56. La fe
María tenía fe en que esa tarde no lloviera; que el vestido le quedara como un guante; que el maquillaje no se le corriera; que el peinado la hiciera parecer más joven, si cabe; que la floristería mantuviera fresco el ramo.
Tenía fe en que todos se sintieran felices; en que ningún detalle faltara en la ceremonia y en que, una vez casados, Raúl dejara de devorar con la mirada a Marta, su amiga de la infancia.


Se puede y, seguramente, se debe, tener fe y esperanza en muchas cosas, hasta en pequeños detalles, pero ya sabemos que todo no se puede conseguir, menos aún cuando hay condicionantes que no dependen de nosotros. Esperemos que en esa exposición de deseos de tu protagonista no sea el último el que falle.
Un abrazo y suerte, Cecilia
Huyyyyy, demasiados síes para que la cosa salga bien. Pero el último es demoledor. Quizá debería replanteárselo, ahora que todavía está a tiempo…
Un abrazo, Cecilia.
Un relato que casi anticipa ese final. Se intuye que alguna cosa va a ser más difícil de conseguir con fe, si es que algo se consigue, precisamente la más importante.
Un abrazo
Ay, pobre María, que me parece que su fe no va a ser suficiente para que Raúl deje de devorar a Marta… Mejor sería que no se casara. O bueno, sí, que son quince días de permiso, y un viaje siempre es un viaje, oye.
Un abrazo y suerte.
Lo último es lo peor, y no tiene arreglo. Yo saldría corriendo de ahí.
Vale, admitimos como fe todas esas esperanzas para que la ceremonia sea perfecta; pero la última, ni con superglú: fe es creer lo que no se ve, pero ella ya lo ha visto, y lo que vendrá se ve venir. Tendría mucha suerte si la dejaran plantada en el altar. Pobre.