Esta Noche Te Cuento. Concurso de relatos cortos

2019 ENTCOLORES

Un relato con menos de 200 palabras inspirado en el color  amarillo

ENoTiCias

Bienvenid@s a ENTC. Este mes te ofrecemos de nuevo nuestro concurso habitual y la posibilidad extra de participar en el ENTCerrado... ¿Qué te inspira el color amarillo?
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Esta convocatoria finalizará el próximo
28 de julio

Relatos

65. EL BOTÍN

No fueron suficientes los relojes, joyas y demás enseres; cuando las estrellas amarillas dejaron de brillar, de los cadáveres tirados en el suelo extrajeron de sus bocas abiertas los dientes de oro.

64. Shivambu

—¿Y si tanto asco os da por qué me estáis mirando? —rezonga tía Mirta.

Me fijo entonces en los que estamos a su lado, y es cierto que nuestras muestras de asco son todas de grado superior. Mi madre, pálida, se tapa la boca con una mano, creyendo poder retener así un inminente vómito. Mi padre, tranquilo por naturaleza, tiene los puños cerrados en los bolsillos, la cabeza ligeramente ladeada y la nariz fruncida; con su dentadura amarilla, perfilada de ocre por años de tabaco, parece un caballo a punto de relinchar. Tapándose los oídos y con la mandíbula desencajada, mi hermano —mata de pelo rubio alérgico a peines y cepillos y lengua fuera— es como otra versión del Grito de Munch.

La única que permanece impasible es la abuela. Sonríe. Tía Mirta, su hija, ha vuelto. Está distinta. Normal, fueron muchos años viviendo otras cosas, pero está aquí y es lo que importa, todo lo demás son detalles, modas que van y vienen.

Entonces retiro el codo con el que me tapaba media cara y pregunto a qué sabe el pis.

—Depende, pero suele ser un poco salado y amargo —me contesta tía Mirta.

Luego, se lo bebe.

63. Querida yo del futuro

Ya estamos acabando el curso de gestión de las emociones y nos han pedido que nos escribamos a nosotros mismos, aunque eso ya lo sabes. Que lo que ahora nos pasa, con la perspectiva del tiempo se ve diferente. Y aquí me tienes, escribiéndote sobre un papel amarillo canario. Podría haber escogido cualquier otro color, pero es verano y he pensado en el sol. Ha sido extraño: en el sobre he puesto la dirección de la casa en la que aún no vivo, bueno, vivirás tú, la del futuro. Es un apartamento precioso, pequeño, con solo una habitación, pero te encantó el balcón, ¿lo recuerdas? Le dijiste a la comercial que te parecía un rincón encantador para leer. Si él hubiera estado, te habría recriminado al salir que mostraras tu entusiasmo, que eso no ayudaba para negociar el precio… pero tú querías ese apartamento. Ayer mismo dimos la paga y señal, has estado ahorrando los dos últimos años para dar este paso. Creo que habrás pintado el salón de amarillo, es atrevido. No te preocupes, seguro que los niños estarán encantados y dormir en el sofá cama no será tan malo. Te habrás librado de Marcos y de mí.

62 Espejismos

Durante mucho tiempo viví con una explosiva dotación de inconformidad, con pequeñas dosis de histeria amarga y repulsiva. Resistí a los grupos de apoyo porque me asfixiaba su emotiva explosividad. También hui de los psiquiatras por su irritable forma y falsos diagnósticos. No sentí la necesidad de beber ni caí en el despreciable uso de las drogas, porque a pesar de todo conservo una conciencia escrupulosamente limpia. Por eso cuando aquel vendedor me convenció de comprarle unas gafas amarillas, no pude adivinar el cambio que se venía. Entonces me sentí parte de los elegidos, me llené de vitalidad y de un revoloteo despreocupado. Mi conversación se volvió afable. El antisocial, podía ser parte de la fidelidad colectiva. Un mundo en amarillo recetado sin prescripciones. Con jubilo accedí al alma de hombres y mujeres, y desde esa posición pude saborear la encarnación de la dulce vida. Los días soleados olían a perpetuo otoño, y por primera vez en mi vida, volé cometas en espacios de luminosos amarillos. Cierto, no se puede andar por siempre con la felicidad en la piel. Una tarde de aventura, un violento viento quebró mis gafas y regresé con la cabeza baja a mi depresión clínicamente diagnosticada.

61. COLOR DEL ORO (Alicia Alguacil Agudo)

Nunca habíamos visto un automóvil “Mercedes,  amarillo oro metalizado”, por eso, toda nuestra atención se centró en ver quién  conducía ese auto tan espectacular.

Lentamente se abrió la puerta del conductor, bajando una pequeña figura erguida, estirándose como intentando alcanzar algún centímetro más de sus escasos  1,67   de estatura. Se arregló el cuello de la camisa y con paso prepotente y sabiéndose mirado, se dirigió a la entidad bancaria que teníamos frente a la terraza  del bar.

Empezamos las conjeturas, que si quiere equilibrar su baja estatura con ese amarillo brillante, que intenta decir que vale su peso en oro,  que se supone que las carencias de autoestima las compensa con ese gran auto Mercedes, amarillo oro…

El hombre salió del banco, se puso sus gafas de sol, se volvió a meter en su coche y se fue, llevándose todas nuestras miradas. Yo pensé, sea lo que sea, efectivamente ha conseguido no ser invisible.

60. VELEIDADES DE LA MODA (Toribios)

–Iré de amarillo –le dijo ella, y le sonó atrevido.

No se habían mandado fotos, ni chateado por Skype, aunque ambos conocían los rudimentos del sistema. Añoraban los tiempos de la tinta y al papel, y les gustaba mantener el misterio. Tras varios meses de relación epistolar les acuciaba ya la urgencia del encuentro.

–Creo que tengo una corbata amarilla  –contestó él, travieso.

Cuando llegó al café Comercial, creyó que le estaban gastando una broma. Y es que todas las mujeres iban vestidas de amarillo. Unas la chaqueta, otras la blusa y algunas el bolso o un fular. Y él que pensaba que era un color inusual. Pidió un café y paseó su mirada alrededor. Quién sería ella. Aquella tan gruesa, no, pensó, y tampoco la de la nariz ganchuda. La imaginaba bella y distinguida. Justo como una que le miraba de hito en hito mientras se quitaba sus guantes amarillos.

–¿Eres Rosa? –le dijo con un leve temblor en la voz.

–Sí –contestó ella arrebolada.

Pronto comprobaron que estaban hechos el uno para el otro. Durante años disfrutaron juntos del placer de estar vivos. Rosa nunca le dijo que en realidad se llamaba Rafaela.

 

59. En las arenas del Sáhara (Marta Navarro)

Un ruido sordo en el motor lo puso sobre aviso. Algo no iba bien. El avión vibraba, se estremecía, se inclinaba a izquierda y derecha sin control. No lograba el piloto enderezar el rumbo, perdía altura a gran velocidad, de un momento a otro iba a estrellarse, lo supo de inmediato. Desabrochó nervioso el cinturón que lo ataba al asiento del aparato, abrió el cristal de la carlinga y, cegado por un repentino torbellino de arena, saltó al vacío. Cayó despacio sobre un brillante e inmenso océano amarillo cuyo perfil solo a lo lejos rompía alguna duna solitaria. Prisionero del desierto, aislado del mundo y sin oasis a la vista, una melancolía sin objeto lo invadió de pronto. Cerró los ojos un instante y, al abrirlos, la sorpresa lo dejó sin respiración. Frente a él, un extraño hombrecito lo miraba con descaro. «Dibújame un cordero», susurró. Asombrado, Antoine retrocedió dos pasos. «Dibújame un cordero», repitió el muchacho y, sin saber por qué, entonces él obedeció. Lo hallaron días después, deshidratado y solo. Hablaba en su delirio de un asteroide muy lejano, de un zorro y una rosa…. De un pequeño príncipe que, entre planetas y estrellas, el firmamento habitaba.

58. De profesión tertuliana (Rosy Val)

Sí, de pequeña era tímida, muy vergonzosa, pero eso fue hasta los cuatro añitos, en cuanto cumplió los cinco desenvainó la rebeldía, también las palabrotas. Con ocho era la mandamás de la pandilla; si no se cumplían sus normas abandonaba el juego y se llevaba la pelota. A los nueve se metía en todos los jardines y alrededor de los diez empezó a elegir su propia ropa. Doce tenía y seguía en sus trece —los mismos contaba cuando se cansó del conservatorio y malvendió la flauta travesera—. A los catorce aseguraba que quería ir por letras, pero un año más tarde dejó el instituto y se fugó con uno de ciencias. Con diecisiete abriles dio a luz a su primer churumbel.

Actualmente busca empleo. A pesar de su mala educación y mal gusto por la vestimenta; su pésima dicción y doctorado en oídos sordos; la pérdida definitiva de vergüenza y progresión en lengua serpentina; la han fichado en cierto medio de comunicación de la prensa amarillista.

57. LA LEY DEL MÁS SUERTE (A. BARCELÓ)

Un enemigo desconocido amenazaba su tranquila y pacífica existencia. El nuevo adversario había cercado los límites de su hogar situando un escuadrón permanente de su poderosa fuerza aérea a las puertas de sus casas. Cualquier intento de romper la línea de asedio era castigado por el despiadado ejército invasor de la forma más cruel imaginable. El objetivo quedaba angustiosamente claro: buscaban su completo y total exterminio, no cabía rendición posible.

Parecía que nada podía ir peor cuando observaron como la silueta de otro temible contrincante recortaba el sol e iba haciéndose más y más grande. A éste le conocían bien, pero eso no mejoraba las expectativas, sino todo lo contrario. La situación hacía presagiar un absoluto y espantoso apocalipsis, pero su antiguo rival les sorprendió pasando de largo y arremetiendo sin cuartel contra los nuevos conquistadores. El Halcón abejero acababa de encontrar en la Avispa asiática un nuevo y exótico manjar amarillo y negro mucho más grande, jugoso y apetecible que las aburridas abejas de siempre.

56. Aquellos días

Muchas tardes jugábamos a contar mentiras. Mi favorita era que alguna vez viviríamos juntos en esta casa. La tuya, que plantaríamos un árbol en el patio. Y observábamos largamente las estancias, imaginándonos en mil ocupaciones diarias y envejeciendo felices entre sus paredes, para luego mirar hacia afuera, donde al poco aparecía un olmo grande y frondoso bajo el que nos cobijábamos en verano, leyendo y conversando, y sobre cuyas ramas peladas cantaban los zorzales en invierno. Yo entonces cogía con fuerza tus manos, como si con ellas pudiera sujetar también el tiempo, porque solías proponer ese juego justo antes de marcharte.

Desde la misma ventana te veo pasar ahora cada tarde con tu familia. Tu marido te habla apretándote con ternura sobre su hombro mientras tus hijos, siempre andando rezagados, zarandean mi cancela y espantan a pedradas las currucas que habitan la maleza del jardín. Las hojas de nuestro árbol ocultan la vereda bajo un denso manto amarillo, y tus pies, avanzando de forma caprichosa, parecen juguetear con ellas.

55. EL ENIGMA DEL RÍO AMARILLO (Rafa Olivares – EdH2019)

Tao Weng-Xu, doctor en etnografía por la universidad de Beijing, dedicó su vida a un único propósito: descubrir el origen del color que daba nombre al río Huang He. Murió con noventa años sin haberlo conseguido.

Averiguó que durante la dinastía Han, 206 A.C., desde su nacimiento hasta la ciudad de Yinchuan, 2.500 kilómetros después, era conocido como Da, río Negro. Y era a partir de Yinchuan cuando se le llamaba Amarillo. Cada una de estas denominaciones se correspondía, obviamente, con el color de las aguas en sus respectivos tramos. Parecían oscuras por sus fondos rocosos de basalto hasta llegar a Yinchuan, adquiriendo después la tonalidad ocre sin que se conociera su causa. Descartó que se debiera al depósito de limo de cuarzo o a la proximidad de campos de maíz, como afirmaban  investigadores poco rigurosos. Tampoco creyó la leyenda que la atribuía al dragón K’au-fu, al sumergirse en sus aguas montado en uno de los diez soles.

En su cuaderno de campo, Weng-Xu había anotado muchos datos sobre Yinchuan, como cuántos tuk-tuk circulaban en 1960, el millón de habitantes de 1823 o que el alcantarillado y depuración de aguas no se acometiera  hasta mediados del siglo XX.

 

54. Limones

Llegó del pueblo para alegrarnos el verano. Sus vestidos anticuados, el rojo permanente que pintaba sus mejillas y aquella trenza que domaba su melena, chocaban en el Madrid tardofranquista de finales de los sesenta. Olía bien, como si trajera cosido a la piel el aroma del espliego; a pesar de la lejía con la que fregaba los suelos y de las cebollas que cortaba a todas horas. Llegó como la hija del Eusebio, el del lavadero, pero pronto se convirtió en Elena, la princesa que mojaba nuestros sueños. Su llaneza rural despertó nuestro deseo, aletargado hasta entonces entre tebeos de El jabato y juegos de canicas. Descubrimos a hurtadillas la rotundidad de su figura, la exuberancia de sus carnes, la supuesta jugosidad de los frutos que, como sujetos a un árbol prohibido, pendían de su cuerpo. Hablar de ello era tabú, y en más de una ocasión un coscorrón de la abuela cortó nuestras miradas codiciosas, mientras ella mecía los desvelos de Josito, el más pequeño. Apenas tenía seis o siete años más que Juan y que yo, pero tuvo que poner tierra de por medio porque, la temprana sazón que otorga el campo, había seducido al hijo del patrono.