09. El altar
Algunas vibrisas de Benito, que murió el año pasado, una piedrecita de la playa de Salobreña, una rosa seca del ramo de novia de la prima Carmen, el dibujo que le hizo a su madre en tercero de Primaria, la llave antigua de la casa del pueblo, una foto de Ernesto a los quince años, otra foto de Ernesto a los veinte, el diario que escribió cuando se volvió a Chile con su padres, la bufanda que le regaló el último San Valentín y que él le devolvió en una caja de cartón con el resto de regalos, menos el reloj de bolsillo… Todo ello dispuesto en el orden preciso para que los rayos de sol incidieran por las mañanas en los ojos verdes que la observaban desde las imágenes, cada día más pálidas, más tristes, ya casi apagadas. Sabía que, cuando la mirada se borrara del todo, él, en la otra punta del mundo, desaparecería para siempre. Entonces ella podría dejar de rezar.


Está claro que no tiene fe quien no quiere. Y esta pobre mujer se crea la suya propia, altar de lo más variopinto incluido, con la disposición adecuada, confiada en que el “Dios” sol le curará sus penas de amor.
Tu protagonista sabe que, por sí misma, nunca va a poder olvidar a esa persona, a la que necesita rendir homenaje en un duelo con objetos. Pone toda su fe en el tiempo, que todo lo cura, igual que el sol todo lo deshace, incluida la imagen de una vieja fotografía.
Un relato sobre el afecto y la ausencia, que nunca han casado bien.
Un abrazo y suerte, Almudena
Ese amor que no se quita de la cabeza y que lo tiene en un altar con tantos recuerdos, parece alimentarse con sus rezos que, por otra parte, tu protagonista está deseando de acabarlos. Ya sabe que la fé lo mueve todo. Muchas suerte y un abrazo.