82. Dias de lluvia
La primera vez que la visité me rogó que me fuese: sólo había sido esa noche, no volvería a pasar, que esperaba un bebé. Sobre la cama revuelta el desgarrado vestido de novia iluminaba la estancia. Cedí. En la calle llovía y me empapó.
La segunda vez yacía inmóvil y estaba desfigurada pero reconocí su mirada en los ojos del niño que se arrodillaba a su lado. Cuando fui a tocarla, las lágrimas del pequeño calaron en mis viejos huesos, la tormenta se desató en mi interior y decidí ponernos a todos a cubierto.
Hoy los truenos no cesan y la espero al pie de la ambulancia. Los sanitarios la cubren con una sábana que se tiñe de lluvia y sangre. La envuelvo en mi capa y la abrazo como la amiga que es. Los guardias esposan al hombre al que visitaré en prisión, al que mostraré el poder de la tempestad y el filo de mi guadaña.


La última palabra deja claro quien es el personaje narrador y coprotagonista. Al final tiene sentimientos, desmintiendo su mala fama. Un drama vital desde otra perspectiva.
Un abrazo y suwrte, Mel
Muy acertada esa última palabra que nos desvela lo que ha ocurrido. Que lástima que no haya visitado antes al hombre que se llevan esposado.
Un abrazo y suerte.
Duro y delicado. Como dicen los anteriores comentaristas, la última palabra sí tiene vela en este entierro. Es fundamental, significativa y está justo en el sitio apropiado. Nunca pensé decir que una guadaña es el broche de oro. Muy bien
Desde el blanco vestido de novia hasta la negra capa de la muerte, un triste recorrido el de esta mujer (y su hijo, también tristes vivencias) a quien le tocó un cerdo que ya le desgarró el vestido nada más empezar. Pienso, como Rosalía, que demasiado tarde va a ser visitado por la dama de la guadaña.
Muy bien descritas las visitas para no desvelar quien protagoniza este relato hasta el final.
Un beso, Mel.
Carme.