Esta Noche Te Cuento. Concurso de relatos cortos

LA BELLEZA

Un relato con menos de 200 palabras inspirado en el tema que te proponemos

ENoTiCias

Bienvenid@s a ENTC 2020 En este momento podemos ofrecerte la posibilidad de participar con un relato que esté inspirado en el concepto de la belleza Bienvenid@
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Esta convocatoria finalizará el próximo
20 de febrero

Relatos

12. Descifrando el código de belleza de unos rótulos (Milagros Sánchez)

En el museo del Prado dicen que se encuentran auténticas celebridades, que han sabido plasmar con sus pinceles, la belleza que esconden las obras de arte.
Me pregunto si siguiendo la pista de unos significativos rótulos entercianos podré descifrar semejante enigma…
El sueño se hizo recurrente, veía a unos Chicos leyendo La postal verde, que La pobre de los sábados les había enviado a esos Dos muchachos: Eolo y Narciso, quienes se dedicaban a perseguir a un tal hidalgo Don Quijote, que dispuesto a liberar a Una esclava en venta, a la que se disputaban Dos luchadores con Sed de venganza, siendo ella La ofendida, pidió clemencia a una Anciana sentada escuchando Confidencias bajo el paraguas, que hacían las delicias de la Inocencia de Magdalena penitente, a quien nunca se la pudo relacionar con La familia de Caín, ni con los Náufragos de Alta mar, que partieron temprano del Muelle de Boulogne Sur Mer y A pesar de ello, todavía La caridad romana promulga la Siesta.

11. La mesa (Susana Revuelta)

La vieron de casualidad cuando salían del vertedero, detrás de un colchón lleno de cercos amarillos. Una mesa maciza, casi nueva, sin apolillar. Con detalles y figuritas tallados a lo largo de todo el borde. Estaba coja de una pata, pero eso daba igual: con lo que pesaba, seguro que sería de roble o de nogal, de una madera cara. Ya buscarían un taco o algo para calzarla.

―Verás cómo se pone de alegre la mama ―dijo el hombre al mocoso que le acompañaba mientras la subían al remolque con mucho cuidado.

De camino al chamizo iban muy animados, sin creerse  la suerte que habían tenido al encontrar un mueble tan bonito, imaginando lo bien que quedaría en la cocina, en lugar de la mesa de camping plegable. Lo que no tenían claro aún era qué hacer con el viejito en pijama que se aferraba a ella como una lapa y que no paraba de toser.

 

 

10. MOTIVACIÓN (Ángel Saiz Mora EdH 2020)

Intento sobrevivir en el infierno. Los amaneceres son a la vez regalo y nuevo desafío. Mis compañeros escriben cartas a sus novias, un consuelo al que no puedo acogerme. Es insufrible tener cerca el aliento de la muerte, pero no menos que acallar lo que quisiera decir a los cuatro vientos. Aún no es tiempo de sinceridades. Mantenerse vivo es la prioridad.
El silbido de un obús presagia desolación. Tras el ruido sordo, con la boca oscurecida de trazas de tierra, llega el cálculo de bajas. Al constatar que el azar ha hecho otras elecciones respiro aliviado, consciente de que cada momento puede ser el último.
La belleza es la única verdad dentro de estas trincheras, resplandece para quienes sabemos leer entre tanta miseria, bajo un mismo código de miradas y gestos secretos.
Alaban mi valor en el combate, dicen que soy un ejemplo. Solo ansío que esta carnicería termine pronto. Lucho por contribuir a la victoria de nuestra nación, necesito creer que algún día tomará forma esa sociedad perfecta que nuestros líderes nos han prometido. Todo va a tener sentido cuando en ella, como héroe de guerra, se respeten los sentimientos que comparto con mi teniente.

9. REFLEXIONES DE UN PULPO

Sí, ya lo sé, pero no me lo repitáis más. Soy un feo y viscoso pulpo, desgarbado, tímido y, para vosotros, con una sola cualidad: La de convertirme en un rico manjar después de zurrarme, cocerme en agua hirviendo, cortarme en trocitos y plantarme en vuestro plato. Un final de carrera que no consuela en absoluto.

La belleza es esquiva, pero también huidiza, como yo. Luce con frecuencia lejos de los estridentes focos, en la penumbra, como el oro de Oriente, y quizá algo de esa cualidad escondida exista también en este bicho de desagradable estampa.

Porque debéis saber que soy muy inteligente, tengo una magnífica memoria y aprendo fácilmente habilidades que vosotros no creeríais ¡Hasta puedo abrir vuestros frascos y meterme dentro después! Porque no tengo esqueleto.

Cambio mi color a voluntad, como el camaleón ese, que os cae tan simpático y es más feo que yo.
Y el no va más: ¡Tengo tres corazones y nueve cerebros! ¿Puede alguien superar eso?

Así que, mirad más allá de vuestro plato y tenedme un poquito de consideración, por favor. La belleza no sólo está en una fachada amable. También reside en la perfección de la excelencia.

8. Hambre

Al escuchar su nombre, avanzó unos pasos con elegancia hacia el micrófono.

Mi deseo es que se acabe el hambre en el mundo – contestó sin perder su amplia sonrisa con la mirada fija en la cámara.

Los sonoros aplausos del público asistente al certamen de belleza disimularon el incómodo rugir de su estómago en ayunas.

7. Entre lo horrible y lo sublime (Javier Igarreta)

Nunca se sintió especialmente atraído por la pujanza de los verdes primaverales, ni tampoco por la blanca y estática placidez invernal. Lo suyo, lo que de veras le ponía al borde de la experiencia mística, eran atardeceres como el de aquel día, uno de los últimos del tórrido verano, con el sol lamiendo con su lengua ígnea el alma decadente de la floresta, en un climax visual de rojos, amarillos y ocres. Absorto como estaba en aquel trance, no se dio cuenta del pequeño fuego que iba tomando cuerpo cerca de allí.

Pese a que el incendio fue adquiriendo virulencia y abarcando más y más espacio, una irresistible atracción le dejó paralizado y con la mirada clavada en el baile de lenguas de fuego que se extendía ante sus ojos. Ni el cercano crepitar de las llamas, ni el calor sofocante lograron sacarlo de su fatal marasmo.

Cuando por fin fue rescatado, medio quemado y sin vida, aún se pudo ver grabado a fuego su último gesto, a medio camino entre el asombro y el horror, como una patética máscara escapada del infierno de Dante.

6. El lenguaje de las flores

«It is not, of course, the desire to be beautiful that is wrong but the obligation to be—or to
try.» Susan Sontag en A Woman’s Beauty (1975)

 

Rosalía no era una rosa cualquiera. El distinguido porte de sus coloridos pétalos y su tallo largo, recto y con elegantes y afiladas espinas la hacían destacar entre sus hermanas. Si dijésemos que se sabía hermosa estaríamos atribuyéndole una humildad de la que, ocupada como estaba por otras virtudes, carecía. Se sabía la más hermosa y quería que las demás también lo supieran y la imitaran, pues adoraba ser el centro de todas las miradas. Tan preciada de sí misma estaba que incluso reñía a las más jóvenes por crecer desgarbadas y abrir sus flores con osadía o beatería según las ocasiones.

Un día de primavera, cerca de Rosalía, nació Rosaura. Eran como el día y la noche, como la luna y el sol. Rosaura, pequeña, sencilla, humilde y discreta, era débil ante la poderosa influencia de su compañera, que la convenció para que, en un terrible esfuerzo, intentase revestir su belleza.

Poco después, el jardinero podó una rosa joven pero consumida y, antes de irse, contento por su trabajo, sonrió ante el rocío que cubría a Rosalía, que lloraba desconsolada pensando que quizás estuviese mal ser o querer ser bella… De nuevo, como tantas veces antes, Rosalía se equivocaba.

5. BELLEZA ROJA – Rafa Olivares

La trama tiene su origen en la muerte de una joven, en circunstancias extrañas, en un chalet a las afueras de Santiago. En el momento del suceso, seis personas se encuentran en la vivienda y cualquiera de ellas puede tener motivos más o menos recónditos para haber perpetrado el crimen. Sin embargo, el comisario Santi Abad no se deja llevar por las apariencias. Ni tan siquiera al informe del forense Salvador Terceño le presta algo más de unos segundos de atención. No obstante, se mantiene alerta ante el error que habitualmente suelen cometer los criminales. Y este llega: la autora se ha teñido el pelo de pelirrojo. La pista principal estaba a la vista desde el primer momento, en el título. La Portabales es detenida en su despacho de la Xunta, después de haber presentado los presupuestos anuales y cuando se disponía a firmar la solicitud de excedencia por dos años y un día para dedicarse a escribir su próxima novela.

4. El socorrista

Apostaría cualquier cosa a que odiaba bajar a la playa. Juraría que deseaba introducirse en una caracola de esas que le gustaba recoger en la orilla, como un cangrejo ermitaño, para, cobijada en el caparazón laberíntico, desatar a solas su verdadero verano.

La observaba cada día esconderse bajo pareos y toallas, envidiando las piernas largas y morenas de sus amigas, sus vientres planos, el desparpajo alegre  de sus cuerpos sin complejos.  Casi podía escuchar su lucha interna, amarga, salada, entre lo superficial y lo profundo, entre razón y corazón, entre deseo y realidad. Palpaba su rabia, su vergüenza y su tristeza. Su fragilidad.

Presentía su necesidad de ser rescatada de la crueldad del mundo. Y de sí misma.

Pero, sobre todo, era incapaz de no admirar el halo luminoso que lucía tras  la caricia de las olas, su voz clara, la serenidad de su mirada al impregnarse de mar, la delicadeza de sus dedos dibujando en la arena, el reflejo del sol en su pelo y aquel excitante aroma a isla salvaje e inexplorada.

Y, desde mi puesto privilegiado, me preguntaba por qué aquellos ojos tan bellos no eran capaces de encontrar en el espejo la hermosura que yo saboreaba.

3. EL OMBLIGO MÁS BELLO (Jesús Alfonso Redondo Lavín)

─Amalio, corre en la bicicleta a casa de Don Ramón, que la criatura viene de nalgas, gritaba Elvira la partera desde el dormitorio alto convertido en sala de parto.

Para cuando Don Ramón aparcó su vespa 125 ya se oía el llanto del bebé. La habilidad de Elvira para atender partos era bien conocida en Cudeyo. Sus manos colocaban a la criatura de forma que encarase el canal de la vida de la forma más adecuada para el bien de criatura y de madre.  Dos generaciones de trasmeranos habían nacido en sus manos y ya comenzaba a dar luz a la tercera.

Tenía ojo certero para calcular el momento del parto. No faltó nunca a la llamada de sus vecinos y siempre contó con la admiración de Don Ramón y de todos los anteriores médicos asignados a la comarca.

Pero lo que perduraba en el recuerdo de todos sus nacidos era la peculiar forma que daba, como una firma de autor, a los ombligos mediante un nudo especial.

Mi prima Carmina, con el regocijo de los oyentes, siempre repite que su ombligo, al igual que todos los de los alumbrados por Elvira la partera, es el más bello de Cantabria.

2. LABIOPLASTIA – EPI

Un cartel en mi sala de espera pone que todas las vulvas son bellas.
Pero es cierto, que por los años o por los partos, la firmeza decae.
Una paciente me contó, que la estaban a punto de echar del trabajo.
En un club, terminaba su actuación con la introducción en su vagina de varias pelotas de ping pong que luego expulsaba con maestría.
Últimamente notaba falta de fuerza y parecía más una gallina poniendo un huevo.
La coloqué en posición ginecológica y me di de bruces con los belfos del camello de Melchor.
Me puse el guante de látex e introduje dos dedos preguntándole si le hacía daño, me sonrió y me dijo que hasta hacía poco, era capaz de quitarme el guante con su musculatura vaginal.
Hubo que operar. Reforcé las paredes y recorté con bisturí eléctrico las excrecencias de los labios.
Meses después, acudí una noche al club donde actuaba y me situé en la última fila, amparado en la oscuridad.
Estuvo gloria bendita y al final se quitó la braguita de lentejuelas, se introdujo las pelotas y disparó.
La que cogí al vuelo, la observé a la luz de la vela, ponía “I LOVE, DOC “

1. El ave del paraíso (Jesús Garabato)

Después de  comprobar la temperatura prevista para la jornada, pilló una cazadora ligera y salió hacia la oficina. Al ir con tiempo, decidió hacerlo por el parque para poder gozar, demorándose, de la incipiente primavera. El aroma de las flores lo puso de buen humor. La irrupción inesperada del apacible canto de un ave de vivos e hipnóticos colores hizo que se detuviera a disfrutar de semejante maravilla. Era tal su abstracción que no sentía ni el ruido alejado del tráfico, ni el bullicio de la gente, ni los correteos inquietos de los perros a su lado. Y el ave siguió  cantando.

Cuando, tras desvanecerse el sortilegio de aquel sonido,  se dio cuenta de lo tarde que era, aún tuvo tiempo de escuchar, antes de morir, como un chaval  se burlaba diciéndole a sus compañeros: «¡mirad a ese viejo medio alelado, debe hacer trescientos años que no se lava ni se cambia la ropa!»