Esta Noche Te Cuento. Concurso de relatos cortos

EL FRÍO o LOS COMIENZOS

Un relato con menos de 200 palabras inspirado en cualquiera de los dos temas que te proponemos

ENoTiCias

Bienvenid@s a ENTC 2022 Puedes participar con un relato en cuya historia se muestren LOS COMIENZOS o EL FRÍO. Y recuerda que el criterio no debe ser poner menos palabras sino no poner palabras de más. Bienvenid@
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Esta convocatoria finalizará el próximo
14 de Febrero

Relatos

78. El viajante (Marian Ramos)

El año pasado la feria llegó con un viajante nuevo. Apiñados frente a su puesto, observábamos con ojos ávidos las pequeñas esferas brillantes y pulcramente ordenadas. Cada una contenía un recuerdo feliz. Había para todas las edades y gustos: primeros besos en el patio del colegio; el olor a sábanas limpias; una bicicleta roja con timbre bajo el árbol de Navidad; saltar en los charcos después de una tormenta de verano; el sol poniéndose tras el Coliseo; las aguas del Egeo acariciándote la piel… A cambio de la voluntad y un recuerdo propio podías tener lo que siempre hubieses deseado.
Estoy ansioso pensando si volverá este año. Espero que nadie se haya antojado del recuerdo que le entregué y que se lleve, por favor, estos paseos por la nieve que parecían tan bonitos, pero que me dejan los pies helados.

77. Frágil, no apilar

Cuando el cabo de comunicaciones le pasa el teléfono de la radio al sargento Kelly y éste   se pone a gritar como un loco, todos comprenden que  ha terminado la guerra. El sargento coge  su sombrero de cowboy y al ritmo de la armónica del soldado Dion Brown bailan como unos locos los bailes de su Texas natal. A miles de kilómetros Moley escuchando su viejo transistor  baila pensando en el regreso de Dion y en la boda. Y como la alegría de la paz recorre hasta el rincón más pequeño de Europa, también llega a unos pocos kilómetros de allí,  a la  casa en ruinas de los Müller que pese a la derrota suspiran aliviados porque confían en volver a ver al pequeño Klaus que no fue reclutado hasta hace pocos meses. Y esa alegría, que es ligera como un copo de nieve, se posa en ese momento  en Klaus que hace días permanece oculto en el décimo piso de un edificio medio derruido. Por fin ese niño soldado se siente útil. Le enseñaron ser despiadado pero  sigue observando hipnotizado y dubitativo, a través de su mira telescópica, a  dos soldados chiflados que bailan en medio de la calle.

76. FADE TO WHITE (IsidrøMorenø)

El cielo estrellado es tu única visión. Tumbado sobre hierba seca, cardos y piedras, intentas averiguar cómo has acabado así. Tu cuerpo no te responde; solo tus ojos parecen obedecer aunque lo único que pueden ofrecerte es el manto celeste que centellea en estas noches de verano. Una ráfaga de olor a gasolina y el silencio te ponen en alerta. Mientras tu mirada se arrasa en lágrimas, tus recuerdos en celuloide se interponen entre tu malogrado cuerpo y el infinito bosque de estrellas. Es agosto, pero sientes frío. Ahora tus recuerdos se diluyen en un fundido a blanco mientras te internas en un luminoso túnel; en el mismo que estoy yo, observando desde el final de ese túnel a mi yo inerte y desamparado junto a un arcén. Mientras me contemplo empiezo a comprender y a desvanecer: el coche, el sueño, la nada, mi vida en fotogramas, la nada, el túnel, mi alma, la nada y mi cuerpo zarandeado por alguien, luces intermitentes, voces, sonidos de sirenas… No quieren que me duerma. No quiero dormir. Quiero vivir. Qué alegría es volver a la vida y cuánto gozo hay en mi película por poder retrasar el «The End».

75. Duelo final (La Marca Amarilla)

Matilde recordaba en silencio cómo se enamoró de Pascual, y lloraba. Le parecía increíble haber estado con él media vida y ser ahora viuda y madre de tres huérfanos. Pero la vida pone y quita, tiene entresijos ocultos, misterios inexplicables y secretos que acompañarán al amortajado. Matilde veía a sus hijos llorar y no sabía qué pensar, casi todos maldecían a la enfermedad que se había llevado a Pascual. De tanto en tanto, entre ánimos y consuelo de amigos y familiares, Matilde se excusaba para ir al pequeño aseo que se encontraba junto a la sala, cerraba la puerta y mirándose al espejo, observando sus veladas cicatrices, sonreía y sentía, sonrojada, cómo le invadía una alegría que debía ser -por fin- felicidad.

74. Carpe diem

Ha sido un año difícil. Su corazón le jugó una mala pasada. Y casi no celebra sus ochenta primaveras. Tras el largo periplo hospitalario, hijas y nietos se han reunido y han pensado en cómo hacerle disfrutar cada día y compensar que siempre sea él quien se desvive por todos ellos. Una idea les ha deslumbrado. La afición que apareció tras jubilarse, con la que ha llenado cuadernos de cuentos y poemas. Hoy la han plasmado, al fin está editada. Al ver su obra encuadernada al octogenario se le han encharcado los ojos de gozo, orgulloso de los suyos. Tener un hijo y plantar un árbol ya los realizó décadas atrás. Está exultante con este regalo sorpresa. Le ha transportado a aquel niño que creía en los reyes magos y acercaba los camellos del belén cada día un centímetro hacia el portal, con el entusiasmo de los sueños inocentes.

73. CON BUEN TALANTE (Nani Canovaca)

─ ¿Sí, dígame?

─No señor, no están los señores. Soy la chica de la limpieza y se me quema el potaje.

─No señor, no sé cuándo volverán los señores, ni los señoritos, ni cuándo traerán la bombona de butano.

─Ya le digo que se me quema la comida, que el plumero se me escapa de las manos porque necesita quitar polvo y que… ¡qué me dicen que no están!

─ ¡Qué le repito como ayer,  que no quiero un seguro (mi sueldo no da, aunque lo quisiera), ni una aspiradora, ni un robot de cocina, aquí el puchero se hace al estilo de la abuela, con su tiempo y sus pompitas de “to la vida”!

─Si no entiende que soy la que hago todo; hasta de señora, chacha y jovencita de la casa, ¿Cómo me va a creer?

─Bueno estamos en igualdad de condiciones. Usted llama y yo le cuelgo.

─En fin señor, que tenga buena entrada de año. Qué me voy con viento fresco como acabo de escuchar por ahí, es lo mejor que nos puede pasar en 2022; tanto para despejar la mente como para el espíritu. ¡Habrase visto todos los días con la misma cantinela!

72. Microtratado sobre la felicidad en la literatura contemporánea o cómo escribir un microrrelato alegre y no morir en el intento

Me gustaría parafrasear a Neruda y poder escribir el microrrelato más feliz esta noche. Ser la antítesis de Tolstoi y escribir, por ejemplo, que todas las familias desdichadas se parecen unas a otras, mientras que las felices lo son cada una a su manera. Contradecir a Dylan y pensar, por un momento, que las buenas canciones de amor no salen de las rupturas, sino de los enamoramientos. Imitar a Hornby y preguntarme si nos sentimos bien porque contamos historias alegres o contamos historias alegres porque nos sentimos bien. Soñar que Un mundo feliz, de Huxley, no es una utopía. Despertarme un día y comprobar, con orgullo, que Paulo Coelho ha ganado el Nobel. Confiar en que siempre es posible un final alternativo, que en un universo paralelo Romeo y Julieta comieron perdices y sus familias brindaron jubilosas en la boda. Creer que yo también puedo escribir un microrrelato que rebose alegría, pero llevo toda la tarde intentándolo, cuando podría estar con mis hijos o tomando cañas, y solo he conseguido estas letras. Sin embargo, soy tan dichoso mientras escribo que todo lo demás –el divorcio, el trabajo, el desahucio, la pandemia– por un rato han dejado de importarme.

71. Pequeño amor (Mª Asunción Buendía)

Ella esperaba a que bajaran las cabras del monte, entonces cogía el cántaro y se lo ponía en la cadera al grito de ¡Madre voy por agua! Sabía que él siempre la veía pasar cuando iba a la fuente. Ese día fue distinto. No había nadie en el camino. Lo descubrió un poco más adelante  entre los chopos que rodeaban el caño grande, pero se había dejado la sonrisa y el anhelo. Ella empezó también a mudar el gesto. El cántaro lleno no le pesó tanto como las palabras que él dejó caer en un susurro demoledor. Dice mi madre que no podemos ser novios. Ella lo miró, la cara encendida, los ojos brillantes gritándole que ella jamás, jamás le había querido, de paso lo mandó a la mierda, a él,  a su madre y a toda su familia.

– Luego volví a casa llorando, no sé ni cómo sobrevivió el cántaro. Antes de llegar tu abuelo me lo cogió, me secó las lágrimas y me acompañó en silencio. Nunca más nos separamos. Fue uno de los días más felices de mi vida.

Marcelina sonrió 80 años después contando a su nieta el principio de su pequeño gran amor.

70. Encanto -Calamanda Nevado-

Venías a verme,  cada vez más entusiasmado, con  la bolsa de viaje en el hombro.   Tejían tus  manos calceta de caricias y tus labios preguntas; querías  saber hasta con qué mariposa había coincidido  en tu ausencia.  Las campanillas de ese interés  fueron mágicas,

 Me enamoré. Mis ojos cargados de sol  no dejaban ver mi personalidad derretida. Todo  parecía diez, quince, veinte, treinta cuarenta, cincuenta, cien veces mejor porque me querías. El color del crepúsculo,  delgados los gruesos cristales de mis gafas, brillante el eclipse,  ligero el luto por mi madre, fresca la sombra.  Anhelaba tu boca, tus botas para dejártelas brillando, planchar tu equipo de caza, su sombrero; propio de un disfraz o de guardarse en el armario. Me ofrecías alguna flor por el camino,  comíamos bellotas y castañas en otoño, y  resultabas interesante.

Poco a poco tus conversaciones  dejaron de serlo.  Obstinado, exigente, oscuro a pesar   de la luz del  porro iluminándote siempre  la boca, imponías  férreas normas que    cumplir de forma instantánea.

Un día, me sentí alegre y gigante. Busque trabajo y lo encontré. Le cogí gusto a ser dueña de mi vida y de la de mis hijos.  Nunca me dio tanto júbilo despegarme de  un imán.

69. El fin de la alegría

Abro la puerta de la casa de mi hermana mientras me tiembla la mano. Me encuentro a mis sobrinos en plena apoteosis del juego. “¡Te la ligas!”, le dice mi sobrina a su hermano, sin dejarme saludar. Él se ríe y sale corriendo, gritando que es un superhéroe y que va a echar a volar para atraparla, mientras salta sobre ella y la cose a cosquillas. Les observo en silencio, con envidia de esa felicidad absoluta que solo se tiene de niño. Respiro hondo. Intento llamarles, pero no me sale la voz. Se rebozan con las pelusas de la alfombra y las lágrimas que les hacen saltar las carcajadas. Al fin vienen, sonrientes y despeinados, preguntando por la merienda y por mamá a partes iguales. Saboreo esa última chispa de felicidad en sus ojos, respiro hondo y me atrevo a hablarles del accidente.

68. AQUELLOS DÍAS AZULES (Toribios)

Abrir los ojos y encontrar las robustas vigas en el techo hace al corazón henchirse con la blandura de la leche cuando hierve.

En la cocina ya se afana la abuela ante la lumbre. Todo tiene para el niño esa luz especial de las primeras veces: las baldosas de rombos, el escaño, la radio en su templete, el vasar, la ventana que promete intemperie, y el borboteo de la olla en la chapa.

Qué festejo seguir por el zaguán la falda negra, salir a la huerta y llegar al cubil. Qué oscuro, pobre gocho. Y el hocico que emerge con gruñidos de gozo. Gochín, gochín, sobre el lomo espeso.

Y fuera las gallinas, con su mirar de papiro egipcio y sus patas de bailarina cautelosa.

Sultán golpea al niño con su rabo inquieto, mientras la abuela se dirige al pozo. Cuidado, niño, no te arrimes. Profunda oscuridad, y el golpe del caldero contra el espejo imaginado. Luego, el chapoteo alegre al emerger.

Hay que desayunar para salir al prado mientras haya aún rocío sobre la hierba. Y luego un presente interminable de emociones, de tábanos, de espigas, de balidos, de sol.

67. HAY CLASES (Belén Sáenz)

Matilde es de talla menuda y se mueve con pasitos de ratón, pero cuando está ausente el termómetro se desploma bajo cero. Un halo de luz cálida la rodea sin tocarla, simplemente por el honor de acompañarla. Matilde limpia, ordena y canta copla con su punto de sal. Tiene un hijo en la droga, un pecho en lugar de dos y un marido que lo intenta, pero que nunca ha sabido amarla. Ella me cuenta y yo cuento un firmamento de estrellas en su mirada. «Bueno, es lo que toca a la gente de mi clase», y se vuelve a sacudir las alfombrillas o tender las sábanas. No sé descifrarla. Me gustaría encontrar palabras que le sirviesen de consuelo más allá de la retahíla de lugares comunes. Que el dinero no hace la felicidad, que cada ser humano recibe su ración de bueno y malo en la vida. Pero ella insiste: «Es lo que toca a la gente de mi clase» y yo me desespero: «Bueno, Matilde, ¿qué es eso de las clases? ¿De verdad piensa que somos diferentes?» Entonces, generosa, me saca de mi error: «¿Qué clase es la mía? La clase de los que elegimos ser felices».