Esta Noche Te Cuento. Concurso de relatos cortos

ESCRIBIMOS EN BLANCO Y NEGRO 2018

Un relato con menos de 200 palabras inspirado en esta foto de Annie Leibovitz

ENoTiCias

Bienvenid@s a ENTC. Damos la bienvenida a Leibovitz...
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Esta convocatoria finalizará el próximo
27 de Mayo

Relatos

322. PALESTRA, de Zarzamora

En el claro del bosque un anciano hacía huellas en la tierra .

El cuervo que hacía rato observaba le gritó ¿para qué las haces?
El hombre sin mirarlo contestó… Sembraré semillas de mañanas.
Te la va-mos-a-co-me-er canturreó el cuervo…
No, respondió el hombre, a ustedes “Dios los alimenta, pero no les deja la comida aquí…”
Viejo, sabes por qué a la caída del sol, los árboles se apilan uno sobre otro y no crecen en altura ni en peso.
Porque no depende de ellas, sino de la mano que hace girar el sol, le retrucó el hombre.
Así pasaron horas, uno dando pie y el otro contestando.
Al atardecer el anciano se sentó sobre el tronco caído a saborear un mendrugo de pan.
El cuervo sigilosamente se le acercó, tramando nuevo combate.
El anciano mirándolo dulcemente le tendió la mano colmada con semillas -las que el cuervo rechazó-, luego le preguntó: Amigo ¿quieres saber, lo que yo tengo de ti y lo que tienes tú de mi?
Dicen que aún suelen ver al anciano desgarrar la piel de la tierra y a un cuervo colocar en ellas semillas… Y que a veces… intercambian sus puestos.

321. HACHA Y GUADAÑA, de Palosanto 2

El leñador fue al bosque con su hacha y cortó la rama más grande del añoso roble.
Dejó secar la madera y la aserró convirtiéndola en tablas prolijas. Con arte de viejo carpintero construyó un primoroso ataúd. El día que se sintió morir, se acostó lentamente adentro del féretro vestido con el mejor atuendo y tapándose con blanca sábana. Como los días transcurrían y la muerte no llegaba, salió del cajón, quitó  la mortaja, comió opíparamente, se puso ropa de trabajo y comenzó a desclavar el cajón. Abandonó las tablas en un rincón y terminó brindando por la alegría de seguir viviendo eternamente.
Cierto día pasó por delante del árbol a medias cercenado y escuchó a una voz cavernaria decir fríamente: —Estoy terminando aquí mi trabajo, pronto iré por ti.
Retornó a la carpintería desesperado. Sintió un sacudón frío, una opresión en el cuello, y mientras huesuda mano lo tomaba por detrás, resonó la voz de ultratumba: —Si nunca me hubieses tentado habrías vivido más tiempo. Pero es justicia; el roble ha muerto en mis brazos lentamente, ahora te toca a ti probar mi guadaña filosa.
Las tablas del rincón habían comenzado a brotar por extraño prodigio de la vida.

320. EL CERVATILLO Y LA GACELA, de Gacela

-Cervatillo querido! ¿Qué te ha pasado? Observo con pesar tu pata trasera lastimada.
-Al pie de la montaña he caído y he rodado, más ha pasado por allí algún que otro animal pero no me han ayudado.
¿Quién eres tú? , fue la pregunta del cervatillo dolorido.
Fue entonces cuando tras tener la visión nublada el cervatillo pudo divisar a la gacela muy horonda y señorona que se acercaba hacia él.
La verdad,  pues él pensó cómo pudo suceder este encuentro intempestivo y al verse él de tan mal talante. ¿Era posible el amor?
La gacela lo miraba con mirada enternecía.
El cervatillo crujía suavecito su dolor, desesperándose entonces por verse bien ante ella.
Ambos cruzaron miradas que recomponían el alma y poco a poco los mimos en la patita recompusieron al pobre y maltrecho cervatillo.
¿Qué les puedo yo contar ? Si he pasado tras un año y veo ahora las crías mimadas juntas por las familias de la gacela y el cervatillo.
Pues ahora, son vecinos con sus familias en el bosque del lugar.

319. …Y SUSURRABA EL VIENTO, de Gnomo

Toca el grillo una canción de amor cobijado entre las setas. La luna llena proporciona al búho una vista perfecta. La musaraña enfadada sale de su madriguera y avista al grillo a lo lejos. Tanto ruido le ha despertado y acude a regañarle. No entiende que el amor haya de expresarse en una canción. ¿Por qué no amas en silencio?
Hojas de otoño cubren el suelo delatando los pasos del frágil roedor. El búho, posado en la rama del arce sigue atento sus movimientos.
Aupado en su atalaya espera que se aleje de la entrada y se postre a su merced como un blanco fácil.
Ojos como lunas, plumas que acarician el aire seco de muerte. Arranca silencioso. Se acerca…
El pequeño animal no se percata del peligro. El búho está aún más cerca….
El grillo calla.
La musaraña se detiene y escucha atenta el susurro del viento. El susurro de una muerte anunciada. El búho despliega sus garras. ¡Que lejos queda la madriguera!. Ya no hay música. El bosque enmudece y el grillo…salta.
Quiso el grillo morir…para salvar a su amada. Atenta la musaraña oye canciones de amor retumbar en su corazón. “En silencio…no se ama”.

318. EL SUSURRO DEL VIENTO, de Driada

            No estaba huyendo, pero desde que la había perdido tampoco tenía claro el camino que debía seguir, ni a dónde pretendía llegar.
Lo que me atrajo hacia este bosque fueron los cálidos tonos del otoño y, así, abandoné el coche y penetré aquel universo de colores rojizos, ocres y tímidos verdes por la ruta del olor a tierra mojada, de hojas caídas y de setas.
Sé que perdí la noción del tiempo y del espacio, que me perdí en mi propia melancolía y que la noche me sorprendió.
Poco antes del alba, el viento silbante me trajo una voz conocida que decía: “Aquí”. El frío era entonces más húmedo e intenso.
Yo había oído historias sobre seres fantásticos que habitan los bosques, pero nunca hasta aquel instante había visto alguna. Y lo más asombroso es que era ella, viviendo en el tronco de aquel grueso árbol, con sus brazos extendidos hacia mí. “Te amo”, musité, y al abrazarla, sentí la metamorfosis de mi cuerpo fundiéndose con el suyo.
Si el susurro del viento llevara a tus oídos palabras de amor, estás oyendo a las almas enamoradas que habitan los árboles.

317. UN REGALO INOLVIDABLE, de Riachuelo

He vuelto al bosque. Mis hijas, enseguida, buscan cobijo bajo las ramas de los árboles. Corren de un lado a otro hasta llegar al lugar que buscaban.
-¡Mamá, ya hemos llegado!
 Soplé las diez velas de la tarta. La sala estaba repleta de regalos. Curiosamente sólo puedo recordar uno, el que escondía mi tía en sus manos. Semillas de chopo. Me parecieron ridículas e insignificantes. Además, su destino estaba bajo tierra, y debía desprenderme de ellas. ¿Qué regalo era aquél?
Cuando llego, ellas están inmóviles, intentando alcanzar con la vista la copa del chopo. Hay muchos más alrededor, pero han elegido ése para hacer una parada. Comemos algo y luego jugamos al escondite. Me toca pillar a mí y me abrazo al árbol para contar. 1, 2, 3, 4, 5, 6… Con el paso de los años me he dado cuenta de que hay cosas que sólo se entienden retrospectivamente. El obsequio no fueron las semillas, ni siquiera lo fue el árbol, sino respirar aire puro, escuchar el canto de los pájaros, u observar el correteo de las ardillas. Todo se había diluido en el cemento. Hoy vuelvo al bosque.

316. TEMFLORES, de Flora

    Para recompensarte con mi néctar, en el intercambio de sustancias, te estaba esperando. Llegaste con los primeros rayos de sol. Lo saben las caricias de las otras flores, mecidas con la misma brisa del valle. Querida Abh – Eja, me sorprende tu delicadeza procurando equilibrio a todo el planeta. Nada sería posible sin tu eficacia polinizadora, tanta laboriosidad. Me asombra ver a este humano hablando de nosotras, que nos reconozca imprescindibles para poder hablar de belleza. La sensibilidad de las plantas, luces para corazones enamorados. Me alegra que la gente escriba. El tono y las formas, la paz en las cosas. Siento acercarse con exceso a las vacas pastando, creo estar en su trayectoria. Incluso unos cerdos parecen buscar la cercanía de los chaparros. Nosotras no deberíamos estar aquí, pero ya no hay remedio. ¡Báich, báish! ¡Hála! ¡Al bosque! Les anuncio con polen, temblándome desde el tallo hasta los pistilos. Caro trueque.

315. LABERINTO, de Palosanto 2

Me perdí en un bosque de encinas, olmos y pequeños arbustos. Cuando trataba de orientarme, los búhos y musgos me regañaron diciendo que yo no era escritor. (Pensé que en algo tenían razón, pues si lo fuera, sabría salir del atolladero). Un zorro viejo, amo del lugar, recriminó mi falta de originalidad. Todos empezaron a ulular y con la caída del sol mi situación se tornó desesperante. Sabía que ya estaba casi en la mitad del bosque, luego empezaría a salir. Sólo debía esmerarme en no desesperar. Seguían diciéndome que no podría contar una historia en doscientas palabras. (Lograrlo sería salir del lúgubre acertijo). Pero pude entender que las ciudades, los bosques y los textos se conforman de seres necesarios: hombres, árboles y palabras; cada uno conservando su individualidad. Apareció entonces el árbol más grande que yo haya visto y con gruesa y grave voz dijo: —Ya estás saliendo de tu encierro, has pasado la noche intentándolo, mereces ver el sol del nuevo día.
Nadie lo creerá, pero los árboles se alinearon para permitir mi paso triunfante. Extenuado miré hacia atrás y quedé estupefacto: solamente había doscientas palabras en hileras, como una cascada, separadas por hierba, bellotas y algunas florecillas.  

314. LA ANJANA, de Haya

El abuelo Juan nos contaba muchas historias, pero nuestra favorita era, sin duda, la historia de la Anjana.
“Un día, cuando era joven, el abuelo se perdió en el bosque. Anduvo varias horas sin encontrar el camino de regreso y decidió sentarse a descansar a la orilla de un riachuelo. Estaba inclinado tratando de beber, cuando vio, reflejado en las aguas, un rostro de mujer. Rápidamente giró la cabeza para encontrar a una joven bellísima con el cabello del color de las hojas en otoño y los ojos verdes como el bosque en primavera.
-¿Quién eres?-preguntó
-Soy una anjana del bosque y voy a conducirte a tu hogar-contestó, y su voz recordaba el susurro del viento.
El abuelo tomó la mano que la Anjana le tendía y caminó a su lado hasta que divisaron las luces del pueblo.
Pero, tras recorrer el camino, los dos supieron que no podrían separarse sin ser desdichados para siempre.
Sin embargo, las anjanas deben pagar un caro tributo por abandonar el bosque: perder la inmortalidad y dejar allí su voz.
En ese momento del relato, todos mirábamos a la abuela, que sonreía muda contemplándonos con sus ojos verdes como el bosque en primavera.

313. SACRIFICIO VERÍDICO, de La Enredadera Fluvial

Cuenta una vieja leyenda india una de las más tristes historias de amor en los tiempos antiguos.
En un modesto poblado, habitaba una pequeña tribu indígena. Los amos de los bosques. Los dakotas.
El joven “Ojo Penetrante” se debatía día y noche en demencia. Amaba en secreto a la más bella muchacha que se haya erguido sobre el crepúsculo. Su nombre era “Cielo Estrellado”.
Guiado por un impulso de desesperación y angustia, reunió el valor acometido y dirigiéndose a ella, le suspiró declaraciones nacidas de su alma.
Con el pasar de los años, una terrible epidemia azotó la aldea, llevándose con ella a multitud de pobres desdichados. También arrasó con “Cielo Estrellado” quién murió sumida en la pesadumbre.
La noticia de la muerte de su amada no tardó en llegar a oídos de “Ojo Penetrante”.
Con una actitud altanera, miró al cielo y emprendió su promesa. Escaló con esfuerzo un interminable despeñadero que daba a luz a una gutural cascada. Una vez en la cima, respiró con dureza una bocanada de aire puro, justo antes de precipitarse al vacío, dejando que su cuerpo inerte impactase con las lomas de la montaña, hundiéndose en el abismo.

312. NUESTRO BOSQUE, de Buganvilla

            El día es agotador, las horas y los minutos se desvanecen antes de que podamos tomar conciencia de ellos.
El tiempo pasa sigiloso, escondido y nadie le ve. Las carreras y el estrés se agolpan en nuestra vida diaria y ni tú ni yo, somos capaces de tomar aire y mirar a nuestro alrededor. Cuánto trasiego de gente, de vidas sin saborear.
El bosque nos espera una noche más para escuchar nuestras historias, para entender nuestros vaivenes. Paseamos bajo la luz de la luna, mientras los búhos escuchan atentos nuestros dilemas y nuestros proyectos.
En un susurro me cuentas tus aciertos, en un suspiro te cuento mis anhelos. No debemos molestar a las aves que pronto madrugarán.
Escuchamos el silencio, el aire huele a paz.
No sabemos, no podemos, no queremos vivir lejos de nuestro bosque, el que nos espera cada noche para escucharnos, para regalarnos esas horas y minutos que el día nos roba sin compasión.

311. PIEDRAS, de Buho

            Me encuentro en el suelo, después de haberme golpeado con alguno de los troncos que me observan desde sus copas. Soy pequeña ante la grandiosidad del bosque. Alguien me arrojó aquí. Estoy aturdida, como fuera de lugar. Recuerdo que antes de ser lanzada, me encontraba en un camino, esperando a que algo ocurra. Y ha pasado. Me acompañan en el suelo, hojas marrones, restos de piñas, cortezas, ramas rotas y alguna que otra piedra que desconozco. Varías rocas, con musgo y hierba, parten el suelo, junto con las salientes raíces de los árboles más viejos. Mi redondeado cuerpo protege la huella de algún pequeño animal. Desconozco la fauna de este lugar. Estoy perdida. En mi camino no era así, ya que conocía lo que me encontraría en él. Aquí he de comenzar de nuevo y eso siempre nos cuesta. Acostumbradas a ser transportadas en cualquier bolsillo o bolsa. A ser lanzadas y abandonadas en cualquier lugar, llegar a un sitio nuevo nos ha dificultado la integración. Siempre hemos cantado, ya que se notaba que no pertenecíamos a ese lugar. Como me pasa ahora. Yo no pertenezco al bosque, sino a las piedras del camino que llevan a él.