71. De mi propia tinta
Nació más pequeño de lo que esperaba. Lo gesté durante meses (en las pausas del trabajo, de camino a casa o en la cola del súper), y aunque prometía convertirse en una criatura hermosa, en una historia que diera para mucho más, terminó siendo un microrrelato. Ni siquiera el sentimiento maternal que brotó mientras lo leía pudo evitarlo: me creía incapaz de alimentar algo tan mínimo y lo abandoné como se abandonan las cosas pequeñas, sin hacer ruido, a las puertas de un convento. Con el tiempo se lo confesé a la familia y a los amigos de lo breve. Contaba emocionada lo perfecto de su forma, el brillo de cada palabra, lo acertado del tema. Era muy joven entonces, no me juzgo, pero hoy me pesa mi osadía. No obstante, a veces me parece reconocerlo en libros ajenos. Y, a pesar del llanto, saber que está vivo me reconcilia.


¡Qué bueno, Raúl! Casi se puede ver a esa criatura recién nacida hecha de palabras, berreando envuelta en una manta. Me encanta cómo lo has personificado, y también ese final agridulce.
Un microbesazo.
No por pequeño se es menos vàlido, includo a veces es todo lo contrario, como en el caso de los microrrelatos, entidades que parecen tener vida propia y que una vez en el mundo ya no nos pertenecen. Esa mezcla de cariño y desapego la has expresado muy bien en tu historia.
Un abrazo y suerte, Raúl
Señora, ha tenido usted un microrrelato. Ahora, déjelo volar como usted ya sabe. Estupendo, Raúl. Me ha encantado. Esa forma osada de nuestras primeras letras en ocasiones sale y corre desnuda. Y que bonito es verla. Y qué frescura. A partir de cierta edad, también a los microrrelatos, quizás, hay que abandonarlos a su suerte. Delicioso juego, Raúl. Un abrazo.
Qué bueno, Raúl, qué bello homenaje al acto de dar vida a un microrrelato, y qué dominio de las palabras para jugar con la metaliteratura de forma tan delicada y brillante. Me gusta mucho, maestro. Un abrazo
Raúl, está genial. En el fondo son nuestros hijos, pero siempre hay alguno perdido.
Por cierto, parece que es normal ponerse en modo microrrelatista en los ratos muertos, jaja, me alegra comprobar que no soy demasiado rara.
Un abrazo y suerte.
Gracias a todos por vuestras lecturas. Compartimos una raíz, esa parte que bajo tierra no se ve, pero puede llegar al centro de la tierra. Abrazos grandes.
Felicitaciones tocayo.
Al menos lo abandonaste en un convento y no en la papelera.
Mil gracias, tocayo. La papelera es un lugar muy frío. En los conventos hay dulces caseros, incluso leche materna en algunos… Jeje. Abrazaco!