32. Justos por pecadores (Fuera de conurso)
Coge el mazo y, antes de levantarlo, mira al condenado. Se parece tanto a su propio hijo, la misma complexión, el mismo color de ojos, de pelo, los rizos… Sube el brazo más, un poco más. Incluso tiene la misma voz y ese vocabulario juvenil que tanto odia. La mano llega a la altura en la que comienza a bajar. El suyo es un puñetero adolescente violento que siempre le mira desafiante. El mazo acelera hacia la mesa. Y el condenado es un pusilánime que lloriquea todo el tiempo, como sus padres. El golpe es seco, contundente, sin vacilación. Le han implorado varias veces clemencia de rodillas. Se levanta y deja el mazo con un ligero temblor. Podría haber sido ese padre si no hubiera movido los hilos.

