76. CREER O NO CREER
Doce y cuarto. El sacerdote mira su reloj con una mueca. Escruta a Teo, el novio, demandando una respuesta que él no tiene. Él mira a Caridad, su madre, que ejerce de madrina. Busca que le calmen, pero el rictus materno es desdeñoso, desafiante, como la víctima de un desprecio.
Su futuro suegro está pálido, parece a punto de desmayarse. Nunca ha tenido espíritu. El monaguillo pasa de soñoliento a irritado. Tiene un partido a la una y, si llega tarde, el entrenador no le pone. Esperanza, la madre de la novia, parece demasiado calmada. Viste un vestido anticuado y ojea el móvil, escroleando sus redes sociales.
Doce treinta, media hora de retraso. Mari Fe no responde a las llamadas. El murmullo ha pasado a parloteo y algunos invitados fuman en la calle. Caridad enjuga lágrimas; es una fiera herida.
—Te dije que merecías algo más…
—Habrá una explicación, Teo —consuela el padre— Confía.
—¡Viene un coche! —grita la tía Virtudes desde la entrada.
Y ahí baja la novia, nerviosa, descompuesta, el rímel corrido.
Teo, ingenuo, suspira aliviado. Esperanza parece sorprendida y todos los demás, que han asistido a demasiadas bodas, de algún modo u otro, se sienten profundamente decepcionados.


Los nombres de los protas son intencionados, está claro. Y que se puede ser el inicio de una película, también.
Aquí hay que preguntarse el porqué del retraso y de ese rímel corrido. Se necesita una segunda parte, ya!