En la orilla. (Alfonso Carabias)
Cuando consigue sentarse, con el esfuerzo que le exige la edad, esboza una leve sonrisa al ver a todos junto a la mesa.
Dos hijas que han sabido labrarse un porvenir junto a sus parejas, y tres nietos tan inquietos como cariñosos son, a su edad, un legado más que generoso.
Durante la cena saborea con agrado el guiso de maafe que ha preparado su hija pequeña. El sabor le transporta a su niñez, al calor de su hogar, y le reconforta saber que su receta perdurará al menos una generación más.
A su lado se sienta, como siempre, su hija mayor. El resto de la familia conoce y respeta ese vínculo que las une, y que se forjó hace años, durante su viaje a España.
Y aunque la calma reina en su ánimo en el ocaso de su vida, a veces revive esa noche, con una hija en brazos, y la otra en ciernes, en una embarcación que hacía aguas. Entonces vuelve a estremecerse ante el abrazo gélido del agua, con el empuje de las olas, y sus ojos se inundan de lágrimas al verlo morir en la orilla, ante un país que no lo pondría fácil.


Tierno y, a la vez, muy duro tu micro, Alfonso. Acoger a quien necesita nuestra ayuda porque llega a nuestro país sin nada, salvo el miedo a ser rechazado, es un acto de pura humanidad por el que millones de españoles también pasaron tras una guerra civil provocada por los mismos ideólogos cuyos herederos, hoy, deciden que no hay que acoger a nadie sino echar, incluso, a los que consiguieron entrar y aún trabajan sin papeles ni derechos, tal como le interesa siempre a la ultraderecha, claro. Enhorabuena y suerte.