38. EL RAMO
Fue un gran hombre. A veces un poco excéntrico, pero querido por casi todo el mundo. El día que murió se congregó en su misa de funeral varios cientos de amigos y alguna decena de enemigos: unos iban a llorarle y otros a alegrase. Por expreso deseo del finado, se colocó sobre el ataúd cerrado un ramo de margaritas amarillas. No hubo coronas.
Después de la homilía, varios allegados ensalzaron las virtudes del muerto. Cientos de lágrimas corrieron hasta los pañuelos de hilo o papel.
El último en dirigirse a los congregados fue su hijo. Con gesto serio se acercó al féretro para cumplir con el último deseo de su padre: agarró el ramo, lo besó, se dio la vuelta y lo lanzó a los asistentes. La estampida produjo quince heridos y un muerto.
Manuel, un relato con final sorprendente. El título, le viene al pelo.
Me gustó
Sorprendente, me ha encantado ese humor sutil. Un beso.