Confesiones
―Ya se lo he dicho, padre, que yo no soy el responsable de mis actos. Que en mi clase hubiera niños predispuestos a ser diana de mis burlas, no es mi culpa. Yo hacía por evitarlos, pero ellos se me ponían en medio. Que quemara el coche del profesor de matemáticas, no es mi culpa. Él sabía muy bien que yo necesitaba ese aprobado. Que provocara el accidente de avión en la pista de aterrizaje, no es mi culpa. Tan solo tenían que haber aceptado mi solicitud para la formación de controlador aéreo. Que le diera croquetas con acetona al perro del vecino para que por fin me dejase dormir la siesta, no es mi culpa. Si me hubiera hecho caso y ponerle un bozal. Que esté ahora aquí entre rejas, no es mi culpa. Con la de años casados y todavía no sabe ni calentar una sopa.
―Entiendo, hijo. Yo te absuelvo.
―Que no, padre, que no es culpa mía, le repito. ¿Ve cómo usted tampoco quiere escucharme? Lo que está bien claro es una cosa. La gente se ha confabulado contra mí desde que nací. La víctima siempre he sido yo.

