49. Salto de fe
Lleva muchos días posponiéndolo. Cada noche se obliga a imaginar la escena: sus mocasines ajados yendo más allá, la dureza del asiento, la permanente perfecta sobre el fular de seda de la mujer sentada delante. En la oscuridad del dormitorio compartido, las respiraciones acompasadas de sus hermanas, que ya duermen, parecen tararear la canción a la que tantas veces se ha agarrado:
No tenemos miedo.
No tenemos miedo.
Pero lo tiene. Miedo a perder su trabajo. A no encontrar otro. A marcar a fuego a su familia. A lo inimaginable. A no cruzar la línea un día más. A atreverse a cruzarla.
Al fin cae rendida y sueña con una hilera de casas en tonos pastel, una calle donde los niños juegan juntos, una vecina rubia que le da la bienvenida al barrio con una tarta de arándanos. Cuando despierta, sabe que será hoy.
Sube al autobús por la puerta de atrás, como siempre. Las palabras de la canción le tironean los pies. Y cruza la línea.
Cuando ya sentada en la zona blanca empiezan a lloverle los salivazos, los empellones, los insultos, su voz se eleva inquebrantable:
Oh, deep in my heart
I do believe
We shall overcome.


Aunque todo esté en contra, hay que creer en los valores universales que siempre deberían respetarse. No sé si tu protagonista es Rosa Parks, pero bien por ella y por todos los que luchan por lo que es justo. Nadie garantiza una victoria, por desgracia, pero gestos como el suyo son poderosos y contagiosos, capaces de mejorar el mundo.
Un abrazo y suerte, Ana