103. EMOCIONES DE ATREZZO
Heredó del padre una especie de síndrome de Diógenes semicontrolado, que defendía con orgullo y dignidad. Muy consciente de la realidad, deseaba conservar la memoria de un añorado pasado que se resistía a abandonar. Un “por si acaso” de pruebas fehacientes en caso de enfrentarse a un juicio imaginario en el que, llegado el momento, pudiera demostrar su verdad.
Iris había erigido un panteón en vida, delicadamente ordenado entre flores muertas, cajas hermosas y letras vivas. Un desorden inspirador que parecía obedecer a una lógica invisible. Fragmentos de vida abocados a una anhelada extinción.
Al abrir la puerta de casa, bastaba un parpadeo para entenderlo. La música era lo primero que asomaba. Sobre un aparador blanco, a modo de altar, rendía tributo a la música con una radio Marconi de los años 60, discos, fotos, púas o baquetas de diversos eventos.
De joven se reconocía en dos letras que aún forman parte de su banda sonora, “Desordenada habitación”, de Antonio Vega y “Entre mis recuerdos”, de Luz Casal. Además, tenía el presagio de que el día que el orden rozará la perfección, el mundo se detendría.
Tal vez por eso tendía a la procrastinación del minimalismo en su hábitat.


Tu protagonista vive aferrada a un pasado, a un tiempo que considera mejor, en el que los objetos y recuerdos se acumulan, en el que predomina el tributo a lo vivido, sin intención práctica y sin miradas al futuro. Tal vez le vendría bien un cambio de decoración para empezar de nuevo, o para vivir tiempos más actuales, que cada uno tiene lo suyo, pero ya se sabe, cada uno es feliz a su manera.
Un saludo y suerte, Azucena