93. Contagioso júbilo (Patricia Collazo)
Los solemnes tambores atronaron la plaza cuando el santo atravesó el pórtico. Era el primer año en que se animaban a sacarlo tras la pandemia. Cubrirle el rostro con una mascarilla púrpura fue solo un gesto de buena voluntad. Algo que los feligreses esperaban agradara al todopoderoso y lo convenciera de que no era necesario enviar más desgracias colectivas para acrecentar la fe de sus fieles.
Cuidamos tanto al santo como a nosotros mismos, era el mensaje que querían transmitir. Somos tus esclavos sufrientes, que aceptamos tus castigos tanto como nos regocijamos cuando se te antoja cubrirnos de bienaventuranzas.
Estamos arrepentidos de habernos dejado arrastrar por el materialismo y la promesa de los placeres prohibidos.
La sierpe tornasolada en púrpuras, dorados y negros avanzaba entre las callejuelas. A ambos lados, rostros cabizbajos, rodillas hincadas. Silencio.
Pero después de tantos años reprimido, el júbilo terminó por aflorar. En cuanto la comitiva giró por la avenida principal, el santo movió el brazo con el que apuntaba al cielo a lo Travolta, se remangó la túnica y se lanzó en plancha a la multitud que, pasándolo por sobre las cabezas, terminó absorbiéndolo.
A la catedral nunca regresó.


Un Cristo muy terrenal, hecho a nuestra medida. Metáforas bien llevada. Más de una vez he pensado que tras la pandemia nos dedicamos a vivir “los felices 20”.