22. Los elegidos
Mi padre entregó su vida en la estación de tren a hora punta. Le dijeron que iría al cielo. Antes de apretar el botón, gritó: «¡Dios es grande!» Miles de flores en el vestíbulo por las víctimas y los niños huérfanos. Mi hermano mayor, piloto de avión experto, también se sacrificó. Le dijeron que él era el elegido. Tras el accidente, se pudo escuchar a través de la caja negra su voz grabada, diciendo: «Pongo mi confianza en Dios». Dejó caer el aparato en medio del océano donde se ahogó él con ciento cincuenta pasajeros. Ahora me insisten para que vaya yo en mi bicicleta con unas bolsas negras y me pare frente a un restaurante. Dicen que Dios me ha llamado, aunque yo no he oído a nadie. Me prometen que volveré a ver a mi padre y a mi hermano. Yo prefiero jugar con mis amigas en el colegio. Mi madre, llorando, me abraza fuerte antes de verme partir en mi bicicleta. Cuando doblo la esquina, pedaleo veloz hasta el puerto. Tiro la bicicleta al agua y, a los segundos, se produce una gran explosión. Intuyo que las puertas del paraíso se me han cerrado para siempre.


La fe viene a ser sinónimo de convicción, otra cosa es el fanatismo sin límites. También es cuestión de fe sentir que hay que respetar a los demás por encima de todo, como esta sensata muchacha.
Un relato que muestra lo complicados y terribles que podenos llegar a ser.
Un abrazo y suerte, Liliana
Toda la razónl. Cuántas veces a lo largo de la historia no se han hecho barbaridades bajo la bandera de la religión. La línea entre fe y fanatismo a veces se vuelve muy difusa. Gracias por leer y comentar, Angel.
Uf, Liliana, a veces la fe puede convertirse en un monstruo. Por suerte, también hay personas que no se dejan atrapar por él, aunque se les cierren las puertas de un paraíso incierto, como a tu protagonista.
Un abrazo y suerte.
Es verdad, Rosalía, creyentes que se lanzan en guerras de religión los hemos tenido desde la antigüedad y, por desgracia, no es una estirpe extinguida, ya que todavía los vemos en la actualidad. Gracias por comentar. Un abrazo
Que difícil para Liliana renegar de una estirpe familiar tan fanática. Sin embargo demuestra que es posible huir de los fanatismos religiosos.
Una moraleja que ¡ ojala! fuera real y posible en un mundo cada vez más radicalizado.
Un abrazo
Comparto tu opinión, Gema, la religión tomada con fanatismo puede llegar a ser muy peligrosa, y es algo que lo estamos viendo ya por desgracia. Muchas gracias por comentar y nos seguimos leyendo. Un abrazo
¡Olé por esa niña!
Inteligente, sin padre ni hermano le tocará lidiar con otros santos líderes, pero olé por ella.
Deseó que pueda seguir jugando.
Un texto muy bueno para pensar en esa frontera de la que ya habéis hablado entre fe, fanatismo y sumisión.
Esta frase : “ Dios me ha llamado, aunque yo no he oído a nadie“ es fantástica para definir el carácter de la niña y para sembrar el debate.
Igual que la frase final. Esa niña tiene mi devoción.
Muchas gracias, Hugo. Es una niña a quien no le lavan el cerebro con facilidad. Me alegro que te haya gustado. Gracias por leer y comentar. Un abrazo.