Esta Noche Te Cuento. Concurso de relatos cortos

EL ENFADO Y LA IRA

Un relato con menos de 200 palabras inspirado en cualquiera de los dos temas que te proponemos

ENoTiCias

Bienvenid@s a ENTC 2021 Puedes participar con un relato en cuya historia se muestre EL ENFADO Y LA IRA. Y recuerda que el criterio no debe ser poner menos palabras sino no poner palabras de más. Bienvenid@
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Esta convocatoria finalizará el próximo
1 de Octubre

Relatos

35. Políticamente, in-correcta (towanda)

Amor, me gustaría decirte algo. Sucede que, en los últimos meses, me noto rara. Distinta. Ya no me divierten las mismas cosas, quiero salir más con mis amigas, pasar más tiempo con la familia, viajar, conocerme, crecer… Quizás, estudiar alguna carrera, apuntarme a pilates… No sé.

Bombón, que no es por ti, que soy yo. Que te quiero con locura, cari. Que eres el hombre soñado por cualquier mujer y una de las mejores personas que han pasado por mi vida. Un tío DIEZ. Ojalá, hubiese más chicos como tú en el mundo, pero creo que, con mis vaivenes emocionales, te estoy neutralizando. En definitiva, creo que mereces a alguien mejor que yo para ser feliz.

¿Cómo que prometes cambiar? ¿Has entendido algo de lo que te acabo de decir? Que no eres tú, joder, que soy yo; que me tienes hasta el último pelo del moño, que no te soporto ni un segundo más; que me aburres opíparamente; que maldigo el día en que te cruzaste en mi camino, que odio tu caminar monótono, tu indecisión, tu falta de gracia y que mi único deseo es ver cómo te volatilizas y desapareces de mi vista.

34. Bocadillos de Nocilla con sabor a sal (Aurora Rapún Mombiela)

Recorro con nerviosismo el camino que tantas veces me hizo llorar. Desde la distancia que otorgan los años, desdibujo el dolor. Ignoro qué sentiré cuando traspase el umbral, o cuando me siente frente al pasado desde el otro lado. Espero con impaciencia el momento, y con miedo. Ha llegado la hora de que los miles de euros invertidos en terapia, me reporten beneficios.

Mañana impartiré mi primera clase, pero hoy no. Hoy me enfrentaré cara a cara con los padres de mi alumnado. Les explicaré cómo voy a evaluar a sus hijos, cómo el comportamiento y la actitud contarán el 50% de la nota final. Hoy custodiaré bajo llave los moratones, la vergüenza, las lágrimas, la soledad. Mi discurso seguro y estudiado enmascarará la ira y las ganas de devolverles con creces lo que me hicieron sufrir. Me trago el corazón con saliva, compongo mi mejor sonrisa y atravieso la puerta del colegio.

33. Senilidades (Sara Lew)

Desovillo mis recuerdos, pero soy incapaz de seguir el hilo, que se esparce descontrolado sobre la alfombra. Ahora es el gato el que juega con mi primer beso, el que se enreda con los entresijos de mi vida conyugal, el que se afana en deshacer aquellos nudos enquistados de ira que ni el tiempo logró redimir. Entono un quejido imperceptible. Michi, siempre atento, salta enseguida sobre mi regazo y me devuelve las hebras de mi memoria. Las siguientes horas las dedico a ovillar pacientemente aquel embrollo mientras veo la televisión.

32. Los peligros de la somatización

Cuando Candela, recién estrenada la adolescencia, entró envuelta en una nube rosa y flotando un poquito sobre el suelo, todos miramos a padre esperando su reacción.
Empezó por la cabeza. La piel se dilató, desapareciendo nariz, orejas y labios. Pronto continuó el resto del cuerpo. Se hinchó hasta proporciones descomunales, dejándonos casi sin espacio. Por suerte, un pequeño desgarro dejó escapar el aire, aunque no con el suave silbido de olla a fuego lento de cuando se enfada por una fruslería, sino feroz, descontrolado, con la aleatoriedad del globo liberado por un niño. Su cuerpo subía y bajaba con violentos zurriagazos a derecha e izquierda. Madre abrió presurosa la ventana, hasta que padre, en una de sus idas y venidas, acertó a salir por ella, y madre, como quien se libra de una avispa, cerró tras él.
Le observamos sobrevolar el pueblo, al capricho del viento, en dirección al río, hasta engancharse en un álamo de la orilla, batiendo el récord de la espadaña de la iglesia que alcanzó cuando Andrés, en llamas por una ira descontrolada, arrasó la escuela.

31. Por una manzana (Josep Casals)

Culminada la creación del mundo, Dios dedicó el domingo a descansar. Al atardecer, le apeteció acercarse al vergel que cultiva junto al jardín del Edén para comerse la manzana. Era la más grande y bien formada del árbol y la había dejado para que madurara natural y así alcanzara el punto justo de aroma, textura y sabor.

 

Pero la manzana no estaba.

 

¡Malditos! El rostro se le tiñó de morado. Las venas de las sienes parecían ciempiés a punto de reventar. Se lo había advertido, ¡me había fiado de ellos! Los ojos, muy abiertos, eran como mapamundis surcados por ríos y afluentes rojizos.

 

Se dirigió a la oficina del Centro de Creación dando bastonazos a cuanto hallaba a su paso. Encendió el ordenador. ¡Ahora verán! Resoplaba sentado en el borde de la silla; la mano derecha crispada sobre el ratón. Abrió el fichero “Creación” en modo edición y empezó a teclear con furia. Insertó guerras y pandemias, el dinero, la política y las religiones; noches frías, días negros, drogas duras y palabras vacías; accidentes de tráfico y pesadillas, la mala suerte, incendios, violaciones, hambre, inundaciones… Finalmente, empuñó de nuevo el ratón, clicó en “Guardar cambios” y a continuación sobre “Ejecutar”

30. De papel

Ni siquiera estoy seguro de haberlo matado. No recuerdo que hubiera sangre.
Tal vez solo lo haya imaginado…
Porque yo no soy violento, ¿saben?
Es solo que mi vecino me saca de mis casillas.
El tipo es de los que se hacen el simpático. Siempre saluda y aguanta la puerta al salir del ascensor, con esa sonrisa de satisfacción eterna que, inevitablemente, hace que me suba la tensión.
Si lo veo de lejos, procuro esquivarlo pero, a veces, abre la puerta justo cuando estoy en el descansillo y entonces no hay salvación. Es ver su semblante risueño y noto como me acaloro.
Cierro los puños. Aprieto la mandíbula.
El muy imbécil no se da cuenta, pero el reflejo capta la intención de mi mirada, el ceño huraño, la vena que se me va marcando en la sien, cada vez más hinchada, mientras contengo la respiración.
Cuando el ascensor se detiene, me mira y pregunta en tono afable: “¿No os molestaría el ruido anoche? Las paredes son de papel y Paloma es tan apasionada”.
Es entonces cuando le reviento la cabeza contra el espejo y contesto: “No, para nada”.
Aunque seguro que solo lo he imaginado. Igual que las otras veces.

29. MARCHA ATRÁS – EPI

Decía Heráclito que nunca te puedes bañar dos veces en el mismo río o en el mar.
De la arena no comentaba nada, porque al pisar la de la playa de San Juan, los recuerdos me vinieron de inmediato.
Mi pandilla de verano era diversa en edades y en lugares de procedencia. en el 68 vino una vasca de Neguri con ideas liberales, nos hablaba de Europa, del mayo del 68.
Por aquel entonces yo estaba enamorado de una chiquilla de mi edad. No pasábamos de algunos besos en el cine de verano.
La noche de San Juan organizamos una fogata con su sangría en la playa y según pasaban las horas, el alcohol iba haciendo efecto en nosotros.
Nos bañamos desnudos en el mar y al salir nos echamos en la toalla y empezamos, con nuestra poca destreza a hacer el amor y cuando estaba a punto de terminar, la mano de la vasca me retiró bruscamente.
Vi cómo mi simiente se filtró en la arena y el enfado se apoderó de mí y de mi amor.
Por unas parotiditis tardías dejé de ser fértil. Como decía Auster en su libro 4321, mi vida cambió al apartarme esa mano.

28 Ajuste de cuentas (Ezequiel Barranco)

Sentí miedo a pesar de que habían pasado más de treinta años desde salí de casa. Nada había cambiado, la estantería llena de libros cubiertos por una fina capa de polvo, el cuadro de encima de la chimenea —una mala imitación de Olympia de Manet— la mesa y cuatro sillas desvencijadas.

Creía que había borrado el pasado, pero al acercarme al armario azul tras el que nos escondíamos mi madre y yo en las noches de borrachera de mi padrastro, reviví la amenaza y el miedo a sus gritos y golpes.

Entré en la buhardilla oculta tras el armario que nos servía de refugio. Solo había un camastro cubierto con la vieja manta, con la que nos protegíamos del frío. Cogí la pistola que mi madre escondía bajo una baldosa y que nunca llegó a utilizar. Estaba cargada y la vacié con rabia sobre el sofá, el cuadro y el armario, como si quisiera destruir al pasado del que no podía librarme. Guardé la última bala para la foto en los tres, en la que él, abrazándonos a mi madre y a mí, parecía mirarme orgulloso y burlón, pero me quedé inmóvil, petrificado, y no me atreví a disparar.

27 Alma reconcomida (Rafael Loscertales)

Quienes lo observan por la calle Mayor afirman que hoy, de nuevo, va encendido y rechina los dientes mientras masculla palabras que parecen salir de muy adentro.
Los que están en la plaza cuentan que siempre le propina tal puntapié a la papelera del ayuntamiento que la manda hasta la pared de la botica: veinte metros lo menos.
En el casino, olvidan por un momento el dominó para verlo pasar sulfurado y comentan cómo hace aspavientos con la mano que no se aferra a la escopeta.
Los parroquianos del bar aseguran que cuando enfila la calle Nueva tiene la mirada baja y el semblante ennegrecido, tanto que parece más un toro que un ser humano.
Y como todos los 20 de junio desde hace seis años, termina frente a la casa del Venancio, llamándolo a gritos hasta que sale su viuda. Allí mismo él le da el pésame y le dice que siente mucho que su marido se haya ido de este mundo sin haberle podido descerrajar los dos tiros por lo de las lindes.

26. Aperitivo (La Marca Amarilla)

Basado en un cuentico de Jordi Lapedra

 

Sirvo a Manuel su cuarta cerveza cuando pide que suba el volumen de la tele porque están hablando de los talibanes.

Manuel se enoja, dice que son de otra época.

Y vuelve a repetir que esos musulmanes son salvajes, unos terroristas, que anulan a esas pobres mujeres, que las hacen invisibles, y otras varias consignas que suele reiterar en bucle entre trago y trago.

Me paga mirando el móvil y descubre un mensaje de su mujer -a la que no conozco pues a Manuel no le gusta que entre en los bares- donde le pregunta que si va a subir a comer, dice que ha preparado pescado.

Y Manuel se va del bar gruñendo:

– Joder, con la bigotona ésta ¿Pescado? Claro, como se tira toda la mañana en el gimnasio enseñando el culo y las tetas, pues no tiene tiempo de hacer una buena comida. ¡Se va a enterar! Ahora le digo que me haga unos huevos con chorizo, y hasta que no los tenga no subo…

Manuel da la vuelta justo cuando iba a salir y me pide otra cerveza como signo de rebeldía y reafirmación. “¡Y ponme unas olivitas, coño!”, culmina iracundo.

24. ESPEJISMOS

Prudencio era natural de Villaenfados, un pueblo fantasma, las calles siempre estaban desiertas, desde hace años, los vecinos no se hablaban, no se miraban a la cara. Vivían en una guerra continua, se mataban por un trozo de tierra. Constantemente sembraban odios y rencores que no tardaban en convertirse en enormes desgraciadas. De ello podía dar fe Prudencio, a su padre, un mal día, se lo tragó la tierra. Su madre se tomó la justicia por su mano y, después, también desapareció. Con estos antecedentes, estaba seguro de que nada bueno podía sucederle pero, repentinamente, su suerte cambió, los ojos se le hicieron chiribitas cuando los directivos del reality show más famoso de la televisión le hicieron una oferta que nadie, en su sano juicio, podía rechazar. Como había sido testigo de hechos espeluznantes, sólo tuvo que narrarlos sin escatimar detalles.

Con los bolsillos llenos, regresaba a casa más contento que unas castañuelas cuando, al cruzar la calle, un coche lo atropelló. Agonizando en el asfalto aún tuvo tiempo de pillarse el último enfado de su vida. El conductor, hecho una fiera, le vomitó todo tipo de insultos mientras aprovechaba para dejarlo sin blanca.

23. Tallas (Javier Igarreta)

En cuanto se paró ante el escaparate, se sintió inundada por la luminosidad del fucsia. Ya estaba bien de aparentar tristeza. Después de todo,  Genaro no se merecía tanto. Además él siempre fue muy alegre, demasiado quizás. Lorena entró en la tienda y con su voz cantarina se dirigió a una dependienta que, haciéndose de rogar, levantó la vista de la pantalla. Tras calibrar sus medidas con una mirada inquisidora la excluyó de la oferta. “Sólo quedan tallas pequeñas”, dijo taxativamente y con cierta sorna. Le faltó añadir que evidentemente ahí  no encajarían los centímetros de más de su generosa constitución. Por encima de su ceja izquierda, Lorena esbozó un ostensible gesto de desagrado, mientras un amago de cabreo se le removía justo donde antaño sentía las mariposas. Al ver que el desencanto desequilibraba la armonía de su semblante, la dependienta intentó un simulacro de empatía y, como si quisiera sorprenderla con un atractivo plan B, dijo: “La tenemos también en negro, tal vez te quedaría mejor”. Lorena miró fijamente a la dependienta desde el fondo de sus ojos azabaches y, transformando la ira contenida en desprecio, construyó un dique ante sus lagrimales.