El antídoto de los naufragios
Roído por una relampagueante negrura que lo fue acorralando, el cielo se desplomó en picado sobre el mar. La agresiva tormenta sacudía las olas en vaivenes imposibles que lograron doblegar la estabilidad de la embarcación. Finalmente, los sucesivos embistes la desmenuzaron.
El único aventurero que viajaba en ella pasó las siguientes semanas sobre restos desvencijados, apenas algunos tablones y unos pocos aparejos, pero su cabeza permaneció aferrada a las palabras que flotan en los naufragios, a versos silvestres capaces de descomponer la pegajosa bruma de la desesperanza.
Imaginaba guiños de sal acunando la larga estela que los tronchados maderos trazaban en el agua. Hilvanaba en el tejido del viento los etéreos colores del crepúsculo que tendía hacia horizontes de hogar. Alzaba metáforas de espuma que remolcaban su balsa perdida.
Contó que a su suerte la ayudaron el pescado crudo y la lluvia. A él, el mágico desorden de la poesía.

