Esta Noche Te Cuento. Concurso de relatos cortos

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40. CREPUSCULAR

A veces, el viejo Lee arpegia su guitarra con la pasión de un adolescente, recreando con su ritmo el acompasado trote del cimarrón. Aunque su voz carece de la brillantez de antaño, transmite, sin embargo, una cadencia dulce y pastosa que mueve a piedad, sentado en la mecedora del porche de madera gastada y quejumbrosa, frente al acaramelado atardecer de la pradera.

Le deleita rememorar los buenos tiempos, cuando montaba un caballo blanco y llevaba el infierno consigo, cuando acostumbraba beberse hasta la última gota de bourbon durante los descansos del rodaje, cuando con 800 balas no había ni para empezar.

Solía exhibir una inquietante sonrisa ladeada, de enigmático significado. Un tipo duro, impecablemente vestido de negro, con una cinta plateada en el sombrero y el sempiterno Winchester apoyado en la cadera. Nunca hubo mirada tan penetrante como la de sus entrecerrados ojos.

A veces, el viejo Lee enciende su pipa, se encoje de hombros y sonríe con amargura. Cuando la productora dejó de ser rentable, tuvo que colgar su fiel Remington 1858 de colección en un clavo del decorado de Tombstone. Fue su último duelo, su última bala.

La última muesca en el revólver del último pistolero.

12 Respuestas

  1. José Ignacio, ¡qué bien has descrito a tu protagonista! He visto en tus palabras la imagen de ese viejo vaquero que debe retirarse. No sabe vivir de otro modo y el final del western es su propio final.
    Buen relato. Te deseo muchísima suerte.
    Besos apretados.

    1. J. Ignacio

      Hola, Pilar. Gracias. Yo tengo dudas de que sea su final. Es el final de una época que le trae muy gratos recuerdos, y queda claro que ya no volvió a ser lo mismo. Pero nadie dice que no supiera reciclarse, aunque no creo que le fuera fácil estando tan encasillado en el género.

      Un abrazo, gracias por tu comentario y buenos deseos.

  2. Ángel Saiz Mora

    Esas películas del Oeste maravillosas, que ahora llamamos wéstern, entretenían y hacían soñar, nos transportaban a un mundo propio, con la ley del revólver como norma principal para regirlo todo. Tu actor protagonista, como, al parecer, el mismo género, se halla en fase crepuscular, al igual que, antes o después, sucede con todo lo que existe y existirá. Tras una etapa de esplendor, llega el declive y luego la nada.
    Él ha llegado a identificarse tanto con su papel de vaquero como actor que ha llegado a asimilarlo. Ahora solo le queda una colección de recuerdos y de objetos, entre ellos, la indispensable arma corta, hasta entonces instrumento de atrezo, con la que sellará ese final, a la que dará un último uso, para poner fin a una agonía lenta y remachar una muerte anunciada con una detonación que no será solo ruido, pólvora y apariencia.
    Un personaje muy interesante, con una psicología bien transmitida.
    Un abrazo y suerte, José Ignacio

  3. J. Ignacio

    Gracias, Angel. Me sorprende tu interpretación del texto, quizá por lo inesperada. Mis intenciones, me temo, eran más modestas.

    Un abrazo, te quedo agradecido por la visita y los comentarios.

  4. Salvador Esteve

    Ensoñación de una época donde el protagonista, como masticando tabaco, saborea lentamente sus recuerdos. Un relato que nos transporta mediante flashes de sensaciones al declive del wéstern. Muy bueno, José Ignacio. Un abrazo.

  5. Nuria RG

    Aunque sea a destiempo, no me resisto a «disparar» unas palabras al pie de este relato.
    Mi mente «colecciona» buenos textos y mi corazón atesora buenos amigos. En este caso, confluyen felizmente mente y corazón.

    800 abrazos,
    Nuria

    1. J. Ignacio

      Hola. Nunca es tarde si la dicha es buena. Gracias por tus palabras, aparte que es infinitamente más bonita tu respuesta que mi texto. Reitero lo del tesoro pirata que te dije una vez… y por cierto, vaquera: ¡te invito a una zarzaparrilla! (porque me temo que el amigo Van Cleef se ha pulido todo el bourbon)

      Gracias por la visita, recibe otros 800 grandes y afectuosos abrazos!!

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