Descreídos
Al llegar la Fidela con los bulbos de la fe la tomamos por chalada. El milagro de la Dolores, la única que le hacía oídos, que de analfabeta pasó a sacarse la oposición, acabó con burlas y dudas. Tiempo nos faltó para espolvorear el polen de sus flores en desayunos, comidas, cenas. Con cautela, no fuésemos a empacharnos de dogmas absurdos. Confiábamos el destino a nuestros sueños y enseñábamos a los zagales a creer en sí mismos. Teníamos días malos, claro, pero no cedíamos ante el desánimo ni tirábamos la toalla al primer traspiés. Así nos convertimos en un pueblo próspero y orgulloso.
Va a hacer un año que nos dejó la Fidela. Ni un mes tardó su huerto de la esperanza en secarse y no hubo abono en el que enraizasen las dichosas plantas. Ahora la juventud camina sin rumbo, ha vuelto al botellón y a las pintadas de «Aquí no hay futuro». Las mujeres han regresado a la cocina y la fregona, los hombres al vino y al mus. Incluso el párroco ha colgado la sotana y las campanas llevan días sin sonar. Y nosotros, los viejos, ya ni en que la Parca nos lleve tenemos fe.

