83. ROJO CEREZA
Mi madre movía los labios al rezar. Además, si estabas lo suficientemente cerca de ella, podías oír una especie de bisbiseo húmedo y goloso cuando se le despegaban los labios (siempre generosamente pintados de carmín rojo cereza).
Es verdad que hubo un tiempo en el que, sentada a su lado en misa, me fascinaba aquel bailoteo rojo y untuoso que iba acompañado de una impecable gestualidad litúrgica.
Al llegar a casa, yo jugaba entonces «a misa» con mis muñecas; más de una terminó tuerta y manca por oponerse a cerrar los ojos o a juntar las manos. «Por tercas os lo tenéis bien merecido», les decía con los labios fruncidos y embadurnados del resto de un pintalabios misteriosamente desaparecido del neceser de mi madre.
Es verdad también que hubo otro tiempo en el que podría haberle dicho a esa mujer (que seguía buscando desesperadamente la fe) que, brotando de unos labios rojo cereza y de unos bisbiseos húmedos y golosos, sus oraciones nunca conseguirían su propósito. Todo demasiado carnal y hermoso.
Pero no se lo dije.

