Esta Noche Te Cuento. Concurso de relatos cortos

LA LUZ

Un relato con menos de 200 palabras inspirado en el tema que te proponemos

ENoTiCias

Bienvenid@s a ENTC 2020 En este momento podemos ofrecerte la posibilidad de participar con un relato que esté inspirado en LA LUZ... Bienvenid@
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Esta convocatoria finalizará el próximo
12 DE NOVIEMBRE

Relatos

05. Rebus fidei

Confieso que todo lo que no recé en cuarenta años lo hice en tres meses, y también confieso que encendí velas a todos los Santos. Necesitaba ver una luz siempre encendida que me ayudara a mantener la esperanza viva.

Pero aquella noche, al terminar el horario de visitas, se me olvidaron todas las oraciones y soplé la llama. Recorrí el pasillo del hospital con los pies a rastras, intentando no pisarme el alma.

Y cuando por fin entré en el ascensor, las lágrimas y el temblor de la mano me impedían pulsar el botón de parking. Recuerdo que fue una monja franciscana quien me sujetó la mano y me ofreció su pañuelo. Llegué al coche rezando de nuevo. Y me quedé allí sentada frente al volante hasta que se apagó la luz de cortesía, justo cuando recibí la llamada de la UCI.

No he vuelto a rezar desde entonces, aunque aún conservo aquel pañuelo con una cruz de Tau bordada en una esquina.

04. BAJO SU SOMBRA (Ángel Saiz Mora -EdH 2020-)

Su alumbramiento cambió nuestra vida, pero en lugar de aportar el brillo gozoso que acompaña la llegada de un pequeño, trajo consigo tinieblas.
Su existencia queda resumida en estos siete párrafos, que comienzan con el adjetivo “su”, tan posesivo como él, convencido de que las personas le pertenecían.
Su intolerancia a la luz solar, causa de lesiones cutáneas, hizo que creciese aislado. No asistió al colegio. Los profesores particulares nunca le duraban mucho.
Su adolescencia y juventud fueron desordenadas. Salía cada noche y dormitaba durante las horas en las que era vulnerable, resguardado de toda claridad.
Su presencia era lo único que me quedaba desde que mi mujer murió, mortificada por el fruto de sus entrañas, arrepentida de haber dado a luz a alguien como él.
Su proceder y mis sospechas se confirmaron tras seguirle a escondidas. Fue esa noche, al observar cómo actuaba en la oscuridad, cuando vi con nitidez lo que yo tendría que hacer por la mañana, sin falta.
Su mirada al despertar y verme frente a él fue de resentimiento total. Pronto acompañaré a mi esposa. Un padre no debería sobrevivir a su hijo. Lo supe mientras le clavaba una estaca en el corazón.

03. Preguntas

Hoy su hija quería saber qué es la luz. Y él le ha hablado de lo pequeños que son los electrones. De la corriente alterna, y de cómo se hace su distribución desde los centros transformadores a las casa. De que hubo un tiempo en que los cables tenían recubrimientos textiles, en lugar de plásticos como ahora. La niña escucha mientras caminan de la mano y el sol, a su espalda, anuncia el anochecer. Sigue contándole que los relámpagos son descargas eléctricas sobre la tierra, y que fue gracias al trabajo de muchos investigadores y científicos que los hombres pudieron dominarla. La pequeña quiere saber más, bombardea a su padre, que sonríe al descubrir su interés, y responde sobre bombillas, enchufes, postes y todas esas cosas que ella quiere saber. Cuando la noche se adueña por completo del ambiente, regresan a la tienda que ahora es su hogar. La niña, asombrada y contenta de lo mucho que sabe su padre, y él, tenso de nuevo, pensando en que quizás mañana su hija le pregunte qué es la guerra. O algo peor, la razón por la que le brillan los ojos cuando ella le pregunta dónde está su mamá.

02. Turno de noche

No es por echarme flores, pero desde que Él -por medio, por supuesto, de las autoridades competentes- me puso a cargo, el resultado es impecable. Tan pronto como cae el sol y el último lugareño cierra el ojo, recojo con mimo las basuras, las farolas, las hojas caídas. Luego sigo con los árboles, los bancos y las rayas que separan los carriles. Incluso, excediéndome en mis funciones, clasifico y archivo por orden cada adoquín. Mientras todos duermen, admiro bajo la luz de la luna el vacío perfecto y sueño con mi futura promoción. Diseñador de constelaciones, o tal vez pastor de nubes. Me entretengo poco, eso sí. Si me descuido y me alcanzan los primeros rayos de sol, ya tengo al primero de turno asomado a la ventana, farfullando entre legañas que es tan temprano que no han puesto ni las calles.

01. SEÑALES

Cuando llega la noche despiertan los faros. Como fantasmas, sus luces recorren la costa rompiendo en un chisporroteo vehemente, con la energía de una voluntad salina por arrancar esquirlas del granito, de quebrar las barreras que pretenden detenerlo.

Mamadou aguarda bajo el faro de la punta Seuil. Cuelga sus pies desde el cantil mientras envuelve en su camiseta unas zapatillas deportivas claramente enormes para sus pies. Están viejas y desgastadas por la suela. No se las había quitado desde que Thibaut, un voluntario francés, se las ofreció a cambio de un dibujo.

Pero debe embarcar descalzo y las ha guardado en un hueco entre las rocas por si alguna vez regresa. El patrón del cayuco dice que la noche es perfecta. Una vez alejados de la costa, el rumbo lo marcarán cinco faros en línea. El quinto señala el punto más cercano a las islas españolas: viraje a noroeste y el trayecto más desesperado, a ciegas.

Mamadou embarca llevando en los bolsillos unos cordones malvas y la esperanza de que en Europa, le presten una zapatillas para mostrarles la belleza de su carrera, la elasticidad de su zancada, la demostración de lo que mejor saber hacer en la vida… correr.

97. Voz de ángel

A diferencia de otras poblaciones azotadas por la epidemia, villa Antonella contaba con la bendición de los cánticos celestiales. Al entonar el Ave María desde lo alto de la iglesia, el enviado de los cielos mantenía a raya a la peste del joyero. Fuera del cerco protector de notas musicales, los muertos se contabilizaban por miles, y eran enterrados, sin más ataúd y mortaja, que una carcasa de pústulas llenas de humores color amarillo, rojo o verde. Una vez cesado el influjo de la plaga, los villanos temieron que el mundo corrompiera las cuerdas vocales de aquel ser divino. Aquella carita seráfica rodeada de un nimbo de rizos de oro, adquiría un gesto taimado, casi diabólico, al ver pasar a las «ragazze». Antes de que fuera demasiado tarde, el maestro barbero cortó ese aleteo que ya bullía bajo la bata blanca. Libre de las ataduras de la testosterona y la libido, el niño podría cantar para siempre en el coro de la capilla al haberse convertido en un castrati.

96. Pequeño apocalipsis

 

Primero se extinguieron los peces de hielo. Miles de bares se reconvirtieron en escuelas de calor y una marea de hombres lobo nos inundó desde París. Con el año nuevo, una pareja de osos polares llegó nadando a la Puerta del Sol. Desahuciados de su hogar de toda la vida decidieron mudarse cómo el poeta, pero no había marcha en Nueva York; Hawái y Bombay tampoco eran ya dos paraísos, y hacía tanto calor en mi piso que desviaron su rumbo y ahora están atrapados los dos en la misma prisión.

Hoy, los perros de nadie han desalojado un avión con destino a Italia. Los pobres turistas solo querían comprar un jersey a rayas. En su lugar, han embarcado una vaca lechera, un toro enamorado de la luna y una chica cocodrilo. Después han despegado, abandonando una ciudad sin colores especiales, una ciudad en llamas. Pongamos que hablo de…

95. RECORDANDO A JOHN DENVER

En el 87 me besó por primera vez. La noche, junio, su elegancia imponente. Su inteligencia de banquero joven. Acababa de aturdirme de amor cantando a John Denver. También sonó en nuestra boda.

Hoy ha tenido mus con los abogados. Malo. Trae la lengua más viva. Nunca la mano, que él no es un maltratador, dice. Y es verdad. Lo de la mano.

De su bellísima cabeza plateada vuelve a asomar su sorprendente habilidad para herirme, levemente turbinada por el gintonic.  Discutimos. Me recuerda otra vez mi dependencia económica y se va abajo. Veo su guitarra acústica y solo decido, porque pensándolo llevo medio matrimonio.

Quito la sexta cuerda. Un MI. No, mejor la primera, otro MI dos octavas más allá. Casi me corto al anudarla al somier. Hago un lazo bajo la almohada y ato un cepillo al otro extremo.

Después, mientras duerme, solo tengo que rodearle el cuello. Apoyo los pies en el cabecero y tiro del cepillo con la fuerza que da tanta frustración. La cabeza rueda mansa hacia mí sin que esa embriagante mirada de miel tenga tiempo de volverme a dañar. Y me viene al recuerdo John Denver. Hasta me ha parecido escuchar el MI.

94. ALLEGRO MA NON TROPPO (Pilar Alejos)

Siempre me costó compartir con los demás todo lo que llevaba dentro, pero llegaste tú, con tanta música en los dedos que me desnudaste por completo. Sin la protección de mi armadura, caí rendido ante tus notas, que tan dolcissimo llenaron mis silencios. Me hablaste a sotto voce y fuimos uno a prima vista. Nuestro tempo, que empezó como un adagio, fue crescendo hasta volverse appassionato. Fuiste tan insistente que, como muestra de mi obertura, acomodé mi clave de sol a tu pentagrama. Dejé que tus melodías marcaran el ritmo de nuestra relación, a cambio de que me hicieras vibrar cada noche con tu nocturne, como si fuera la prima volta.

Respirábamos al unísono, con la misma métrica, pero, de repente, todo cambio. Nuestra partitura fue adquiriendo un cariz melancólico. Perdiste tus ganas de abrazarme, de acariciarme. Tu tono de voz sonaba pianissimo y ya no me dedicabas tu pizzicato.

Lo nuestro finalizó tan presto como empezó. Te pareció insuficiente mi tessitura y me abandonaste por un «Stradivarius».

93. Strawberry fields forever ( Paz Monserrat)

Le cuenta a su nieta que ella y sus amigas espiaban a John desde los campos de fresas situados tras la casa de la estricta tía Mimi. Algunas eran más de Paul, pero ella supo desde el principio quién de ellos sería inmortal. Le habla de la conducta inexplicable en las adolescentes de Liverpool. Aquella música diáfana conseguía que se olvidaran del hollín y  las ratas del puerto, de sus vidas insulsas y sus habitaciones modestas. Deambulaban sonrientes, como hipnotizadas por un flautista que se ha confundido de cuento, de siglo y de país. Una riada de grititos y minifaldas atravesaba los suburbios. Listas para entrar en trance, para matar por un autógrafo o por un mechón de esas melenas. Por el camino se unían otras chicas parecidas a ella, en apariencia.

Pero, le puntualiza, lo de esas futuras amas de casa resignadas nunca fue auténtica pasión. Cuando la maldita japonesa cedió la vivienda al National Trust, fue ella la elegida como guía del museo. Cada día explica todo tal y como lo veía desde el exterior de los visillos. Siempre se queda un rato más. Después, bordeando los campos de fresas, camina hacia su casa pareada en Penny Lane.

92. Dueto (Pablo Cavero)

Uña y carne, así hemos sido desde que tengo uso de razón, siempre muy unidos, cómplices y distintos.

Él es el líder, gracioso y engreído, la voz cantante, poco amigo de las normas, soberbio y vengativo.

Yo en la sombra, en segundo plano, sacrificado y sumiso, apocado, racional, temeroso de las leyes.

La pauta se repite. A cada chica nueva le componemos una canción. Mi cometido crear música y letra, el suyo recitar y cantar con su voz melódica. Seguro de seducir. Ella sonríe, pero rehúsa los besos, caricias y demás acercamientos. Él, resentido le sustrae alguna pertenencia. Yo le recrimino y manifiesto mi radical desaprobación.

Sus pataletas han pasado a golpes, e intentos de usar la fuerza bruta, para saciar sus apetitos. Le conozco muy bien y sé que rondan en su mente  las palabras: violación y asesinato; ambas están presentes en sus próximos estribillos. No lo permitiré. Ya lo he decidido. Es la única salida. Lo asumo, una solución suicida. Silenciaré su voz psicópata para siempre, nos apagaremos los dos a la vez.

91. Celebración (Juana Mª Igarreta)

Aurora ha vuelto a casa. Tras la puerta, habitando el pasillo, le esperaba el reloj de péndulo heredado de sus padres, que como fiel vasallo del tiempo ha seguido marcando las horas. Escuchar de nuevo su monótono tictac es para ella, profesora de música jubilada, la más excelsa de las melodías.

Acodada en la ventana, rememora los últimos momentos en el hospital, y aún resuena en sus oídos el efusivo y acompasado aplauso que a modo de despedida le dedicaron los abnegados sanitarios de la planta. ¿Qué obra musical logrará hacerle revivir una emoción semejante? Tal vez sea la ovación más larga que ha recibido nunca; aunque tampoco se había enfrentado hasta ahora a una partitura tan compleja. Su cuerpo arrugado y encogido, cual baqueteado violín, es todavía capaz de ofrecer afinadas notas de vida.
Aurora levanta la tapa de su viejo piano. Acomoda sus nudosos y trémulos dedos en las teclas que han permanecido calladas en su ausencia. Con los ojos cerrados ejecuta, exultante, la Novena Sinfonía de Beethoven. Así celebrará cada nuevo día durante años.

Una mañana, un estridente e incesante sonido sobresalta a los vecinos. El piano grita bajo el peso inerte de Aurora.