71. Coraje
Aferrado a las barandillas levanta el pie derecho. Lo arrastra con dificultad. Carga el paso sobre él, adelanta las manos y recomienza, ahora con el izquierdo, como si atravesara un puente colgante sobre un río, aunque la caída será inevitable. Tan distintos estos pasos a aquellos primeros que dio de la mano de su madre y que ella celebraría orgullosa, pese a su torpeza. En su lugar, al final del recorrido, lo espera una joven de bata blanca con un aro plateado en la nariz.
—Un poquito más. Ya casi estás, cariño.
¡Cariño!
A él, que para su mujer siempre fue Federico, a quien sus alumnos de la facultad nunca retiraron el don.
Por un instante se yergue, respira hondo y da tres nuevos pasos antes de vencerse tembloroso sobre el pasamanos.

