38. Gol sur, fila siete
Llevábamos años sentándonos juntos en la grada sin dirigirnos la palabra. Por eso me sorprendió que se acercara al terminar el último partido, en el que nos libramos del descenso.
—Me acaban de dejar en paro, la próxima temporada no podré seguir pagando dos carnés de socio —dijo señalando con la mirada la urna cubierta con la bufanda verdiblanca—. ¿Le importaría a usted ser quien traiga a mi padre?
No fui capaz de negarme. Me lo entrega, domingo sí, domingo no, a la puerta del estadio y nos despide con un entusiasta ¡viva el Betis!, al que yo correspondo con un ¡manque pierda! El caso es que me he acostumbrado a ver los partidos con el viejo. Las veces que la cosa pinta mal, se queda como ensimismado; en cambio, cuando jugamos bien, siento sus cenizas revolverse y, si cantamos gol, me parece que intenta gritar con una pasión muda. Para hacerlo participar en la celebración, decidí arrojar un puñadito de cenizas al césped cada vez que metemos uno.
Este año nos está yendo tan bien que la urna ha empezado a perder peso. El hijo lo notará pronto, pero creo que no le resultará difícil comprendernos.


Podría ser una historia algo macabra pero, con esas reacciones del padre, resulta tierna y hasta con un punto de humor.
Un abrazo, Elisa.
Jajajaja. Me ha sorprendido por completo. Qué bueno. Y no se me ocurre mejor final para las cenizas. Si yo fuera su hijo hasta agradecería esa buena acción. Mejor en el campo que en la urna.
Suerte con este buen relato y un abrazo.
Bueno, bueno, bueno. Original, ocurrente, irreverente… El final, apoteósico, como el gol de la victoria en el último minuto.
Todos contentos: el espíritu, el hijo y el socio.
Original y lleno de sensibilidad, o de pasión futbolera, muy difetente a la que solemos ver.
Um abrazo y suerte, Elisa.