Esta Noche Te Cuento. Concurso de relatos cortos

2019 ENTCOLORES

Un relato con menos de 200 palabras inspirado en el color azul

ENoTiCias

Bienvenid@s a ENTC. En este momento podemos ofrecerte la posibilidad de participar con un "relato azul" y el reto de encontrar una propuesta para el ENTCerrado...
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Esta convocatoria finalizará el próximo
31 de Diciembre

Relatos

06. Extravío

Zarco es una villa rodeada por una alta muralla azul con una única puerta. Antes entrar, Luerio, nuestro guía, nos subió a una torre desde la que vimos la ciudad. Todo era celeste, del mismo color que el cercado que, tan alto como era, impedía que los rayos de sol y sus sombras perfilaran las siluetas de edificios y personas. Nos llevó por el adarve a una sala donde nos facilitó ropa azul y nos dio unos aerosoles del mismo tono, para cubrir nuestra ropa, pelo y piel, condición indispensable para acceder al interior. Ya dentro, nos movimos a tientas.

Me era imposible distinguir paredes, escalones, personas y a mis amigos, aunque sus voces me orientaban. Luerio, con la habilidad propia del que conoce el terreno, me asistía y enseñaba orgulloso lo que ninguno podíamos ver. No era capaz de ver mis manos, que se movían ansiosas palpándome la cara, el tronco o los pies, buscando muros y puertas.

En un momento de silencio, sentí una tremenda soledad, como si fuera parte de la nada. La angustia y el vacío que me invadieron entonces no se vieron reflejados en mi mirada garza hasta que, exhausto, me sacaron al exterior.

05 – LA ESCUELA – EPI

Deslicé la tapa del plumier, en el fondo, unos palilleros desconchados, una cajita de cerillas con plumillas, un trozo de papel secante con manchas en un lado y en el otro, la cabeza de un enanito en un bosque a colores y un frasco de tinta azul pelikan.
Estaba en la troje, detrás de un baúl. Abrí el frasco, el olor me introdujo en un túnel del tiempo que me llevó a la escuela. Me vi agachado sobre la hoja, aplicado, casi tocando la escritura con la frente. Entre las piernas la cartera de cuero.
Mi mamá me ama, ris ras, fino hacia arriba y grueso al bajar, apretando la plumilla sobre el cuadernillo. Terminando la plana, un golpe en mi mano del compañero de pupitre hizo saltar un borrón azul enorme que no pudo chupar el papel secante.
Casi de inmediato, un capón del maestro, llevó mi cabeza hacia delante. Me castigó sin recreo, durante el cual me dediqué a despuntar todas las plumillas de mi amigo.
Parpadeé y mi mano huesuda, llena de serpientes azules, depositó el plumier en la bolsa de basura.
Antes de bajar, volví sobre mis pasos, lo recogí y me lo llevé al corazón.

04. OBSERVADORES (Ángel Saiz Mora)

Las criaturas, ya de por sí bastante inquietas, vivían presas de un desasosiego añadido desde varias semanas atrás. Las consultas psiquiátricas estaban llenas de pacientes con manía persecutoria. A lo largo del mundo proliferaban casos de individuos que creían estar vigilados, una sensación que no dejó de extenderse, mientras sus especialistas intentaban ofrecer todo tipo de hipótesis. Estas reacciones colectivas confirmaban la gran inteligencia de los organismos bajo examen, que de alguna manera intuían que eran investigados.
Quienes los estudiaban en secreto, a gran distancia, habían sobrevivido gracias a su capacidad para aprender de otros seres, como también por ser capaces de solucionar cualquier problema, incluso antes de que se produjese. Habían deducido que los objetos de su análisis eran capaces de evolucionar y de grandes avances, pero también constituían una enorme amenaza en potencia. Concluyeron que no merecía la pena utilizar tiempo y energía para eliminarlos de forma preventiva. La posibilidad de que esos especímenes tan belicosos se destruyesen a sí mismos era muy elevada.
Se comprometieron a regresar, pasado el tiempo, al hermoso planeta azul, que repetiría el milagro de la vida. Tal vez, tras un nuevo comienzo, todo fuese distinto.

03. EL ÚLTIMO AZUL

Una vez lo había conseguido, pero entonces era mucho más joven. Ahora le iba a resultar algo más difícil, porque los años se le habían echado encima como una pesada losa que ya le costaba mucho soportar.

Mientras se deslizaba por el cable, iba calculando los metros y el tiempo, como siempre, pero de pronto, algo se cruzó en su camino rozándole las piernas y desapareciendo tan rápido, que sólo acertó a ver una sombra alejándose a toda velocidad.

Y esa sombra fue su final, aunque él nunca lo supo.

Siguió bajando confiado, pero con los cálculos ya tan equivocados que, cuando quiso ascender de nuevo a la superficie, sus agotados pulmones no le respondieron.
Se soltó del cable y se perdió en las profundidades mientras contemplaba, extrañamente tranquilo, el azul más deslumbrante que sus ojos habían visto jamás.

Esa última apnea había sido su más duro fracaso, pero su muerte le estaba pareciendo de lo más sublime.

02. Maniobras de distracción

Siempre soñó que mis labios sabían a mar. Lo sé porque a sus ojos era una sirena cantarina que le empujaba a un eterno naufragio. Nunca me lo dijo así, pero solo había que leer  los nudos de su pecho y el ahogo de sus palabras. Como su saliva aliñada con lágrimas hipotecaba la dulzura de cualquier beso, disimulábamos oteando el cielo para descifrar señales de luz y buscar estrellas que nos revelaran alguna senda celeste que pudiéramos recorrer juntos sin amargura. O escrutábamos el océano, por si  la plata de los peces perfilaba para nosotros una ruta salada entre las olas.

Era ley de vida que algún día cambiara la manera de mirarnos.

Pero entretanto, nos empeñábamos en devorar cada minuto, cada partícula de sol, cada eco de voz, cada armonía de pensamiento, cada roce fortuito,  cada sombra entrelazada, jugando a construir un mundo furtivo y efímero que nos acogiera. Y sin percatarnos,  ese transcurrir intenso del tiempo, en oleadas de felicidad minúscula, fue la época más hermosa que vivimos.

Cuando el aire a nuestro alrededor dejó de reverberar, conservamos las manos unidas: teníamos los corazones repletos de ilusión y la mirada madura de los que sobreviven al amor.

01. LUZ AZUL (Jesús Alfonso Redondo Lavín)

Mientras mi madre preparaba en la cocina la acostumbrada cena de huevo con patatas fritas, yo a mis 8 años de edad, hecha, hacía un año, mi primera comunión, me afanaba, lápiz en mano, en escribir a palotes una frase que vi en la pared del patio del colegio. Aún no existía la palabra grafiti en nuestro vocabulario.
Con parsimonia copié: CHAPITUDEBARATIYO. Mientras comprobaba, leyéndola silábicamente al revés, que estaba correctamente escrita, noté sobre el cuaderno la sombra de la cabeza de mi padre y vi como su mano me lo arrancaba de las mías y le enseñaba y explicaba lo escrito a mi madre.
– Mira lo que escribe el niño, cuchicheó mi padre.
Me quedé de piedra, aunque temblando. Me habían pillado.
– No es mío, estaba escrito en la pared, dije en mi defensa.
– Jesusín, eso es un pecado, respondió mi madre enfadada.
Esperaba el acostumbrado pescozón de mi padre en semejantes ocasiones, pero pude distinguir en él una sonrisa escondida.
Las frases capicúas supe muy tarde que eran palíndromos. En la pandilla jugábamos con aquellas que decían: DABALEARROZALAZORRAELABAD o el ARRIBABIRRA, ya entrados en edad.
Hoy para ser fiel a las reglas de este blog os escribo: LUZAZUL.

105. ASIGNATURA: EXPRESIÓN ARTÍSTICA (M.Carme Marí)

Primera evaluación. Álex muestra mucha creatividad en sus trabajos para un niño de su edad. Resultan muy coloridos y brillantes, a la vez que detallistas e imaginativos. Dignos de mención son los dibujos de los miembros de la familia durante las vacaciones, transmiten alegría.

Segunda evaluación. Los trazos de Álex se han ido endureciendo con el tiempo, mostrando multitud de aristas y puntas. Los colores dominantes son ahora los fuertes: rojos, azules, verdes… todos muy intensos. Se simplifican las escenas, mostrando sólo a los tres hermanos y al perro. Ya no sonríen. Se ruega al padre o madre que solicite reunión con la tutora.

Tercera evaluación. El marrón es el color predominante en sus láminas. Las rayas para rellenar las formas dibujadas a lápiz sobresalen de los bordes desmesuradamente. En los temas se repiten rincones de la casa donde aparecen los niños hechos un ovillo siempre con la cabeza baja. Es urgente que el padre asista a la reunión de tutoría, si es cierto que la madre se encuentra ausente o impedida desde hace un mes.

104. Los árboles de color marrón

En los tiempos de kairós, cuando el tiempo se tocaba en los anillos de los árboles, que iban de los marrones secos al verde savía, que con fuerza brota en primavera. En el país de los mundos sin banderas hubo un árbol  de frondosas ramas, alto torso, arrugada y elegante corteza. Cuentan que una niña se sentaba a su sombra, mientras acariciaba con las yemas de sus dedos la dura piel, hablaba a sus retorcidos nudos y se sentaba sobre sus raíces. Un día y otro día, quitaba las hojas que se caían, cuando había tormenta lo abrazaba, las noches de luna llena le cantaba hermosos poemas, los días de sur le daba pena irse por si el viento  se lo llevaba. Así se fue quedando pegadita a sus ramas. Cuentan no se sabe cuando, que a la niña le salieron arrugas  como cortezas en la piel y hojas en el pelo.

Ya nadie sabe de ella, pero a veces la luna se viste de color canela, el firmamento brilla como una estrella encendida, y en el silencio de la noche se escucha el batido de alas de unas ramas que se abrazan.

103. Carcoma

Desde la últimas explosiones encontrar alimento es complicado. Vivimos al día, arañando restos de los basureros, esquilmando sobras de los supermercados abandonados. En estas condiciones escasean los propósitos. La última gran idea es devorar los insectos, que parecen incólumes a las radiaciones. La carcoma se ha convertido en un plato suculento, asequible. Nuestras ropas están invadidas por pequeñas larvas marrones y voraces que nos garantizan alimento continuado; nadie se preocupa de que nos vistamos con jirones y harapos, ni de que aniden en nuestros enseres. La prioridad es aliviar el agujero del hambre y mantener la mente clara, a pesar de que en los últim s días comunic rse parec más difíci .

102. Leer, soñar, crear

Las bibliotecas son mundos paralelos donde se esconden las verdades y mentiras del universo. Bucear entre ellas te puede llevar la vida entera, o tan solo una tarde si consigues encontrar la respuesta que necesitas. Lo creí fervientemente durante toda mi existencia cada vez que me colaba en este salón lleno de estanterías de roble americano donde se alineaban cientos de ejemplares de cuero oscuro y olor inconfundible. Esta habitación, en la casa familiar, se fue haciendo más pequeña a medida que quienes pasaban por ella iban creciendo. Pero mi búsqueda nunca perdió intensidad. Un día, sin saber cómo, mis sueños se volvieron ocres, como las páginas de los antiguos tomos apergaminados, y mi piel adquirió una tonalidad chocolate, igual que la del viejo sillón de lectura. En ese momento, nuevos secretos entrarían a formar parte de este lugar. Lo supe cuando aquel hombre dejó su libro sobre la mesa para sentarse a escribir. Me encontró dormida y parpadeando sobre una pluma estilográfica. Así el escritor despertó a su musa. Y yo descubrí mi verdadera naturaleza.

101. Contrastes (Pablo Cavero)

Tenía miedo a pesar de que mi mamá me había asegurado que no me mordería. La ardilla bajó por el tronco muy despacio y cogió la bellota de mis dedos, luego nos hicimos amigas, le di cacahuetes y hasta le ofrecí un trozo de mi chocolatina. Yo las había visto en dibujos animados, pero en persona las ardillas me gustaron mucho más. No había comparación. Ella vivía en el bosque con el suelo y las ramas llenos de hojas de diferentes colores: marrones casi amarillos, otros tirando a rojos, marrones claros y oscuros. A lo lejos vi un cervatillo muy bonito. Y aquel hombre de ropa de parches verdes y marrones me hizo acordarme de mi gran tristeza cuando pasó lo de la madre de Bambi en la peli. También lo viví en persona, y tampoco fue igual.

100. Los gatos pardos (Jerónimo Hernández de Castro)

En la escuela era único aprendiendo cosas inútiles que aún hoy acuden a su mente de modo inesperado. Nunca olvida la voz trémula de un maestro de escuela, que lo llevó a una lejana isla del Caribe, donde en el siglo XVIII, extrayendo el azúcar de la caña, se obtenía una melaza espesa de color marrón cuya destilación produce la bebida alcohólica por todos conocida.

Ella era una artista con un don especial para los colores. De corazón indómito y ecologista hasta las trancas, se creía una mezcla inmejorable de lo rojo y lo verde, con la fuerza mestiza de los ocres tostados.

Sus caminos confluyeron, de marrón en marrón, hasta el bar donde cada noche naufragan en un mar de ron y Coca-Cola.