Esta Noche Te Cuento. Concurso de relatos cortos

FOTOGRAFÍAS

Un relato con menos de 200 palabras inspirado en el tema que te proponemos

ENoTiCias

Bienvenid@s a ENTC 2020 En este momento podemos ofrecerte la posibilidad de participar con un relato que esté inspirado en LAS FOTOGRAFÍAS... Bienvenid@
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Esta convocatoria finalizará el próximo
27 DE JULIO

Relatos

35. … (Mødes)

Mi marido y yo somos una descolorida fotografía.

Descolorida como la habitación del hijo que nunca tuvimos.

Y ahora, en nuestro monótono mundo, sólo habita el silencio.

Comemos callados. Él mira la televisión con desgana. Yo pienso en los febriles ojos de Carlos, mientras me hacía el amor y me llenaba de vida.

Pero, desde hace días, mi móvil permanece mudo.

No dejará a su mujer.

Y en mi mente vuelve a estallar, como un haluro de plata, la diapositiva del Predictor teñido de rosa.

Me levanto sin decir nada y recojo los platos con restos de sopa.

Una sopa de letras.

Y, conteniendo mi llanto, soy incapaz de formar ni una sola palabra.

34. EL ARTE DE DOCUMENTAR HECHOS (A. BARCELÓ)

La de reportero gráfico no ha sido nunca una profesión fácil. A fuerza de estudiar y con mucha práctica acabas dominando la técnica y aprendes a jugar con la luz y las distancias. Lo del instinto y la capacidad de estar en el lugar adecuado en el momento preciso es otra cosa, eso se tiene o no se tiene. A menudo, has que jugarte el tipo para captar la imagen perfecta: la que resume lo que pasó, la que quedará para la historia. Como aquella del terrorista fusil en mano, la que me costó el tiro en la pierna; o la del volcán a punto de entrar en erupción en la que estuve a nada de caer del helicóptero o tantas y tantas otras igual de arriesgadas.

Hoy, he podido constatar algo que ya sabía. Ha sido gracias a la foto de un colega. Nos encontrábamos cubriendo lo del incendio en la petroquímica. Me acerqué demasiado y él captó mi imprudencia instantes antes de que aquel tanque explotara. Me libré de chiripa.

Él explica la silueta blanca que aparece a mi lado como una pareidolia, pero yo sé que eres tú, el que me protege, mi ángel de guarda.

33. Casa Wilder (Pablo Núñez)

«El mundo debería ser como una comedia de Billy Wilder», repetía mi padre cada vez que leía el periódico. Regentaba un restaurante en una calle sin nombre de una ciudad sin historia. Allí apareció Lola Flores por los años sesenta. Su amigo Tomás, el retratista, que casualmente tomaba café en la barra, se ofreció para fotografiarlos. Aquella foto fue la primera de las muchas que colgó en las paredes del local. Desde entonces, los marcos de famosos con él se fueron multiplicando. No es que se convirtiera en un sitio de reunión de artistas, sino que pedía a Tomás que le tomara instantáneas con pose de admirador sonriente y este, con recortes de revistas de cine, hacía lo demás en su estudio. Cuanto más envejecía, más antiguas eran las estrellas que escogía y, aunque la mayoría habían desaparecido, ignoraba la lógica del tiempo. Su favorita siempre fue… la de Lola Flores.
Cuando heredé el negocio, no cambié nada. Algunos clientes miran las fotos. Sin bajar la voz, aseguran que todas son falsas. En esos momentos pienso que la vida tendría que ser como una comedia de Billy Wilder, con situaciones irónicas, personas normales, finales amables y donde nadie sea perfecto.

32. El tiempo de ayer (MVF)

Abre el cofre de las cartas para escuchar en las letras inclinadas otra vez las voces del ayer. Cada carta cuenta sueños,  trajines, proyectos que quedaron por cumplir. Las pliega lentamente y va sacando sus fotos. Tal como eran. Tal como éramos -piensa- mientras el agua de la añoranza brota, y va surcando los pliegues de su piel hasta caer, como perlas de collar roto, entre sus dedos. No lloro- les dice a ellos-  son estos ojos de vieja, cansados de tanto leer. La cara sonriente de su hermano le mira desde aquel lejano día del 49, sentado en las escaleras de casa, antes de alistarse en el ejército y desaparecer. Siguen sus dedos, como una rueda de naipes, barajando rostros. Allí están su madre y su hermana, Julia, tan pequeña, intentando asir la manguera para regar las plantas del jardín. Poco a poco, todos los rostros van dejando paso a uno en el que la anciana siempre se detiene más. Ahí está él. Guapo, pícaro, con sus ojos de hechicero, tan verdes como su juventud. Se fue una mañana en el auto, directo al cielo, sin que les llegase el tiempo para tener más hijos que los sueños de abril.

31. PARÍS, 1960

En el bolsillo interior del abrigo llevaba la fotografía de Ingrid. Era lo único que había conservado de su joven esposa, que sonreía en aquel barco sobre el Sena.
Pidió un taxi, se ajustó el sombrero para ocultar el rostro y comprobó el nombre falso de su pasaporte. Si tenía suerte, regresaría a los Estados Unidos antes de que Tom Davis diese con él.
Tom Davis… Se cruzó en sus vidas. De compatriota dispuesto a hacer de guía se fue convirtiendo en confidente de sus turbios asuntos financieros, quizá en el amante de su mujer. Al menos, eso creyó la noche en que los sorprendió bebiendo entre risas, el momento en que le disparó por la espalda, el instante en que él se apartó y ella quedó tendida en la moqueta de la habitación.
Al llegar a Orly, Tom lo estaba esperando. Tenía que haberlo imaginado. Le pagaría lo que fuese. Le ofreció diez mil dólares, pero le pidió algo más: una foto de Ingrid.

30. Malditos prejuicios

¡Riiin, riiin! Hola, mamá. Estoy muy bien. Sí, la abuela también, está haciendo la cena. Claro que tengo ganas de veros. ¿Cuándo termináis la gira?. Genial, ya falta poco. Ufff, el colegio un aburrimiento, mañana hay una charla sobre las profesiones. Un rollo. La tutora dice que podemos llevar una fotografía de un familiar haciendo su trabajo. Sí, seguro que Ana lleva esa, la que sale su padre apagando aquel incendio. Exacto, la que publicaron en el periódico. Y Marcos la de su madre con la toga de jueza, está claro. ¿Yo?. Bueno no sé si llevaré alguna. No, no es por eso. Sí, ya sé donde guardas el álbum. Te oigo mal, mamá. Buenas noches, mamá. Voy a colgar. Pero para qué voy a llevar una foto, si con la peluca verde y la nariz roja nadie va a reconocer a papá. Clic.

29. JULIA

No podía dejar de mirarla, estaba rodeada de muchas otras pero esa fotografía me tenía hipnotizada, esos ojos atraían los míos como un imán y eso que el papel estaba deteriorado, el color desvaído y aún así… Escuchaba a mis compañeros hablar sobre las pistas, pero no podía entender lo que decían, sus palabras quedaban en segundo plano, me llegaban amortiguadas. Cada vez más impactada me fui acercando. Debajo había un cartel que la identificaba: Julia 23-2-1989, desaparecida con 20 años.

Acerqué la mano, sentí un calambre recorriéndome el brazo al descolgarla del tablero. Todos callaban esperando una respuesta a una pregunta que yo no había escuchado. Mis ojos seguían fijos en ella y los de ella en mí. Todo cobró sentido en un instante, todos mis recuerdos volvieron. ¡Por fin supe qué me había pasado!
El inspector recogió la fotografía del suelo y la puso de nuevo en su hueco, entre las fotos de las otras víctimas. Cerraron la ventana para que la corriente no arrancase más retratos del panel y siguieron argumentando sobre la investigación, mientras yo miraba aterrada desde dentro del papel fotográfico a mi asesino vestido de uniforme.

 

28. LA SANTERA (Elena Bethencourt)

Cuando vivíamos en La Habana, la abuela hacía milagrillos, amarres, magia blanca y leía el porvenir en la ceniza de su puro. Al mudarnos a Kansas en los setenta, casi como único equipaje, se llevó una foto de El Malecón que miraba constantemente para saber –según ella– cómo seguían las cosas por allá.

Mientras nosotros perseguíamos sueños americanos, la abuela lloraba las penas por dentro, hasta que un día de 1977 se empezó a llenar y dijo que veía clarito su propio futuro: o regresaba a Cuba o el Caribe vendría a buscarla.

No podemos volver, le repetíamos, pero insistía: “Oigo las olas, ya viene el mar”. Y ocurrió. Una masa inmensa de agua entró por la puerta y se la llevó por la ventana con puro y todo. Les advertí, gritaba sonriente mientras la corriente la arrastraba calle abajo. Pobre mujer, pensamos, se fue sin saber que, en realidad, era la lluvia la causante de la inundación y el desbordamiento del río Kansas.

Mientras achicábamos agua y lágrimas, encontramos aquella foto de El Malecón que solía mirar. Tenía una mancha parecida a una cortina de humo. Al disiparse, vimos a la abuela tan tranquila fumando su habano junto al mar.

27. Para el recuerdo (P. Hidalgo)

La maquilladora había conseguido que pareciera otro, tanto que mamá pidió que alguien le hiciera una foto, aunque fuera con el móvil, antes de que cerraran el ataúd. Quizá veía a ese marido entregado, respetuoso y fiel con el que ella creía casarse. A un vecino educado. A ese abuelo de libro para los gemelos de mi hermano, un par de ricuras que han heredado el color de piel de su madre, a quienes nunca quiso coger. Un cuñado simpático que todo lo sabe, incluso comportarse en Nochevieja. Al aprendiz que no pisó el cuello de ningún compañero hasta llegar a ser jefe de sección. Un tipo honrado. Al primo que donó la médula que podría haber cambiado el destino de su prima adolescente. Pero nadie atendió su petición. Mi hermano prefirió inmortalizar las flores de la corona, su único amigo adujo falta de batería, y yo, su hija, esa mujer repudiada a la que bautizó con nombre de varón, preferí hacer la mía en el momento en que salía más humo por la chimenea del crematorio.

26. La casa de mis abuelos

Recuerdo el silencio del salón, roto por el crujir de la madera en la chimenea. Sobre la tarima, la foto de bodas de mis abuelos: serio y gris el patriarca, enlutada ella y solemnes ambos. Él siempre sentado en su sillón de orejeras con flores y pájaros rosas; alrededor, mi padre, mis hermanos y yo, absortos en el juego de luces y sombras de la chimenea, y en el tic-tac monótono del reloj de pared, que marcaba cansino las horas.

El salón se hizo más pequeño y mi padre encaneció. En el entarimado del hogar dos figuras de porcelana, la foto de mis abuelos, el retrato desleído de la boda de mis padres, y algún libro granate y oro. En la pared, el tic-tac del reloj, custodiando el paso de las horas y los días.

Hoy, cansado y plateado, en el sillón, con el fogón apagado y los accesorios y el soplillo arrinconados, miro el entarimado de la chimenea cubierto por una fina capa de polvo, la foto velada de mis abuelos y ambarina de mis padres y el retrato feliz de mi boda ya sin brillo. Mientras, el tic-tac del reloj, inalterable, resume las horas, días y años.

25 Breve teoría de sobremesa (Miguel Ibáñez)

Las manos ya parecen de vieja porque tienen manchitas marrones y yo se lo digo, pero se ríe sin ganas. Es broma, mamá. Sabe esconder las penas que lleva en el alma y en los ojos . Es una ausencia, una estrella fugaz que está en su mirada. Para ella es como la luz que enciendes un segundo por la noche cuando vuelves del baño y no quieres tropezar, ni tampoco despertar a nadie. Un fogonazo que ilumina las tardes en las que se sienta después de comer a ver la tele. Luego me iré a mis cosas y se quedará sola. La mesa la quito yo, descansa. No apagues. Cuando crispa las manos, da un saltito y sonríe, sueña con alguien. Siempre se queda dormida con la cabeza en la misma dirección, hacia la foto de papá del marco digital que yo le compré. Está muy sonriente, lleva el pelo negro y un traje gris. Tabarca, 1966. Agarra al tío Antonio del brazo, que mira muy serio hacia otro lado. Va vestido de soldado y es rubio. Como yo.

24. Nicho de mercado (fuera de concurso)

El día de mi séptimo cumpleaños mi tío Paco me regaló una Polaroid. En el barrio era conocido como «El BBC». Me colaba en todo evento familiar para capturar esos momentos que nadie veía, como la mirada de reojo de la novia al primo del novio. Con los años abrir la tienda fue lo más lógico. Tras el mostrador me pasaba el día visionando con atención, en la máquina de revelado, las vidas ajenas. La irrupción de la tecnología al alcance de todos provocó el cierre presencial del negocio para abrir online. Cualquiera se creía un fotógrafo de la hostia con un móvil de última generación. Así que me reinventé y me especialicé en la fotografía de sepelios. Los asistentes siempre están ocupados llorando con un pañuelo en la mano y aún se considera una frivolidad sacar el móvil en un acto de tal calibre, mucho menos aún considerado sería hacer una fotografía. No temo a la competencia. Tengo algo especial, sé captar la esencia y el alma de mis modelos. Y guardo siempre a buen recaudo las imágenes de la viuda abrazando en exceso al primo del difunto, mientras recibe sus más sentidas condolencias.