Esta Noche Te Cuento. Concurso de relatos cortos

VOORPRET

Un relato con menos de 200 palabras inspirado en el tema que te proponemos

ENoTiCias

Bienvenid@s a ENTC 2024 Este año, la inspiración llega a través de conceptos curiosos de otras lenguas del mundo. El tema de esta cuarta propuesta es el concepto holandés VOORPRET. Y recuerda que el criterio no debe ser poner menos palabras sino no poner palabras de más. Bienvenid@
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Esta convocatoria finalizará el próximo
15 DE AGOSTO

Relatos

67. MEMORIAS

Los días se llenaron de paciencia y locura. El atronador ruido de la lluvia sobre el tejado de metal me desesperaba y el calor en aquella atmósfera irrespirable me asfixiaba. La razón fue desapareciendo a la par que subía la fiebre y las tripas se negaban a retener nada. Mi cuerpo huía de aquel infierno por el retrete.

Este es el recuerdo, a golpe de pesadilla, de un mes en el trópico.

Del momento en el que el embajador me comunicó mi repatriación urgente apenas guardo la sutil imagen de su rostro totalmente envejecido. Y tengo la certeza que ese fue el instante en el que rugió la idea: «esas arrugas son como los surcos de un antiguo disco de pizarra».

Y la pesadilla se repetía.

Y la fiebre continuaba.

Ya en España abandoné el Hospital Universitario sin haberme librado de la confusión mental. Algún cabrón del ministerio forzó el alta. Acepté la situación con la elegancia pulida en decenas de recepciones oficiales.

Luego, la vida.

Hoy puedo sincerarme. En la delegación guardo el brazo mecánico, la aguja de diamante y el amplificador. También tengo 50 rostros humanos disecados con cuidado y archivados convenientemente con las transcripciones de sus vidas.

66. Belleza perdida (Elena Bethencourt)

El coleccionista busca la belleza de las cosas imperfectas. Por eso, en su arcón de los recuerdos guarda un portarretratos con una esquina rota, una taza de té con una pequeña grieta, musgo seco que se aventuró a nacer sobre una piedra, una flor de cerezo inmortalizada en un libro, una foto de familia con un rasguño y los bordes color sepia. Busca la belleza, sí, pero no la encuentra.

Luego contempla a su mujer mientras duerme a su lado: las arrugas que aran surcos en su piel como el campesino en la tierra; la flacidez de sus músculos; las manchas en las manos; los hilos blancos de la melena… Sabe que la ama, o quizás no, pero un día la quiso, cuando era bella. Aún así, no se da por vencido, busca la belleza, pero no la encuentra.

Abre el arcón donde guarda el mechón de aquella estudiante de ojos llenos de estrellas, el anillo de la profesora de piano, el delantal de la panadera, collares,  escapularios, medias… También los trozos de periódico con la noticia y las fotos de sus dueñas. Se estremece. Vibra. Suspira.  «En fin, nada es perfecto», murmura, «ni la belleza».

65. Cambio radical (Patricia Collazo)

—Hemos dicho un padre perfecto. Y ya ves que no lo es… —repite mamá ante el escaparate.

Lleva rato intentando convencerme de que el de camiseta blanca de la esquina tiene cara de bueno, que se ve que sabe cocinar pizza y además es bastante guapo.

Pero yo me he encaprichado con otra madre. Una con ojos grandes y sonrisa cálida.

—Me prometiste que podría elegir…

—Sí, cariño. Pero buscamos un padre. Mamá ya tienes…

—¿No se puede tener dos mamás?

Mi madre, la primera, la que cuando papá nos abandonó me ha prometido comprarme uno nuevo, dulce y atento, que juegue conmigo y la enamore para siempre, duda.

La otra, la que será pronto mi segunda madre, le sonríe a través del cristal. Mi primera madre se sonroja. Se mira la punta de los zapatos, como hace siempre que la pillo haciendo algo inadecuado, me aprieta la mano y entramos a la tienda.

64. El libro nuevo

Pese a ser el último día de mayo, al atardecer todavía refresca. Ha ido hasta el cajón de los calcetines y ha elegido un par de esos de tejido sintético que te dan en los vuelos intercontinentales. Se ha sentado en la butaca que mira a poniente y se ha acercado la que queda enfrente para estirar las piernas y poner los pies en ella. La infusión con miel está en ese punto de temperatura que tanto le gusta, cuando apenas deja de quemar. Se dispone a empezar un nuevo libro, una novela que eligió al azar, sin referencias ni conocer al autor. Se cala las gafas y lee la contraportada: “Una historia que cambiará la vida del lector”. Ni siquiera lo abre, porque por ahora no le apetece que nada le cambie la vida, así que deja la gafas junto a la taza en la mesita de al lado, va hasta las estanterías e inserta el libro entre los pendientes de leer. Por si un día necesita que algo le cambie la vida.

63. ROSCO Y SOLETILLA (Belén Sáenz)

A Rosco le gusta amasar pan, pero para una vez que se lo permitió padre y se supo en el pueblo… Ahora la gente pasa de largo sin comprar en nuestra tahona, así que por las tardes se sienta en la puerta a hacer pelotillas con los mocos y ni nos molestamos en reprenderle. Rosco, en verdad, se llama Simón; el mote le viene porque a madre le vinieron los dolores de parto mientras tamizaba harina para hacer rosquillas de limón. Dicen que, en la cuna, era como una hogaza prieta, densa, y que olía a trigo soleado. Que no se sabe en qué momento después se le desmigajó el cerebro. Dicen, dicen muchas cosas. Pero quédate mejor con lo que yo te cuento. Porque, cuando yo iba a nacer, nuestra madre se quebró como una corteza reseca, y salí tan delgaducha que él me ponía a dormir en su palma de miga tierna. Junto al latido de su corazón, grande como un bizcocho leudado en exceso. Nos hemos criado como seres perfectos colmados de desperfectos, pero nos duelen las entrañas de tanto querernos. Rosco es mi hermano grande, y yo le he prometido que siempre seré su hermana mayor.

62. El recuerdo de la dama carmesí (Jesús Navarro Lahera)

Dicen que la vieron salir de su casa y dejar la puerta abierta. Comentan que se adentró descalza en el desierto, vestida con un chubasquero rojo y un paraguas del mismo color entre las manos. Algunos afirman que lloraba, y que la oyeron hablar de aquellos días lejanos de cálidos abrazos en que la lluvia golpeaba el cristal de su ventana. Otros sostienen que había perdido la cabeza, pero se equivocan. Solo yo sé que partió en busca del único hombre en el mundo al que había amado. Ese era su verdadero anhelo: reunirse de nuevo conmigo. Aunque solo pudo encontrar al sol, que hizo que su cuerpo ardiera junto al mío y quemó las huellas de sus pies sobre la arena.

61. A prueba de todo

De jóvenes bromeábamos diciendo que no existía nada capaz de despeinar a nuestro amigo Nono —tal era la sensación que transmitía su siempre impecable tupé—, cuando no inventábamos cosas similares sobre el resto de su persona. Porque Nono era sabio como el rey Salomón en poder de su anillo, valiente como el hijo de Simbad con su cinturón mágico, fuerte como el dios Thor empuñando su martillo Mjölnir, apuesto como todos ellos juntos. Nono atesoraba tantas virtudes en su ser que se nos antojaba poco menos que invulnerable.

 

No es extraño, pues, que su prematuro final supusiera un enorme varapalo para nosotros. En parte por privarnos en adelante de su grata y querida presencia. Pero sobre todo porque socavó los mayores fundamentos que hasta ese momento teníamos acerca de la existencia. Resultaba desolador contemplar su figura tumbada en la cabina del tanatorio. La enfermedad había hecho estragos en su fisonomía: afilado su nariz de corte griego, deformado sus antes delicadas manos, aflojado su enérgico mentón, borrado la eterna sonrisa de su boca. Nada, en fin, quedaba en él de aquel estado de fábula que siempre mostrara en vida, si no era ese fantástico peinado pompadour, sin una sola greña.

60. Egagrópilas

El dueño del circo quiere que Carmen actúe también en el pase diurno. Pero ella se niega.

—La gente no viene a ver al faquir, Carmen, ni al enano bicéfalo ni a la mujer barbuda, ¡ellos quieren ver tu show! —le dice, casi rogando, con el bigote erizado.

Y tiene razón, porque, cuando Carmen se planta en medio de la pista y su rechoncho y viejo abdomen empieza a convulsionar, el público del pase nocturno queda hechizado al instante. Después, dos gritos desgarradores, tres arcadas apocalípticas y… sucede. De su desdentada boca emerge esa enorme bola de pelos, huesecillos y letras. Una maraña que cae, se amontona y se derrama, formando esqueletos amorfos, rostros inciertos, y palabras inventadas. En la grada, claro está, todos achinan los ojos, elucubrando: ¿qué será eso?, ¿qué pondrá ahí?…

Y entonces, sin más, Carmen se limpia y se larga. A su rutina, su bayeta, sus nietos y su artrosis.

Y el jefe la sujeta del brazo, implorando. Insistiendo en que eso es arte, belleza. Dinero.

Pero ella que no, que no; que no puede desatender su otra vida.

Que… si quieren ese espectáculo, hay que dejar las cosas como están.

59. Tiempo de contemplación (Juana María Igarreta)

A Sabina le gusta su casa como está. Con los suelos salpicados de arañazos y quejumbrosos bajo las pisadas. “A esta casa y a mí nos sucede lo mismo: que somos viejas”, suele comentar a las escasas visitas que recibe. Sus sobrinos no entienden cómo puede vivir rodeada de tantas antiguallas. Pero ella, octogenaria y avezada en soledad, percibe en cada cosa el aliento de los que se fueron. Contemplando los ajados tapetes trabajados a ganchillo, rememora las hábiles y laboriosas manos de su madre; reconoce todavía en cada cuadro la pericia de su hermano con los pinceles; presiente, dormidos sobre la gran mesa del viejo comedor, los ecos bulliciosos de las prolongadas comidas familiares de antaño.

Hoy Sabina se ha levantado temprano. Tiene que reencontrarse con una amiga muy especial. El deseo de volver a verla aumenta tras cada tormenta.

Al llegar, fatigada y sudorosa, observa con alivio y deleite que su amiga centenaria sigue conservando su magnífico porte. Consciente de que puede ser la última vez que la contempla, le dedica un abrazo largo y efusivo, mientras se lamenta de parecerse a ella únicamente en el nombre.

58. Anhelos inesperados

Desde hace tiempo me acostumbré a vivir esa vida que, a esas alturas, yo consideraba plena. Tenía un puesto directivo en una importante empresa, algo complicado para una mujer, máxime si además tienes un marido cariñoso y tres hijos ejemplares, como es mi caso. Algo que no hubiera sido posible sin la ayuda de los abuelos, y después por nuestros buena posición para pagar extraescolares que nos permitieran alargar el horario escolar y llegar a tiempo a recoger a los niños a la salida del colegio. También gracias al círculo de amistades formadas por padres y madres de nuestros hijos. Todo era perfecto, hasta que recibí tu mensaje anunciando que regresabas a la ciudad de forma definitiva, tal como siempre había anhelado en mis pensamientos. A pesar de que sigo esperándote desde aquel verano que nos amamos en Playa Blanca, reconozco que la noticia me ha pillado por sorpresa. Dudo si mi alma ha estallado por los aires de la euforia o si se ha derrumbado por la incertidumbre. De lo que tengo certeza es que desde ese instante ya nada volverá a ser igual, no sé que, pero algo cambiará para siempre.

57. El elefante de la suerte

Bongani me regaló un pequeño elefante de cerámica. Me lo entregó con los ojos agachados en señal de agradecimiento por ayudarlo a regularizar sus papeles, y me aseguró que me traería suerte. Lo acepté amablemente y debo reconocer que sin convicción. No soy supersticiosa. No creo en chamanismos ni cosas por el estilo contrarias a la razón. Y lo olvidé sobre una balda cualquiera del aparador.

Lo cierto es que no dejaron de sucederme cosas buenas en los siguientes meses: me despidieron del bufete de abogados donde padecía una jornada inflexible y un trato despectivo. Luego, para ahorrar, dejé el piso que tenía en alquiler cuyas manchas de humedad provocaban mis frecuentes alergias y, temporalmente, regresé a casa de mis padres. Hacía tiempo que no contemplaba unos rostros tan alegres y que no comía en condiciones. Además, me dejaron en paz los malditos brotes de rosácea: eliminado el estrés, regresó mi piel de nácar.

Pero, un aciago jueves de marzo, un execrable atentado acaparó todas las portadas del mundo. Bongani se hallaba entre las víctimas y, tras las concentraciones de repulsa y los homenajes, le concedieron la nacionalidad. Sobrecogida, recordé que el elefante se había hecho añicos durante la mudanza.

56. EL MUNDO SE ACABA (Fernando da Casa)

Mi vecina quiere tener sexo conmigo. Menos mal que mi mujer no lo ha escuchado, entre el ruido de la lavadora y la niña berreando no se ha enterado. Yo, con cara de bobo, no he sabido responderle. Me he limitado a coger la taza que portaba entre sus manos.

Eso sí, he cerrado la puerta. No podía arriesgarme a que entrara detrás de mí y repitiera lo que me ha dicho delante de Pilar.

-Buenas tardes, vecino. ¿Me puedes dar un poco de azúcar? Por cierto, el mundo se acaba y no puedo quedarme con las ganas de preguntártelo. ¿Te apetece hacer el amor conmigo?

Cuando he regresado ella ya no estaba. ¿Habrá sido una alucinación? Vivimos en un permanente delirio… No, la taza existe, esto es real. ¿Qué hago? ¿Llamo a su puerta? Pensará que estoy aceptando su proposición. ¿Me quedo en casa? Pilar preguntará qué hago con la taza de la vecina.

Está buena.

Buenísima.

Pero no.

-Cariño, ¿quieres devolverle la taza a la vecina? Me ha entrado un apretón y ahora no puedo…

Hace ya dos horas que fue. Escucho jadeos y gritos desde entonces.

No quiero pensar que, de verdad, el mundo se acaba.

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