72 EL TERCER DESEO (Belén Sáenz)
Con la primera tentativa, la asertividad, se atrevió a pedirle a su marido que fueran a cenar a un restaurante los dos solos algún sábado y a empujarle suavemente para que se girara en la cama cuando roncaba y no le dejaba dormir. El balance fue un labio partido y tres semanas oculta tras unas gafas de sol. Volvió a intentarlo, confiada, con la valentía, consejo que siempre mencionaban su hermano y su mejor amiga, Aura. Ensayó una mirada franca, se secó las manos sudorosas en el delantal y le planteó a Tomás la posibilidad de buscar un trabajo fuera de casa. Acabó en un rincón con la carne y el alma magulladas, pues él ni siquiera necesitaba de la fuerza bruta para derribarla.
Según le advirtió el genio de la lámpara, ya solo le quedaba un deseo y debía elegir bien. No dudó cuando volvió a frotar aquel artefacto de metal con brillo tenue y vibrante. Pidió que le concediera coraje. Nada más pronunciar la palabra ―correcta, definitiva― notó cómo se le afilaba la mirada, se le encallecían los nudillos y, encaramando a sus hijos sobre sus formidables espaldas, cruzó el umbral sin preocuparse de dejar preparada la cena.

