74. Despedidas
«Nadie como un hijo para contarle tus cosas», se dice Aniceto mientras sube la cuesta del cementerio. Le gusta sentarse frente al nicho y mirar la foto en silencio, hasta que las palabras van saliendo solas. En dos años hay tiempo para hablar de mucho, y hasta para repetirse más de una vez, pero a su hijo eso parece no importarle. Lo escucha siempre, diríase que atento, con una expresión que lo mismo vale para asentir o poner en duda que para mostrar comprensión o discrepancia —según corresponda en cada caso—, con esos ojos suyos, nobles y hermosos, esos ojos que aún mantenía abiertos cuando fue hallado al pie del precipicio.
Pero este día es diferente. Aniceto llega jadeante y con la mirada enrojecida. Tras pasear nervioso delante de la tumba, saca un papel del bolsillo y se lo muestra temblando. Le exige entre lágrimas una explicación, y luego, con gesto de rabia, lo hace añicos y se marcha mascullando un dolorido adiós. El viento juega con los papelitos durante toda la tarde por las calles del camposanto. En uno de ellos se puede apreciar su firma, y en otro, una fecha, la misma que hay esculpida en la piedra.

