Las maltitas oposiciones
Ana ha entrado en la habitación y ha cerrado la puerta con cuidado. Se ha quitado la bata y se ha metido en la cama sin encender la luz para no despertar a su marido. Cuando sus ojos se acostumbran a la oscuridad, se da cuenta de que la claridad del alba ya se cuela por las rendijas de la persiana. No tardará en sonar el despertador y tendrá que levantarse para preparar el desayuno y llevar a su hija al colegio.
Siente la respiración pausada del hombre que lleva años durmiendo a su lado. ¿Podrá mirarlo a los ojos? Quizás ya haga días que no lo hace… ¡Ha ido todo tan rápido! No han pasado ni dos semanas desde que empezó a hablar con aquel desconocido en un chat de internet. Al principio solo buscaba relajarse y distraerse unos minutos. Pero aquellos minutos se han convertido en horas y la curiosidad en atracción y deseo.
Ana permanece quieta, boca arriba, con los ojos abiertos. Sabe que después de cenar y de acostar a la niña, volverá a mentir y dirá que se encierra en el estudio para seguir preparando las malditas oposiciones.

