Esta Noche Te Cuento. Concurso de relatos cortos

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34. Un vaso de bon vino (El escritor de pobres)

Fue mi abuelo quien dispuso que me dedicara al muy antiguo y noble arte de escribir, y me enseñó las primeras letras apenas levanté lo justo para subirme al banco. El hombre trabajaba de sol a sol para pagarme la lección donde debía acudir puntualmente cada tarde, y aunque los demás niños miraban de reojo mi ropita remendada, siempre envidiarán que fuera precisamente yo el primero en llevarse como obsequio un libro bajo el brazo.

Aquello marcó el final de mi niñez, pues mientras compartían un vaso de bon vino – que diría el poeta -, el viejo maestro reconoció que no tenía nada más que enseñarme y mi abuelo, orgulloso, dijo que ya todo dependía de mí.

¡Cuántas privaciones pasarían mis padres, ahorrando peseta a peseta hasta conseguirme una destartalada bici, mi primer amor y más añorada posesión, pues juntos iniciamos la bella tarea que me había sido encomendada!

Ahora vivo en la capital y varias obritas mías han sido estrenadas con cierto éxito, pero renunciaría a todo por volver a escribir, al amor del hogar, aquellas cartas que los temporeros enviaban a sus madres y luego ellas guardaban en su regazo, como si del más preciado tesoro se tratara.

6 Respuestas

  1. Martín Zurita

    Hola, José Ignacio.
    Muchas veces deciden los abuelos, el abuelo, cosas de las más importantes de nuestras vidas. Y permitimos que sea así. El dedicarse a escritor de tu protagonista. Desde su niñez, con el premio, con el tesoro de los libros. Y don Gonzalo por ahí y el fin de la niñez y el sacrificio paterno. Y toda es otra vida que se descubre al final, en la resolución del conflicto, para notar que el éxito literario, el de un autor teatral, cede ante otros sentimientos más poderosos, ante esas cartas que escribía para los trabajadores temporeros al amor del hogar, seguramente esos que compartían con él un vaso de buen vino, que eso sí que es un tesoro. El cuento tiene esa escondida moralina o moraleja: el éxito no lo es todo. La pasión por escribir (yo, por desgracia, la sufro) tiene que plegarse a otros valores vitales. Me ha gustado mucho tu propuesta. Un abrazote.

  2. J. Ignacio

    Hola, Martín. Muchísimas gracias por tu comentario. Te seré sincero, este no era el micro de este mes y lo cierto es que ha quedado un tanto ñoño.

    Se trata de un pequeño homenaje a esa gente humilde que no sabía leer ni escribir, y a esas personas que les redactaban las cartas, oficios y licencias que necesitaban tramitar.

    En otras palabras, también estaban aquellos cuyo oficio era escribir, pero no eran exactamente escritores tal como los entendemos hoy día, y que a menudo también leían las cartas recibidas a la gente humilde, que les daba una tremenda importancia porque aunque no había una presencia física del hijo, el hermano o el padre, sín embargo tenían ese pedacito de papel que de alguna forma contenía su esencia, aunque las letras estuvieran escritas por otra persona.

    La cuestión es cómo se sentiría esa persona sabiendo que las cartas que ‘físicamente’ había escrito él, se guardaban con tanto afecto. Y esa era un poquito la intención.

    El texto que iba a publicar en vez de este lo descarté anoche, porque resultaba muy oscuro y siniestro. Estaba extraña y maravillosamente escrito (mal está que lo diga yo, ya lo sé, pero es la verdad), sin embargo pertenece a un mundo en el que prefiero no adentrarme y que no sé si aquí tendría mucha cabida.

    Un abrazo y gracias por el comentario, siempre es un placer leerte.

    Ps – Lo de Gonzalo ha sido una licencia poética (nunca mejor dicho, ¿verdad?), un pequeño guiño. Qué bien que lo hayas pescado!!!

  3. Jesús Garabato Rodríguez

    Me ha gustado el relato pero casi me ha gustado más tu respuesta al comentario de Eduardo, con esas explicaciones que se agradecen. Nos has dejado con la miel en los labios contándonos que crees que ese texto que has preferido ocultar no tendría cabida. Pienso aquí que cabe todo, otra cosa es que no algunos no le hagan caso, como en otros ámbitos de la vida. Atrévete. Un saludo y suerte, José Ignacio.

  4. J. Ignacio

    Gracias por tus palabras, Jesús, aunque solamente podemos publicar un relato cada vez y ya no hay marcha atrás. Mejor así, créeme, que como diría el maestro Yoda: ‘cuidado si miras hacia el lado oscuro, porque él también te está mirando a ti’ y puedo dar fe de que es cierto.

    Así que me quedo con mi ‘escritor para pobres’, que tiene una ocupación hermosa, pues no es de juglaría, oficio sin faltas por ser de clerecía, compositor de versos rimados por la cuaderna vía, con sílabas contadas y gran maestría 😉 😉 😉

  5. J u a n P é r e z

    Ese “bon vino” bien lo mereces por tu “román paladino” (¡Me leíste el pensamiento, pues hace unos días mencionaba a una persona el Mester de Clerecía con Gonzalo de Berceo a la cabeza!) De principio a fin este microcuento me sedujo: Anecdotario entrañable del que recuerda una vida con cariño (expresiones como “mi ropita remendada” aluden a la ternura de pensar en una niñez que se ama). Pero luego cuando mencionas “la bici” (soy biker con la mía actualmente, por ahí por el monte más salvaje que puedo encontrar) recuerdo la primera que tuve en similares circunstancias de esfuerzo(¡¡¡Qué Tiempos J o s é I g n a c i o!!!). El final es perfecto, otra vez la mirada regresa a donde campaba la verdadera felicidad de las cosas auténticas.
    ¡Muy bien por tus hechuras nobles y clásicas! Un Fuerte Abrazo.

  6. J. Ignacio

    En tus palabras, mis sencillas aportaciones parecen más de lo que realmente son. Gracias sinceras para esa deferencia que tienes siempre para conmigo.

    Este micro se basa, en gran medida, en historias reales que conozco bien, algunas por experiencia propia y otras ajena, pero siempre muy cercanas. Sería largo de contar, pero baste decir que, por ejemplo, la anécdota del libro es totalmente cierta. Y no es la única.

    Entendí que había que citar a un autor, y como tengo la cuna del castellano a 15 Km, lo de Berceo me pareció un guiño simpático que, además, me resultaba muy conveniente. Por cierto que he estado cientos de veces en el lugar donde se supone escribió esos famosos versos.

    La bici, en mi caso, en otro tiempo. Desde hace años hago senderismo a pie, así que de monte salvaje conozco también un poquito.

    Ultimamente valoro mucho la sencillez, el ‘menos es más’, aquello que realmente vale la pena aunque no siempre nos demos cuenta de lo que tenemos. Como diría Arturo en el Excalibur de Boorman, ‘desconocía lo vacío de mi espíritu hasta que se ha llenado’, pero visto justo a la inversa.

    Siempre he dicho que una palabra amable acaricia el alma, y las tuyas lo hacen siempre. Gracias sinceras, compadre, nos vemos pronto.