Esta Noche Te Cuento. Concurso de relatos cortos

2019 ENTCOLORES

Un relato con menos de 200 palabras inspirado en el color  amarillo

ENoTiCias

Bienvenid@s a ENTC. Este mes te ofrecemos de nuevo nuestro concurso habitual y la posibilidad extra de participar en el ENTCerrado... ¿Qué te inspira el color amarillo?
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Esta convocatoria finalizará el próximo
28 de julio

Relatos

79. Perdido en la razón

Amanecía de pie sobre la silla, incapaz de realizar ningún movimiento. Mientras, en la radio un tipo sostenía que el suicidio era la máxima expresión de libertad. Quizás fuera por la falta de oxígeno o de autoestima, pero en cualquier caso, he de admitir que, durante un tiempo, estuve de acuerdo con él; desechando aquella idea adolescente donde había simplificado este hecho a una dicotomía entre valentía y cobardía; pueril reducción ante el desconocimiento del verdadero alcance y fundamento de la expresión de libertad: poder elegir. Una situación a la que nunca podría retornar si cumplía con mi determinación.

Y ensimismado en estas cavilaciones me encontró el alba. Esta vez, aferrado a la barandilla del balcón: un quinto con unas vistas estupendas. Decidiendo, al fin, corregir la posición de las piernas, disponiéndolas dentro del suelo embaldosado en un amarillo que se me revelaba inclemente. Sin embargo, tanto el sol de julio como el destino escrito en la concentración de litio en el agua debieron estimarlo bastante luminoso para que siguiera mi camino.

Y, como nunca había sido un hombre razonable, concluí que, para poder ejercer ese arbitrio, requería, sin duda, de una condición indispensable: estar vivo.

78. Ni ya le importa

Zapatos, calcetines, pantalón, chaqueta, camisa, corbata. Todo amarillo.

Cuando se bajó en una parada del metro, olvidé a cual iba yo y comencé a seguirlo.

No sé ni por donde fuimos, yo solo le miraba a él, que acabó en la orilla en la playa.

Se quitó todo y comprobé que también sus calzoncillos eran del mismo color. Comenzó a nadar mar adentro.

Esperé horas, pero no regresó, y ya a la noche cogí sus ropas y volví a casa.

La talla me iba, así que hoy me la he puesto y me he subido a un vagón cualquiera a cualquier parte.

Tampoco sé donde me he bajado, pero iba mirando siempre hacia atrás para ver quien me seguía. Nadie.

No sé que me ha dado, yo pensaba que esto era una rueda de esas que están predestinadas sin remisión, así que en un parque me he desnudado y me he sentado en un banco a pensar.

Mientras lo he hecho, ya estaban los móviles haciéndome videos, y no sabría decir cuantas fotos.

Ahora escucho una sirena y sé que mañana estaré por todos lados con algún primer plano de mi deprimida polla. De él no se sabrá nada.

 

 

77. FRÍO

Regreso a casa consternada y furiosa. Esta mezcla de sentimientos, sin embargo, parece proporcionarme suficiente determinación para atajar el problema de raíz. Cuando Mateo me mostró una extraña versión de mi cuento inconcluso, arteramente publicada en cierta página web, no podía creerlo: incluso le habían imprimido un inesperado giro final, en el que el asesino aniquila a su propia autora. ¡A mí, nada menos! Daban ganas de hacerle lo mismo al desconocido plagiador de mi escrito. ¿Cómo había sido capaz?

Ya en casa, por más que reviso mi relato ante la pantalla, no consigo reconocer casi nada de lo que tenía escrito. Donde debía aparecer el protagonista, armado con su ominoso acero de matarife, hay significativos espacios en blanco, terribles, descarnados. Descripciones de paisajes, intrusiones de otros personajes, acciones laterales… Vuelvo a iniciar la lectura, totalmente anonadada y sobrepasada por los acontecimientos. Cuando estoy a punto de leer el último párrafo, siento un leve rumor de pasos a mi espalda. Antes de girarme del todo, acierto a ver por el rabillo del ojo mi perfil distorsionado en la hoja metálica. Un tacto de dedos que me atenazan la nuca. Frío en la garganta.

76. Matices

 

Matices

Nuevamente en la habitación de un hospital por segunda vez en un mes, le ha dado la bienvenida a sus noventa y un años enganchado a un suero y esperando que la dichosa pancreatitis remita llevándose ese color amarillento de su cada vez más delgado y arrugado cuerpo. Todo el personal está encantado con él, lo miman tanto… temo que no quiera irse de aquí (dormir a su lado en un sillón desvencijado tantas noches ya pasa factura a su abnegado hijo).

Es mi turno. Cuando llego, él está durmiendo la siesta. Por un momento cierro los ojos…el escenario es tan distinto…un vestido amarillo que dejaba al aire toda la espalda se ceñía a mi juventud en una explosión de vida que daba vueltas en la noria de una  feria.

            ¿Ha pasado tan rápido? Ayer arriba en la montaña rusa  plagado el cielo de ilusiones, hoy abajo,  anegado el suelo de preocupaciones.

Abro los ojos de golpe, el hospital….Se ha despertado , quiere pasear, lo agarro del brazo y hacemos una excursión hasta los ascensores, ¿la esperanza es de color verde? Tíñela del color que quieras, sólo ella te aferrará a la vida.

75. Promesas de juventud

Mientras ajusto el objetivo recuerdo aquellos largos paseos de verano junto a los campos de girasoles, y los infinitos tonos de amarillo que alcanzamos a memorizar.

Éramos jóvenes, y ni el sopor de la canícula conseguía adormecer nuestras ansias de vivir hasta el último segundo de nuestras vidas.

Aun sin quererlo, el tiempo fue pasando, y la vida fue haciéndonos un hueco a cada uno de nosotros.

Andrés y Juan emigraron a Francia. Allí había más trabajo, y un trato menos inmisericorde con los de su condición.

Bea se quedó en el pueblo, cuidando de su madre, como todos sospechamos.  Y mi querida Elena fue subiendo escalones con el éxito que da la unión del talento y la constancia, algo que ya habíamos vaticinado en aquellos largos corrillos de las noches de agosto en la plaza.

Lo que nunca habría adivinado es que el mismo día en que mi amor platónico daba su primer discurso presidencial, yo estaría en la azotea del edificio de en frente, con el dedo puesto en el gatillo.

Cada uno, a su manera, prometimos hacer historia.

74. Sueño en colores

Despego mis ojos. Despierto.

Paseaba por la montaña canturreando: Amarillo el submarino es…Cuando frente a mí, un campo de margaritas me regalan su recuerdo. Las preferidas de una amiga amarilla. Esa persona especial que un día la vida puso en mi camino.

 Me acerco. Las miro. Quiero coger una, pedir un deseo y desojarla. Pero ya es demasiado tarde.

 Respiro profundamente. Un olor a miel-limón me transporta a  momentos vividos con ella.

Susurro su nombre y una lágrima cargada de sentimientos perdidos se precipita al vacío cayendo en el amarillo corazón de una flor.

 Pienso en ese otro corazón, el que se ahogaba y oscurecía perdiendo su brillo por esa sombra que le crecía dentro, y que aun así, luchó sacando fuerzas sin tenerlas, ofreciendo a todos su mejor sonrisa.

Hasta que un día, dando gracias a Dios, cerró los ojos a la vida.

Llega la noche, y, el Amarillo Diazepan corre asustando a esos fantasmas sin rostro que pasean por mi cabeza, con sus sábanas amarillentas y carcomidas por el paso del tiempo.

Mis ojos se cierran. Sólo me da tiempo a pensar…

El Amarillo es mucho más que un color.

Y vuelvo a soñar en colores.

73. Hipocresía

Moralidad, ética, principios…etc. como convivir con ellos sin crear conflictos de manera permanente. Es necesario ser un hipócrita si quieres evitar la soledad.

Masas preocupadas por el balón, las motos o los coches, mucho más importantes que estómagos hambrientos, enfermedades, o guerras impresas en hojas de periódico o imágenes, que pasan fácilmente de principio a fin evitando ver lo que es evidente, la enfermedad de un mundo en estado terminal que esconde sus miserias como antiguamente se hacía: “Panem et circenses”.

La vida es un viaje, dicen, no importa el destino final, sino el viaje en sí. Lástima de los paisajes desolados que atraviesan algunos, mientras otros no permiten que les roben los suyos. Lástima de viaje para tan pobre destino.

Pobres filosofías que ya no pueden dar sosiego al que sufre, porque el sufrimiento es tan grande que ni la mente puede ya calmar el dolor que se siente ante tanta injusticia. Hasta Dios ha renegado de su creación, abrumado ante tanta maldad y egoísmo porque si quisiera arreglarlo tendría que hacer algo para lo que no está preparado: Destruir lo que con tanto Amor Creó.

¿Y así hasta cuándo? Quizás cuando muera la hipocresía.

 

Fdo: Hipócrita

72. La Bahía de las Maravillas

Le decían Juan el tontito, pero nadie en el puerto tenía por novia a una sirena. Él la encontró gracias al resplandor de los pendientes que lo guiaron hasta los restos del naufragio donde estaba semienterrada bajo la arena. Preocupado por las intenciones de los pescadores, intentó remolcarla al océano; pero los crustáceos en el interior del cuerpo chasquearon las tenazas. Supuso que se quería quedar con él. Con delicadeza, terminó de retirar la arena para descubrir un dorso con una cresta dorada de la que se desprendían hebras rubias con cada uno de sus empellones. Mientras, ella cantaba con su lengua de cangrejo y expelía chorros de líquido de sus pulmones llenos de agua salada. Posesivo después del acto, no la iba a dejar a merced de los apetitos ajenos. Tomó los aretes como dote para los gastos de la boda; pero el cura utilizó el oro, de acuerdo a las costumbres del mar, para las exequias. A pesar del encierro acolchado en el que acabó por su amor, Juan podía contemplar, a través de una ventana enrejada, las flores amarillas que nacieron a los pies de la tumba del marinero ahogado.

71. Oro amarillo (Elena Bethencourt)

Cuando tuvimos que irnos de nuestra isla natal, echábamos tanto de menos la playa que, para devolvernos algo del paraíso perdido, papá cubrió de arena el jardín de nuestra nueva casa. Allí pasábamos las horas haciendo castillos y soñando mareas.

Una mañana encontramos las primeras conchas y apareció el primer rayo de sol. El mar no se hizo esperar y llegó con su brisa, olas y peces. Construimos un pequeño muelle con rocas y, mientras mamá se zambullía en el agua, papá pasaba las horas pescando y nosotros saltábamos de charco en charco.

Nuestro hogar era el único que gozaba de sol todo el año. El rumor sobre nuestra playa dorada se propagó y empezaron a venir vecinos primero y visitantes de todo el país después.

Fue entonces cuando aparecieron las autoridades con una orden de demolición alegando que nuestra casa estaba demasiado cerca del agua. Fuimos desalojados para construir hoteles de cinco estrellas. Detrás llegaron agencias, bares, tiendas, más turistas y campos de golf.

Cuando los sueños ajenos volvieron a adueñarse de la orilla, otros niños ocuparon nuestros charcos y otras toallas reservaron nuestra arena, zarpamos tierra adentro hacia otro mar.

70. UN LIMÓN Y MEDIO LIMÓN (Belén Mateos)

 

La veía pasear cada mañana a través de las rendijas de mi persiana con ese andar tan suyo, tan insinuante ante mis ojos, tan provocador para el vecino del segundo, tan prohibido para el del quinto, tan excitante para la mirada de Avelina.

Frenaba de manera compulsiva la correa de nuestra perrita, deslizaba sus manos en la cincha que ceñía su pelusa y al mismo ritmo contoneaba sus cadenas. 

Ella lo sabía, sabía que la miraba, sabía que cada ventana era una invitación para un café con pastas y un licor degustado en su vientre y a pesar de ello, a pesar de mí, cada mañana provocaba en todo el edificio una hiperventilación en esas cortinas corridas para el disfrute de su tanga amarillo y sus pechos desbordando un escote alimonado en el paladar de la imaginación de cada uno de nosotros.

Hoy, creo que es nuestra vecina la que degusta con placer cada rincón ambarino de su piel.

Mañana correré el dosel de mi fracaso y guardaré en la alacena el pienso de su hambre.

69. AMARILLO DICHOSO (Isidro Moreno)

Me perdí entre trigales dorados para recordar mis primeros escarceos amorosos en los veranos de Castilla. Sólo conseguí salir vacío tras unos girasoles pintados por Van Gogh. Luego indagué sobre el amarillo de la genista de Serrat; también en el atuendo de Molière y que tan mala fama concedió al amarillo para los artistas de la farándula, pero nada me aportaba la inspiración o una rica idea para escribir sobre tan humilde pigmento.

Pedí información a un buen amigo científico de Oklahoma y me remitió un extenso dosier sobre el hielo. Al parecer, las prisas y mi spanglish provocaron el malentendido con el “yellow”.

En mi insistente y desesperada búsqueda, viajé mentalmente dentro de un submarino amarillo y lo único que logré fue que un tema musical de los Beatles me martilleara todo el día con el mismo soniquete.

Estimado jefe, pido disculpas por no tener el artículo solicitado sobre dicho color a pesar de esos intentos realizados.

*

Para mi sorpresa, al día siguiente vi publicada en mi columna del periódico este relato que, simplemente, era el texto de mi correo, aunque, eso sí, algo recortado en formalismos, juramentos, tacos y excusas que afeaban la redacción.

 

IsidroMoreno

68. Sin palabras (Pablo Núñez)

La luz del sol ha entrado por las rendijas de los ojos de Agustín. La claridad espanta el luto de las sombras nocturnas y se refleja en el portal que le sirve de cabecero. Ya no duerme tan bien como antes; el somnífero barato que se le agarra al hígado no le hace el mismo efecto que al principio, cuando decidió dar el portazo a su anterior vida de funcionario y, sobre todo, a una familia en la que el cariño fue tornando a costumbre y terminó en condena. Se incorpora y mesa sus cabellos, que parecen hojas de otoño. Con vacilante equilibrio y nubes en la cabeza, coloca una cajita de madera sobre el empedrado y toma su violín. Del fondo de la memoria va sacando melodías, entre dulces y ácidas.
Sentada en un banco, Virtudes se sacude los jirones de soledad que le persiguen desde que huyó de una casa abarrotada. Agustín le lanza una mirada, un beso que se posa en la sonrisa pueril que adorna su boca, y le dedica una pieza que suena a crujiente de vainilla. Entonces, miles de girasoles cosquillean su alma. En ese momento sabe que nunca más volverá a estar sola.