37. El hado
Vemos con alivio a la mosca desenredarse de la telaraña o al topo que, huyendo de un zorro, logra por los pelos alcanzar su madriguera. Y nos alegra que el depredador se quede por esta vez sin su almuerzo. Fijémonos ahora en ese polluelo de mirlo, impaciente por que regrese su madre con un gusano en el pico. Hambriento y sintiéndose preparado para el vuelo, va y salta fuera del nido listo para planear en el aire con sus alas recién estrenadas. Pero ¡ay! los dos muñones cubiertos de plumón aún están sin desarrollar, no se abren y cae derecho al suelo. Con suerte, ahí abajo habrá un lecho de hierba y hojas secas, su madre no andará muy lejos, oirá sus piidos, lo rescatará y lo llevará de vuelta a la seguridad del nido, quedando todo en un susto y una buena reprimenda.
Habrá sido una bonita lección para este polluelo temerario: en esta vida hay que ser prudente. O habría sido si, en su caída libre desde la copa del árbol, no se hubiese golpeado con las ramas, rompiéndose todos los huesos, antes de estamparse sobre la tierra dura y seca justo cuando pasaba por allí una comadreja.
(Fuera de concurso)
La naturaleza es sabia, tiene sus leyes y equilibrios, pero también es implacable y selectiva. El hilo entre la vida y la muerte puese ser muy delgado.
Un abrazo, Susana
¡Qué mala zuerte! Tan bien como empezó la cosa…
Susana, así es la vida: hay quien tienta a la muerte y se escapa siempre, y quien, con toda la prudencia del mundo se encuentra en un sitio fatal en el peor momento. Quizás sea el destino, o quizás el azar.
Un abrazo y suerte.
Un relato con final juguetón. Qué desconsuelo, esa finta del destino que pone a nuestro héroe en las fauces del depredador. Muy bien contado. Un abrazo, Susana.