Esta Noche Te Cuento. Concurso de relatos cortos

BALCONES o BICHOS

Un relato con menos de 200 palabras inspirado en cualquiera de los dos temas que te proponemos

ENoTiCias

Bienvenid@s a ENTC 2022 Puedes elegir: enviarnos un relato donde encontremos BALCONES o BICHOS. Y recuerda que el criterio no debe ser poner menos palabras sino no poner palabras de más. Bienvenid@
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Esta convocatoria finalizará el próximo
30 de Junio

Relatos

01 LAS ÚLTIMAS

La epidemia acabó con su víctima definitiva. La rata corría, eufórica, por todos los rincones de la cocina, tras la muerte del último ser humano sobre la tierra. Saltó por encima de mesetas y estantes. Entró en cajones y armarios. Rompió frascos. Desparramó por el suelo los víveres de la alacena. Mordisqueó y abrió las cajas bajo el fregadero. Comió jabón, papel, legumbres, tiras insecticidas, cera, plástico… Y se sintió tan engreída como “único vertebrado vivo del planeta” que no advirtió el cepo que la esperaba, desde hacía semanas, junto a la quesera del esquinero.

Tras el chasquido de la trampa, la mosca voló, alborozada, sobre la cocina inmunda.

89. El deseo del abuelo de Cosme (Juana María Igarreta)

Cuando Cosme cerró aquella tarde la puerta de la relojería, dejó cincuenta años de su vida atrapados entre sus paredes. El tiempo había fluido sin detenerse dibujando profundos surcos en el rostro del relojero. Antes de salir observó por última vez los relojes que salpicaban el lugar, envidiando el riguroso compás de sus mecanismos. Para sí lo quisiera su agitado corazón. Sus constantes arritmias le habían obligado a vender el veterano negocio familiar.

Cosme fue generoso con Juan, el nuevo propietario, pero una singular condición figuraba en el contrato de traspaso: “Que el viejo reloj de péndulo que preside el escaparate permanezca siempre en marcha y en la misma ubicación hasta el cierre definitivo del establecimiento”. Las agujas de este reloj enhebradas con el hilo del tiempo tejieron las primeras horas de andadura del local y debían también hacerlo las últimas. Así se cumpliría el deseo del abuelo de Cosme, fundador de la empresa.

Poco tiempo después Juan leyó la esquela de Cosme en el periódico y acudió al entierro. Cuando volvió su llave no abría la cerradura de la tienda. Y el viejo reloj de péndulo había desaparecido.

88. El dolor infinito

La Parca planeó al alba sobre nuestro hogar y se llevó a mi niña junto con la fiebre y el llanto. Su negra sombra también debió de alcanzar al viejo cuco que dormitaba silencioso en el reloj, porque ya nunca más se sucedieron las horas.

87. Última hora

Abro los ojos inquieto, pienso que se me ha hecho tarde, pero no, el reloj marca las cuatro y diez de la madrugada. Me vuelvo a dormir un rato más. Despierto otra vez, miro el despertador y sigue siendo esa misma hora. Reviso el móvil y lo confirma. Desconcertado, voy al aseo a darme una ducha caliente para quitarme el mal rollo. Tras esto, regreso a mi habitación y veo mi cuerpo boca abajo en la cama.

86. Ausencias

Los hermanos no la llamaban. Se levantaba a menudo en medio de la noche para estar segura de que el teléfono funcionaba. Se volvía resignada a la cama con aquella tristeza suya. En las exequias los echó de menos y también en el reparto de la herencia. No acudieron y ella se quedó con las deudas y las fisuras del caserón. Subió al desván, recogió los cachivaches, las ropas y las fotos de antaño. Antes de cerrar la buhardilla decidió dejar para siempre en el armario a las gemelas, al mayor y al peque. Quizá el hijo único de los nuevos inquilinos se alegre de saber que a los hermanos invisibles siempre les apetece jugar. Y que además nunca crecen.

85. Unicornios rosas (Patricia Collazo)

Tengo una hermana imaginaria que se llama Alicia. Tiene dos trenzas largas y le faltan las paletas de arriba. No le gusta jugar a la estación de servicio ni al barco pirata, llora por cualquier tontería y tiene una vocecita insoportable. Pero yo la quiero. Para que mamá no la castigue sin videojuegos, le cubro todas sus trastadas. Basta con que me diga “gracias, hermanito” y sonría con sus dientes faltantes y su camiseta de unicornios rosas.

Mamá me pilla a veces hablando con ella, pero yo le digo que es un amigo y se llama Pedro, porque siempre que le pido tener hermanitos se pone triste. Y no me gusta que mamá se ponga triste. Eso pasa cuando llega el calor y vamos al trastero a buscar la ropa de verano. Nunca me responde si le pregunto de quién es esa bici rosa con flecos dorados en el manillar. Y cuando baja la caja de las camisetas, y las revisa, refunfuñando porque muchas ya no me estarán, disimula diciendo que el polvo le da alergia. Pero yo sé que llora siempre que encuentra una camiseta de unicornios rosas al fondo de la caja y la acaricia en silencio.

84. La otra mitad

No merecía la pena seguir sufriendo por lo que ya no tenía remedio. Sin saber qué hacer con tanto dolor y tanta rabia, condenado a echarlo de menos de por vida, decidió dedicar su existencia a homenajearlo. Escribió un libro sobre él, dio conferencias. El público admiró su amor incondicional, la devoción que le llevaba a cantar las bondades de su hermano, aun a riesgo de desaparecer tras su sombra agigantada. Es cierto que ganó con ello bastante dinero, pero puso mucho cuidado en no mostrarse desagradecido: creó una fundación que llevaba su nombre; le erigió un hermoso mausoleo. Finalmente, cuando sintió que su propia vida se le iba apagando, pidió ser enterrado allí, junto a su hermano Abel.

83. LA VOZ INTERIOR (Carmen Cano)

Vivió su infancia con una herida, la ausencia del hermano mayor que murió tres meses antes de nacer él. Su sentimiento de culpa lo llevó al hermetismo. Con pocos amigos, su refugio fue la lectura y la escritura de un diario. «Querido Julio… », le iba contando a su hermano las vicisitudes cotidianas y las zozobras de su ánimo.

Ahora publica novelas y ensayos de éxito. Lo mejor es que, cuando se sienta a escribir, es Julio quien se los dicta.

82. Cosas en común (Pablo Cavero)

Los jóvenes Erasmus son de consumir todo muy rápido: diversión, copas y sexo. Un chispazo y mucha química en la fiesta desembocan en una pasión desatada hasta el alba. Como la noche les ha parecido corta, desean continuar en cuanto repongan fuerzas. Zumo, café, tostadas y bizcocho. Desayuno contundente y poca conversación. Mientras él recoge todo y lo lleva a la cocina, ella curiosea y descubre un pequeño álbum con fotos de un niño que pasa a adolescente. En algunas está con su madre. En otra aparece la figura paterna. Es esta la que la deja estupefacta. En su mente emerge otro retrato. No tiene duda, la cicatriz del mentón es inconfundible. Comienza a sentir arcadas. Los dulces besos de la madrugada se vuelven de pronto veneno en su boca.

81. Comunión

Todavía conservo su reloj. Aunque pasó por las muñecas de todos mis hermanos siempre fue el suyo. Por las de las chicas no, como si para ellas el tiempo fuera relativo o no estuvieran sometidas a su tiranía euclídea. De sus regalos solo recuerdo el de Adela, porque era la pequeña hasta que nací yo: aquellas acuarelas con las que pintaba las paredes, antes de que se las requisaran frustrando así una vocación quizá algo temprana. También heredé el traje, con la cruz latina que me cruzaba todo el pecho, con aquellos cordones tan dorados y hombreras de general. Pero esto fue más por cicatería que por la intención de transmitir el linaje familiar a través de un mecanismo cuyo engranaje parecía eterno. De no haber muerto papá aquella tarde de repente, tal vez hubiera tenido que deshacerme de su esfera amarillenta, de sus manecillas afiladas, de su correa de cuero recubierta de una pátina de polvo y sudor que la oscurecía cada año más, en favor de un nuevo vástago. Dejó siete huérfanos y una viuda que jamás quiso volver a quedarse embarazada. Y el reloj al que hoy, no sé por qué, vuelvo a dar cuerda.

80 Cuestión de prioridades

Caín es, sin duda, un claro ejemplo de triunfador. Sus bestsellers son todo un éxito, y no para de asistir a eventos promocionales en diferentes ciudades de los cinco continentes.

Abel, su hermano menor, lleva una temporada bastante cansado. Cuesta conciliar la vida personal y laboral, y cada vez se le hace más cuesta arriba conseguirlo. El principal motivo es que Eva y Adán, sus padres, han sufrido en los últimos meses un importante deterioro físico y mental. Al acabar su exigente jornada laboral, Abel acude a diario a atender sus necesidades y dejar preparadas las medicinas y citas médicas del día siguiente.

Caín hace mucho tiempo que no aparece por la casa en la que creció. Para atender a sus compromisos decidió mudarse a Londres años atrás. Siempre ha poseído, sin embargo, dos grandes habilidades: tener el detalle adecuado en el momento oportuno, y no olvidar ni una fecha señalada.

Sus padres están encantados con la increíble trayectoria de su hijo mayor, aunque si no fuera por sus apariciones en televisión, prácticamente habrían olvidado su cara.

Y mientras Abel da vida a sus últimos capítulos, sueñan con que Caín vuelva a casa algún día para escribirles su epitafio.

79. Tiempo que no volverá (Nuria Rodríguez)

A pesar de ser gemelas idénticas, he de reconocer que Laura, siempre fue especial. Mientras que yo andaba perdida y sin rumbo por el mundo, ella, hacía las delicias de nuestros padres. Era buena estudiante, cariñosa y atenta, en definitiva, la hija perfecta.

A pesar de nuestras diferencias, ambas nos procesábamos un amor incondicional.

El destino o esta puta vida quiso que aquella noche de inverno, fuese Laura y no yo, la que tomase una mala decisión. No tuvo más oportunidades y su vida quedó segada en una fría cuneta.

Siempre había creído que  al estar tan unidas, si algo malo le pasaba a ella yo lo notaría en cada poro de mi piel, pero no fue así, dormía plácidamente cuando aquella maldita llamada me despertó. 

Desde entonces, mis padres son como el mecanismo de un reloj sin pilas, se han quedado parados, inertes. Yo intento avanzar, al igual que la manecilla del segundero, pero una fuerza superior me impulsa hacia atrás sin remedio.