Esta Noche Te Cuento. Concurso de relatos cortos

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SEP115. CICATRICES DE IDA Y VUELTA, de Virginia González Dorta

Se fue jurando no volver más, estaba harto de los gritos y las peleas, de las discusiones y los portazos. En la lejanía de un país sin nombre, encontró la ternura que le faltaba. Hasta que un día, mezclada la nostalgia con el deseo de verse en el reflejo de su infancia, volvió.
Allí estaba, destartalada, la casa y sus recuerdos. La aldaba que tocaba el cartero anunciando las cartas de su padre, el espejo donde su madre se miraba cada noche, antes de salir con sus desgastadas zapatillas y sus labios excesivamente rojos. Allí estaba la mecedora de su abuela, único ser tranquilo en medio del desastre. En un armario desvencijado encontró las revistas de cine que hipnotizaban a su hermana mayor, la que se escapaba casi cada noche para encontrarse con el actor más guapo del pueblo.
Y en medio de su pasado, el perro de trapo que lo consolaba y jamás le ladró.
Cerró la puerta sabiendo que ya no regresaría. El recorrido le supo amargo, sólo recogió el muñeco de su infancia, lo único que no tenía cicatrices.

28 Respuestas

  1. Así me sentí este verano visitando la casa de mis antepasados paternos: está que se cae, con todos mis recuerdos dentro.
    Nos empeñamos en volver atrás, sin darnos cuenta que el tiempo no se detiene.
    Bellísimo, cielo.

    bsÖs, bsÔs.

  2. Nunca nos vamos del todo y siempre decimos que vamos a volver. Tal vez estemos permanentemente a mitad de camino, marchandonos pero añorando esas revistas de la hermana que a uno le son tan familiares. Algunos lo llaman raices. Y aunque rompamos el hilo, siempre queda algo que nos conecta con ellas.
    Es tan interesante como inagotable la cantidad de reflexiones que permite esta maravilla que has tejido Virgi. Un abrazo.

  3. Mucho recorrido dejando muchas cicatrices. Y si al menos cerraran… Tal vez la propia experiencia le dejó en su vuelta el camino que debía recorrer. Y descartar precisamente aquel que no le favoreció. Que de alguna manera entorpeció su avance personal. Al menos el perrito y la mecedora acogieron su vuelta con los brazos abiertos. Una ternura Virgi. Como se cuela. Un fuerte abrazo.

    1. Volver, querida Tanci, siempre comporta un riesgo. Y a él debemos atenernos, pues pocas veces encontramos los brazos abiertos. Pero está en nuestra naturaleza intentar una y otra vez aquéllo que soñamos.
      Un abrazo. Grande.

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