Esta Noche Te Cuento. Concurso de relatos cortos

NAIPES o EXTRANJEROS

Un relato con menos de 200 palabras inspirado en cualquiera de los dos temas que te proponemos

ENoTiCias

Bienvenid@s a ENTC 2022 Puedes elegir: enviarnos un relato donde encontremos NAIPES o EXTRANJEROS. Y recuerda que el criterio no debe ser poner menos palabras sino no poner palabras de más. Bienvenid@
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Esta convocatoria finalizará el próximo
15 DE AGOSTO

Relatos

70. Bichos, bichas y “bitches”

Que mi madre y tía Carmela se odiaban desde hacía años era algo por todos sabido. Pero, a pesar de su antinatural aversión de hermanas, consintieron en vivir juntas desde que papá falleció, como si la rabia de la mutua compañía alejara a una de los pensamientos grises de la soledad, y a la otra del soberano aburrimiento de la vejez.

Nunca supimos del origen de su inquina hasta que una tarde de primavera, tras una larga siesta en el jardín, descubrimos un extraño zumbido proveniente del impertérrito moño de la tía, donde un enjambre de abejas había decidido montar su panal, atraído por el agua con azúcar de su arcaico fijador. Los golpes en su cabeza solo contribuyeron a soliviantar a los insectos, de modo que únicamente el rápido movimiento de tijeras de mamá consiguió decapitar el peligro de raíz.
Del canoso ovillo de pelo escaparon un puñado de bichos, el camafeo perdido con la foto de mi padre, y un secreto a voces que cobró fuerza en la lengua viperina de una viuda despechada.
―¡Lo sabía, maldita perra!

 

69. The show must go on (Elena Bethencourt)

Mi edificio es el más alto de la ciudad y, por tanto, el elegido por los suicidas. No hay tarde que no salgamos a ver cómo se tira alguno. No hace mucho tuvimos un caso diferente, uno que saltó desde la azotea terminó aferrado a la barandilla de mi balcón. Mientras le colgaban los pies en el vacío, aproveché para hablar con él. Los vecinos del edificio  se asomaron también. La mitad aguantaba la respiración, la otra gritaba que no lo hiciese. Llegaron cientos de paparazis y la tele y, en media hora, todo el país estaba pendiente de su decisión.

Según me iba relatando uno a uno los motivos para lanzarse, vi en sus ojos un atisbo de esperanza y arrepentimiento. Actué rápidamente. Le di la razón, le dije que la vida era una puta mierda, que no valía la pena tanto sufrimiento para morir igual y que él era un valiente por adelantar los acontecimientos.

Ha pasado una semana y el muy indeciso sigue aferrado a la barandilla. Mientras tanto, mi discurso se ha hecho viral y ahora, de todos los balcones del mundo cae una lluvia incesante de suicidas que nadie puede atajar.

68. La explosión de la primavera

Me he enamorado de la nueva vecina. No tengo claro cómo ocurrió, pero sí cuándo: el día que coincidimos las dos en el ascensor. Quizás fue por el delicado olor de la hierbaluisa que llevaba prendida en su pelo. Tal vez por el profundo verde selva de sus ojos velados. O por esa sonrisa tan natural. No lo sé, pero deseé quedarnos allí encerradas.

              Desde entonces, paso las tardes asomada al balcón, justo sobre su terraza, y la contemplo. Veo cómo se mueve entre jardineras y macetas, siempre guiándose con sus manos, sin equivocar ni un solo paso. En ocasiones se detiene, ladea su cabeza hacia mi balcón y sonríe. Luego susurra a las caléndulas y a los geranios, besa los pensamientos y acaricia las orquídeas del rincón. Poco a poco el aire se convierte en fragancia. Cierro los ojos equilibrando nuestros sentidos e imagino que, perfumadas de frescura, tropezamos a solas en el ascensor.

67. PAISAJE PERPETUO (La Marca Amarilla)

Cada día, a la hora de la siesta, salía al balcón para admirar aquellas magníficas vistas, aquellos paisajes inalcanzables, siempre diferentes. No había tarde, daba igual que lloviera o hiciera un deslumbrante sol, sintiera frio o calor, que no se asomara a aquella atalaya que tan libre le hacía. Al cabo de unos minutos, volvía a su lúgubre habitáculo, con su apestosa letrina, con la odiosa reja en la ventana que oprimía aquel trozo de cielo, y se acostaba en el camastro para seguir dormido.

66. Profundidades

Acaricio su cabecita con los filamentos de mis tentáculos, juego con su cabello rizado, que cuelga como una cascada de caballitos de mar. Le coloco una corona de perlas, el contraste perfecto para su piel, casi tan negra como la tinta del calamar. Le quito los harapos y le pongo un vestido de algas bordado con escamas de colores. Sustituyo sus ojos vacíos por dos estrellas de mar. Observo feliz a mi nueva muñeca, y, desde lo más profundo de mi corazón branquial, deseo que esta vez no se me estropee tan pronto como la anterior.

65. El décimo día

Lamentó darse cuenta, más desconcertado de lo que quisiera reconocer, de que el amor no era suficiente para sentirse entretenido, aunque después de comprobarlo con sus propios ojos dejó de tener dudas. Era monótono, soporífero, desesperante y empalagoso, sobre todo muy empalagoso. Se le hacía inconcebible asumir su error, pero aún más insoportable se le hacía pensar que la vida iba a seguir siempre así, sin ningún aliciente ni esa pizca de tensión narrativa que ahora consideraba imprescindible. Y a pesar de que alguien acabase por echarle en cara su culpa y su escasa paciencia, pues al fin y al cabo era el único responsable de lo que sucedería, sin poder aguantar más tanta bondad y tanto aburrimiento, el décimo día creó la serpiente.

64. Los gonfoterios – María Rojas

La muchacha se acuerda de lo que le comentó el biólogo la noche anterior.

«Los gonfoterios eran unos animales descomunales con un tracto digestivo enorme, igual que sus patas, sus cabezas y sus penes».

La muchacha se lame el azúcar hilado del labio superior.

«Los gonfoterios se alimentaban de verdor y tenían un apetito voraz, sobre todo después de gonfoteruar. Su verdor preferido eran esos frutos carnosos en forma de testículos».

La muchacha zumba de placer.

«Los gonfoterios no desaparecieron de la tierra por el impacto de un meteorito. Murieron chupados por los picos filudos de unos bichitos de ojos ambarinos». Los mismos ojos, que con picardía, la miraban desde su balcón.

La muchacha, rauda y veloz, puso los pies en polvorosa.

 

63. Femme fatale

En la puerta del burdel, intenté convencerles de que no entraran con ella en busca de una muerte segura. No pararon de insultarme e incluso zarandearon mis antenas. Al oír los gritos de mis compañeros, me largué de allí más viejo y cansado.

Pasó el tiempo y, en mi soledad, soñé que disfrutaba de sus encantos, esos que tantas veces había evitado.

Cuando las patas empezaron a fallarme, decidí que era el momento y me acerqué a la puerta. Sin fuerzas, me quedé cabizbajo en el suelo, mientras los jóvenes me pasaban por encima. En ese instante salió la dama, tan imponente como siempre, a rezar por mi alma.

62. SIN DEJAR ESTELA (Belén Sáenz)

Con dos pinzas en equilibrio inestable entre los labios, saco del cesto una sábana y extiendo los brazos para examinar la tela húmeda al trasluz. No es una mancha. Parece la silueta de una gaviota que se agiganta y se aleja al compás de una brisa ―sin duda marina― que hincha como lonas las prendas tendidas a mi espalda. Hoy la luz es distinta; blanca de azúcar como podrían ser las mañanas de Cádiz o Marsella. Yo jamás he salido de esta Cuenca natal mía, pero sé que huele a puerto y algas. Un crujido de ladrillos desgajados, un arrastrar de cadena de ancla, un bramido de chimenea, preceden al suave vaivén del edificio. Corro a asomarme por la barandilla y, desde mi azotea, saludo a enjambres de estibadores y prostitutas enamoradas asidas de sus brazos tatuados. Con las manos en las caderas, repaso mi singladura y decido que carezco de cargamentos y de lastre. Ansiando ya el horizonte, planto firmes ambos pies frente al esquinazo de mi balcón. «Asia a un lado, al otro Europa», recito a punto de zarpar, y sujeto el timón aunque los vientos me susurran caprichosos que aún no han decidido qué rumbo tomar.

61. Al fin libre

Tenía claro cuál era su refugio. Cuando las cosas no iban bien, que últimamente sucedía con frecuencia, siempre acudía a él.

Ubicado en una zona empobrecida a las afueras de la ciudad, ofrecía unas vistas dignas de cualquier catálogo de viajes con encanto. La sierra, a veces nevada, era su principal atractivo, a la que había que añadir pequeños pueblos que apenas se alcanzaban a ver, pero le daban un toque panorámico de primer nivel. Estar ubicado en una décima planta con ascensor estropeado debía tener al menos algo positivo.

Cada vez que subía al piso lo primero que hacía era descalzarse, encaminarse a su rincón favorito, abrir la portezuela y aferrarse a la barandilla mirando el precioso horizonte. Pese a llevar muchos años disfrutando del paisaje, nunca dejó de tener un poco de vértigo si miraba hacia abajo.

Hoy no quiso agarrarse. Por primera vez tomaría las riendas de su vida de mierda. Mientras la acera se acercaba de manera vertiginosa, con el aire despeinando sus cabellos, pudo sentir los últimos segundos de libertad de su tormentosa existencia.

60. Festín

A la señora Mundsen le sale una pequeña cucaracha de la boca cuando pega el tremendo ronquido, y al notar algo raro cosquilleándole los labios, escupe por inercia y se manotea sin llegar a saber qué ha producido el cosquilleo. Tiene la mala costumbre de beber anís antes de dormir; antes de desayunar, después de comer, a la hora de la siesta, para merendar, como cena. Lo de la cucaracha es de lo más habitual; también alguna araña; gusanos; la casa esta infestada, y su cuerpo, flaco y enfermo, es un nido de bichos ovando en la maraña de su pelo, en los jirones de lana de su chaqueta raída, en las llagas supurantes de la carne lacerada y podrida de su pierna… Después de dar varias vueltas se sienta  en la cama, agarra la botella de anís y se bebe un buen trago. Y sin más ceremonia se queda tiesa, con los ojos muy abiertos mirando al infinito. Entonces, las ratas, que andan al acecho, aprovechan su quietud para empezar a comérsela.

59. LO QUE HEMOS PERDIDO

La noche cálida invitaba a contemplar con deleite el apacible paisaje.
Por eso, y también un poco por curiosidad, María se asomó al balcón para observar a los vecinos de su calle.
Desde el confinamiento no se había atrevido a mirarlos de nuevo, aunque ahora se sentía como una intrusa.
Echaba de menos esa sensación de unión en la desgracia, esa comunión de agradecimiento a los héroes sanitarios, ese sentimiento de formar parte de una comunidad.
Ahora que los miraba de soslayo, sentía como si estuviera hurgando en sus vidas privadas.
Veía a la vecina del cuarto, la que más aplaudía antaño, mientras regaba con mimo sus azaleas.
En el segundo se observaba a la pareja de marroquíes mirando la tele y en el primero a la preciosa Elena peinando a sus muñecas.
Y en ese instante sintió que en su vecindario se había perdido el interés hacia el otro.
Ya no se preguntaba por algún vecino, como se hacía en la pandemia, con temor a que le hubiera atrapado entre sus garras.
Había regresado la indiferencia hacia los más cercanos, hacia los vecinos con los que compartíamos calles y plazas para envolvernos otra vez en nuestro implacable individualismo.