A CIENCIA CIERTA
Cuando su fe ya no le alcanzaba para afrontar aquella situación, decidió pasar por el quirófano, aunque el facultativo le advirtió de que, por haber desconfiado de la ciencia tantos años y haberse dejado aconsejar por matasanos, la medicina no podía hacer gran cosa por él, salvo probar nuevas terapias y cirugías, no todas seguras al cien por cien. Tendido en la camilla y con aquellas lámparas sobre la cabeza, no le quedaba más que la esperanza de despertarse entero y a salvo, pero sus párpados agotados cortaron de raíz aquella cobarde reflexión.
Con el paciente sedado, el equipo se miraba con escepticismo ante aquel desafío, como si ni ellos mismos lo tuvieran muy claro. Al terminar la intervención, el sudor y la duda lo inundaban todo, y el último punto cerró la incisión.
En la sala de reanimación, una intensa luz penetraba por los ojos del paciente, y una voz dulce y angelical le daba una especie de bienvenida, señal de que todo había ido mal y que, como en sus creencias, estaba, lleno de cicatrices, a las puertas de la vida eterna.
Luego comprendió que la enfermera le estaba poniendo una sonda.


Hombre de poca fe… esa vuelta a la vida es magnífica jajjaja. Mucha suerte, JM, un abrazo.
Una vez pasé por reanimación y pensé que la enfermera era un ángel y que había muerto. La pobre mujer me estaba ofreciendo un recipiente para vomitar.
Un saludo
JM
Las enfermeras son ángeles disfrazados 😉