92. Efectos secundarios
Clara mira el techo del hospital mientras teje una bufanda. En los días malos la esperanza se le cae al suelo; en los buenos está convencida de que saldrá de aquel infierno blanco por su propio pie.
Su médico está preocupado. La analítica de su paciente es una condena, pero hoy tiene otra inquietud. Camina hacia un restaurante apretando en la mano el anillo que quiere poner a Silvia. Sin embargo, no lo saca del bolsillo. Antes de dar el paso, ella le cuenta que se larga de la ciudad a empezar una nueva vida.
El doctor ha pasado la noche en vela, llega a la consulta y se queda dormido hasta que lo despierta un enfermero. «Es la hora del tratamiento de la mujer de la habitación trece», le dice. Aturdido, receta la fórmula sin percatarse de que confunde los fármacos; horas más tarde, lo ahoga la angustia cuando revisa sus informes.
Meses después, presenta su medicamento, que salvará vidas. Un periodista pregunta cómo lo descubrió. Recuerda entonces el abrazo de Clara, la bufanda que le regaló el día de su alta, juguetea con el anillo de su dedo anular y responde que, quizá, haya sido cuestión de fe.

