Esta Noche Te Cuento. Concurso de relatos cortos

LA CONFUSIÓN Y LA VERGÜENZA

Un relato con menos de 200 palabras inspirado en cualquiera de los dos temas que te proponemos

ENoTiCias

Bienvenid@s a ENTC 2021 Puedes participar con un relato en cuya historia se muestre LA CONFUSIÓN Y LA VERGÜENZA. Y recuerda que el criterio no debe ser poner menos palabras sino no poner palabras de más. Bienvenid@
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Esta convocatoria finalizará el próximo
15 DE MAYO

Relatos

30 Sin saber qué hacer

Si la ves, observas a una chica joven muy atractiva,  responsable, madura, inteligente y trabajadora, que hasta el momento ha logrado alcanzar todas las metas que se ha propuesto en la vida…¿entonces?, es insufrible comprobar que su espejo no le devuelve la misma imagen.

Desde que ha llegado de sus prácticas no deja de llorar, en medio de un mar salado de hipidos incontrolados, de nuevo se  vuelve a comparar con sus amigas o con cualquier otra chica de Instagram que según ella triunfan en la vida. Otra vez ante la disyuntiva de seguir haciendo de psicóloga amateur con tu hija o empezar a buscar desesperadamente teléfonos de gabinetes psicológicos, con uno no basta, para tratarnos a ambas.

Odio estos momentos de desparrame emocional que me agotan psicológica y físicamente, después de dos horas concluimos que tiene una inseguridad de narices, siento que pierdo la paciencia…..,pero no sabemos resolverla.

Son las siete de la tarde y la música envuelve la atmósfera de la casa, es lo que tiene su carácter ciclotímico, ella está arriba y yo por los suelos.

Cuando la confusión se apodera de mí siempre recurro a la frase de Escarlata O’Hara:” I`ll think about it tomorrow”

29. La fiambrera

El niño observa con asombro el trasiego de bandejas en la terraza del restaurante. Su padre, tras despedirse del camarero con quien conversaba —un viejo amigo—, le toma de la mano y juntos se dirigen al pinar que hay justo enfrente. Es consciente del interés que el local ha despertado en su hijo y se ve obligado a justificarse: «A nosotros no nos gustan esos sitios tan ruidosos, ¿verdad? Preferimos la quietud del campo, el olor a resina,… vivir la naturaleza».
La madre les espera sentada sobre la manta que ha extendido bajo un árbol, con una botella de agua que ha llenado en la fuente. El padre abre una fiambrera y el pequeño se lanza a rebuscar en su interior, con el afán de quien desentierra un tesoro, hasta que encuentra un calamar, oculto entre un par de aceitunas, restos de ensaladilla y media croqueta. Mientras come, desvía la vista hacia el restaurante, donde el camarero está recogiendo las mesas de los clientes que ya han acabado. Al verlo guardar en una fiambrera las sobras que encuentra, el pequeño se levanta de un salto y exclama: «¡Mira, papá, es igual que la nuestra!».

28. DONDE LAS DAN (Juan Manuel Pérez Torres)

Con un minúsculo mando a distancia abrió el maletero de su flamante berlina. Colocó en el interior mi mejor cuadro envolviéndolo cuidadosamente. Desde el porche, absorto, yo lo miraba. Cerró el portón con un gesto altanero y abrió la puerta del coche dejando ver la tapicería de cuero y el ordenador de a bordo.  Sin despedirse accionó el arranque. Tecleó el navegador, seleccionó música y encendió un cohíba. Descapotó el coche. Se atusó el bigote. Se acarició la mejilla. Se miró al espejo y repasó su peinado. Entonces cerró la puerta e inició la marcha. Justo antes, torció la cabeza para encontrarse con aquella mirada que desde el porche yo le mantenía. Me sentí confundido.
Luego, contando mi dinero recordé aquel día, en un país lejano adonde viajé buscando inspiración. Compré unas babuchas de piel de camello, hechas a mano, tras un largo y absurdo regateo con el artesano. Las elegí entre muchas, en un cómodo puf de piel, tomando té de hierbabuena hecho para mí por su servil esposa mientras fumaba de la narguile que me preparó su hija.
Recordé que aquel pobre hombre de manos toscas también me mantuvo la mirada entonces. Y me embargó la vergüenza.

27. Fisonomía

La razón no sé cual será, pero cada vez que mi padre decía que había trabajado en el cine, me impactaba. Me lo imaginaba de indio o de vaquero, de romano, con Groucho en una escena delirante.

Daba igual que yo supiera que era una broma. Que solo había trabajado en la taquilla del Torrefiel y esporádicamente de acomodador. Yo quería decirle a mis hijos esa frase.

Los designios me llevaron a ser bancario, pero conseguí, sin remuneración alguna, trabajar en mi tiempo libre en unos estudios cinematográficos. No más, al principio, que llevando cafés y otras nimiedades.

Tanto andar por ahí, al final te requieren para algún extra y, por mi buen estado físico, hasta para alguna acción de especialista que requerían.

Me dijeron que no tuviera miedo, que todo estaba controlado, que el fuego ni lo notaría.

Mi cara se hizo un engrudo, pero no se olvidaron de mí y seguí trabajando para ellos.

Ya tengo un vástago que puede escuchar lo que siempre quise, pero todavía no soy capaz de explicarle que los bebés y los pequeñajos no lloran espontáneamente en las películas.

26. UN FESTEJO INNECESARIO

Mi primera menstruación llegó un poco tarde. Mi hermana y yo estudiábamos en el mismo instituto, yo estaba en primero de secundaria y ella en segundo Recuerdo muy bien ese día; me desperté, por una extraña razón fui al baño de mi hermana y ¡sorpresa! ahí estaba esa famosa manchita de sangre de la que tanto había oído hablar.

Le dije a mi hermana: «creo que ya me bajó». Ella rápidamente me dio una de sus compresas y me enseñó a ponerla en mis braguitas. Mi madre también entró al baño súper emocionada. Fue una escena algo incómoda pero llena de amor.

Llegué al instituto. Me sentía molesta y a la vez emocionada. Cuando se lo conté a mis amigas también se emocionaron. Sentí que ya formaba parte del selecto club de la menstruación.

Todo iba bien hasta que mi hermana le contó a todo el mundo que yo «ya era una mujer». Durante todo el día recibí felicitaciones extrañas, y, por si fuera poco, una amiga de mi hermana decidió pasar por mi salón de clases y lanzar, a diestro y siniestro, un sinfín de toallitas higiénicas femeninas, en la que había escrito con un extraño rotulador rojo: ¡Bienvenida!

25. Ahí os quedáis

Faltan minutos para su casamiento y el príncipe sigue pasmado ante el espejo. Se mira de frente, de lado, de espaldas y hasta de cuclillas. Luego se desnuda y salta hacia delante y hacia detrás, pero es en vano porque no se reconoce. Su nueva facha le tiene tan desconcertado que huye al bosque en busca de la bruja, quiere que le devuelva su cómoda condición de anfibio.

La novia enseguida se entera del plantón -como todos los invitados- y se tira al pozo a por otro sapo al que besar.

Mientras que el rey, viendo el alboroto, pasa página y viaja al país vecino.

En el territorio limítrofe se encuentra un palacio en el que también reina el caos. Allí la princesa, por fin, ha despertado con un beso. Aunque dicho beso, de sopetón y en los morros, le ha provocado tal bochorno que ha salido por patas, sin decir adiós ni quitarse las legañas.

Cuando la durmiente, rauda y veloz, se adentra en el bosque buscando a la hechicera y sus somníferos, se topa con el príncipe rana. Y en un instante de gran desconcierto, bajo un claro de Luna, los dos fugados se aman con absoluto descaro.

24. TODO UN PROFESIONAL (David Moreno)

Quizá sea debido a los avances en biomedicina o quizá porque en el más allá no se admite ningún ingreso más, pero el caso es que ya no se muere nadie. Desde hace mucho. Y esta vida sin muertes nos tiene desorientados.

Los comerciales de las funerarias no tienen demanda alguna y se han visto obligados a reinventarse y buscar otros negocios. Las plañideras, sin nadie a quien llorar, deambulan por las plazas de los pueblos y ciudades, ahora intentando hacer reír, sin mucho éxito. Los suicidas han desaparecido y solo de vez en cuando se ve algún nostálgico subido a un puente, con la soga al cuello o con las cuchillas afiladas acariciándose las venas del brazo.

Hace tanto del último fallecimiento que la gente se ha olvidado de cómo celebrar un funeral como dios manda.

Por eso he empezado a ofrecerme para figurar de cadáver. En la ficha que hago rellenar previamente, permito escoger incluso la forma de mi muerte: accidente de tráfico, enfermedad terminal, ahogamiento en el mar. He de decir que cada vez consigo quedarme más quieto y más rato. Aunque lo que más me está costando es no estornudar en medio del sepelio cuando me colocan las flores cerca. Soy alérgico.

23 EL MERCADO

Un hombre poderoso no puede someterse a vaivenes de mercado, y menos antes de la asamblea general en la que, tras un año aciago, los accionistas, privados nuevamente de dividendos, podrían pedir su cabeza. Pero todo estaba bajo su control: datos maquillados, vistosas diapositivas, acuerdos de última hora o su propio contrato blindado. Tan seguro de sí mismo estaba que decidió ir caminando a la sede de la compañía.

—¡Cáspita!, dijo de repente algo confuso. El cinturón parecía no alcanzar a sostenerle debidamente los pantalones, y lo que habría sido un motivo de alegría lo sumía ahora en una molesta confusión.

Entró en un mercado. No tardó en encontrar un taller de zapatería, negocio que pensaba ya extinto.

—Buenas, perfóreme el cinturón.

—Claro. Ya está. Son 50 céntimos.

—¿En serio? Ha sido un segundo. Eso es 1800 euros la hora. ¿Tiene cambio de 100? ¿Le pago con tarjeta?

—¿Qué le parece si le financio los 50 céntimos? Me guardo el cinturón hasta mañana, pero me pagaría 5 euros.

Ante la vergonzosa idea de presidir la junta con los pantalones caídos, el zapatero recibió, quién sabe si con rabia o con admiración, un lustroso billete verde.

22 Con sal y limón

Íbamos por el segundo chupito de tequila cuando sonó el timbre. Aunque pensé que se había adelantado, ya galopaban salvajes y libres nuestras cabezas. Abrí con las expectativas dilatadas en el fondo de mis ojos y se encogieron en cuanto lo vi. Yo esperaba otro uniforme diferente al de cartero. Su rostro era agradable, de estatura mediana y hombros estrechos. Nada extraordinario. Solo el atrezo y su interpretación merecían la pena. Me entregó una carta certificada que abandoné sobre la consola y le hice pasar. Se resistió. Resultaba encantador en su papel de chico cándido. La voz de Joe Cocker nos condujo hasta el salón donde esperaban mis amigas. Entre sorbo y sorbo de tequila coreaban la canción. Formaron un corrillo a su alrededor y le hicieron beber. Yo misma le quité la gorra y la arrojé por la ventana. Después, cedí los honores a la novia, que fue bajándole la cremallera de la bragueta al ritmo de la música. Hasta que nos interrumpieron. Pensé en mi vecino —siempre se queja por el ruido—. Pero era un policía con unos músculos impresionantes. Tan gigantescos como mi vergüenza al ojear su placa y las esposas de juguete.

21 .- Pequeño

Deseas con todas tus fuerzas que vengan por fin a rescatarte. Hace frío, se está haciendo de noche y mamá se enfadará si no llegas a tiempo para la cena. Tienes ganas de llorar. Te gustaría llamarlos, pero les dijiste que ibas a cumplir siempre las reglas. Así que debes esperar muy quieto a que alguno choque su mano con la tuya y grite «¡salvado!». Si no tu hermano y sus amigos no volverán a jugar contigo. 

20. EJEMPLO

Él se cruzó en mi camino y desde entonces me he dejado llevar por el suyo en el que me pliego a su doctrina tratando de amansar a los mortales que como yo caen en la tentación de lo prohibido produciéndome confusión que desaparece cuando perdono sus pecados y vergüenzas con tan solo decirles que sigan también su senda poniéndome como ejemplo.

19. ONLINE

 

Hacer la compra, en principio, no debería ser nada de lo que avergonzarse, pero claro, eso vayan ustedes a decírselo a Pepita Chirivía, que siendo la timidez en persona, y estando locamente enamorada del tendero más apuesto y más fornido del mercado, le preguntó muy resuelta e inocente al no ver la mercancía a la vista, que si tenía huevos: “Ramiro, ¿tienes huevos?” con cara de verdadero interés porque quería hacer una tortilla, a lo que Ramiro contestó con una gran sonrisa: “Claro, tengo huevos morenos, bien gordos… —ahí, la clientela, con los ojos como platos, estalló en risas— ¿cuántos te pongo?” y Pepita, colorada que daba envidia a los tomates, deseando con todas sus fuerzas que se abriera una grieta en el suelo que se la tragara a ella, a Ramiro, a los huevos, a la clientela y a todo el mercado entero si fuera menester, pidió, con todo el calor del infierno ardiendo en su cara y una vergüenza paralizante, una docena y la cuenta por favor. Y todo porque la muchacha no tiene sentido del humor. Ahora todo lo compra online, y vayan ustedes a saber cuánta timidez en el mundo se esconde tras esta práctica.