Esta Noche Te Cuento. Concurso de relatos cortos

ANTEPASADOS o ROBOTS

Un relato con menos de 200 palabras inspirado en cualquiera de los dos temas que te proponemos

ENoTiCias

Bienvenid@s a ENTC 2022 Puedes elegir: enviarnos un relato donde encontremos ROBOTS o ANTEPASADOS. Y recuerda que el criterio no debe ser poner menos palabras sino no poner palabras de más. Bienvenid@
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Esta convocatoria finalizará el próximo
15 DE NOVIEMBRE

Relatos

73. La espera

Vuelvo a casa. Las coloridas bolsas, que celosas compiten con el brillo de la ciudad, esperan atrás en mi coche. Nieva. La gente embutida en abrigos y bufandas marcan sus pasos sobre el blanco asfalto. 

Ya imagino mi calle, atesorando travesuras. La esquina, cómplice de mi primer beso. La cabaña del gran abeto y sus mil secretos. Mi casa. El calor de la gloria. Los vivos ojos de mi madre y sus manos inventando sabores. Mi padre con la cachava en una mano y un chato de tinto en la otra esperando inquieto a que todo el mundo se siente a la mesa. La calidez de su abrazo.

Y las manos de mi madre agarrando su pecho y una mancha de vino tinto en el suelo y una mesa vacía donde el muérdago se lacia y un timbre que no sonará a la puerta y mi coche desfigurado y una llamada de teléfono.

72. Naturaleza salvaje

Hortensia retira una a una las hojas secas, poda las ramas tronchadas, recorta tallos feos. Coloca los maceteros con estudiada armonía. Con estos calores está baldada. Posa las manos sobre las lumbares. Se reclina hacia atrás y siente un dolor agudo. Pero eso qué importa. Ya sabe ella el trabajo que cuesta mantener el jardín más envidiado del pueblo. Cada maceta, rama, flor y hoja ocupa un lugar exacto en ese vergel, sometido al riguroso orden de Hortensia. De la parra vuelve a descolgarse la rama rebelde que tantos disgustos le da. Cae otra desde el lado izquierdo, otra desde el derecho. Hortensia las recoloca. Esta vez las ata con hilo de sedal y doble nudo. Les grita que ya no podrán escapar. 

Agotada, se recuesta en la tumbona, bajo la sombra de la parra. Pronto un cosquilleo le acaricia los tobillos, sube por los muslos, rodea el estómago y trepa hasta enredarse en su cuello. Siente cómo un fuerte tirón la levanta del sitio. 

Aún se preguntan en el pueblo con quién se habrá largado la Hortensia y por qué ahora su parra da unas uvas tan carnosas que dejan un extraño regusto amargo a pétalo de flor. 

71. Extrañamiento

Al terminar las vacaciones murieron todas las cigarras. Las guardamos debajo de la ropa, entre los regalos de mamá y una novela de Cartarescu. Sus cadáveres verdes apenas ocupaban lo que un puñado de recuerdos. Desde la terraza del hotel vimos sus laúdes y guitarras abandonados en la playa. Iban y venían a merced de la marea, entre restos de medusa y barcas de bajura. Remolcamos las maletas hasta el aeropuerto como arrastra un condenado sus excesos al borde del cadalso. Allí nos derrumbamos. Entre las voces metálicas que anunciaban los vuelos, reconocimos el adiós de sus cantos espectrales.

70. Cambio de perspectiva

Hace tiempo que no pasaba por esa avenida. Guarda buenos recuerdos de aquella portería con la entrada ajardinada. Allí transcurrió la primera parte de su vida. Hay alguien en el balcón del segundo piso, serán unos nuevos inquilinos. Siempre le han gustado esas paredes de obra vista, pues los ladrillos conservan el calor del sol. Ahora que es mayor, le cuesta más subir por ellas. Llega a la silla reclinable donde dormita el señor de la casa. Asciende por la estructura de madera y se pasea por su calva. Se da cuenta de que tiene la boca abierta cuando tres de sus seis patas no encuetran apoyo y cae en ese orificio. El hombre se despierta notando ahogo y, al toser, escupe al insecto que sale disparado hacia la calle desplegando las alas mientras escucha a una voz de mujer decir:

–Gregorio, ¿estás bien?

69. Últimas voluntades (Alberto Jesús Vargas)

El impacto de un meteorito en las afueras del pueblo ha provocado un insólito efecto. Algunos muertos recientes, abandonando sus tumbas, han empezado a escaparse del cementerio. Iluminados por la omnisciencia que da el haber visto las cosas desde el más allá, vuelven dispuestos a enmendar asuntos que se han torcido o concluir cuestiones que quedaron pendientes. Y todos tienen tarea. La señora Gertrudis quiere impedir que se malvenda la casa que fue suya y legó a la sobrina que prometió conservarla. Don Argimiro se ve obligado a poner orden en las disputas que sus hijos, tan amados y tan piadosos, mantienen a causa de la herencia. Y Carmela, la mujer del boticario, va en busca de su marido con aires de zombi cabreada dispuesta a tirarle a la cara las flores que en vida nunca recibió de él y ahora, sin embargo, no faltan en su sepultura.

68. Asuntos pendientes

El avión salió con retraso de Montevideo, y aterrizó con mucha demora en su ciudad natal. Javier estaba nervioso, y llegar tarde no le ayudó precisamente a recuperar la calma.

Treinta años hacía ya que emigró a Uruguay y no pisaba su tierra.

A decir verdad, sentía un poco de miedo por la reacción que pudiera tener el resto de la banda cuando le vieran aparecer. Tenía muchas lagunas sobre aquellos años, pero cuando intentaba recordarlos percibía una punzante sensación de desasosiego en su interior.

Desde la ventanilla del taxi le parecía circular por un territorio nunca explorado, le costaba creer que estuviera en su ciudad. Pero según se acercaba a su antigua barriada fue evocando escenas aparentemente olvidadas.

Se había citado con Txomin, el tuerto, en el callejón de siempre. Él fue quien le propuso el regreso para tratar algunos temas que podrían interesarle. Bajó del taxi y comprobó que habían acudido todos. Mientras se acercaba a ellos, un escalofrío recorrió su espalda, y recordó de forma súbita el motivo por el que huyó a otro continente.

<<Recuerdos al agente Márquez>>, le susurraron mientras el frío acero saldaba una deuda excesivamente prolongada en el tiempo.

67. Ella y él (Blanca Oteiza)

Él anhela el rostro de ella. Aún la recuerda oliendo el pan recién hecho, cómo cerraba los ojos y se embriagaba del aroma que envolvía el local. El calor, al abrir el horno, lo golpea la cara y le hace salir de sus pensamientos.  La soledad lo abraza desde aquella mañana en la que, tras recibir una carta anunciando la tristeza, inundó sus corazones. El padre había fallecido en un accidente y la madre había quedado mal herida. Ella no dudó en irse al pueblo a cuidar de su progenitora. Él aún conserva la esperanza del regreso de su amada, volver a compartir un bollo recién horneado en el desayuno mientras sus miradas conversan.

Ella, ajena a los sueños que llegan desde la panadería, añora los días que disfrutó de la compañía de él. A veces, mientras la lluvia golpea los cristales de la ventana, lo imagina corriendo en el jardín en dirección a su puerta. Pero a quien ve bajo el manzano, es a su madre marchitándose, como un otoño sin primavera. Ella ansía disfrutar de nuevo con su panadero favorito, abstraerse mientras la masa recorre sus dedos y sacudirse el delantal lleno de harina.

66. Los retornados

Juanito, el hijo pequeño de los vecinos, fue el primero en regresar y salvo por la mirada perdida y el color cetrino de su piel, parecía normal.

Sus padres, que tras su partida habían quedado paralizados en el tiempo, retomaron sus rutinas diarias. Regresaron al trabajo, llevaron a sus otros hijos al colegio e incluso volvieron a sonreír. Todos parecían felices, todos menos Juanito, que era como la pieza que nuca encaja en un puzzle.

Tras él, regresaron muchos más, y todas las familias esperábamos ansiosos la llegada de alguno de los nuestros.

En casa, regresó la abuela. Al principio me puse muy contento ya que apenas era un bebé cuando se fue, pero enseguida me di cuenta de que la señora de mirada fría que ahora ocupaba el sillón principal del salón, no era la misma anciana adorable que yo conocía por fotos.
La carne apenas cubría su esqueleto y desprendía  un olor insoportable. Mamá lo achacaba a los años que llevaba enterrada y a qué había regresado en el mes más caluroso. Para tranquilizarme me prometió que todo mejoraría con los primeros fríos del otoño, porque los calores no son buenos para estas cosas, decía.

65. Piel de dragón

Hay rabia en cada golpe de martillo. Vuelan las chispas del metal y las gotas de sudor de su cuerpo. Tiene el brazo entumecido, el hombro agarrotado, la espalda dolorida. Jadea, pero continúa.
Tras devolver la pieza a la fragua, bebe un trago de aguardiente y escupe las últimas gotas hacia las brasas. El fogonazo araña las cicatrices de su piel y atormenta sus ojos. En la llamarada cree ver a su demonio. Da un paso atrás y remueve el carbón con el atizador. Restriega su frente con el antebrazo, recompone los vendajes de sus manos y ajusta el delantal de cuero sobre su cuerpo lacerado.
Vuelve al yunque. Golpea una y otra vez hasta que tiene la última pieza forjada con trozos de escamas de la bestia alada. Se viste con la armadura y se acerca al fuego. Sonríe. No siente el calor; tampoco sentirá el aliento abrasador de su enemigo.

64. Recaída. (montesinadas)

Ella nunca se enamoraría de mí. Lo sabía, pero no me la quité de la cabeza desde la primera vez que la vi. Yo no era su tipo, no pertenecía a ese mundo de jóvenes imberbes que la mariposeaban. Tampoco tuve, en todo el tiempo que la seguí, el valor de explicarle mis sentimientos, aunque forcé ocasiones para ver si cruzábamos alguna palabra. Sólo aquel día que me pidió un cigarrillo. Era demasiado joven, pero se lo di y al encenderlo me miró. “Tenía que ser mía”.

Con todo preparado: el sótano bien limpio e insonorizado, un camastro, cuerdas y la cerradura nueva, la llevé hasta allí, no recuerdo con qué engaño. No le valieron los gritos, ni el llanto, ni sus falsos intentos de seducirme. A las dos semanas me detuvieron y fui condenado por secuestro y asesinato. Seguro que has visto mi foto en los periódicos.

Hace un mes salí de la cárcel y he regresado a casa, no tengo otro lugar. Todo sigue igual que el día que me detuvieron. He cumplido, estoy viejo y enfermo y no puedo explicarme por qué estoy siguiendo a la chica nueva del súper.

¿Habrá empezado todo de nuevo?

63. Fuego en el cuerpo

Hay incendios que pueden durar una vida entera. Cuando llega la hora siento la inquietud de los animales ante las llamas. Me deslizo por el pasillo y llego a tu habitación sin aliento. Nos buscamos en la penumbra, mis sentidos te eligen por aclamación. Forcejeamos con el pudor hasta ponerlo en vergüenza. El somier protesta, desconcertado tras una vida sin sobresaltos. Ignorando el golpeteo rítmico del cabecero contra la pared, nos emulsionamos hasta lograr una textura uniforme. Alcanzamos el punto de inflexión, el de ebullición, el de nieve y el de no retorno. Con las urgencias de la edad no tomamos precauciones. Intento un repliegue táctico, pero cortas mi retirada con una maniobra de piernas envolventes digna del mejor Bonaparte. Perdemos la cabeza y caemos por la madriguera del conejo blanco, donde un sombrerero aterrado nos advierte que tengamos cuidado con la cabeza. Antes de la pequeña muerte vemos una luz y, ante nosotros, pasan fugaces todos los polvos de nuestra vida. Me invade el deseo de quedarme, de esconderme del mundo contigo, pero vuelvo a mi habitación venciendo el desamparo de mis rodillas. En la residencia de ancianos «Nuevo Atardecer» las normas son muy estrictas.

62. El plan. Paloma Hidalgo

Salió de debajo de la mesa con cuidado, sin rozar las piernas de los mayores. Una vez en la cocina se subió a una silla y cogió un vaso, necesitaba beber. En el salón alguien lloraba de nuevo, podría ser la abuela. O la tía Águeda. Bebió deprisa. Al volver, se cruzó con su padre en el pasillo, satisfecho creyó que sus ojos hinchados ya no le veían porque él también estaba muriéndose ya. Echó a correr. Tenía que darse prisa en llegar a su escondite, y acabar de comerse los cigarrillos que aún le quedaban de los cinco paquetes que encontró en la mesilla de su madre. Quizá, como ella solo gastaba dos paquetes al día según su padre, para la hora de cenar ya estaría muerto. Y ya no importaría que ella no pudiera regresar.