Esta Noche Te Cuento. Concurso de relatos cortos

2019 ENTCOLORES

Un relato con menos de 200 palabras inspirado en el color ROJO.

ENoTiCias

Bienvenid@s a ENTC. Ya tenemos en marcha nuestra primera propuesta oficial de 2019 de color y nuestro primer ENTCerrado ... Pasa, estás en casa...
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Esta convocatoria finalizará el próximo
21 de Febrero

Relatos

8. La cosecha

Una de las leyendas más tenebrosas de la mitología nórdica es la del hombre transformado en un Grolek, o «Siervo del Diablo», por robar la daga que los demonios regalan a las brujas cuando fornican con ellas en los aquelarres.

Con su filo, forjado en el infierno, lograba extraer las almas condenadas de los ajusticiados en el patíbulo antes de que abandonasen sus cuerpos. Después las sumergía en agua bendita para conseguir una falsa apariencia de pureza que le permitiese intercambiarlas por otras de recién nacidos. Así el mal se perpetuaba en el mundo. Las de los inocentes que podía sustituir acababan arrojadas desde un acantilado al mar, que la tradición sitúa en un fiordo cercano a Soderling, al norte de Noruega. En aquel lugar de cielos grises y aguas cristalinas, donde una tristeza opresiva permanece suspendida como la niebla, puede escucharse por encima del lamento de las olas el llanto eterno de esas ánimas que nunca podrán unirse a Dios.

El grito repentino de un bebé al que han dejado solo en su cuna, una fiebre inexplicable que lo consume o el oscurecimiento de sus ojos infantiles serían evidencias de que la cosecha del Grolek aún no ha terminado.

 

7. No me mandes flores

No, ya no me hace falta. Me gustaban. Sí. Sobre todo los geranios reventones. Y aquellas enormes rosas rojas sin olor que conseguiste en tu invernadero, después de mil experimentos. Y las amapolas del campo, mecidas por la brisa y acariciadas por el sol cálido en primavera.

Y eso que yo era de las urbanitas que, si se manchaba con un poco de tierra, enseguida ponía cara de asco buscando un baño hiperesterilizado.

Tú y tus flores. Y tus obsesiones. Y yo y las mías. Que no llegaron a ser totalmente nuestras.

Cegada de roja ira, porque te vi un día de la mano de otra, quien de verdad entendía tus pasiones y tu fascinación por las flores.

Solo pensaba en rojo. En arder. En quemarlo todo. En que ardieras en el infierno. En que también ardiera ella.

Y al final fue el cruzar un semáforo en rojo lo que me llevó a mí allí.

Aquí… Allá…

No sé dónde estoy. Está todo rojo, pero no veo nada.

Tampoco hay flores.

6. VACÍOS (Modes)

Cuando la anciana se sienta en un banco del parque, una neurona ilumina el agujero negro que es hoy su cerebro.

Pero se apaga al instante.

Y ella, mirando los árboles, siente tristeza y nostalgia y no sabe por qué.

Y es que la enfermedad lo ha borrado todo y ya nada recuerda.

Ni siquiera que su nombre es Caperucita.

05. LA MUERTE (María José Viz)

A Loli le dolía la tripa. Tanto que se creía morir. Al tratar de incorporarse en la cama vio todo lleno de sangre. Gritó, alarmada. Un tono rojo oscuro y gelatinoso impregnaba su cuerpo. Solo tenía once años. Muy joven para morir. Para colmo, su madre estaba en la tienda situada en la planta baja, ajena a la tragedia. Loli se desangraba… ¡Y había quedado con Pili!

Al levantarse le iban cayendo gotas rojas gordas de entre las piernas. Decidió bajar, llorando, para que su mamá la salvase de la muerte inminente. Ella, que estaba hablando con doña Remedios, la miró y, cuando Loli dijo, con voz entrecortada, que estaba muy mal, que sangraba sin parar, la madre soltó una carcajada y, eufórica, vociferó: ¡MI NIÑA YA ES UNA MUJER! Todos los presentes la felicitaron por ello. Loli no daba crédito. Su madre se había vuelto loca, pensó, mientras su cara se le arrebolaba, por la vergüenza y la furia.

Tras ver el episodio de Verano azul en el que Bea también se hizo mujer, a Loli y a Pili les salió la risa floja con la escena, pero, sin transición, sus rostros se tornaron extrañamente serios y maduros.

4. FLORIOGRAFÍA (Mariángeles Abelli Bonardi)

¿Qué flor elegir para hablar de tu belleza delicada? Sin duda, el hibisco.
¿Para que sepas lo que suspira mi corazón? El coqueto clavel.
Ardo por ti, como el sol por la peonía; como el gladiolo se abre al colibrí, así me abro yo.
Curvilínea como un tulipán, eres pensamiento en mi cabeza, alhelí encarnado que me enciendes como el sol a la amapola.
Miro el ramillete recién armado: sentimientos que, de otro modo, mi corazón victoriano no podría expresar.
¿Qué flor dirá que te voy a amar, y para toda la vida? Inequívocamente, la rosa roja que aquí te ofrezco.

 

3. MI ABUELA LO MATÓ: EL BARÓN ROJO

Mi Abuelo escribía historias. Le ayudaba mi Abuela.
• “He imaginado un aviador alemán de la Gran Guerra. ¿Qué nombre se te ocurre?”.
• “Ponle Von y algo que tenga que ver con la panadería del barrio”.
La panadería se llamaba Rich.
• “Hecho. Von Richtoffen queda muy sonoro”.
Creó toda una lucha caballeresca de aviadores, miradas infinitas, disparos angustiosos, enfrentamientos que evocaban duelos medievales.
• “Di que era noble”.
Pasó a ser Barón Von Richtoffen, siempre respetuoso con sus contrincantes.
• “Su avión tiene que ser diferente”.
• “Que sea rojo. El Barón Rojo”.
Sus victorias y su humanidad se convirtieron en leyenda.
• “Tengo que darle un final”.
• “¿Fue bueno en su vida?”.
• “Sí”.
• “Pues un disparo aislado desde tierra le atravesó el corazón cayendo su avión a suelo enemigo. Los ingleses le dedicaron un funeral reverente y entregaron su cuerpo a los alemanes en ceremonia militar”.
Mi Abuelo, llorando, lo escribió con detalle.
Cuando lo leí, un día que fui a visitarles, me emocioné, pensando que hay historias que deberían ser ciertas. Al despedirme discutían sobre icebergs y un gran barco. Cerrando la puerta oí que mi Abuela lo llamaba Titanic.

2. AÑO NUEVO – EPI

Me deslizo suavemente entre las sábanas de raso buscándola, amanece fuera y una tonalidad rojiza inunda la habitación.
Del embozo de la sábana encimera emerge su cara, los labios pintados y poniéndose de pie en la cama se muestra desnuda, perfecta, con un tanga rojo como única ropa.
Repto a su alrededor y me froto en sus piernas, subo mi cabeza lamiendo su pierna, engancho la gomilla con mis dientes y se lo bajo despacio.
Me siento un poco embotado por el alcohol, pero la música lenta que he puesto y sus manos expertas consiguen que empiece el año como a mí me gusta. Se sube a mi cuerpo y galopa a toda velocidad, entro en vértigo y me dejo ir.
Bueno, quizás he durado muy poco y yo ya no estoy como para repetir, se restriega contra mí como una gatita, ronronea unos segundos, busca su tanga, lo encuentra, acerca su cara a la mía y me besa.
Se sienta en el borde y se gira, “Sus labios de rubí de rojo carmesí, parecen murmurar mil cosas sin hablar”, canta Sandro en ese momento y ella me tiende la bacaladera.
Cuando se va, queda menos para fin de año.

1. Rojo

Demasiado rojo.
Un último brochazo.
Demasiado rojo.
Una última pincelada de alquimia, y el pintor terminó de vestir aquel desnudo lienzo. De la aterradora blancura apenas restaban unos centímetros cuadrados.
Demasiado rojo.
El pincel conducido por su mano apasionada los asesinó. Sin piedad.
Demasiado rojo.
Retrocedió, satisfecho.
Su mejor obra. También la última.
Demasiado rojo.
Sin duda no había rojo más hermoso que el de la sangre.
Demasiado rojo.
Humana.

86. Tres cargas

Ha aparcado temprano, frente a la puerta principal del centro comercial. Una furgoneta rosa. Es la primera. Cerca del tiovivo llama mucho la atención. La encontró abierta, lo que le confirmó que el mundo de la cosmética está poblado de gente frívola y descuidada. 

La segunda es una moto de tres ruedas, de esas tan llamativas, anchas como un coche. Debajo del asiento tiene espacio para una maleta. Cupo una buena carga. Ha sido la mejor opción para el aparcamiento de motocicletas frente a la catedral. 

Y el deportivo es la tercera. Está contento de haber conseguido dejarlo frente al Costa Carlton. Y, aunque le pareció ridículo al principio, la llave gigante de la carroza de carnaval pegada en el capó atrae mucho a los niños. Parece un bólido que funcione a cuerda.

Este sitio, el hotel, es su preferido. Desde la ventana de la habitación lo verá todo y aquí habrá más gente que donde el triciclo o la furgoneta. Además, el coche será el último que vuele, tres minutos después que la moto y tres más tras la furgoneta. Falta poco ya: programó el reloj de la primera maleta a las tres y tres. 

85. Ojo por ojo

Fue un impulso irresistible y después me pudo la vergüenza. Nunca me atreví a confesar que fui yo quien hizo desaparecer el descapotable de juguete que le regalaron a Ernesto por la primera comunión. Por más que lloró y rebuscó no fue capaz de encontrarlo. Estuvo escondido en el fondo de un altillo −mamá no era mucho de ordenar− hasta que desmantelamos la casa y me lo traje a escondidas. Hoy, cuando me enteré de que lo de Ernesto no tiene cura, decidí llevárselo como una ofrenda de paz, un símbolo de todo lo que hemos compartido a lo largo del tiempo. Mi hermano lo recibió con una sonrisa sardónica. «Abre el cajón», me dijo. Allí, entre el revoltijo de gasas, jeringas y cajas de calmantes, yacía mi tesoro más preciado: una navajita suiza que no volví a ver desde que regresamos de aquel campamento en Covaleda, hace más de cincuenta años.

De lo de los cuernos que le puse con Marisol preferí no decirle nada. Ha pasado mucho tiempo, ellos forman un matrimonio feliz y yo quiero seguir pensando que mi Isabel es una santa.

84. EL CONSTRUCTOR (Vicente Fernández Almazán)

Encontré una ventana desvencijada en cuyo interior latía aun el eco de pueblos arcaicos. La curioseé entre mis manos. Como soy un nostálgico maestro de obras, levanté una pared a su alrededor para echar un vistazo; luego construí un puñado de carreteras sin rotonda; planté girasoles en el arcén, y también diseñé un coche igualito que el que mi padre me regaló con cinco años. Sin pensármelo mucho, me subí en él y viajé por todo el orbe hasta el borde final. Allí paré a repostar y, ya de paso, dispuse un muelle para clonar el mar donde aprendí a zambullirme siendo niño. Excavé la arena con una pala de plástico buscando diamantes y levanté un faro de mar con la arena que me quedó en los bolsillos; y entonces me casé. Pero no lograba dormir. Así que cerré muchos libros para entretener el tiempo y una mañana de Reyes Magos, harto de tanta corriente de aire, cerré la ventana con un golpe seco y me senté en el suelo, junto a mi hijo, a seguir montando piezas de Lego. —Que importa qué —le digo—; sigue construyendo, que, si las piezas deben encajar, ya distinguiremos cómo.

83. Tic Tac (Autor: Salva Terceño)

Mi coche era negro y adelantaba. Tic tac. A su lado los demás parecían estatuas.
Luego, por un tiempo, tic tac, lo perdí de vista. Cuando me pusieron en la calle lo habían destrozado. Los chicos del barrio se habían ensañado, tic tac, con bates y sprays. Y alguno había bebido sus primeras cervezas en casa. Pero, nada dura. Tic tac.

Poco después, tic tac, me coloqué en la conservera. Clasificaba anchoas. Se me daba bien. Y era rápido, tic tac, con las manos.
Gané algo de dinero. Poco, pero no gasto demasiado. En cuanto ahorré suficiente, quise arreglar en coche. Lo pinté de color azul metalizado. El color era precioso, imposible de describir ni en un poema de mil años, tic tac. Pensé que sería un imán, un buen cebo para los amantes del vértigo.

Justo entonces comencé a circular muy lento, arrimándome a las aceras , al caminar pausado de las almas perdidas, hasta que el coche quedó parado. Tic, tac. Yo salía y hablaba con los viejos aburridos.
También con niños. Sus mochilas cargadas de inocente curiosidad, todo a punto, tic tac, para la vida, pero pasaban de largo. Hasta que puse aquella descomunal llave. Tan atractiva.