me tropecé con un pato solitario…, me volví a preguntarle por el Pato Cuá-Cuá…,  esté me miró, me miró… pero no me contestó…
Ahora pienso que lo mío es “patógeno”…, que sin querer “he pagado el pato”, que seguramente, el Pato Mudo era Cuá-Cuá…, o tal vez que todo esto, ha sido -por mi parte-, una “patochada”…