El mensaje de mamá
Y llegó un momento en el que ya no pude más, así que, sin dramas, busqué el lugar adecuado para despedirme.
Escarbé en mi enloquecida mente y comencé una labor de desbrozo entre los recuerdos de mi padre matando a mi madre, de las casas de acogida, de las detenciones, de los abusos… No fue tarea fácil, para qué engañarte, pero de pronto algo se asomó tenue y frágil como una rara flor y, en consecuencia, me agarré a ello. Tan sólo fue una estancia fugaz en un enmarañado bosque, pero muy real. Te cuento: imagina el esqueleto de un gigantesco árbol. Yo sentado delante. Bebiendo, tal vez durmiendo… Cuando desperté, un millar de luces navegaban ante mí creando universos oníricos. Pensé que alucinaba, pero Pablo rio y exclamó divertido que eran luciérnagas.
Por eso estoy aquí. Para volver a verlas y llevarme esa imagen al ultramundo.
La noche cae y los mágicos insectos comienzan su danza. La pistola pesa, enfría mi mano, y yo sonrío.
Los bichos siguen con su espectáculo lumínico. Se encienden y apagan sin patrón aparente. Hasta que algo sucede de pronto. Se están coordinando. Rompen el desorden configurando una única y luminosa frase: continúa, hijo.

