85. Sermón (Miguel A. Moreno)
Acabado el triduo, el anciano sacerdote se recostó sobre el capitoné y despidió a los pocos fieles que aún quedaban en el sagrado recinto. Minutos antes, les había dirigido un sermón repleto de entelequias y vituperios, donde vilipendió, más que a otros, al regidor de la villa, acusándole de zaino. Dado el escaso caletre de la audiencia, se permitió el lujo de tacharles de gaznápiros por no percibir la altura de sus palabras, uso al que estaban acostumbrados aquellos lugareños.
En un momento dado, quedó en silencio, observó a su alrededor de forma subrepticia y dio por concluida la retahíla de imprecaciones. Una vez solo, el raciocinio acudió en su ayuda y maldijo la necedad de su discurso con tan fatuas e innecesarias imprecaciones. Cosas de la edad tardía, reflexionó sobre sí mismo.
El arrepentimiento pugnaba por hacerse hueco en su desgastado corazón. Sus ojos, medio apagados, revelaron el dédalo en el que había penetrado. Asuntos de fe siempre pueden esperar, convino. Se encomendó entonces al demiurgo y, sin más, se dirigió al refectorio para enmendar cuanto antes el repiqueteo de las tripas.


Fe y razón a menudo entran en pugna. Aparte de que todo es interpretable, aunque tampoco debe ser propio de un buen creyente criticar y desprestigiar a un pueblo entero, porque, creencias aparte, no es razonable, y probablemente sea injusto, algo de lo que se ha dado cuenta y, por su fe, siente arrepentimiento. Quizá pedirá perdón, pero antes ha decidido darle prioridad a otras necesidades muy razonables también, como comer.
Un relato elaborado, con un lenguaje culto, y la dicotomía entre lo espiritual y lo material.
Un saludo y suerte, Miguel Ángel
Hombre, un representante De Dios en la tierra, como solo Dios manda, tiene que ser duro con sus ovejas descarriadas. Por eso se le llama sermón y no otra cosa.
Muy acertado el lenguaje rebuscado y grandilocuente del texto, muy de acuerdo como la puesta en escena.
Me ha recordado, por lo barroco, el Fray Gerundio de Campazas, del Padre Isla, paisano mío. Una buena apuesta. Saludos y suerte, Miguel Angel.
Pues no me extraña que le queden pocos fieles en la parroquia. Y menos que le van a quedar, entre los que se le mueran y los que se harten de él. Eso sí, un cura a la antigua usanza. Quizás debería jubilarse, y descansar.
Un abrazo y suerte.