56. Todos para uno
La visión del pupitre vacío me incomoda. Desvío la mirada hacia el corcho y mis ojos pasean, sin atención, por los carteles que hicimos el pasado Día del Libro. El tutor reanuda la charla. Pasea arriba y abajo por la tarima y nos cuenta que nuestro compañero —así lo llama— no volverá. Que ha dejado el curso a medias porque su padre ha encontrado trabajo en otra ciudad. Pero lo que dicen en el patio, en realidad, es algo muy distinto. Que se ha matado. Que se ha envenenado con unas pastillas que andaban por casa. Seguro que fue así y lo acabarán dando en las noticias.
Me detengo en su lámina, la que nos causó tanta risa porque le pintó al chico del dibujo unas gafotas como las suyas. A lo mejor era él mismo. Me hace sentir un poco mal el recuerdo de todo lo que le hacíamos y por eso intento alejar esos pensamientos refugiándome en el libro abierto sobre la mesa. El tutor habla del ausente y también del respeto y la convivencia. Oigo carraspeos detrás y me sorprendo contemplando, de nuevo, su pupitre vacío.
Por suerte, todavía nos queda el mariquita del 2º B.

