Esta Noche Te Cuento. Concurso de relatos cortos

BLANCO Y NEGRO

Un relato con menos de 200 palabras inspirado en BLANCO Y NEGRO

ENoTiCias

Bienvenid@s a ENTC 2025 ya estamos en nuestro 15º AÑO de concurso, y hemos dejado que sean nuestros participantes los que nos ofrezcan los temas inspiradores. En esta ocasión serán relatos que desarrollen el concepto BLANCO Y NEGRO. Y recuerda que el criterio no debe ser poner menos palabras sino no poner palabras de más. Bienvenid@
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Esta convocatoria finalizará el próximo
30 DE DICIEMBRE

Relatos

39. LA MUERTE BLANCA

Ha pasado horas parapetado tras la nieve y ahora se siente reconfortado por el calor del refugio y del vodka que baja ligero por su garganta. También por la acogida de sus compañeros que le palmean la espalda alabando su puntería. Ha sido una buena jornada de caza, ocho piezas abatidas sin fallar un tiro. Las canciones compartidas, las risas con que celebran la vida les hacen ignorar el viento helador que aúlla tras las ventanas, esperándoles. Pronto el alcohol y el cansancio los sumirán en un sueño profundo en el que quizás, consigan olvidar el miedo, el frío y el olor a muerte. Fuera, amparadas por un cielo de oscuridad mineral, unas sombras se deslizan buscando los ocho cuerpos de sus camaradas.

38. ANTAGONISMOS CROMÁTICOS (A. BARCELÓ)

-La silueta negra que se dibujaba delante de aquel potente foco de luz blanca era espectacular. Me quedé completamente extasiado. De aquella figura surgió un chorro de voz incomparable, por encima incluso de las de Whitney Houston o de Celine Dion. Sólo puedo definirlo como un canto de sirena celestial. Se hizo un vacío y en mi cabeza sólo existía aquella canción. La recuerdo perfectamente, es preciosa y muy reveladora, ¿quiere usted que se la cante?
-No, no, ya veremos eso luego, prosiga con el relato.
-Poco más puedo contar. De repente, me sobrevino un fundido a negro y no logro recordar nada más. Después de aquello, los tres días siguientes los tengo en blanco.
-Y dice usted que todo esto le sucedió cuando estaba observando desde su telescopio de aficionado el objeto interestelar 3I-Atlas.
-Tal cual.
-Bueno, bueno, no se preocupe. Ha hecho bien en acudir a nosotros. Enfermero, vaya administrando un tranquilizante a este señor mientras yo busco el teléfono de la NASA, de la ESA y de la TIA para dar parte del suceso…

37. Corazones blancos, sangre roja y un alma negra

Magüi le había contado cientos de veces cómo su madre murió en el parto y cómo su padre la llevó a la cabaña, recién nacida, envuelta en una estera vieja. Había cuidado de la niña desde entonces, alimentándola con leche de cabra y curando sus bronquitis con una flor que crecía junto a las plantaciones de azúcar, previamente cocida y mezclada con la leche caliente.

La pequeña aprendió a amar a los pájaros, las selvas y a todos los animales que vivían en la tierra. Hasta que un día su padre vino a buscarla. Le dijo que ya era mayor para aprender el negocio y encargarse de la hacienda cuando él muriera.

Eloise se abrazó a su madre negra, que correspondió al abrazo con lágrimas. El amo las separó y empujó a la esclava con tal fuerza que cayó contra el suelo formando un gran charco de sangre roja.

Su padre la cogió con fuerza de la mano y la condujo hasta la casa grande. Encerrada en su nueva habitación, con los ojos muy abiertos pensó que la mejor manera de vengar a Magüi era liberar a todos los esclavos que trabajaban en la casa y en la plantación.

36. OVERBOOKING

Aquella noche en la pista todo eran sombras y motores lejanos. Aun así, él consiguió encontrar mi mirada. Sonrió con ese gesto que no alcanzaba a ser consuelo, pero sí despedida. Siempre tuvo ese talento extraño: hacer que lo imposible sonara razonable.
—Si ese avión despega y tú no vas con él, lo lamentarás.
La aeronave esperaba, impasible, ajena a los corazones que dejaba atrás. Quise decir que me quedaba, que se quedara, que aún había tiempo. Pero él me miró con esa mezcla de ironía y ternura que era su forma de decir “no esta vez”.
—¿Nunca volveré a verte?
Acarició un instante mi mejilla, con un gesto breve, casi clandestino.
—No. Pero escucha: donde vayas, lo que hagas… siempre te llevaré conmigo.
Subí al avión sin mirar atrás. No hizo falta: ya lo llevaba conmigo, del único modo que importa cuando el mundo se vuelve blanco y negro.
Eso creía.
Hasta que la azafata me habló. Había un problema de sobreventa. Me ofrecían, a cambio, dos plazas a Tenerife.
La pista parpadeaba bajo la niebla, como un proyector antiguo a punto de detenerse. Entendí que el destino no buscaba cerrar una puerta… sino ofrecerme una toma extra.

35. MADRE TORMENTA

Mi madre era en blanco y negro. Y, aunque de lejos se veía grisácea, nos quería igual que si fuera azul cielo o naranja fanta. La recuerdo mucho en la cocina, destacando contra los azulejos de rosetones y los botes de especias. No, no destacando. Ella siempre hacía que resaltara lo demás. Cuando la miraba tendiendo las sábanas desaboridas de tantas camas, parecían estampadas de flores, rodeando a una madre en ceniza.
Ella, que siempre lo sospechó, por nosotros, se esforzaba intentando canturrear coplillas de colorines. Pero, incluso en celebraciones, su risa sonaba en tonos grises, en medio de las carcajadas vistosas de los demás. Y cuando lloraba, ay, cuando lloraba… Era tan oscuro su llanto, que anochecía temprano y nos acostábamos todos de pena.
El día que, descoyuntados, la velábamos, le fue apareciendo el color. Empezó por las mejillas, que se le pusieron rosa muñeca. Luego, los labios, en el carmín que se mereció toda su vida. La que se dio cuenta fue mi hermana la mayor, siempre tan responsable y pendiente. Y, mientras nos lo contaba, notamos, sin querer decírselo, cómo ella misma comenzaba a nublarse, y el dorado que había tenido hasta entonces su pelo, se ennegrecía.

34. NEGRAS Y BLANCAS

—Siéntate ahí, ahí, y cuéntate los dedos —dijo con una voz grave e implacable la maestra de piano.

La pequeña intérprete, poco acostumbrada a quedar segunda en los concursos, sollozaba tras sus dorados tirabuzones.

—Siéntate ahí, ahí, y cuenta esas gotas de lluvia –volvió a repetirle.

Aquella señora desgarbada prefirió decirle la verdad en vez de darle la razón, y por eso la muchacha se sonó la nariz y escuchó atenta.

—¿Quieres el diploma? Pues pelea por él, pero no lloriquees, que no tienes motivo, tú, niñita caprichosa. ¡Niñita triste! Tú naciste varios peldaños por encima del resto. No desprecies el segundo cajón del podio.

La cría no podía dejar de mirar aquellas manos enormes de dos colores, como las teclas de su piano, y entonces comprendió que aquella mujer de piel oscura había practicado tanto sentada al teclado, que solo las palmas de sus manos, casi tan blancas como toda la piel infantil de la niña malcriada, escaparon a los rayos del sol.

33. Bruja

Cada mañana, al recogerse el pelo, prende en él semillas, hojas secas, pétalos… A veces un papel doblado con unos versos:

Un cuervo grazna,

enmarcado en la nieve

sus plumas brillan.

Por la noche lo lee y se ríe. Ha pasado toda la jornada. Desenreda. Sus hebras canas van ganando espacio. Lo vivido allí impreso.

Al morir la anciana que la recogió y cuidó, que le había enseñado su saber; ella se quedó en la misma casita junto al río, fuera del pueblo y ya no volvió al colegio.

Más tarde llegaron las reuniones secretas. Sólo por divertirse habían creado entre ellas aquella contraseña: “En el moño traigo estramonio”. Denuncias y persecuciones. Desprecio y descrédito de todos. Tuvo que huir.

La noche de tormenta su perseguidor se despeñó. Le fallaron su ira y los pies. Se lo atribuyeron a ella.

Más lejos, más arriba en la montaña, más aislada. Sola.

Aún así, sabían cómo encontrarla. Pedían sus hierbas, un conjuro, lo que fuera. Acudían a ella.

El misterio y lo oculto habían sido su abrigo, su certeza, su asidero al mundo. Su vida apuntaba a la verdad.

La larga melena, que ahora mudaba al plata, un toque de luna.

 

32. DEMONIO CONOCIDO

Mi hijo llevaba una vida particular, como lo fue su muerte. Me llegaron barbaridades de lo ocurrido. Algo horrible con un gato. Supongo que eso hizo que me inquietase ver uno cerca de su tumba el día del entierro.

Me siento responsable de esa vida que mi hijo eligió. No fui el mejor padre. Con su muerte reciente y la mía próxima reflexiono mucho sobre ello. Puede que esto tenga algo que ver con lo que me está pasando.

El gato del cementerio empezó a rondar mi casa. Lo reconocí enseguida por su aspecto inusual. El blanco y el negro lo dividen exactamente por la mitad desde la cabeza hasta la cola. Y sus ojos ponen la piel de gallina. Está en los huesos, pero se le ve fuerte. Empecé a dejarle comida. La ignoraba. Parece fiel al instinto de matar para seguir vivo. A pesar del miedo cedí al impulso de acogerlo.

A veces le sorprendo observándome mientras se relame con parsimonia. Es perturbador, aunque me despierta ternura. Su primer día en casa destrozó con saña la foto de Halston. Estaré loco, pero sé lo que siento, por eso doy gracias… no sé si al cielo o al infierno.

30. La moribunda (Susana Revuelta)

Bertina es toda pellejos, lividez y venas azules hinchadas que se retuercen por su cuerpo. Lleva varios días con el pulso muy débil; su corazón, exánime, bombea desmayadamente.

A las primeras señales de alarma acudió la familia, solícita y presta, a estar con ella. A darle consuelo, a despedirse, a acompañarla en esos momentos. Pero la mujeruca no termina de exhalar el último aliento y se van aburriendo. Sentada junto al lecho, la hija estruja un clínex sin apartar la mirada del folletín de la tele. El yerno teclea en el móvil, seguramente esté redactando la esquela. La nieta mayor pone morritos mientras se hace selfies con la abuela de fondo, el mediano juega a derrotar a un dragón en su tableta y la pequeña mira los dibujos animados en su ordenador de juguete.

Con los ojos entornados los ve a todos ahí, alrededor de ella. Pero como si no estuvieran: solo se oyen los pitidos de los dispositivos, los malentendidos y lloriqueos de la telenovela, la hija sonándose los mocos. En la última bocanada de aire que expele, Bertina acurruca la mirada en el embozo de la sábana blanca. Allí, una mosca se frota las patas mientras la observa.

(Fuera de concurso)

29. Let it be (Gabriel Martín)

John, de blanco, parece escapado de una de las líneas. Detrás, Ringo, con su traje negro, aparenta surgir del asfalto. Los otros dos rompen la magia. Si me hubieran hecho caso en el color con que debían vestir hoy —Paul de blanco y George de negro—, tendríamos una portada cojonuda en vez de esta mierda apresurada entre grabación y grabación. Ser un genio no te salva de ser un gilipollas; al revés. El imbécil de Paul, además, se ha descalzado. Luego, si no funciona, la culpa será mía. Como siempre. Como todo.

También seré culpable de que la policía no haya cortado el tráfico y del camión descontrolado que viene hacia nosotros colándose en mi encuadre. Será culpa mía si no les aviso, claro. Como siempre. Como todo.

—¡Eh, chicos! Mirad hacia mí. ¡Girad la cabeza a la derecha!

La perspectiva adecuada ahora sería desde arriba: un plano cenital. El cuerpo de John se ha mimetizado perfectamente con una franja blanca y el de Ringo con una negra. Magistral. El color de la ropa de los otros dos idiotas ya no importa: no se les distingue debajo del camión. La portada será mítica.

28. Lo que nunca podrá saber un forense (Toribios)

Ansiaba los viernes por aquel concurso multicolor que le hacía olvidar las amarguras de un trabajo que le hastiaba. Desde la ruptura, se había convertido en un ser asocial que prefería -según decía él mismo- “la paz de su cueva”, antes que la algarada de los bailes de segunda oportunidad. Así que, se arrebujó en su manta preferida y se dispuso a gozar de un rato de diversión reparadora.

Pasó un rato y se fue quedando un tanto aletargado. Cuando abrió los ojos, las imágenes coloridas y vibrantes se habían trocado en fotogramas antañones en un blanco y negro en consonancia con unos presentadores endomingados, de voces altisonantes y dicción esmerada.

Instintivamente se acercó a la pantalla y le dio unos recios golpes. ¿Pero dónde se golpea una pantalla plana? Pues en aquella superficie amplia, sobre el tapete de ganchillo. ¿Estaré soñando? Fue lo primero que pensó, justo antes de que entrara en la sala su abuela, con su melena blanca y su bata de guata, como la recordaba.

Vino hacia él y le abrazó. Rodeó de calor su alma atormentada y su pequeño cuerpo de muchacho. Y sintió la tranquilidad de quien se sabe a salvo de todo mal.

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