Esta Noche Te Cuento. Concurso de relatos cortos

MAMIHLAPINATAPAI

Un relato con menos de 200 palabras inspirado en el tema que te proponemos

ENoTiCias

Bienvenid@s a ENTC 2024 Este año, la inspiración llega a través de conceptos curiosos de otras lenguas del mundo. Comenzamos el año con MAMIHLAPINATAPAI, el entendimiento con la mirada. Y recuerda que el criterio no debe ser poner menos palabras sino no poner palabras de más. Bienvenid@
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Esta convocatoria finalizará el próximo
31 de MARZO

Relatos

12. RESPUESTAS

–¿Qué haces que no estás preparando la cena? Si no está lista en ya y menos, me largo a comer fuera ¿Me has oído? –.
–Nada, ni caso.Tú sigue perdiendo el tiempo afilando cuchillos precisamente ahora, que te vas a enterar. Cortan perfectamente y tú estás para que te encierren…–.
–Vaaale, vaaale, muy bien. Yo me largo, pero prepárate para cuando vuelva, porque no aprendes. Ah, y ¡Toma! Esta hostia como adelanto, por inútil –.
–¿Y qué?¿Hoy ya ni contestas?‐‐ ¡Qué estarás tramando…!
Recibió una fría mirada que contenía todas las respuestas.
–¡Uyyyyy, qué mieeeedo! –…Y se marchó riendo.
Una certera cuchillada fue el saludo de bienvenida que se encontró al volver. Palmó allí mismo, en la puerta de entrada.
“Los cuchillos, siempre muy bien afilados –le decía su abuela–, para que no ocurra una desgracia”.

11. INTERMITENCIAS (Ángel Saiz Mora)

Nuestras soledades coincidieron en Barcelona, durante una excursión. Nada sabíamos uno del otro, pero no nos hizo falta escuchar las biografías para congeniar. Besos infinitos aparte, las bocas apenas se abrieron, salvo para comer y beber juntos. De regreso, volvimos a nuestras vidas separadas.

Fue suficiente un solo wasap tuyo, escueto, para establecer fecha y lugar de la siguiente escapada pocos meses después.

Durante años, en cumplimiento de un contrato no escrito y a tiempo parcial, el vínculo se interrumpe tras cada viaje, para retomarlo en el siguiente. Nos entendimos sin casi articular palabra en Budapest, Berlín, Bahamas o Bagdad.

Aquel mensaje fue extenso. Hablabas de presiones familiares y normalización.

Caí bien a tus padres, tú también a los míos. Nunca habíamos conversado tanto entre nosotros, no nos hizo falta hasta entonces. Los preparativos, sin embargo, fueron motivo de agrias discusiones.

Vestida de blanco, guardabas silencio ante la pregunta del sacerdote, cuya respuesta se daba por hecha. Cuando me miraste llena de complicidad, pedí a los invitados, de forma telegráfica, que respetasen nuestra relación diferente, alternativa, que denominé plan B. Cancelar la boda, para asombro y enfado de todos, no impidió que partiésemos de luna de miel a Bali.

10. Flechazo (Susana Revuelta)

Nadie es perfecto y esta noche, sin duda, Cupido el que menos. Ahora mismo está que no sabe dónde meterse, le está cayendo una bronca de primera. Sabía perfectamente que no hacía falta que viniera a la pedida de mano, que su intervención entre Bosco y Lucrecia había culminado con éxito, que la cena a la luz de las velas a base de flores de alcachofa, chupitos de calabacín y lonchas de ibérico estaba yendo como la seda.

Pero quiso ser testigo, por una vez, de tanto amor, disfrutar del trabajo bien hecho y se escondió debajo de la mesa. Y cuando estaba Bosco con una rodilla casi clavada en el suelo, a punto de ponerle el anillo de diamantes a Lucrecia, se dio cuenta de que la oía sin escucharla, que sus dedos entrelazados no le estremecían, que su melena ya no le olía a jazmín ni sus labios le parecían lujuria, volcán, fuego. Y que aunque intentase mirarla ya no la veía, pues sus pupilas se habían albergado para siempre en los ojos color violeta de Melissa, la sommelier, que en ese momento, con las manos temblorosas, derramaba sin querer un poco de champán sobre el mantel.

09. EL DÍA DEL ECLIPSE (IsidrøMorenø)

Casi a diario coincidían en el mismo ascensor del edificio de oficinas. Dos almas cercanas en un diminuto espacio. Un “buenos días”, un cruce de miradas mustias y unas forzadas sonrisas con intento de disimular esa amarga soledad que, a veces, es capaz de unir incluso a extraños.

El día del eclipse, sin rasgar el silencio aún, los mismos ojos emitían miradas diferentes a las de mañanas anteriores.

Una semana después del eclipse, tras un amanecer dorado, las extrañas almas del ascensor se fusionaron en un cálido y sentido abrazo de siete pisos de duración.

Tres meses después de aquel día, se siguen viendo en el hall del edificio, se buscan con la mirada, esperan para poder subir solos, se hablan con los ojos, se adentran, se cierran las puertas, se abren los corazones, no hay beso, no hay sexo, solo el desgarrador deseo de abrazar y ser abrazado hasta la planta veintidós y bajada a la séptima.

Hace unos días, ambos han interrumpido su medicación de ansiolíticos por depresión y abatimiento y, aunque no creen en la magia del eclipse, sí creen en el lenguaje de la mirada y ahora perciben que sus ojos parecen más grandes. Incluso brillan.

08. LA PARTIDA (Paloma Casado)

El tren al que subirá Miguel acaba de entrar en la estación, los altavoces anuncian el reinicio de la marcha dentro de diez minutos. Junto a él, la madre llora humedeciendo un pañuelo manoseado mientras le reprocha que se vaya abandonando -y utiliza esa palabra dura- a su familia. Su hermano defiende que un muchacho prefiera ampliar horizontes y vivir la vida, él mismo lo haría si no hubiera conocido a Aurora y estuvieran a punto de ser padres, dice mientras la atrae hacia sí con la fuerza de su brazo. Cada uno piensa en sus posibles motivos, solo Ella los sabe. Miguel, después de abrazarlos, sube las escaleras con un temblor en el mentón y desde la ventanilla los despide con la mano tragándose las lágrimas. Posa su mirada en la madre, el hermano y después en Aurora. Mantiene los ojos fijos en los de ella mientras avanza el tren y sin apenas darse cuenta recorre su cuerpo hasta posarlos en el vientre abultado donde crece su hijo.

07. El intruso (Fernando García del Carrizo)

No había generado ningún problema, pero su presencia rompía un equilibrio estable de muchos años. Aislados en una remota aldea de montaña habíamos compartido toda la vida en soledad. La llegada del nieto del Emeterio nos cogió por sorpresa. Nos explicó su hartazgo de la ciudad y sus planes de reconstruir la casa de su abuelo. Soltó algunas palabras incomprensibles; autosuficiente, ecología, holístico. La conclusión es que se mudaba allí.

Nos miramos mudos, perplejos y desconcertados. Tras unos segundos mi marido me hizo un guiño y se ofreció para ayudar en la reparación del tejado. Las vigas, pesadas, pero a la vez frágiles por el paso del tiempo, podrían generar terribles accidentes.

06. CARAMELOS DE MALVAVISCO

Los  fines de semana que pasábamos con la abuela  era todo  fiesta. Reblandecer en el paladar los caramelos de malvavisco que venían en una cajita de latón. Retorcer con los dedos los flecos de su chal mientras nos contaba cómo consiguió, pese a la época y los reproches de su padre, entrar en la universidad. Jugar a las cartas. Esconder objetos por la casa y buscarlos. Pasear por el jardín aunque lloviera. Ir al pueblo cogidas de su mano, por el camino de los abedules, recibiendo lecciones de plantas y árboles. Llenar la despensa de chocolate y bollos. Después de la cena escuchar sus discos de John Coltrane.

Las dos pensábamos que no había mejor abuela en el mundo.

Tal vez por eso, el día de su funeral, mi hermana y yo, sentadas en la primera fila junto a nuestras respectivas parejas e hijos, al sonar un saxo melancólico nos miramos, buscamos en nuestros bolsillos y se mezclaron nuestras lágrimas con el sabor dulce de un par de caramelos.

05. MAMIHLAPINATAPAI

Mientras me siento al ordenador y dejo la mente en blanco, acomodo todos mis músculos tratando de atrapar a las musas. Y pululan estas volátiles, como apagadas luciérnagas a mi alrededor. Entonces noto que un pensamiento pequeño, _ apenas bosquejo, murmullo, diminuto rumor de maleza_, acrecienta su presencia para ocupar, finalmente, el espacio completo de esta cabeza mía, tonta y hueca.

¡Qué oportuno! _me digo

¡Qué bendición, qué extraña magia, qué azar!

Uno a uno, los bichos se tornan luz.

El cuerpo se pone en marcha.

Un mecanismo febril es el que se encarga de todo. Y al cabo de unos minutos puedo leer, asombrada, el resultado de este proceso.

Ahora todo son candiles. A raudales, por todas partes.

En consecuencia, y en este preciso instante, es cuando les involucro a ustedes:

¿Es que acaso solo me ocurre a mí? _ solicito.

¿Se identifican? ¿Se reconocen?

Sin levantar los ojos de la pantalla, cambio el ángulo de enfoque y atravieso tiempo y distancias con visión de super héroe. Busco su complicidad. Aguardo su connivencia. El faro lanza su llama, enloquecido, tenaz.

Y aquí me quedo esperando.

04. La rúbrica

Una araña minúscula urdió un encaje cristalino en el espacio que separaba sus rostros. Una hiedra rojiza comenzó a tatuar sus piernas desde el suelo. Un musgo verdiamarillo cubrió sus hombros y sus cabezas. Una colonia de hormigas conquistó el cuerpo de él y un petirrojo anidó en el cabello de ella. El tiempo se volvió pétreo; la luz, líquida, y una fina bruma los envolvió, sin apenas rozarles, humedeciendo sus córneas privadas de parpadeo.

Entre ambos, languidecía una pluma sobre el documento que cortaría para siempre la cadena que amarraba sus vidas.

02. La venganza de los Selknam

Postrado en el piso del baño estaba él, paralizado por el dolor en su vientre. Cerró los ojos. Respiró profundamente una última vez entregándose a los brazos de la muerte.

Él frío seco del suelo se volvió húmedo. El viento feroz le levantó la camisa. Su piel expuesta en contacto con la nieve quemaba. Abrió los ojos y observó como el cielo patagónico estaba prendido fuego. Bajó la mirada. Enfrente suyo sonreían, pintados con grasa de guanaco y con su típico triangulo de cuero en la cabeza, dos de sus primeras víctimas. Había cazado a cientos de ellos. Entendió que había caído en las manos de Xalpen cuando en sus oídos oyó una voz femenina gritar su nombre. No podía levantarse. No podía gritar.

Los hombres intercambiaron miradas para luego comenzar a caminar hacia él. Detrás de ellos se hizo presente un conjunto que iba creciendo en cantidad. Gritaban lo que para él eran sonidos incomprensibles, sedientos de venganza.

01. TODO LE VALE

Adolfo es un hombretón tan amable y cariñoso que, cuando murió su mujer, no dudamos en buscarle un rincón en nuestra casa. Siempre estuvo tan pendiente de ella que, tras su repentina pérdida, se sintió desolado en aquel frío caserón.

Como, desde jóvenes, habíamos mostrado pareceres y gustos afines, me pareció oportuno invitarle a probar mi sidra, nuestro queso fresco y otras cosillas de casa. A comienzos del otoño ya se había acostumbrado a visitarnos todos los días. A veces hablábamos durante horas sobre cómo acabar con algunas plagas en el huerto, del abandono del campo o de las consecuencias de la sequía del último verano. Otras, le encontraba metido en harina con mi mujer, haciendo cualquier faena del hogar: lo mismo limpiaba la chimenea que cocía un pan de maíz. Y nos daba tanta lástima verle regresar a su casa…

Además, tenerle cerca tiene sus buenas satisfacciones. Cuando Mariola, que anda muy despistada últimamente —la edad, dice ella—, me compra las camisas, los calzones o unos simples guantes, no suele atinar fácilmente con las tallas; pero se los prueba luego a él, se miran fijamente un instante, y se mueren de la risa, felices de que todo le valga.

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