Esta Noche Te Cuento. Concurso de relatos cortos

ESCRIBIMOS EN BLANCO Y NEGRO 2018

Un relato con menos de 200 palabras inspirado en esta foto de Cristina García Rodero.

ENoTiCias

Bienvenid@s a ENTC. Tenemos en marcha nuestro concurso de relatos en blanco y negro y... a punto de comenzar El Monstruoscopio... Inscríbete
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Esta convocatoria finalizará el próximo
26 de agosto

Relatos

555. LOS ÚLTIMOS DEL BOSQUE, de Duende Zahorí

Sólo quedan bosques en los depósitos de los museos: una evocación amarilla en libros desvencijados. Igual sucede con los árboles, los acordes del viento o el olor de las madreselvas. Todos extintos, convertidos en tenues trazos de memoria, esquirlas que socavan los recuerdos. En esos tomos carcomidos he descubierto imágenes de robles, colores que ya no existen, los caminos de las hormigas,  el árbol del que germinaban las mariposas… Se acabó huir. Esperaremos exhaustos en este caserón destartalado, en el mismo lugar donde antaño florecía la espesura. Ahora el bosque es un precipicio abrupto lleno de escombros y cenizas; un lugar donde anidan los cristales rotos. A lo lejos se escuchan las sirenas, el chasquido de los percutores y el ladrido furibundo de los perros. Se aproximan incansables.  Husmean la maleza, pero ahí debajo no perciben nada, sólo razones difuntas y argumentos roídos por la herrumbre. El cuerpo del abuelo permanece ovillado en el sillón mientras los niños corretean risueños entre las basuras.  Huele a frustración, revolotea la sombra del ocaso, se marchitan las quimeras. Papá me acaricia la nuca. Llora. No se percibe nada en la lejanía, ni siquiera el futuro. Somos los últimos.

554. LA VISIÓN, de Flores

Hacia tanto que no te contemplaba que me daban ganas de llorar, quería sentir tus manos coger las mías, necesitaba de ti, y no estabas aquí.
Al amanecer los rayos del sol entraron por mi ventana y desperté de un incomodo sueño. Escuché el sonido del viento entre los árboles y me pareció que susurraban mi nombre, me asome al bosque que rodeaba el hostal y te vi caminar por la orilla del río, corrí a tu encuentro y el aire de la mañana arremolinaba mis cabellos que un solo instante taparon mi rostro, los aparte a toda prisa y cuando miré ya no estabas, las lagrimas brotaron de mis ojos nublando mi visión y mi corazón
Una mano rozo la mía y la alegría me embargo.
Ahora ambos paseamos por este maravilloso bosque perdiéndome en él y en tus ojos.

553. NATILLAS, de Flores

Hoy llego un pajarito al jardín y me contó que más allá del sol hay un lugar donde todo es de color violeta y las cosas tienen otro nombre.
-¿Y entonces como se llaman los pájaros? Pregunté.
-Nuestro nombre allí es natillas, contestó Él.
-¿Y a las natillas como le dicen?
-Amor, me contestó.
-Y entonces me dio la risa porque pensé que sería hermoso comerse el amor.

552. BAILAR EN UN BOSQUE ES UN CIERTO PLACER QUE SOLO UN LOCO CONOCE, de Légamo

A Almudena la encontraron cochambrosa y semidesnuda danzando casi extasiada en el meollo de un bosque. Pronto la aislaron en un centro donde se las amañaba para esconder los plastidecor y pintar las grisáceas paredes de la habitación 127. Las decoraba con montañas atravesadas por caóticos matorrales. Dibujaba hileras de árboles ornamentando sus quejumbrosas ramas con escamarujos escarlata. En este escenario estiraba sus brazos y su cuerpo giraba impulsado por una pierna apoyando toda su masa muscular sobre la otra. Dos giros perfectos, punta-talón-punta, saltito, y después un grand-plié.
Unas pequeñas dosis de psicoterápia combinado con atracones de antipsicóticos alentaron el fin de sus días en el manicomio. Su habitación seguía gris. Almudena ya estaba preparada para volver a su rutina normal. A coger el metro en hora punta para ir trabajar en unas oficinas de la gran ciudad.
Todos estaban muy optimistas con su salida del psiquiátrico. Sobretodo ella, que estaba loca por liberarse de esos tabiques tiznados de color ceniza y poder ocultarse en la frondosidad de un bosque para danzar como una ninfa, estirar sus brazos y finalizar sus coreografías con un grand-plié.

551. ARDILLAS ESCONDIDAS, de Sotobosque

Parecía como si el verde de la hierba estuviera recién pintado, un verde intenso, casi hipnótico. Siempre le cautivó el olor penetrante a tierra mojada, ese agradable legado que deja una lluvia fina, no hiriente, justa. Estaba feliz compartiendo esas sensaciones con su pequeño Luca, aunque el niño parecía más entusiasmado en averiguar dónde podrían haberse escondido las ardillas que acababan de cruzarse por su camino…

 Se preguntaba por qué todo aquel que entra en el bosque tiende a limitar su visión en el sotobosque, perdiéndose, a su parecer, la magnificencia que ofrece sin reparos el simple gesto de levantar la mirada unos metros… El entrelazado de ramas, los tenues rayos del sol adentrándose en la frondosidad del bosque, la vida abriéndose camino sin conocer barreras. Todo parecía estar en su sitio, en perfecta armonía, sin estridencias…
 Volvió la mirada hacia Luca. Era su primera visita al bosque y le faltaban ojos para ver todo lo que quería. Estaba orgulloso de observar cómo reaccionaba ante ese nuevo escenario. Y, de repente, las ardillas asomaron sus diminutas cabezas tras un ancho tronco de pino, y Luca las señaló entusiasmado con el dedo. Las había encontrado. Había descubierto el bosque.

550. INOCENTE, de Rama

Tengo un aspecto exterior tan inocente que nadie jamás pensaría lo que soy, en verdad. Soy el primero de los miles de millones de alienígenas que hemos encontrado en la Tierra el maravilloso planeta en el que pensamos quedarnos a vivir. Pero antes de eso debemos acabar con estos especimenes llamados humanos que están torturando de tal manera a la Madre Naturaleza, nuestra diosa, que eso es un verdadero sacrilegio. Por ello, se ha decretado que mueran todos.
Nosotros la cuidaremos como se merece y la repoblaremos de todas esas especies que el aborigen humano ha extinguido y de las que se están extinguiendo. Limpiaremos sus mares y su atmósfera y Madre Naturaleza reinará en todo su esplendor. Yo solo soy un paso necesario para completar nuestra labor: soy un simple níscalo, pero los humanos no apreciarán el cambio. Los próximos que vengan serán setas y champiñones pero tampoco nadie los distinguirá de los sabrosos que se comen estos aborígenes. Somos tantos y es tan rápida la muerte desde que entramos en su organismo que cuando quieran darse cuenta ya no tendrá remedio porque podemos adoptar cualquier forma vegetal que queramos…

549. MI BOSQUE, de Erizo 2

El bosque de mi niñez es el mismo que el de mis antepasados y permanecerá inalterable para las generaciones que me han de suceder. En él, los castaños juegan al escondite con las ardillas; los avellanos se divierten lanzándoles frutos secos a los erizos; los robles se encargan del orden; las encinas vigilan el camino; y los eucaliptos se dejan manosear por las lombrices que cosquillean sus raíces. Los demás habitantes de nuestro hogar, prefieren el anonimato, aunque son tan importantes como los mencionados. Todos ellos son mi familia y juntos nos organizamos para dar la bienvenida a todos aquellos que nos visitan. Eso sí,  permanecemos en silencio para que nadie se asuste en nuestra casa.

548. LAS LUCIÉRNAGAS, de Mirlo Blanco

Esta es la historia de un bosque entre dos ciudades. Antaño este bosque era vasto y hermoso, rebosaba vida, pero las dos ciudades no paraban de crecer y fueron mermándolo, echando los troncos abajo, arrancando las raíces. Cuanto más crecían las ciudades más rápido se consumía el bosque. Los ríos apenas llevaban agua en sus caudales, los pocos árboles que quedaban crecían enclenques y sin hojas (éstas se dejaban arrastrar por el viento). El bosque estaba triste. Las dos avariciosas ciudades, no conformes con diezmarle poco a poco, le habían arrebatado lo más preciado: las estrellas. Habían inundado el cielo nocturno de estridentes luces artificiales, de modo que era imposible contemplar un solo astro en el firmamento. Sin el cielo estrellado, los animales vagaban cabizbajos y las ramas de los árboles se doblaban y partían. Pero una noche el bosque entero se iluminó: la esperanza brotó de las entrañas mismas del bosque, de la tierra estéril y los ríos secos, de las hojas marchitas. Las luciérnagas les habían traído del cielo las estrellas, para deleite de todos los habitantes del bosque. Unos hablaron de “milagro”, otros entendieron que era un mensaje: ‹‹Resistid, que la pena no os venza. Resistid››.

547. NOSTALGIA DE LA CORDURA, de Mirlo Blanco

Aquella calurosa mañana de verano salí a pasear y me dirigí al interior del bosque, en busca del frescor del arroyo. Era el segundo día de mi estancia en este pueblo perdido entre las montañas y no podía evitar comparar este paraje con mi ciudad. Iba tan enfrascado en mis divagaciones que no advertí que el sendero se volvía irregular y accidentado. Debí de tropezar con una roca; no recuerdo cómo caí pero me desperté al cabo de un rato en el suelo. Recuerdo, eso sí, que tuve un sueño desasosegante. Vi un futuro en el que no había bosques, ni árboles, ni ríos, ni montañas. Los seres humanos lo habían destruido todo, porque no creían en nada. Todo había sido conquistado por este ejército de nihilistas: donde antes había extensos valles ahora había centros comerciales, donde antes había altas coníferas ahora había escaleras mecánicas, donde antes había hermosos paisajes ahora sólo había pantallas gigantes. Desperté y, sin moverme del suelo, miré los troncos, las piedras, la hierba; se oían los cantos de los pájaros y el suave rumor del arroyo. Pensé en mi ciudad: si había que echar algo realmente de menos era la cordura humana.

546. CUANDO YO ME VAYA, de Mirlo Blanco

He vagado muchos años por los lugares más recónditos de este bosque, de este enigmático laberinto de luces y sombras. He visto senderos trazar caminos ante mis pies, raudos ríos caer desde la montaña en busca de su océano, lluvias hundirse en la tierra fértil. He visto el sol asomarse entre las copas de los árboles e iluminar por un fugaz instante la penumbra de mi bosque. Y he llorado y he caído de rodillas a la tierra mojada. Porque entonces, sólo entonces, he comprendido algo acerca de los caminos que he andado, acerca de la soledad de todas las criaturas aquí extraviadas, que no saben de dónde vienen ni hacia dónde van. He comprendido la majestuosidad de los árboles, que con sus hojas aspiran a tocar el cielo; y la melancolía del horizonte, que suspira con tristeza cuando anochece. Si hay algo valioso en esta vida es esa belleza efímera que desaparecerá para siempre cuando el sol se marchite como hojas de otoño, cuando yo me convierta en lluvia
 y duerma bajo el amparo de la tierra húmeda. Cuando yo me vaya, este bosque ya no será nada y, sin embargo, lo será todo. Cuando yo me vaya…

545. COMIDA EN LA CASITA, de Sendero

“Hay que afrontarlo de una vez y no asustarse. Estoy perdida”, se repitió a sí misma, en voz alta, para intentar calmarse en medio de ese frondoso bosque donde se había refugiado de los gritos de la hija y del yerno, que discutían por su culpa; vivía con ellos desde que tuvo que enfrentarse al desahucio, y sin ningún sitio donde ir, aceptó el pequeño cuarto que le ofrecieron en su granja, aunque al parecer no había sido buena idea. Cuando huyó de allí, angustiada, se internó de forma imprudente en un bosque cercano, y ahora no sabía cómo regresar.
Buscó entonces una salida y se propuso seguir el sendero que vislumbraba entre la espesura. Incapaz de calcular el tiempo que llevaba caminando le sorprendió un atrayente aroma y se dio cuenta del hambre que tenía. Siguiendo su rastro apareció en un pequeño claro, frente a una casita de cuya chimenea salía un humo espeso y oloroso, y suspiró aliviada por haber encontrado ayuda y posiblemente algo de comida: ¡era capaz de comer cualquier cosa!
En el interior, contemplando cómo se acercaba la mujer, Hansel y Gretel sonrieron cómplices, y empezaron a relamerse.

544. LA MAGA, de Rama 2

Agustina era fanática de la magia. Cada día practicaba los trucos que su abuelo le había enseñado.
A medida que crecía, veía la necesidad de mejorar. Casi todo su público sabía dónde escondía las cartas o dónde ocultaba los animales que luego aparecían en su mano.
Necesitaba algo mejor. Un gran truco. Algo que la hiciera única.
Después de mucho buscar, en una biblioteca encontró un libro de tapas negras que podía servirle para su objetivo. Le llamaron la atención, en la portada, una horrible bruja con una mirada maligna, y una palabra que nunca había escuchado antes: ocultismo.
Buscó el mejor de los trucos. Y decidió probarlo. Esperó hasta las doce y despertó a Ángeles, su hermana. Le explicó su plan y juntas caminaron hacia el bosque.
Allí la acostó y la cubrió con una sábana. Tocando su cabeza, dijo las palabras que nunca debió.
Ángeles desapareció por completo. Y pasó a vivir, tal como el libro lo prometía, detrás de los espejos. Detrás de todos los espejos del mundo.
Ahora, ella está esperando cada medianoche, a que algún niño desprevenido vuelva a pronunciar esas palabras frente a un espejo, para poder escapar.