36. OVERBOOKING
Aquella noche en la pista todo eran sombras y motores lejanos. Aun así, él consiguió encontrar mi mirada. Sonrió con ese gesto que no alcanzaba a ser consuelo, pero sí despedida. Siempre tuvo ese talento extraño: hacer que lo imposible sonara razonable.
—Si ese avión despega y tú no vas con él, lo lamentarás.
La aeronave esperaba, impasible, ajena a los corazones que dejaba atrás. Quise decir que me quedaba, que se quedara, que aún había tiempo. Pero él me miró con esa mezcla de ironía y ternura que era su forma de decir “no esta vez”.
—¿Nunca volveré a verte?
Acarició un instante mi mejilla, con un gesto breve, casi clandestino.
—No. Pero escucha: donde vayas, lo que hagas… siempre te llevaré conmigo.
Subí al avión sin mirar atrás. No hizo falta: ya lo llevaba conmigo, del único modo que importa cuando el mundo se vuelve blanco y negro.
Eso creía.
Hasta que la azafata me habló. Había un problema de sobreventa. Me ofrecían, a cambio, dos plazas a Tenerife.
La pista parpadeaba bajo la niebla, como un proyector antiguo a punto de detenerse. Entendí que el destino no buscaba cerrar una puerta… sino ofrecerme una toma extra.

