Esta Noche Te Cuento. Concurso de relatos cortos

LA MÚSICA

Un relato con menos de 200 palabras inspirado en el tema que te proponemos

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24 DE SEPTIEMBRE

Relatos

68. Ceguera -Calamanda Nevado-

El coreógrafo me miró de arriba abajo y preguntó si podía darle el nombre completo. Gregorio Adrián, le contesté. Un momento, por favor, y pasó el dedo por varias páginas comenzando por detrás, mientras murmuraba: Gregorio… Gregorio… Se detuvo y me espetó ¿Seguro que ha tocado aquí antes? Por supuesto, hace años.   Dije, decidido.  Sin hacer comentarios    siguió  buscando en siete páginas más. Entonces cerró la carpeta. Aquí no figuran  sus datos como violinista. En aquella ocasión   la secretaria me dio esta etiqueta de inscripción, afirmé alzando la voz para que me creyera. Disculpe, este modelo de tarjeta lo retiraron cuando usted era adolescente. Bajé los brazos,   me  despedí, y fui a  sentarme al sofá más alejado del vestíbulo. Ahí recordé  mi Alzheimer incipiente ¡Era  un estúpido descuidado!, mira que   no recordar el nombre falso que  he utilizado para inscribirme y entrar en esta orquesta.

No sabía qué hacer cuando de repente el coreógrafo se acercó.  Gregorio creo que lo tengo; apuesto a que se  apuntó con otra referencia. Puede… Acompáñeme ¿Es él?,  preguntó al director, tras recorrer varios pasillos. Sí, gracias.

Gregorio creí que no vendrías.

Yo que no me reconocerías, me equivoqué.

Nos equivocamos. Qué tal la cárcel.

67. La matrioska è finita

Empeñado desde la niñez en crear una opereta matrioska, el gran Tramezzini encontró la inspiración tras asistir al estreno de una famosísima ópera cuyo libreto narra cómo una compañía de actores representa en un pueblo una inocente comedieta en la que el gruñón payaso Polichinela descubre que su dulce esposa Colombina se la está pegando con el apuesto Arlequín.

Ocurriendo la coincidencia de que la bella actriz Nedda, que hace de Colombina, anda en amores furtivos con el galán Silvio (Arlequín) a espaldas de su marido Canio (Polichinela). Teatro dentro del teatro.

Tramezzini fusiló este argumento añadiendo dos niveles más. En un tercer plano, situó a los cantantes de la ópera que encarnan a los actores que encarnan a los payasos. El tenor Pandolfini, la robusta mezzosoprano Inglheri, que además es su consorte, y el tenorino Scappatini, algo melifluo y que chichisbea con la primadonna en cuanto tiene un rato libre. Idéntico lío amoroso, pues.

Y en el cuarto plano, quién sino el propio Tramezzini que, a insistente petición de su encantadora esposa Begum, aceptó invitar a la ópera a su hermoso amigo Félix.

Así dispuso nuestro genio los cuatro finales:
Comedieta: Bastonazos
Actores: Cuchilladas
Cantantes: Gallitos
Tramezzini: Onanismo.

66. Soltando lastre

Fue el propio director de la orquesta quien decidió ir quitando elementos para la Novena Sinfonía. Primero se deshizo de la percusión, “por redundante”, según aseguró literalmente. Luego hizo desaparecer las voces (Coro masculino, coro femenino, barítono, tenor, soprano y contra alto) Después prescindió del timbal del Segundo Movimiento y a continuación de los instrumentos de cuerda. Por fin, eliminó los de viento, una decisión que le costó más de lo esperado.

Ahora interpreta cada martes su pieza musical en el teatro. Se sube al escenario, frunce el ceño, ensancha los hombros, da dos toquecitos con la batuta en el filo del atril y comienza a agitar los brazos. El único sonido que se percibe en la sala es el de sus mangas cuando chocan violentamente contra los botones del frac. El público sólo tiene que acomodarse en sus butacas e imaginar, nota a nota, la fantástica pieza de Beethoven.

65. Bandera blanca (Patricia Collazo)

Nos mirábamos a los ojos y nos preguntábamos qué estábamos haciendo, por qué luchábamos entre nosotros. Eso ocurría siempre que la música empezaba a sonar.

Cuando la novena sinfonía de Beethoven se colaba en nuestras cabezas sudorosas, la batalla se detenía. Abandonábamos las trincheras, bajábamos los fusiles y nos quitábamos los cascos como signo de respeto ante los enemigos caídos.  Abrazados en corros, entonábamos las apasionadas notas de la melodía. No hablábamos, nuestros idiomas eran distintos, pero aun así nos entendíamos.

Hasta que los jefes al mando de uno u otro bando pillaban al desertor que había hecho sonar la música y la silenciaban. El desertor era condenado a muerte por la corte marcial. Y el resto retomábamos la batalla justo donde la habíamos dejado.

64. CANCIÓN DE OTOÑO

Alessandra mueve el esqueleto como ninguna. En otoño, cuando las hojas cantan su canción, revive fundida con ellas en un vaivén acompasado al dictado de una melodía que sólo ella parece escuchar. Gira sobre su lápida con gracia, abstraída de todo lo demás, hasta que el viento cesa y el silencio se impone; entonces se pliega sobre sí misma en una elegante pirueta y desaparece dentro del ataúd. Nicolás se muere por sus huesos. Por los doscientos seis. Ofrece los suyos a Eolo para volverla a ver pronto, añorando los días en los que ella estuvo dentro de una caja de música que él podía manipular a su antojo.

63. Aires de suficiencia

Un virtuoso no merece semejante audiencia, piensa el violinista. Palmean como el público que asiste a un programa de televisión para jalear, sin criterio alguno, todas las frases del presentador. Si apreciaran realmente la música, sabrían que solo se aplaude al acabar la obra, no tras lo que debería haber sido una brevísima y tranquila pausa para acomodar el violín después del segundo movimiento.

Espera a que acaben. Y entonces cierra los ojos, aprieta los labios y comienza a interpretar la última parte con vehemencia. Sus dedos, arrebatados, enlazan infinitas notas en cada pase de arco. Con una técnica impecable, aumenta progresivamente el tempo hasta convertir el allegro en un prestissimo frenético que no detiene al llegar al final de la pieza, sino que prolonga en un ejercicio de improvisación.

Al cabo de un rato, deja de tocar, levanta el arco y se queda mirándolos, asintiendo, como si les diera permiso para aplaudir. El grupo, ya bastante menguado, se dispersa en silencio. Un par de personas se acercan para echarle unas monedas.

62. Cosa Nostra

Giuseppe, el único varón, siempre fue su hijo predilecto. Aunque yo también tuve mis momentos de gloria, como cuando aprendí a tocar il canto familiar con el violín. Hoy, al leer el testamento de papá, me he entristecido mucho. Nunca entendí su obstinación por conservar el apellido, ¡porca miseria! No había vuelto a abrir la funda hasta ahora, para tocar el réquiem por mi hermano.

61. El contrabajista

Su posición era la última, si bien era la fila más alta, hasta allí apenas llegaban las miradas del público que se concentraban en la mujer que tocaba el violín. Parecía mágico, con los ojos cerrados, simplemente deslizaba el arco sobre las cuerdas, y éste, en su memoria de años de conciertos, dejaba salir las notas exactas en el momento preciso

Él era uno de los seis contrabajos que ponían un fondo grave a la melodía, tres o cuatro notas en sus posibles combinaciones, su única preocupación era estar atento al director para que éste le indicara con la batuta el do que debía tocar en ese momento, pero se distrajo mirando a la mujer del violín, debía haber tocado incluso sin que el director lo indicara, para eso se ensaya mil veces

La falta de esa nota, de ese do grave, desorientó a la violinista, la cual, por unos instantes, perdió el ritmo y cambió un mi por un la y un re por un sol, lo que aparentemente podría pasar desapercibido produjo un “ohhh” en el público. La violinista miró al contrabajista y éste a la violista, el director volvió a poner orden y el concierto continuó

60. LO QUE CUESTA EL ÉXITO (Ginette Gilart)

Cuando se abrió el telón la diva apareció sentada muy erguida en una silla colocada en un pedestal oculto bajo una tela de seda roja, rodeada de una gran cantidad de flores y plantas. Empezó cantando un aria famosa y de inmediato se hizo el silencio en la sala. El público quedaba extasiado escuchando la voz cristalina de la soprano.
Al finalizar la obra una cohorte de admiradores y de periodistas la esperaba a la salida del teatro. Apareció la cantante envuelta en telas, perfumes y sonrisas mandando besos con la mano a diestra y siniestra; una verdadera diosa. Al pie de la escalinata esperaba su chófer que le abrió la puerta del coche. Sentada en el interior seguía saludando a sus fans que no paraban de aclamarla.
Llegó al hotel cansada y sin demora se despidió de su secretaria para encerrarse en su habitación. Se quitó la ropa que la agobiaba y se dirigió al cuarto de baño para desmaquillarse. Después de un buen rato limpiándose la cara para eliminar cualquier rastro de cosmético se miró al espejo que tenía enfrente, y ante su rostro avejentado, suspiró un momento y se echó a llorar.

59. VOLVER A SENTIRSE VIVA

Sus pies acompasan aquel ritmo vibrante y lleno de sonoridad, aunque lo hace en soledad y rodeada de doscientos desconocidos.
Esa noche tiene unos deseos incontrolables por sentirse viva.
Necesita escuchar la cadencia de la música, la belleza inconfundible de los pasos elaborados por unos bailarines armoniosos para que en esas extrañas vacaciones, de este verano tan atípico, sean uno de los escasos instantes dignos de mención.
Y aunque sabe que son unos imitadores, muy alejados de la genialidad del bailarín y cantante americano, durante las horas que están sobre el escenario, el elenco de bailarines y cantantes logran irradiar una gran dosis de magia entre el aforo del teatro madrileño.
Los doce miembros del equipo del musical consiguen contagiar al público el frenesí de sus compases y que estos sigan con los torpes movimientos de sus pies sus inimitables bailes como moonwalk.
Los artistas desgranan una tras otra las ya universales melodías del incomparable Michael Jackson y dejan que su público acuda a mundos imaginarios, guiados por las notas de Billie Jean, Thriller o Black and White.
Y aunque solo sea por unos instantes estos olvidan que allí fuera, otro monstruo, mucho más peligroso, les está acechando…

58. Sonidos de un cuerpo desocupado

Estoy tumbado. Podría ser arena o hierba fresca. La certeza de no tener nada que hacer me lleva a palpar mi cuerpo. Lo encuentro desnudo y, lejos de perturbarme, me reconforta como solo reconforta lo natural.

Percuto mi abdomen, provocando un tamborileo. Es divertido. Alterno golpes con ambas manos, creando un ritmo sencillo que pretende parecerse al de “We will rock you”. Sonrío recordando cómo la cantábamos en el coche, durante los viajes de las vacaciones.

Redondeo entonces la boca, como para decir “u” y percuto la mejilla tensa con el tercer dedo, resonando mi cavidad oral como un pequeño cántaro vacío. Modifico la abertura de la boca para emitir diferentes tonos e interpreto “Oh! Susanna” en Mi bemol de forma aceptable, como hacía para mi hermano.

Acaricio la piel de mis brazos y la lenta fricción emula la eterna rasgadura de la aguja que acompañaba al sonido del tocadiscos cuando mi madre ponía una y otra vez aquel vinilo de “Mediterráneo”.

Mi corazón se acelera, latiendo con la fuerza de las baterías electrónicas de los ochenta. Como en aquella “Beat it” de Michael Jackson. Lo había olvidado, pero, por entonces, yo solo quería tener una cazadora de piel roja.

57. ÚLTIMA CANCIÓN (J.A. Iglesias)

Tic…tic…tic. El goteo inalterable del gotero de suero, se convierte en soniquete de un concierto incesante, en la planta del hospital.

En una incómoda silla, pasas día y noche esperando lo inevitable., después del tercer día, ya no te duelen los musculos, ni siquiera tienes sueño. Tu cerebro experimenta una metamorfosis, se convierte en la batuta de un tétrico concierto; chirriar de ruedas de camas o carros de comida, zuecos de enfermeras corriendo, quejidos taciturnos al final del pasillo, llantos desconsolados, sollozos apagados, el tic…tic…tic que no cesa.

Te aferras a su mano, notas el débil pulso de su muñeca, le acaricias su hermoso pelo negro, lleno de escarchas, besas su frente y le susurras cosas bonitas.

Ella semi sedada, inerte, con la mirada perdida.

Súbitamente sientes un impulso, sacas los auriculares y lo compartes con ella, suena » Serenade», su canción favorita.

Sus ojos brillan, te miran, sus labios sin fuerzas, esbozan una leve sonrisa.

Se fue despacio con la música.