24. La niña muerta (Fuera de concurso)
La primera vez que me visitó la niña muerta, del susto se me cayó el frasco de aceite de rosa mosqueta al suelo del baño. El pelo, blanco, le nacía por encima de una pequeña cicatriz en su frente —como una luna menguante— y caía ralo por los lados de la cara; los ojos, grandes y negros como huesos de albaricoque, me miraban fijos. Me agarró de la mano y señaló la ventana. Desapareció, asustada por los golpes en la puerta, dejando el aire lleno de olor a hierba y tierra.
«¿Qué es ese ruido? ¿A qué huele, joder?»
La segunda vez que la vi, en el dormitorio, se agachó, acarició mi pelo y me secó las lágrimas. Posó su mano bajo mi vientre aún hinchado y se manchó de sangre. Vi que ella también lloraba. Señaló de nuevo la ventana. Se desvaneció con los gritos, antes del portazo.
«¡La próxima vez te mato!»
La tercera, en el hospital, me observó resignada desde detrás de los policías. Su dedo, menudo y frágil, apuntó por última vez a la ventana antes de irse para siempre. Esta vez la entendí. Le pedí perdón, pero ya era tarde.


A algunos les cuesta sentirse culpables y, más aún, el remordimiento. Los fantasmas inducen al miedo, pero el de esta niña mueve a la lástima, habla de indefensión, no exenta de determinación para señalar la causa de su mal y a su responsable.
Un abrazo, Gabriel
Durísimo y muy bello. Duele en el vientre y en el corazón.
Genial!