43. Cadena perpetua
Había pensado en mil excusas, pero cuando llamé a su puerta y ella me abrió me quedé en blanco. Aún no me explico cómo conseguí que me dejara entrar. El apartamento estaba muy desordenado y los niños no paraban de gritar. Se sentó junto a mí después de ofrecerme una taza de café y, antes de que pudiera reconducir la situación, ella empezó a llorar. No tardó en confesarme que a su marido le habían condenado. Que era inocente. Que no tenía que haberle insistido en ese compañero que la acosaba. Que quizás fue ella la que lo exageró todo y que cuando le llamó aún respiraba. Se hizo un silencio entre ambos. Entonces dejé volar mi imaginación y le expliqué una historia igual de trágica. Ella confió en mí y en menos de dos meses ya estábamos viviendo juntos.
Durmiendo en su cama, haciéndole el amor a su mujer y cuidando de sus hijos pensé que podría cumplir mi condena por haber sido incapaz de convencer al resto del jurado. Por haberme presentado aquí haciéndome el héroe prometiéndome encontrar al verdadero culpable y por, una vez más, haber demostrado que soy un auténtico cobarde con una imaginación infinita.


Hay quien sabe aprovechar y aprovecharse de los momentos débiles de otras personas. La imaginación es un arma que, bien aplicada, es maravillosa, pero también puede resultar dañina. Tu protagonista es un oportunista, pero el sentimiento de culpa no se lo quita nadie, y es para siempre, como bien dice el título.
Un abrazo y suerte, Bea
Muchísimas gracias por el comentario, querido Ángel. Los hay caraduras y encima sobreviviendo, con o sin sentimiento de culpa, pero ahí siguen… 😉