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«Nadie como un hijo para contarle tus cosas», piensa Aniceto a diario mientras sube la cuesta del cementerio. Le gusta sentarse frente al nicho y mirar la foto en silencio, hasta que las palabras van saliendo solas. En dos años hay tiempo para hablar de mucho, y hasta para repetirse más de una vez, pero a su hijo eso no parece importarle. Lo escucha siempre, diríase que atento, con una expresión que lo mismo vale, según el caso, para asentir o poner en duda que para mostrar comprensión o discrepancia, con esos ojos suyos, nobles y hermosos, esos ojos que aún mantenía abiertos cuando fue hallado al pie del precipicio.
Pero este día es diferente. Aniceto llega agitado y con la mirada enrojecida. Tras pasear nervioso delante de la tumba, saca un papel del bolsillo y se lo muestra temblando. Le pide entre lágrimas una explicación, y luego, con gesto de rabia, lo hace añicos y se marcha mascullando un dolorido adiós. El viento juega con los papelitos durante toda la tarde por las calles del camposanto. En uno de ellos se puede apreciar su firma, y en otro, una fecha, la misma que hay esculpida en la piedra.
Lucia salió corriendo del hospital cuando supo que a su abuelo no le quedaba mucho tiempo. Entró en un estudio de tatuajes con un electrocardiograma del abuelo en la mano. Él era toda su familia y quería llevarlo en la piel, que su pulso viejo latiera bajo su dermis joven, como un hilo invisible entre el adiós y la memoria.
Volvió justo a tiempo. El abuelo le pidió la mano. Al ver el tatuaje acarició su brazo con dedos temblorosos y sonrió.
—Gracias… pero hay algo —susurró— que tengo que decirte y que nadie sabe.
Lucía se acercó.
—Durante la guerra… yo fui el brazo, el que ejecutaba las órdenes. Los nombres escritos con lápiz en el cuaderno del alcalde. —Tragó saliva—. Vecinos, familiares, amigos… Yo no juzgaba, solo apretaba el gatillo.
Lucía sintió que el tatuaje le ardía.
—Pide perdón por mí —suplicó el abuelo—. A los hijos de los que no volvieron. A los nietos que no saben por qué sus casas se quedaron en silencio.
Después cerró los ojos.
Lucía miró la línea negra sobre su piel. No era un latido. Era una trinchera que debía cruzar para cerrar las heridas abiertas.
Con la primera tentativa, la asertividad, se atrevió a pedirle a su marido que fueran a cenar a un restaurante los dos solos algún sábado y a empujarle suavemente para que se girara en la cama cuando roncaba y no le dejaba dormir. El balance fue un labio partido y tres semanas oculta tras unas gafas de sol. Volvió a intentarlo, confiada, con la valentía, consejo que siempre mencionaban su hermano y su mejor amiga, Aura. Ensayó una mirada franca, se secó las manos sudorosas en el delantal y le planteó a Tomás la posibilidad de buscar un trabajo fuera de casa. Acabó en un rincón con la carne y el alma magulladas, pues él ni siquiera necesitaba de la fuerza bruta para derribarla.
Según le advirtió el genio de la lámpara, ya solo le quedaba un deseo y debía elegir bien. No dudó cuando volvió a frotar aquel artefacto de metal con brillo tenue y vibrante. Pidió que le concediera coraje. Nada más pronunciar la palabra ―correcta, definitiva― notó cómo se le afilaba la mirada, se le encallecían los nudillos y, encaramando a sus hijos sobre sus formidables espaldas, cruzó el umbral sin preocuparse de dejar preparada la cena.
Aferrado a las barandillas levanta el pie derecho. Lo arrastra con dificultad. Carga el paso sobre él, adelanta las manos y recomienza, ahora con el izquierdo, como si atravesara un puente colgante sobre un río, aunque la caída será inevitable. Tan distintos estos pasos a aquellos primeros que dio de la mano de su madre y que ella celebraría orgullosa, pese a su torpeza. En su lugar, al final del recorrido, lo espera una joven de bata blanca con un aro plateado en la nariz.
—Un poquito más. Ya casi estás, cariño.
¡Cariño!
A él, que para su mujer siempre fue Federico, a quien sus alumnos de la facultad nunca retiraron el don.
Por un instante se yergue, respira hondo y da tres nuevos pasos antes de vencerse tembloroso sobre el pasamanos.
Le arruinaron la infancia, y por ende la vida, cuando aquel pediatra anunció su mal. Que no corra, que no se fatigue, que no coja frío, señora. Así lo sentenció el galeno, fonendo al viento y gafas en la punta de la napia, con el orgullo de quien hace un descubrimiento capital. Y la madre, ay dios mío, menos mal que este sabio me ha salvado al hijo. Así estuvo un tiempo, llevando vida de planta de interior.
Pero el niño era obstinado. Parado yo… Cómo no vestir, como todos, el chándal del colegio. Cómo renunciar a ser parte del equipo. Y, erre que erre, se empeñó en desafiar mandatos y presiones. Primero fueron juegos en la calle, y luego consiguió ir a clase de gimnasia, prometiendo, eso sí, no forzarse mucho. Acabó destacando en el deporte. Hoy, mira la vitrina donde atesora los trofeos y piensa en esa vida que no fue. Una vida quizás de literato, de esos que escriben vidas de gente hiperactiva.
La pareja de mercenarios navega a bordo de una lancha. Desembarcan en la orilla. Esquivan las balas que disparan sus enemigos ocultos en la selva. Abaten a todos. Corren hasta la hacienda. Saltan la muralla, acaban con los demás guardias, también con el cacique y rescatan a los rehenes.
Ya liberados, regresan a la ciudad y reciben su recompensa. Los héroes de alquiler se retiran a dormir la siesta. De pronto suena el teléfono. Los dos, temerosos, miran el número desconocido que aparece en la pantalla.
No se atreven a reponder la llamada repentina del posible spam.
Lola lucía un moño apretado donde llevaba bien sujetas con horquillas todas las penurias que había ido sorteando en su vida. Cada cana que le salía correspondía a una nueva desgracia que ocultaba con destreza entre su pelo negro. Así ocultó que Anselmo le engañaba y cuando le decía que iba a trabajar al campo, en realidad iba a calentarle la cama a la vecina. Un puñado de canas por cada hijo que tuvo que criar sola, y fueron nada menos que siete. Sacar adelante a la familia y a la granja en solitario le añadió otras pocas más. Así fue como su pelo negro ya no pudo ocultar tanta cana y se convirtió en gris. Dicen que el invierno en que cayó el alud de nieve que sepultó la vida de nueve vecinos, entre ellos su Anselmo, fue cuando el moño de Lola se volvió blanco, pero en esta ocasión no fue por pena, fue por gratitud a la nieve que la liberó de una boca más que alimentar y un problema menos de qué ocuparse.
Cuando consigue sentarse, con el esfuerzo que le exige la edad, esboza una leve sonrisa al ver a todos junto a la mesa.
Dos hijas que han sabido labrarse un porvenir junto a sus parejas, y tres nietos tan inquietos como cariñosos son, a su edad, un legado más que generoso.
Durante la cena saborea con agrado el guiso de maafe que ha preparado su hija pequeña. El sabor le transporta a su niñez, al calor de su hogar, y le reconforta saber que su receta perdurará al menos una generación más.
A su lado se sienta, como siempre, su hija mayor. El resto de la familia conoce y respeta ese vínculo que las une, y que se forjó hace años, durante su viaje a España.
Y aunque la calma reina en su ánimo en el ocaso de su vida, a veces revive esa noche, con una hija en brazos, y la otra en ciernes, en una embarcación que hacía aguas. Entonces vuelve a estremecerse ante el abrazo gélido del agua, con el empuje de las olas, y sus ojos se inundan de lágrimas al verlo morir en la orilla, ante un país que no lo pondría fácil.
Luna de sangre.
Noche de bestias.
Le ofrezco un cigarro.
Hablamos.
He leído sus libros.
Son un bálsamo en estos tiempos convulsos.
Me da las gracias.
Aún todo puede acabar bien.
Sólo tiene que renegar de su ideología.
Me mira a los ojos.
Con coraje.
Con rabia.
«Jamás», es su respuesta.
Me despido de él.
Me acerco a mis soldados.
Les transmito una orden.
«A este pájaro dadle triple ración de alpiste.
Por poeta, rojo y maricón».
Ni en su pueblo ni en su país del sur del mundo había oportunidades para él. Como muchos otros jóvenes, se sentía expulsado. Recién cuando tuvo dinero suficiente para comprar el pasaje, les contó a los padres su decisión: quería desandar el camino de sus abuelos, volver a los orígenes.
En el aeropuerto apeló a su fortaleza para que no lo conmovieran las lágrimas de su madre. Ella lo llenó de medallitas de la Virgen y de preguntas: «¿Dónde vas a parar? ¿De qué vas a vivir? ¿Cuándo te volveremos a ver?» Se despidió con un: «No se preocupen por mí, todo va a andar bien, me voy a arreglar. Apenas pueda, vengo a verlos.»
Caminó por la manga sintiéndose dueño del mundo. La novedad de su primer vuelo hizo que las doce horas de viaje pasaran rápido. A medida que avanzaba por Barajas, lamentó no tener un teléfono o una dirección adonde ir. En la cabeza resonaban las dudas de su madre. La incertidumbre y el miedo le aflojaron las piernas. Instintivamente buscó en el bolsillo las medallas, las apretó bien fuerte y apuró el paso como si alguien estuviera esperándolo con los brazos abiertos.
«De toda la vida se ha hecho así», dice mi padre. «Nosotros, a lo nuestro». Mientras hunde la cuchara, le suelta a mi madre que nunca le salen las lentejas como las del bar. Ella aprieta el borde del mantel entre los dedos y traga saliva, pero reúne el coraje para volver a mirar afuera. Mi padre no levanta la cabeza del plato. Yo finjo comer, aunque no puedo apartar la vista de esa mano al otro lado del cristal, convulsa, desatada. Mi madre corre el visillo antes de que el grito se cuele por la ventana.
Aunque ya soy mayor, sigo sin soportar esos chillidos al clavarles el cuchillo en el gaznate. Y eso que la tía Julia es de las mejores matanceras: rápida y limpia. Después siempre llega la fiesta. Hoy, además, me dejarán participar en el atado.
Lo nuestro es un negocio familiar. Un matriarcado. Mamá se encarga del adobo. Yo la observo porque continuaré con el oficio. A la carne picada le ha añadido pimentón, sal, ajo, pimienta y vino blanco. La veo amasar con sus manos y espero ansiosa el momento de la embutidora.
De pronto, un timbrazo inesperado nos paraliza. Cualquier descuido podría delatarnos. Siento escalofríos y dudo de mi valentía. La abuela, cauta, va hacia la puerta y regresa con una desconocida. La mujer trae un brazo en cabestrillo, negrales verdosos en la cara —reveladores de su historial—y un terror inabarcable en las pupilas.
Mamá, sin preguntar quién la ha enviado, acepta el encargo. Pero yo desconfío. “Ella nos necesita” —dice la abuela— y me convence con su voz protectora. La tía Julia afila ya la hoja. No tardará en aparecer el cerdo buscando a quien cree de su propiedad.
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