Esta Noche Te Cuento. Concurso de relatos cortos

2019 ENTCOLORES

Un relato con menos de 200 palabras inspirado en el color azul

ENoTiCias

Bienvenid@s a ENTC. En este momento podemos ofrecerte la posibilidad de participar con un "relato azul" y el reto de encontrar una propuesta para el ENTCerrado...
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Esta convocatoria finalizará el próximo
31 de Diciembre

Relatos

103. Carcoma

Desde la últimas explosiones encontrar alimento es complicado. Vivimos al día, arañando restos de los basureros, esquilmando sobras de los supermercados abandonados. En estas condiciones escasean los propósitos. La última gran idea es devorar los insectos, que parecen incólumes a las radiaciones. La carcoma se ha convertido en un plato suculento, asequible. Nuestras ropas están invadidas por pequeñas larvas marrones y voraces que nos garantizan alimento continuado; nadie se preocupa de que nos vistamos con jirones y harapos, ni de que aniden en nuestros enseres. La prioridad es aliviar el agujero del hambre y mantener la mente clara, a pesar de que en los últim s días comunic rse parec más difíci .

102. Leer, soñar, crear

Las bibliotecas son mundos paralelos donde se esconden las verdades y mentiras del universo. Bucear entre ellas te puede llevar la vida entera, o tan solo una tarde si consigues encontrar la respuesta que necesitas. Lo creí fervientemente durante toda mi existencia cada vez que me colaba en este salón lleno de estanterías de roble americano donde se alineaban cientos de ejemplares de cuero oscuro y olor inconfundible. Esta habitación, en la casa familiar, se fue haciendo más pequeña a medida que quienes pasaban por ella iban creciendo. Pero mi búsqueda nunca perdió intensidad. Un día, sin saber cómo, mis sueños se volvieron ocres, como las páginas de los antiguos tomos apergaminados, y mi piel adquirió una tonalidad chocolate, igual que la del viejo sillón de lectura. En ese momento, nuevos secretos entrarían a formar parte de este lugar. Lo supe cuando aquel hombre dejó su libro sobre la mesa para sentarse a escribir. Me encontró dormida y parpadeando sobre una pluma estilográfica. Así el escritor despertó a su musa. Y yo descubrí mi verdadera naturaleza.

101. Contrastes (Pablo Cavero)

Tenía miedo a pesar de que mi mamá me había asegurado que no me mordería. La ardilla bajó por el tronco muy despacio y cogió la bellota de mis dedos, luego nos hicimos amigas, le di cacahuetes y hasta le ofrecí un trozo de mi chocolatina. Yo las había visto en dibujos animados, pero en persona las ardillas me gustaron mucho más. No había comparación. Ella vivía en el bosque con el suelo y las ramas llenos de hojas de diferentes colores: marrones casi amarillos, otros tirando a rojos, marrones claros y oscuros. A lo lejos vi un cervatillo muy bonito. Y aquel hombre de ropa de parches verdes y marrones me hizo acordarme de mi gran tristeza cuando pasó lo de la madre de Bambi en la peli. También lo viví en persona, y tampoco fue igual.

100. Los gatos pardos (Jerónimo Hernández de Castro)

En la escuela era único aprendiendo cosas inútiles que aún hoy acuden a su mente de modo inesperado. Nunca olvida la voz trémula de un maestro de escuela, que lo llevó a una lejana isla del Caribe, donde en el siglo XVIII, extrayendo el azúcar de la caña, se obtenía una melaza espesa de color marrón cuya destilación produce la bebida alcohólica por todos conocida.

Ella era una artista con un don especial para los colores. De corazón indómito y ecologista hasta las trancas, se creía una mezcla inmejorable de lo rojo y lo verde, con la fuerza mestiza de los ocres tostados.

Sus caminos confluyeron, de marrón en marrón, hasta el bar donde cada noche naufragan en un mar de ron y Coca-Cola.

99. Gorrión común, humano común (marrón y gris) de Mel

La tormenta lo estrelló contra mi ventana y empapado y herido me miraba aterrorizado tras el cristal. Él no lo sabía, claro, pero ningún mal recibiría de mí. Se refugió en la esquina del alfeizar. Sacudió la lluvia de un ala, la otra permaneció inmóvil. Esperé a que amainase para rescatarlo, pero el viento racheaba fuerte y comenzó a granizar. Quedó allí quitecito envuelto en sí mismo. Oscurecía y me fui a dormir con el propósito de levantarme temprano. Acostada, escuchando el viento y aguacero, imaginé cómo acomodarlo en una caja de cartón con trapitos, y recordando que había visto una clínica veterinaria muy cerca, me quedé dormida. La luz del día me despertó, me vestí deprisa y sin apenas desayunar vacié una caja de galletas que rellené con servilletas de papel.  Abrí la ventana pero la masa de plumas mojadas no se movió. Solo puede recoger sus restos y tirarlo todo. ¡Si hubiese aguantado un poquito más! La radio anunció más ventiscas para hoy, recuperé la caja de la basura y sonreí pensando en la de gorriones que hay en la ciudad.

98. Ahora, sin ti (Asunción Buendía)

La vida se me ha vuelto un poco más oscura. Los días ya no son luminosos, ni siquiera grises o negros. Son marrones, emborronados. Sin embargo hay rayos de sol que quieren entrar por mi ventana. Ni la persiana, ni las bonitas cortinas que un día fueron alegres, consiguen detenerle.

Sentada en la cama, la cabeza baja, mis manos desocupadas en el regazo; dejo transcurrir el tiempo.

Ha oscurecido, ya no distingo mis dedos, ni mis pies en la alfombra. La negrura se ha adueñado de mi habitación y me siento a gusto en ella. Cierro los ojos, quisiera no tener que abrirlos más. En esa quietud un soplo levísimo roza mi frente. Es un aleteo o me lo parece. No quiero ser molestada, pero insiste y me hace cosquillas. A mi pesar sé que estoy sonriendo. Enfadada me incorporo y sorprendida compruebo que amanece.

Lo entiendo, de repente, lo entiendo.

El mundo sigue girando, la vida no se detiene por mí, ni por ti. Aunque ahora ya no estés.

 

97. Marron

En sus ojos de pupilas marrones y tristes se reflejaban las vivencias acontecidas.

Miraba y disfrutaba de sus plantas verdes y hermosas gracias a esa tierra marrón

La tierra donde vivimos, donde echamos raíces y pasamos la vida.

Mientras trasplantaba pensó en sus dos hijos, dos varones estupendos que ella sentía que eran lo mejor de su existencia.

Ahora como sus plantas cambiaron de tierra, cambiaron de sitio y crecieron y formaron sus tiempos y experiencia.

Sus ojos se posaron en el dibujo hecho por Carlos, el menor. Era precioso, personal y sintió como siempre supo que sería un gran artista.

El mayor Fernando publicaba libros de investigación histórica. El terminó la carrera que ella dejó a medias.

Menudo marrón, pensó:

Que expresión tan cargada de mal rollo. Y de nuevo miró la tierra, feliz, sabiendo que el marrón esta cargado de cosas buenas

96. SACRIFICIO

Frente al espejo miraba cómo su vida dejaba la plenitud del verano para adentrarse en su otoño.

Todo adquiría ese color característico del olor del café o del chocolate caliente que embadurna los recuerdos con barniz cálido y reconfortante. Como en esa época se busca el calor de la hoguera o los rayos de sol, ella añoraba su hogar, su refugio. Llegaban tiempos de reencontrarse consigo misma, de recogerse, de asar castañas en la candela con olor a madera seca, de mirar viejas fotografías o leer libros amarilleados por el tiempo.

Ella, a esa altura de su vida, apostaba por volver a la tierra, al instinto, a todo lo que la mantenía en pie cuando lo demás fallaba, porque eso la hacía fuerte, como el tronco de un árbol centenario, lleno de experiencias y sabiduría.

Pero no, aún no podía hacerlo. Por su hijo, todavía no.

Secó sus lágrimas. Se maquilló. Se colocó las medias de rejilla, el body de satén y los zapatos de tacón de aguja. Entornó despacio la puerta a su espalda, cerró los ojos y suspiró. Contoneándose, salió al ruidoso salón donde la esperaba la madame para conducirla hasta el que había preguntado por ella.

95. Western crepuscular

Mi padre mascaba tabaco y lo escupía en un orinal oxidado. Lo había visto en una película del oeste en la que el malo mostraba un inquietante carisma y adquirió ese hábito. El malo al final moría, pero eso no parecía afectarle.

A menudo intento recordar el título de aquella película de poblados y arquetipos polvorientos, pero no logro recordarlo. Si lo supiera, la buscaría para verla, para intentar comprender. Aunque, es posible que ni me lo dijera, porque él andaba en sus cosas: el subsidio, las peonadas en el puerto, la sangre coagulada en los nudillos.

Cuando juntaba pagas le gustaba cambiarlas por un billete de veinte duros para tocarlo, para disfrutar el terso y rotundo tacto del dinero. Luego, en la base militar, intentaba comprar tabaco americano. Al volver, se bajaba del autobús con andares de forajido, mascando exageradamente, y uno podía sospechar que él creía ser otro hombre diferente al que era.

Luego, en casa, tiraba sobre la mesa del comedor un puñado de monedas de cobre, que mi madre convertía en alambre de tanto estirarlas. Lentejas aguadas, puré de sobras.

Y hoy día, años después, cuando escupo, solo quiero recordar el título de aquella película…

94. CUESTIÓN DE PELOTAS (Toribios)

Los zapatos Gorila de entonces eran marrones y con cordones, porque aún no existía el velcro. Dicen que lo inventaron para Armstromg y los otros cuando fueron a la luna, aunque hay quien se empeña en que  todo fue un montaje de los americanos. El caso es que los zapatos eran duraderos y por ello los preferidos de nuestras madres. A nosotros no nos gustaban porque eran duros, pesados y, sobre todo, feos. Las chicas los llevábamos con aquellos uniformes de faldas tableadas, tan marrones como ellos, y tan poco favorecedores. Lo único bueno eran las pelotas, aquellas  tan compactas que parecían macizas, que regalaban en la zapatería. Una de ellas cambió mi vida, porque jugando le di sin querer a Ernesto. Han sido treinta años de dicha. Tan trabajador, tan sensato, siempre con aquellos trajes marrones. Igual que esta pelota, agazapada en un cajón, que lanzo ahora con rabia por la ventana abierta. Al carajo el marrón, hoy me voy a poner ese vestido de colores chillones que te horrorizaba. Y, lo siento Ernesto, los zapatos rojos de tacón de aguja.  Esos que te hacían sentir tan poca cosa.

92. LAS BATALLAS DEL ABUELO

A Nicolás hay días que sus muertos le pesan tanto que no le dejan caminar. Son días oscuros, con el barro del pasado cubriéndole las botas, salpicándole los pantalones, llenándole la cara y la mirada de fango y miedo. Y tiene que elegir entre avanzar o dejarse caer bajo su peso, vencido por los vencidos. Sus muertos siguen igual de callados, lívidas las bocas, agarrotados los miembros, el espanto y la sorpresa tatuados en el semblante. Es en días así cuando más pesan, en los días de lluvia,  aunque con el asfalto ya no se forma el barrizal marrón y pegajoso, son acero sobre su alma y le gustaría ser uno de ellos para no tener que mentir a sus nietos cuando le pregunten qué le pasa, que por qué no quiere jugar a las batallas.