15. No todavía
No le costó al vendaval empujar —sin armar mucho estrépito― las ventanas mal encajadas del dormitorio del anciano y entrar como una bocanada en la habitación. En ese instante, el hombre se revolvió en el jergón, tosió, quizá sintió frío, momento que el viento aprovechó para tornarse brisa trayendo consigo el frescor terroso y límpido del rocío y apaciguando el sueño del durmiente.
En la pared, la llama de la vela encendida a San Rafael proyectaba sombras siniestras que serpenteaban como fantasmas. Verlas daba pavor; oír sus alaridos sobrenaturales habría helado la sangre. Deformaban en muecas grotescas sus bocas, se sacaban los ojos que pendían como pingajos de las cuencas vacías, alargaban sus manos de uñas astilladas fuera del tabique, ansiosas por salir de allí agigantadas por el fuego que esa corriente de aire ―antes vendaval, ahora guadaña de humo― iba a provocar volcando la vela y poniendo en contacto el pabilo con el tapete de ganchillo.
Pero el cirio rodó sobre la mesilla y cayó al suelo de baldosas y, aunque siguió ardiendo unos minutos, los esperpentos de la pared apenas siguieron meciéndose, desganados, sin otro deseo que el de desvanecerse cuando toda la cera se hubiera consumido.


Hau que tener fe en una cosa: a cada uno le llega su hora cuando le ha llegado el momento, no antes, «no todavía», puede quw de la forma más inesperada, habiendo esquivado previamente situaciones peligrosas, como la de tu protagonista, al que aún no le tocaba.
Un relato con gran detalle y gran concordancia con el título, que se comprende al final, cuando debe ser.
Un abrazo, suerte y feliz año, Susana.
¡No todavía, por favor! ¿Ya arrasando nada más empezar el año?
Nunca se sabe dónde la tenemos esperando o agazapada para actuar aprovechando las circunstancias. ¡Gracias y feliz año, Ángel y Edita!