20. El hueco en el pecho
El distinguido caballero se despertó de madrugada, llevándose su huesuda mano derecha al pecho. Comprobó que su corazón latía de manera acompasada; quizá un tanto acelerado por el repentino despertar.
Se incorporó en su lecho y miró a los lados. Desde hacía unos días notaba una sensación etérea, como de extravío.
El frío de la madrugada se colaba por las rendijas de su ventana. Pero no era solo eso lo que le inquietaba. Había algo más profundo, una ausencia que no podía nombrar.
Se levantó de la cama y, despacioso, se acercó hasta el arcón. Lo abrió de par en par. Allí descansaba su espada envainada, símbolo de su profesión y de tantas batallas libradas. Junto a ella, su capa parda y sus botas de soldado, aún agrietadas por tantas tierras pisadas.
Miró el conjunto con desconcierto.
Antes cada combate era un trabajo, un servicio, casi una ofrenda. Ahora solo sentía ecos de gritos, de dolor, de oscuridad.
Aquel hueco en su pecho no lo había dejado ninguna herida.


Se pone poner mucha fe y empeño en una actividad, pero también se puede perder si se descubre, como es el caso de tu guerrero protagonista, que debajo de todo no hay gloria ni atisbo de bondad alguna, sino todo lo contrario.
La historia de una desazón, con muy buenas descripciones físicas y psicológicas
Unabrazo y suerte, Esperanza