Esta Noche Te Cuento. Concurso de relatos cortos

LA ENVIDIA Y LOS CELOS

Un relato con menos de 200 palabras inspirado en cualquiera de los dos temas que te proponemos

ENoTiCias

Bienvenid@s a ENTC 2021 Puedes participar con un relato en cuya historia se muestre LA ENVIDA Y LOS CELOS. Y recuerda que el criterio no debe ser poner menos palabras sino no poner palabras de más. Bienvenid@
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15 DE AGOSTO

Relatos

40. Amado, Amando y Amador (María José Escudero)

 

Su casa era larga y destemplada como un túnel y, a pesar de su estrechez, había espacio más que suficiente para los tres hermanos que tenían la costumbre de pasar días, incluso semanas, sin rozarse. Ocasionalmente, un estornudo imprevisto o un bostezo de aburrimiento los hacía mirarse en la lejanía, aunque apenas se inmutaban. Sin embargo, alguna tarde se abría la puerta de repente y, nerviosos, se acicalaban y salían —por orden de nacimiento— a pasear por aquella especie de ciudad metálica y muda. Acompasados, deambulaban por un extraño laberinto de escaleras con el propósito, por ellos ignorado, de fomentar experiencias comunes. Eran trillizos, casi podían leerse el pensamiento y, a pesar de tener emociones y deseos bien distintos, había entre ellos, por el hecho de ser un experimento de probeta, un vínculo (quizá poco sano) que parecía indestructible. Pero aquella vez Amando, harto de su rol difuminado, nos sorprendió al cambiar el rumbo de sus pasos. Ya no soportaba más al primogénito ejemplar ni al mimado benjamín y necesitaba, imperiosamente, llamar la atención.

En el laboratorio estábamos consternados. Como padres de las criaturas tuvimos que reconocer nuestro estrepitoso fracaso: No habíamos logrado neutralizar el “síndrome del mediano”.

39 AMIGAS (Rosalía Guerrero Jordán)

La envidia es un gusano retorciéndose en las tripas y arañando el esófago mientras escala por él. Cuando llega arriba te quema los labios intentando escapar de su prisión. A veces lo consigue, otras veces te impide respirar.

Eso sentía Marta cada vez que veía a Laura entre los brazos de Rubén. Un dolor afilado y silencioso le roía las entrañas. Sentía que le faltaba el aire, como si la muerte la rondara de cerca.

Si hubiese sido otra, Marta podría haber bramado al cielo, haberla odiado sin tapujos. Pero tenía que ser Laura, su mejor amiga, su confidente, su compañera inseparable.

—¡Hagamos algo divertido! —gritó Laura un atardecer otoñal frente al mar, mientras se desnudaba y corría hacia el azul infinito.

Desde la orilla, Marta vio cómo el mar lamía su cuerpo joven. También cómo desaparecía engullida por una ola. Esperó verla surgir cual Venus adolescente. Sin embargo, eso no ocurrió. Durante horas, Marta guardó silencio

—Se subió a un coche —dijo a la policía al día siguiente—, era un poco alocada.

Ahora, la culpa ha desplazado a la envidia. Se le queda atascada entre los dientes y vuelve su aliento fétido.

A cambio, Rubén le pertenece.

38. Sueños Inalcanzables (Marian Ramos)

Cada noche acude al bar del puerto. Se sienta en un extremo de la barra, con un abrigo viejo y el sombrero calado hasta las orejas. Escucha las historias, contadas siempre a gritos y entre carcajadas, mientras bebe una cerveza tras otra.
A Toribio le quedan algunos jornales para el pasaje a América. Venancio, menos aventurero pero igual de emprendedor, habla de comprar una Cirila para ampliar el reparto a los pueblos vecinos. Atilio, el de más edad, quiere mandar al chico mayor a estudiar a la capital y, quizás, darle algún capricho a su señora. Así la llama siempre, su señora, y le brillan los ojos como a un adolescente.
De vuelta a la casa del barrio alto, cuelga sombrero y abrigo en la caseta de aperos. Después, acostado en la mullida cama, junto a la mujer que escogieron para él, hija del socio de su padre en la naviera, odia a Toribio, a Venancio, a Atilio y al resto de parroquianos hasta caer en el sueño etílico, el único posible para quien todo lo tiene de cuna.

37. PORCELANA ROTA

No tenía dónde ir, por eso decidí volver. La puerta estaba abierta, nadie reparó en mí. El resplandor de un flash iluminó el interior. En la mesa del salón seguía la bandeja de la cena con los bordes de la pizza que nunca te comías . Habían abierto los cajones y husmeaban entre tus cosas. La cafetera estaba caída sobre la encimera, una mancha negra se extendía implacable sobre el mármol. Siempre decías que la vajilla de Sargadelos que compramos en el viaje a Galicia era el tesoro de la pareja. Ahora cubría el suelo de la cocina rota en mil pedazos. Tenía que verte otra vez, intenté entrar en la habitación, pero alguien me reconoció. Yo mismo ofrecí las muñecas al agente que me esposó, casi un niño que me miraba como a una fiera de circo. Después de horas deambulando por las calles fue un alivio enorme. Como la culpa por lo que había hecho.

36 LA ÚLTIMA ÚLTIMA CENA (IsidroMoreno)

Y yo os digo que uno de vosotros me traicionará esta noche.

Acabada la frase de Jesús, Juan y Pedro se abalanzaron sobre Judas. Acto seguido, los trece comensales se debatían en gran melé, unos por separar y calmar y otros por alcanzar a Judas para asestarle algún guantazo. Platos, copas y vasijas volaban por los aires o rodaban por los suelos. Jesús, ante la imposibilidad de instaurar el orden entre sus apóstoles, hizo mutis por el foro. Como director salí a escena para aplacar y calmar a los alumnos. De pronto, espectadores y padres de los actores tomaron el escenario entre forcejeos e improperios para defender cada cual a su hijo, o reprender a algún apóstol, o salvar al malogrado Judas.

Como responsable pensé que me había equivocado en la elección de obra o en el reparto, o quizás el Método Stanislavski de Identificación con el personaje habría dado frutos y celos insospechados.

Sin embargo, todo me quedó claro cuando en el patio de butacas observé al “apóstol Juan”, iniciador de la trifulca, arrojando al suelo una bolsa con monedas que acabada de recibir de un siniestro y satánico espectador.

Y un tenue olor a azufre invadió la sala.

35. AÍN Y CABEL (Belén Sáenz)

De muchas maneras se envidiaban la labriega villa de Aín y su municipio gemelo, Cabel, de linaje ganadero. Sus muros, escindidos de un mismo cigoto, con la rivalidad impresa en los genes, comenzaron a alzarse de espaldas a una carretera de la que se resistían a desligarse como si se tratase de un cordón umbilical maldito. En la desventura o en la bonanza, los campos de Aín jamás cedieron una brizna de forraje a los pastores cabelenses porque estos no permitían que sus bestezuelas los abonaran con estiércol. Pasaron decenios sin que se cruzasen las miradas de sus gentes. ¿Acaso soy yo el custodio de mi hermano?, gritaban a sus dioses encogiéndose de hombros. Descendiendo del risco hasta el valle, los celos devinieron en un odio que infectó los manantiales y heló el mismísimo aire que expelían los pulmones de unos y otros. No tardó en proclamarse la contienda fratricida, que arrastró los confines de la comarca entera más allá del este del Edén. Allí malviven sus pobladores, creyéndose afortunados en su charca de lodo, sin querer ni poder borrarse de la frente el indeleble quiste de la división.

34. Siempre Juntos

    El amor que profesaba por su profesión no era equiparable casi a nada, la única excepción era el que sentía por su esposa. Ella era una dama exquisita, sin igual en todo sentido, y por lo tanto, vorazmente codiciada por todo hombre que cruzara su camino. Su intelecto no alcanzaba a comprender por qué una mujer así estaría con alguien como él, que sólo destacaba entre los demás por su talento y renombre en su área de trabajo. Por tal motivo, lo relativo a su amada era su mayor preocupación desde hace mucho tiempo.

    Él era una eminencia en lo tocante a su empleo. Había trabajado con dictadores, generales, revolucionarios, presidentes, grandes pensadores, mandatarios, actrices famosas, en fin, personas excepcionales de todo tipo. El miedo, finalmente, lo había impulsado a incluir en esa lista a su esposa. De esta forma, —concluyó— se aseguraba que estarían juntos por siempre, no podría abandonarlo por ningún otro después. Porque la verdad sea dicha, ser el embalsamador más notable de la época no era suficiente para retener a una mujer como ella a su lado, se vio obligado a hacer algo más al respecto.

33.- Compra online

El día que lo trajeron la curiosidad se apoderó de nosotros, pero tuvimos que esperar a que la abuela volviese del pueblo para saber lo que era. El paquete estaba a su nombre. Cuando lo abrió apareció  él: alto, guapo y musculoso. Con el paso de los días descubrimos que también es inteligente y simpático. Cada noche, durante la cena, la abuela le lanza miradas tan ardientes que acaban perdiéndose tras la puerta de su cuarto. Entonces mi madre se santigua y mi padre se sienta en el sofá a ver la tele. Yo me voy directamente a la cama, en la habitación contigua a la suya. La imagino poniendo boca abajo el retrato del abuelo y perdiéndose en el cuerpo de ese hombre. En realidad hacen tanto ruido que poco hay que imaginar. Un día, muerta de envidia, pedí otro. Llegó hace tres días. No sé si es por falta de pasión o porque el somier es demasiado nuevo, pero mi cama no chirría como la de la abuela.

32. Injusticia

Míralo ahí, tan orgulloso, recibiendo los abrazos, las felicitaciones de sus compañeros mientras el estadio entero lo aclama como a un héroe. Pero ¿que hay de mí? ¿Acaso no fui yo quien señaló penalty en un ridículo tropiezo fuera del área?

31. El diario de Carol

Carol tampoco es un nombre de tango. Si te llamas Carol, a secas, pues una de dos: o estás lanzando el birrete en tu fiesta de graduación o tienes a un novio llamado Chuck esperándote con el coche en marcha mientras atracas una gasolinera. Cualquier otra opción es demasiado aburrida si tu nombre es Carol. A Chuck lo dejé después de seis atracos porque era un auténtico inútil y además no sabía derrapar, salvo en la cama. “¡Se derrapa en las curvas, no en las rectas, cretino!”, le decía siempre. Ni caso. Si te llamas Chuck, a secas, pues una de dos: o estás mascando chicle mientras trabajas en un aserradero o tienes a tu novia atracando una gasolinera mientras la esperas afuera con el coche en marcha. Cualquier otra opción desencaja si tu nombre es Chuck. Tenía una hermana gemela que se llamaba Casiopea ¿Cabe mayor despropósito? Si tu nombre es Casiopea, solo tienes una opción: que tu hermana Carol, que tiene un ex llamado Chuck, tras una discusión acalorada, te dispare un tiro en la cabeza. Sin más. Lo mío con Casiopea no era nada personal, pero lo reconozco: nunca he soportado que fuese la preferida de papá.

30.- Envidia cochina (un relato lisérgico basado en heces reales)

Sobrevuela el prado un moscardón decidiendo qué delicia succionar. Los apestosos hierbajos descompuestos están bien, quizá algo sosos. El cadáver putrefacto de algún topillo resulta más suculento, sin duda. Pero, donde esté una boñiga fresca de vaca, que se quite todo lo demás.

Por suerte, percibe ese aroma inconfundible. No tarda en encontrar su tesoro: enorme, reciente y, de momento, solo suya. Aterriza suavemente en el centro, donde aquello tarda más en secar, y hunde gozoso sus palpos maxilares mientras un abejorro zumbador atraviesa atento el lugar.

Unos metros más allá, el abejorro frena en seco y regresa para posarse chulesco junto al moscardón. Pese al hedor, desenrolla la trompa: “Sea lo que sea esto, no va a ser todo para él”, cavila. Pero, ignorante, liba sobre un psilocibe, hongo alucinógeno que abunda sobre las boñigas. Presa del colocón instantáneo, aletea y bucea en el excremento creyendo sumergirse en dulce néctar.

Con sus miles de ojos, el moscón lo observa estupefacto. Siempre ha esquivado los hongos, pero ahora siente envidia al ver disfrutar así al abejorro, y muerde uno.

El apareo interracial desenfrenado en el que deviene tanta euforia les impide detectar, lamentablemente, el cercano vuelo rasante del voraz abejaruco.

29. UN ASCETA

Ni el menor capricho se concedió a sí mismo en sus muchísimos años, aunque tampoco podría decirse de él que fuera avariento o rácano, pues su fortuna la destinaba a vestir modesta y limpiamente y a comer con salud y medida; no gastaba en bares para evitar habladurías, y entregaba al prójimo los restos de su despensa antes de que se echaran a perder, igual que cubría al desposeído con ropa apenas ajada y bien zurcida. Eremita le decían al pobre Prisciliano, pues jamás codició lo terrenal y nunca sintió envidia del ricachón que hacía tintinear las monedas en el bolsillo, ni celos del abogaducho que acabó arrebatándole a la elegida de su corazón. Vivió sin estrecheces ni alardes, aunque tampoco con deudas o arriendos; una vez pagados los gastos fijos, el resto iba derechito a la alcancía, y así mes a mes, año tras año, hasta reunir lo suficiente para construirse un fastuoso templete en medio del huerto, la obra de una existencia lograda y envidiable.

—Un mausoleo -pensaba-, eso sí que es para toda la vida.

La nota que escribió antes de clavarse un hacha en el cráneo decía: «La leña del invierno ya está pagada.»