55. Melancolía
Le ruega que siga actuando un poco más: hasta que llegue la ambulancia. Pero el mimo ya no sabe qué hacer. Ha desplazado sus manos enguantadas sobre un cristal ficticio, subido y bajado lentamente escaleras invisibles, doblegado como un globo en una carcajada muda. Pero el marido sigue tirado en el suelo, mirándole con la devoción de un niño. Se apaga, le suplica la mujer. Si pudieras dedicarle unas palabras. Él siempre quiso ser como tú. La cara del mimo parece aún más pálida, algunas lágrimas blancas –quién sabe si son sinceras– caen sobre el asfalto, sus piernas de alfiler se tambalean. Finalmente, y rompiendo por primera vez el código de honor de cualquier mimo, se arrodilla y le susurra al hombre algo al oído. Entonces, el marido se levanta, repele el polvo de sus pantalones y le ofrece a la mujer su brazo. Se alejan despacio y en silencio, recordando viejos tiempos, pensando, con tristeza, que ya no quedan mimos como los de antes.


Hay quien le encanta decir que todo tiempo pasado fue mejor. Tu pareja de personajes va incluso más allá, forzando una situación ficticia para que el mimo anteponga el auxilio debido a un semejante al mutismo verbal propio de su actividad, todo para cargarse de razones. Es cierto eso de que hay gente para todo.
Un saludo y suerte, Adrián
Es verdad que un poco truculentos sí que son esta pareja de nostálgicos, por llamarlos de alguna manera. Pero ya se sabe: hay gente para todo. Gracias por tu comentario, Ángel.
¿Y si resulta que las palabras de un mimo tienen poderes curativos de verdad? No estaría nada mal. Pero este par de tunantes que le sacan de su mutismo tienen el alma un poquito negra.
Mucha suerte
Saludos
Pues sería otro planteamiento de lo más interesante, Paloma. Muchas gracias por tu sugerencia 🙂
A ver, esa pareja no juega limpio, haciendo llorar al pobre mimo. No se merecen las palabras que le susurra.
Siempre del lado del mimo y de las cosas buenas que (a veces) traen los nuevos tiempos.
Un abrazo y suerte.
Estoy contigo, sus almas están en las antípodas de la blancura del mimo. Gracias por pasarte por aquí, Rosalía.
Es curioso que hasta el final el relato nos va despertando ternura y haciéndonos cómplices de la escena pero de repente un giro inesperado nos muestra la impostura y el fraude dejándonos como niños a los que les han robado la piruleta. Jajajaja. ¡Bien hecho!
un saludo
Gracias, Gema, por tus palabras. La verdad es que es un poco así, a mí también me sucedió lo mismo al escribirlo. El mundo está lleno de gente malvada 🙂
jajajaja ¡Pero qué par de 🌹🌹!
Vaya cómo nos vas liando con la historia. Está muy bien hilada. ¡Pobre mimoooo!
Suerte con él.
Saludosss