CUANDO TODO CAE
Debía dejar el piso ese mismo día. El salón era un campo de batalla. Siempre había vivido así, entre montones que prometía ordenar mañana.
Solo me quedaba un armario por vaciar. Lo abrí sin miedo a enfrentar el desorden acumulado durante años y, al fondo, encontré una caja de madera. Dentro, todo estaba sorprendentemente bien ordenado: billetes de viajes antiguos que propiciaron ¿soledad?, fotos de personas que ya no estaban en mi camino y dejaron ¿mentiras?, contratos de trabajos que abandoné y que terminaron en ¿abuso?
Aquel orden meticuloso me irritó. Tomé el contenido entre mis manos y lo lancé al aire. Los papeles y las fotos cayeron al suelo en un completo desorden, mezclándose con el caos del piso, como si por fin todo encajara en su sitio.
Entonces mis ojos se fijaron en una sola foto: mi gato, cuando aún era cachorro, mirándome. La recogí. Dejé la puerta bien cerrada, me marché para siempre con mi amigo de cuatro patas y eso produjo en mí , sin lugar a interrogaciones, una ordenada y agradable sensación: compañia.

