12. El ocaso de la tormenta
Tiró la espada, rota como estaba ya no le servía de nada, su peso suponía una dificultad más en la triste huida. Al instante se arrepintió, su padre se la había regalado cuando se embarcó rumbo a Oriente. Se quitó el yelmo y la cota de malla que habían dejado de ofrecerle protección y tan solo servían para aumentar la temperatura de su cuerpo.
Se arrodilló en la hirviente arena con la intención de rezar. Miró alrededor y comprobó que no había nada salvo desolación. Desolación y un sol empecinado en abrasar a cualquiera que tuviera la osadía de retarle.
Las palabras de la oración se ahogaron en lágrimas que le recordaban su hogar. Le pareció ver el rio que canturreaba cerca de la aldea, las verdes laderas de las montañas, los campos embarazados de trigo, los arboles, altruistas, regalando sus frutos. Creyó escuchar el jolgorio de los niños y las insinuantes sonrisas de las doncellas.
Sin fuerzas, y abandonado por la esperanza, se tumbo en la arena esperando que la muerte le llevara de vuelta a casa.


Hasta lo que nás tememos, la muerte, puede ser una solución cuando ya no se tiene nada, hasta en eso se puede tener fe, como la de este soldado solo y derrotado, puede que esa sea una forma de sabiduría.
Un abrazo y suerte, Emilio
¡Bravo, una historia de cruzados! Me gusta mucho como está narrado (un sol empecinado en abrasar a cualquiera que tuviera la osadía de retarle), y además es muy cinematográfico. El contraste del desierto con sus recuerdos, tan fértiles, le aboca al único final posible.
Un abrazo y suerte.