El buen pastor: de los tales es el reino de los cielos
—¡Cojo, cabrón! ¡Fuera! —me gritaban.
Desde aquella vez, mi pequeño pueblo se convirtió en un purgatorio. Allí las ánimas me perseguían. Yo renqueaba calle abajo y lloraba como única respuesta.
Para salir de aquella prisión me metieron en otra. Padre me obligó a desaparecer. Durante seis años maldije mi delatora cojera y apreté los dientes al recordar a aquellos pueblerinos que causaron mi exilio.
Limé las yemas al frotar el cemento buscando una salida. Al desplomarme, las palabras de mi Biblia, largamente olvidadas, refulgieron en aquella vacía estancia. Me arrodillé ante aquel milagro y volví a llorar. Tras la sumisión, se levantó la condena. Alcé el cuello blanquecino, me enfundé mi oscura loba y cojeé libre, sin rumbo.
Las lenguas de fuego me revelaron una realidad nueva. En un parque, escuché el trino infantil por primera vez.
La pureza en sus ojos me atrajo por primera vez.
Trastabillé por primera vez.
—¿Se encuentra usted bien, señor?
Cogí su mano suave y me acompañó a mi casa, como hizo el niño de aquella vez.

