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No fue en orden. Apareciste en la discoteca donde yo no quería estar. Añoraba mi manta de tigre enrollándome en el sofá y no me percaté de tu mirada felina hasta que literalmente rodaste ante mí.
Empezamos entonces por el roll, tú cargando más de un cubata, yo un coctel de lágrimas con aroma a cuernos.
Un comienzo tan incorrecto como el peor de los finales. La historia debió terminar allí mismo, pero me hiciste reír y mis amigas consideraron que era hora de tirar al aire la primera cana teñida de mi vida. Me dejé convencer por sus argumentos libertarios y tu mirada suplicante.
Seguimos por el sexo. No fue bueno ni malo. Ni siquiera sé si fue. Me desperté enroscada (otra vez el roll) en unas sábanas de dudosa higiene y escuchándote vomitar en el baño.
Hay que tener cara de roca para salir airoso de aquella situación (por fin la roca), pero seguiste llamándome. No sé cuándo consideré que dejarte mi número era buena idea.
Lo de las drogas preferiría no explicarlo. Dicen que para no caer lo mejor es no probar.
Tarde recordarlo ahora que (contra todo orden) me he vuelto adicta a ti.
(Inspirado en hechos reales)
Nunca imaginé que la tía Rita me dejara su joya más preciada: su biblioteca. Se había pasado la vida cuidando su colección de más de dos mil ejemplares y ordenándola por género y autor, aunque en el último año ni su vista ni su movilidad le habían permitido ocuparse de ella como hubiera querido. Por eso le encargué a la señora que hacía las tareas domésticas que le pasara el plumero a los libros. Cuando hubo terminado comprobé horrorizada que había alterado el orden de los libros colocándolos por tamaños y colores. Se sentía muy satisfecha del resultado, por fin había convertido ese cuchitril en un espacio donde todo era armonía de colores y no sobresalía un tomo más que otro. Ella no salía de su asombro por mi estupor. Decepcionada se dio media vuelta y mientras se marchaba iba diciendo que los libros del Darling los dejaba encima de una banqueta para que yo los tirara o hiciera con ellos lo que quisiera porque allí no pintaban nada.¡Los libros del Darling! ¿a qué se referiría? En el lugar indicado encontré la colección del Dalai Lama, al que por cierto, me encomendé para arreglar tamaño desastre.
Para mi padre yo era: «Esahijatuya». Rara vez se dirigía a mí directamente. ¿Viste las notas de Esahijatuya?, ¿viste su dormitorio?, ¿viste los amigos que tiene?… Cada queja acompañada de uno de sus mil tics.
Hoy, mi terapeuta (que juguetea con el pulsador de su boli) me dice que tengo que poner orden en mi vida. Clic-clic. Que esos ataques de pánico —clic-clic— indican que algo no marcha bien, que ahonde en cada pensamiento o sueño mío.
—Esta noche soñé que era hombre —le digo.
—¿Y? Clic-clic.
—Tenía ganas de mear y me pareció muy cómodo poder hacerlo de pie.
Tuerce el gesto. No le gusta mi contestación ni a mí sus «clic-clic».
De vuelta a casa te encuentro, como siempre, jugando a la play.
—¿Y qué? —me preguntas sin levantar la mirada de la pantalla.
—Que tengo que poner orden en mi vida.
Ahora sí dejas el mando y me miras como un niño despertando de una larga siesta. Necesitas unos segundos para aterrizar.
—¿Esahijaputa te dijo eso? —berreas abriendo otra lata de cerveza. Click dice la anilla. Y entre clicks, clics y tics sé lo que me queda por hacer.
—Me voy —te digo.
Es otra forma de ordenar la vida, una enciclopedia no es más que eso, y la mía es especial, dijo el vendedor. Tenía un rostro afable, de edad indefinida, y le gustaron la elegancia de su traje negro y sus modales exquisitos; además, tal era el tono persuasivo de su voz y su capacidad de seducción que casi no tuvo que enseñarle el fascículo de muestra. Allí, el hombre, al reconocer momentos de su infancia, le invadió esa sutil melancolía que se tiene cuando alguien evoca recuerdos olvidados y, fascinado, se suscribió a la colección.
Esa misma melancolía se hizo progresiva según iba recibiendo las entregas que rememoraban su adolescencia, sus estudios, su trabajo, las mujeres que había amado, su matrimonio, su jubilación, la muerte de su mujer, la soledad, el zumbido intermitente emitido desde una pantalla conectada a su corazón y el estridente pitido continuo que lo silenciaba.
Al médico de guardia le fue imposible apartar los más de ochenta volúmenes de la enciclopedia que constreñían y aplastaban al anciano en la cama de UCI para practicarle la RCP. Solo pudo certificar, en una nota a pie de página, al final del último tomo, que todo estaba en orden.
Entropía odia a sus padres. Y no solo porque eso es lo normal a los dieciséis, sino porque hoy el profesor de física ha hecho el enésimo chiste a costa de su nombre y de la segunda ley de la termodinámica. Por suerte, sus compañeros no se han reído, aunque ella sabe que ni siquiera han entendido la broma.
Por la tarde, mientras ordena su habitación y se dispone a hacer las tareas, Entropía oye a su madre tarareando en la cocina. La escucha batiendo huevos, oye ruido de cacharros y de algo que se rompe… Sabe que la cena será un absoluto desastre y que los platos sucios se amontonarán de nuevo en la pila hasta que ella decida poner el lavavajillas.
Cuando su padre regresa del trabajo, lanza los zapatos y la chaqueta al suelo y abraza a su madre entre risas. Están contentos. Ella suspira y recoge las cosas del suelo. Sus padres sonríen, la regañan diciéndole que la naturaleza tiende al desorden y que es inútil pasarse el día colocando las cosas en su sitio, que tiene que dar ejemplo para cuando nazca su hermanito. Por cierto, ya tienen un nombre para él: se llamará Caos.
Tuve una novia que quería ser escritora, era la persona más desordenada del universo y un día se marchó.
La perseguía por la casa recogiendo platos, libros, zapatos y ropa interior; ponía cada cosa en su sitio y terminaba la jornada agotado, a pesar de todo la amaba.
Lo que más me gustaba era, al final del día, rescatar de la papelera y del suelo los trocitos de papel que cada noche desechaba. En ellos anotaba ideas, hacía listas de personajes y esquemas con su lápiz de dos puntas de color rojo y azul.
La quería tanto que, cuando se fue, no supe qué hacer. Invitaba a mi hermana e insistía para que se trajera a los niños a poner algo de desorden en mi frustrado hogar, pero ella venía sola, porque creía que necesitaba tranquilidad.
Supe que lo había superado cuando comencé a odiar a mis sobrinos y cuando, una noche de San Juan, quemé en un ritual inventado por mí el montón de papeles que había reconstruido como un puzle.
Poco después la vi en televisión, un presentador bajito la entrevistaba porque había ganado el premio mejor dotado económicamente del país.
Vuelve a buscarla, como si insistir bastara para hacerla aparecer. Abre el cajón de Lugares, luego el de Objetos. Recorre con el dedo los separadores. No está. De su padre, que aparecía poco por casa, aprendió que el cariño podía caber en un bolsillo, doblado dentro de una cartera. Cuando nació su propia hija, una cartera no le bastó y cambió el bolsillo por archivadores.
Hace un rato lo llamó su hija. Antes de colgar, ella le recordó aquella frase que le decía cuando era niña: «Siempre hay que tener un ancla que nos sujete». Le sonó como si la hubiera dicho otro. Después se hizo un silencio largo.
No sabe dónde ubicar la ausencia del ancla sin que todo lo demás quede mal puesto. Deja el cajón a medio abrir, por si al cerrarlo se desordenara algo más. Se queda inmóvil, perdido, como quien despliega el mapa de una ciudad que no existe.
El bolsón se abría con cremallera. Tenía el vientre repleto, a punto de reventar. Recordamos a Nora con aquella bandolera. Nunca la dejaba colgada en la silla o espatarrada encima de la mesa como hacían las demás. A veces se entretenía con el contenido; nos dejaba entrever un universo de objetos dispares que no tenían razón de estar. Un flotador inflado, la plancha, cargada con agua destilada, una bomba de bicicleta, aunque ella viajaba en taxi, una caja llena de suspiros. Para hacernos reír, metía en él su mano de dedos regordetes, luego el brazo hasta el hombro y sacaba del fondo un conejo y su chistera. En un día baladí, una turba de acreedores despiadados la persiguió por la avenida. Ella corrió asustada, subida a un jadeo. Cuando sintió que se ahogaba, abrió la bolsa de par en par. Dejó los cachivaches del interior esparcidos por la acera y se metió en el morral a ritmo de contoneo. Cerró a cal y canto. Una voz gutural se despidió desde las entrañas de la bolsa y un eructo de saciedad selló el momento.
Cuando despertó, Ruben comprobó el desorden de la habitación y lo asimiló al de su vida. Olía a alcohol y marihuana. La maleta estaba abierta con la ropa por el suelo, el espejo torcido, la televisión encendida en un canal donde emitían imágenes de playas hermosas. Todo era confuso desde que ella lo dejó llevándose a su hijo; desde que lo despidieron del trabajo; desde que discutió con sus padres. Desde aquel día.
Intentó moverse, pero a cada tentativa sumaba un nuevo caos. Se asfixiaba. Su cabeza era un rompecabezas, y sus pensamientos mala sintaxis de recuerdos con faltas de hortografía incluso.
Aun así, atinó a recordar cuando, desatinado, acudió al trabajo pesando en mil cosas y olvidando al pequeño dormido en su sillita, en el asiento de atrás del coche. Tras unas horas, una compañera se lo advirtió a tiempo, pero su mundo colapsó.
Lo siguiente fue un melodrama de interminables capítulos que todavía dura.
Todo estaba sucio, el porro y el ron ya se habían consumido. A Rubén poco le faltaba.
Volvió a tumbarse para huir, y se sorprendió rezando por su redención.
Al tercer ruego se durmió.
Cuando despertó, el desorden todavía estaba allí.
Mierda.
La casa está llena de mierda.
El olor es nauseabundo, multitud de objetos, cogidos del basurero, se acumulan en el suelo del salón, y caminar sin golpearse se convierte en imposible.
Los surcos de sangre reseca que decoran las piernas de la anciana, dan fe de ello.
Pero en su mirada perdida habita una total indiferencia.
Y es que la enfermedad ha arrasado su mente y ahora nada recuerda.
Ni siquiera que años atrás fue famosa.
Ni que su nombre es Marie Kondo.
Hoy me he fijado en tus botas de trabajo, tiradas en mitad del recibidor, como si hiciera un segundo que te las hubieras quitado. He debido de estar pasando por encima de ellas todo este tiempo. Las he recogido y las he guardado en su sitio. También he caído en la cuenta de que sigo llevando el pelo desordenado, el camisón arrugado y que mis pies están descalzos. En la cocina están los platos sucios, pero no recuerdo si he comido. Ahora que lo pienso, no sé desde cuándo faltas ni si esta es mi casa. Me asusto y voy al baño a mirarme en el espejo. No sabría decir si la que me mira soy totalmente yo o si estoy diferente. Tengo dos ojos, una nariz, una boca, dos manos y un gran hematoma que me cubre media cara. No lo entiendo, no recuerdo nada. Voy a la habitación y hay un bulto en la cama, intento disimularlo, pero no puedo. Es imposible arreglar nada.
Abrí los ojos, todo era distinto, algo había sucedido mientras dormía, las cosas estaban “fuera de su sitio” o así lo pensé yo. Donde estaba el despertador yacía la cafetera, la ropa amontonada por las sillas y el espejo en la cocina.
Empecé a ordenar y entre la ropa descubrí una carta de hace años donde me ofrecían un trabajo. La releí, pensé sobre ello. Claramente me había equivocado en mi decisión. Intentaría rectificar. Agradecí la fuente de luz que es salir del orden inerte y empolvado que nos da seguridad y nos quita la vida.
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